Mi jaula dorada 34. Parte 2

Bill ha estado en el harem 1 año, con 1 semana.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

Capítulo 34. Parte 2

Bill suspiró nuevamente. El libro que estaba leyendo era aburrido. Abandonando su lectura, empezó a dar vuelta las páginas con rapidez, primero del comienzo al final, y cambiando de manos, del final al frente. El sonido que hacían las páginas girando, era la personificación de la entretención del día, en su opinión.

¿Bill, podrías dejar de hacer eso? Me distrae.

Enfurruñándose, la concubina dejó de hacer el inútil movimiento, abandonando la novela a un lado. A pesar del hecho de que estaban en la biblioteca, Bill estaba bastante seguro de que no podría encontrar nada en los estantes que le pudiera interesar, ese día. Acomodándose sobre la pila de cojines que habían incautado del harem, bufó—. Estoy aburrido.

Tom dejó salir un suspiro y se concentró en fijar su mirada en los documentos diseminados sobre el escritorio al frente suyo. Esa no era la primera vez que Bill se había quejado, de hecho, el rastudo pensó con pesadumbre, lo había estado haciendo toda la tarde. Tom simplemente lo ignoró, habiendo agotado hacía mucho, todas las posibles sugerencias para que el chico se entretuviera solo. Hubo silencio por algunos momentos y Tom pensó, aliviado, que tal vez Bill había encontrado algo interesante que hacer. Pero esa esperanza fue invalidada, cuando el esclavo hizo sentir su presencia, moviéndose por detrás de la silla, para susurrar en el oído de Tom.

Estoy aburrido, hagamos algo —sus manos buscaron camino, hasta descansar en los hombros del príncipe, acariciando tentadoramente.

Bill —dijo Tom. Frustrado, pero incapaz de resistir el brillo divertido de sus ojos, cuando el chico lo rodeó para sentarse sobre la mesa y los papeles, ignorando por completo su trabajo—. Tengo que terminar esto. He estado eludiendo mis responsabilidades demasiado tiempo.

El pelinegro arrugó la nariz en señal de desacuerdo, levantando un pie descalzo para frotarlo contra el muslo del príncipe—. Has estado trabajando por horas. Vamos —persuadió, flexionando el pie, para presionar peligrosamente más arriba en la pierna del hombre y sonriendo por la reacción que obtuvo—. Toma un descanso.

Por un momento, pareció que el príncipe había aceptado su propuesta, pero en lugar de eso, se las arregló para fortalecer su postura y quitando con cuidado el pie del pelinegro, dijo—. No me estás haciendo las cosas fáciles, Bill —se quejó tranquilamente—. Tengo que terminar esto. —Al ver el puchero que hacía la concubina, agregó—. Lo siento, Bill. No es que yo no quiera…

Pero Bill se alejó de él. Saltando de la mesa, regresó a su cama de cojines y respondió ágilmente—. No. Lo entiendo. Está bien. Haz tu trabajo.

Suspirando, Tom volvió a ordenar los documentos pertenecientes a las actuales noticias de la guerra. Estaba consciente de que seguramente, volverían a requerir su presencia en el campo de batalla. Pero los recientes reportes sugerían que, pese a las condiciones pantanosas de los terrenos del sur, las tropas de Bagrah seguían ganando terreno y rápido. Todos los otros generales predecían lo mismo: esta guerra podría terminar en cosa de meses, sino semanas. Ese prospecto era el más deseado porque el príncipe, a diferencia de otros jóvenes de su edad, no tenía deseos de combatir. Esa promesa de paz, era la que llevaba a Tom a retomar su trabajo. Inclinándose para coger un mapa que diera una referencia de la ubicación de las colinas de Foularr, se congeló ante el suave gemido que sonó detrás de él.

Tomiii —Bill llamó desde atrás.

Cuando el rastudo giró cautelosamente en su asiento, fue para encontrar la sugerente forma de su concubina, estirándose como si fuera un gran gato sobre los cojines. El cabello de Bill estaba diseminado por todo el derredor de los almohadones de seda, sus labios húmedos y abiertos. El chico le envió una sonrisa traviesa antes de arquear su espalda, alzando las caderas, mientras sus manos bajaban por su pecho y estómago indulgentemente.

Ayuda —dijo el pelinegro jadeante, mordiendo sus labios.

Rápidamente la sangre se fue al sur, Tom volvió a girar en su silla, tratando de enfocarse en las notas que había estado escribiendo.

Después de unos momentos inútiles para tratar de retomar la concentración, en los que Bill continuó haciendo soniditos desde atrás, bajó los hombros.

¡Mierda! —desistió, moviendo los brazos para ayudarse a alejarse de la mesa. Tom se puso de pie y caminó velozmente para unirse al joven jadeante en el piso.

&

¡Feliz cumpleaños atrasado!

Las porras se extendieron por el salón, donde el pequeño grupo de celebrantes sonreía y aplaudía. Un puñado de confeti de origen desconocido, voló por el aire. Pedazos de papel arrugado descendieron en la cabeza del rastudo. Tom sonrió amablemente al ver a Gustav reír, cuando se acercó a quitarle los papeles de los hombros.

En términos reales, la fiesta que habían montado era bastante insustancial. Con una lista de invitados de menos de veinte personas, no hubo gran aparataje ni discursos. La mayoría habría pensado que no era una celebración digna de un príncipe, pero a la pequeña banda de parranderos, no les podía importar menos. Habían reclamado el comedor del harem para sus propósitos, decorando los muebles y paredes con serpentinas y otros adornos. Sólo los amigos estaban presentes y el mejor discurso entregado en la noche, había sido compuesto por los balbuceos del primo borracho del príncipe.

En un repentino despliegue de fraternidad, Georg se había subido a la silla, con un vaso de vino en la mano y pronunció que Tom estaba reluciente, brillante, cubierto de masculinidad, una especie de soldado inmortal digno de ser imitado. Y luego comenzó con una extensa perorata de sus aventuras en la guerra, y cómo en tan poco tiempo el pueblo de Foularr se había derrumbado. Mientras Manar tiraba a su novio para evitar que siguiera luchando con el candelabro y volviera a bajar al piso, él terminó cantando estruendosamente el himno de Bagrah, sustituyendo la letra, con algunas frases lujuriosas.

Bill, quien estaba sentado en la mesa al lado de Mahtob y Deena, al frente de Tom, se reía y movía la cabeza ante el espectáculo. La tarde había sido larga y llena de música, comida y amigos. Él lo había disfrutado mucho, y cada vez que miraba al otro lado de la mesa, Tom estaba sonriendo.

Bill estaba contento de haber podido organizar la pequeña fiesta. Tom le había contado una vez, que las ceremonias convencionales de los cumpleaños reales eran aburridas y sin emociones. Esta nueva experiencia pareció haber complacido al hombre gratamente. Y aunque estaba feliz de estar ahí, Bill mantuvo su distancia del príncipe, nunca mostrando demasiada atención física o dominando la conversación, por miedo a lastimar los sentimientos de las otras concubinas.

Por su parte, Mahtob y Deena, estaban haciendo lo mismo. Las tres concubinas eran amigas dentro del harem, pero ellas nunca habían pasado tiempo con el príncipe estando juntas. Siempre era, una a la vez, así lo ignoraban con mayor facilidad si es que alguna vez se dieron cuenta de eso. Pero ahora, estaban todos reunidos en el mismo salón y todas luchaban por mantener su postura, sin estar seguras de lo que podían hacer, o de lo que las haría ver como tratando de sacar preferencia. Era mucho más incómodo para Bill, porque las tres concubinas se daban cuenta de la tácita preferencia que su amo tenía por él. Por esta razón el pelinegro, fue muy cuidadoso de disfrutar la fiesta, pero de darle espacio al príncipe.

Otra inesperada incomodidad, vino por estar rodeado de los amigos del príncipe. Cuando el rastudo venía a visitarlo al harem, Bill nunca se sintió intimidado, pero estar con los pares de Tom, se sentía extraño. Estos hombres —Gustav, Georg y otros cuatro—, eran todos de su edad. Eran fuertes, independientes y hombres libres. Ellos eran amenazas para él, de una forma que jamás serían para las mujeres del harem, porque ellos eran lo que el mismo Bill debía haber sido. Y sus miradas curiosas le hacían sentir extrañamente incompetente, como si de alguna forma hubiera fallado en ser un hombre, o incluso menos que eso. Y antes de que estos molestos pensamientos se adhirieran a su mente, Bill fue capaz de olvidarlos gracias al ambiente festivo y al vino dulzón.

Y mientras la noche se volvía madrugada, todos los que participaban en la fiesta quedaron exhaustos o demasiado borrachos. Las personas se retiraron solas o en parejas, hasta que sólo Tom, Bill, y un inconsciente Georg, permanecieron. Compartiendo una mirada a través de la mesa, Tom hizo una seña para que el pelinegro se acercara. La mesa era tan larga, que Bill consideró pasar por arriba de ella, pero el mueble de madera azul, también era muy ancho y estaba abarrotado con trozos de torta y restos de comida. Suspirando, dio todo el rodeo a la mesa, hasta llegar al príncipe.

Se sentó en un cojín al lado del otro hombre, viéndole de frente—. Hola.

Tom sonrió—. Hola. ¿Te divertiste?

Yo debería preguntarte eso, cumpleañero. ¿Qué se siente tener veinticuatro?

El rastudo alzó los hombros—. Lo mismo que veintitrés —Bill asintió en silencio, el tampoco se sentía viejo después de un cumpleaños—. Pero el espectáculo fue extraordinariamente más agradable esta vez —agregó el mayor, alargando la mano, para pasar su pulgar por la mandíbula de Bill. Y comentó dulcemente—. Los adornos fueron muy lindos.

¿Es eso lo que soy? —preguntó el pelinegro, dejándose llevar por la suave caricia—. Una baratija que se ve bien con todo lo demás.

Tom se inclinó más cerca, arrastrando a la concubina a sus brazos, sus rostros casi se tocaban. Depositó un tierno beso en cada mejilla del menor, susurrando lentamente—. Sabes que no es así.

Bill suspiró, disfrutando toda la atención mientras los besos se movían hacia su mandíbula y firmes manos lo sostenían en sus brazos.

¿Qué soy entonces? —exhaló. Bill realmente no estaba buscando una reivindicación de su lugar en el corazón del príncipe, porque ya sabía dónde estaba. Estas preguntas fueron hechas por el simple placer de escuchar la tierna respuesta.

Mmm, tú eres un regalo —Tom afirmó. Lamiendo una líneas ascendente por detrás del oído del chico.

Bill sonrió ante la húmeda sensación en su piel—. ¿Un regalo, eh?

Sip. El mejor regalo de cumpleaños que haya tenido nunca —declaró el príncipe, acercándose hasta unir sus labios.

El beso era caliente y serio, perdiendo la actitud juguetona que tuvo segundos antes. Sus bocas funcionaban en un ritmo inconsciente hasta que Bill retrocedió. Calmando su respiración, el menor se fijó en la cara del príncipe, analizándolo

¿Qué tanto bebiste? —susurró, con sus rostros aún muy cerca.

Muy poco —Tom rió—. Aunque la mayoría estaban muy borrachos. Tal vez no bebimos lo suficiente.

Bill negó con la cabeza, sus ojos se oscurecieron—. Quizás bebimos lo justo y necesario.

Tom continuó buscando con su boca, la comisura de los labios del menor—. ¿Lo justo para qué?

La concubina ronroneó, sonriendo ante los ansiosos labios—. Cosas.

Deteniendo sus acciones, el rastudo retrocedió un poco y sonrió de lado—. ¿Sí?

Bill asintió—. Sí.

El príncipe hizo un sonido ansioso y se puso de pie, levantando al joven con él. Bill sonrió ante el comportamiento juvenil de Tom, pero honestamente no sabía por qué estaba actuando tan desesperado; no era como si no hubieran hecho otras cosas desde que volvieron a reunirse. Además de lo que había ocurrido en el baño aquella primera vez, habían terminado dándose placer con manos y bocas en diferentes lugares, incluyendo la pequeña habitación móvil en el jardín, la biblioteca, el salón de música, sin mencionar las incontables horas que pasaban acariciándose y besándose en las habitaciones de la concubina.

Tom lo estaba llevando de la mano fuera del comedor, y hacia las escaleras que llevaban al segundo piso del harem. Dándose cuenta de hacia dónde los guiaba, Bill se resistió, deteniendo su avance. El príncipe se volteó para verlo, con ojos interrogantes y le preguntó al menor—. ¿Qué?

Quiero ir a tu cuarto —explicó el pelinegro, empujando un poco, para que el hombre revirtiera sus pasos.

No viendo ninguna objeción en la petición del chico, Tom asintió y cambió de dirección. Caminaron velozmente en su prisa por llegar, dejando el harem y atravesando los corredores del palacio, sin ninguna distracción hasta que alcanzaron las habitaciones del rastudo.

Una vez dentro, Bill empujó las pesadas puertas, cerrándolas con un pesado “clic”. Cuando volteó, Tom ya había cruzado el cuarto. Bill observó cómo sacaba algo del tocador y lo arrojaba sin cuidado en la cama, apresurándose para regresar a donde había dejado al pelinegro.

& Continuará &

Notas de MizukyChan:

Sé que me odian y querían leer el capítulo completo, pero es que es larguísimo, necesito un respiro. Además lo dejé justo en el punto en que se puede acortar. En el final de este episodio veremos la diferencia que experimentarán los chicos entre el “sexo” y “hacer el amor”. ¿Quieren esperar? Serán sólo unos días. Besos. Y no olviden comentar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido
Scroll al inicio