
Notas de MizukyChan: Y por fin la segunda parte de este capítulo interminable, pero que me ha hecho suspirar como una loca enamorada. Ahora la gran diferencia entre el simple sexo y “hacer el amor”, que lo disfruten.
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Bill ha estado en el harem 1 año, con 1 semana.
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 34. Parte 3
Una vez dentro de la habitación, Bill empujó las pesadas puertas, cerrándolas con un pesado “clic”. Cuando volteó, Tom ya había cruzado el cuarto. El menor observó cómo sacaba algo del tocador y lo arrojaba sin cuidado en la cama, apresurándose para regresar a donde lo había dejado.
Tom no estaba ni a un pie de distancia, el espacio entre ellos era tan breve que llegaba a ser doloroso. Bill encontró los ojos del príncipe, mostrándole lo ardiente que estaba, pero aun así el hombre se mantuvo a unas pulgadas de distancia. Su expresión, era una que el pelinegro ya había visto antes, pero nunca a este nivel. Era una mirada apreciativa y brillante, similar, pero de algún modo muy diferente a la lujuria. Más que cualquier otra cosa, hizo que Bill se estremeciera con un placer desconocido.
Acercándose medio paso, de modo que sus cuerpos casi se tocaban, Tom estiró la mano, para acariciar el cabello atado de la concubina, el final de la cola terminaba sobre el hombro.
—¿Cuándo dejaste de ser más pequeño que yo? —preguntó suavemente, considerando su propia pregunta.
Bill alzó los hombros, concentrado y pensando más que nada, en el tono bajo de la voz del príncipe. La presente y pesada excitación, se sentía entre sus cuerpos.
—No lo sé —respondió en una exhalación. Y luego, cuando sus labios se juntaron y sus manos encontraron la cintura del otro hombre, agregó—. Y no me importa —El beso no duró tanto como debió y Bill se encontró presionando su rostro en el cuello del otro hombre. Cuando se separó, sin saber qué más hacer, tenía brazos rodeándolo y unos dedos acariciando la parte trasera de su cabeza.
Tom estaba tocando el peine de diamante negro que sostenía el cabello del menor, al decir—. Deberías quitártelo.
Lo dijo como si fuera algo erótico y Bill pensó que el otro estaba imaginándolo quitándose algo más que sólo la joyería.
—Tú dijiste que yo era tu regalo —susurró sugestivamente, contra el cuello del príncipe—. Tal vez tú deberías desenvolverme —Bill le dio una sonrisa invisible, sabiendo que debería rodar los ojos ante esta afirmación, pero las palabras tuvieron un efecto totalmente diferente en el rastudo, quien gimió y lo acercó más a él.
Con un ruidito placentero, Bill aceptó la nueva lluvia de besos, satisfecho de que esta vez, se prolongaran más. Cuando finalmente se separaron para coger aire, sus labios vibraban y sus pieles comenzaban a calentarse. Bill estaba palpitando y demasiado listo para recibir más. Tratando de recuperar el aliento para formular palabras, dijo.
—Demasiada ropa —y empujó los brazos que lo sostenían firmemente.
Sus dedos hallaron la túnica del príncipe y jalaron de ella. Sus pequeños tirones, fueron inefectivos, y sólo lograron arrugar la tela. Haciendo un ruido de frustración, dio un último e inútil jalón—. Quítala —mandó.
Tom sonrió y le complació, tirándola por sobre su cabeza. Bill observó lo suficiente para apreciar la piel bronceada que quedaba expuesta, pensando que era muy hermosa en realidad, antes de apresurarse a los botones del pantalón de abajo.
Tom atrapó sus manos—. Bill, hey. Aguarda un segundo.
Cuando los ojos de la concubina volaron para encontrarse con los suyos, Tom sintió que su vientre se estremecía. Pensó que no era justo lo mucho que quería a ese chico. Su deseo, su necesidad por Bill, se extendían mucho más allá de cualquier cosa que hubiera deseado antes. Tom pensó que sentiría esa necesidad para siempre, porque para él, nunca sería suficiente. Nunca estaría satisfecho de él, mientras Bill existiera, siempre lo desearía.
El esclavo pelinegro se cansó de esperar y comenzó a moverse otra vez. Sus manos impacientes, le ayudaban a desvestirse.
—Hey, espera —le detuvo Tom, tomando el rostro de Bill con las palmas de sus manos.
—¿Qué? —Bill se quejó ante el rastudo y Tom sonrió y se acercó a él.
—Estoy feliz porque estás ansioso de que esto pase —afirmó. Acercándose para lamer el labio hinchado inferior de la concubina—. Pero hazlo más lento. Quiero disfrutarte —Bill pareció reaccionar ante esto y cuando Tom lo volvió a mirar a los ojos, pudo ver el efecto de sus palabras—. Lentamente —repitió, pasando el pulgar muy cerca del lugar donde sus labios se volvían a unir—. ¿Está bien?
Bill respiró profundamente, su alocada energía se disipó al encontrarse con la mirada del príncipe. Asintiendo, susurró—. Okey. Sí.
Tom sonrió y presionó, juntando sus bocas una vez más, antes de retroceder. Con sus manos aún entrelazadas, los guió al otro lado de la habitación. Antes de alcanzar la cama, se detuvo y dio un pequeño círculo.
—Gírate, Bill.
Las palabras fueron sólo un murmullo, suave e íntimo y el pelinegro se mordió el labio al obedecer, girando hasta que le dio la espalda al príncipe y todo lo que él podía ver, era el resto del cuarto. Sin saber qué esperar, su respiración se agitó ante el contacto, pero sólo eran los dedos del otro hombre, removiendo el peine de diamante.
Habiéndolo quitado, su cabello cayó en una gran masa. Desde atrás, Tom puso el pelo sobre los delicados hombros, para presionar sus labios sobre la parte trasera de su pálido cuello.
—No lo vuelvas a cortar —dijo suavemente—. Me gusta cuando está largo —en cualquier otra ocasión, Bill habría estado tentado a hacer un comentario irónico, algo así como “es mi cabello y puedo hacer lo que quiera con él”. Pero ahora no. Ahora se mantuvo en silencio.
Su cabeza se inclinó un poco hacia un lado, con los párpados semi cerrados al sentir que Tom seguía moviéndose. Dedos aparecieron, descansando suavemente sobre sus hombros, antes de moverse y colarse entre la tela de su túnica, deslizándola lentamente hacia abajo, hasta que la prenda golpeó el suelo en un silencioso “whoosh”. Estremeciéndose cuando el contacto regresó, Bill soportó el penetrante silencio, mientras las manos reverentes del príncipe, apenas tocaban su cuerpo. Desvistiéndolo con terrible lentitud.
Cuando el rastudo hubo terminado con la camisa y la túnica que vestía, sus manos se movieron hacia abajo, sujetando sus caderas y tirando.
Inhalando temblorosamente ante el cálido contacto de sus pieles desnudas, Bill giró su rostro buscando un nuevo roce. Tom ya lo estaba esperando. Sus bocas se encontraron en un beso lánguido y lento, mientras las manos del rastudo envolvían al menor, para deshacer el nudo de los lazos de su pantalón. Cuando sintió que la prenda se soltaba y caía, Bill gimió en la boca del otro hombre, agarrando los brazos del mayor, llevándolos hacia arriba, para que lo envolvieran fuertemente en un abrazo.
Tom se detuvo un momento, cubriendo a Bill en ese abrazo requerido y permitiéndose ese momento de indulgencia. Se quedaron allí, de pie, abrazándose fuertemente. La mejilla de Bill yacía en la curva de su propio hombro levantado y la frente de Tom, apoyada en la suave melena del chico.
Apenas balanceándose, con los ojos cerrados, Tom susurró—. Te amo.
Nunca antes lo había dicho, pero no importaba. Las palabras no llegaron como una sorpresa y sin embargo, Bill se mantuvo en silencio. Sus labios dibujaron una suave sonrisa y en su mente pensó «Ya lo sé»
Levantando un poco la cabeza y rompiendo el abrazo, Bill giró hasta que, una vez más, estaba de frente al otro. Sus manos encontraron la mandíbula de Tom y unió sus labios, en una simple y profunda presión.
Retrocediendo, hasta que los brazos del rastudo estuvieron completamente extendidos, el agarre en la pequeña cintura de la concubina era lo único que los mantenía unidos. Bill estiró sus manos para acariciar el plano pecho del príncipe y cuando alcanzó el cinto de sus pantalones, sus ojos brillaron. Sus ojos de color miel, nunca titubearon al sostener la mirada del mayor, cuando la última prenda que quedaba, cayó al piso.
Estaban de pie, completamente desnudos, con la respiración un poco agitada, pero con los ojos totalmente seguros. No había incomodidad ni vergüenza. No había preguntas en absoluto. En ese momento, Bill se sintió más cerca de Tom que nunca antes. Y todo se sentía bien y seguro.
Inclinándose, Tom murmuró—. Ven conmigo —cogió la mano del chico pelinegro y caminaron hasta la cama.
Ubicándose sobre las sábanas de seda, Bill se acercó al otro hombre y fue recibido por cálidos labios, mientras Tom lo atrapaba desde atrás, pegando sus cuerpos. Bill suspiró y alargó el cuello, dando espacio al sentir allí, besos que succionaban su piel.
Ambos estaban de rodillas y pronto, el esclavo pelinegro, sintió como el miembro del otro hombre crecía a sus espaldas. Dejando salir un tembloroso jadeo, alargó la mano y se tocó a sí mismo, palmeando el dulce dolor que prometía seguir extendiéndose. Brazos envolvieron su torso, atrapándolo y pegándolos nuevamente; Bill simplemente lo disfrutó.
Tom había dejado de probar la piel del chico y ahora solamente estaba viéndolo por sobre el delgado hombro. Sus perfectos y pequeños pezones estaban completamente apretados por la excitación, su vientre plano, se movía al compás de su respiración. Se estiró para quitar la mano que le obstruía el camino y observó la hermosa carne que estaba entre las piernas del chico. Con una mano firme sobre el estómago, sostuvo a Bill, mientras que con la otra, acunaba su miembro, frotándolo gentilmente con su palma.
Bill gruñó ante el contacto, empujando sus caderas para incrementar la sensación. Pero fue rápidamente detenido, restringido contra el cuerpo que estaba detrás de él, mientras los toques continuaban siendo gentiles. Sus mejillas se colorearon y mordió su labio al observar como acariciaban su longitud.
—Bill.
La voz del hombre que estaba arrodillado detrás de él, llegó ronca y tranquila. Bill exhaló y giró el rostro al rastudo—. Tom —dijo tragando duro—. Yo quiero…
El príncipe empujó su cuerpo contra él, moviendo sus caderas al mismo ritmo lento de su mano—. ¿Qué es lo que quieres? —preguntó al ver que el pelinegro no continuaba—. Dime lo que deseas. Cualquier cosa. Y te la daré.
Bill permaneció en silencio por largos segundos, demasiado centrado en su pesada respiración y en aquella mano que lo acariciaba. Con los ojos cerrados por el placer, contestó—. Tu cara —dijo en un jadeo, mientras aquellos dedos lo masturbaban tan bien—. Quiero verla.
Inmediatamente, la mano que sujetaba su miembro, lo dejó. Y Bill quiso gritar, protestar y retirar su petición, pero Tom lo sostenía firmemente por las caderas y ahora, lo estaba girando.
Moviéndose sobre sus rodillas, Bill se dejó guiar, hasta ser ubicado sobre el regazo del otro hombre. En esta posición, se encontró imposibilitado de ver a otra parte y su mirada permaneció fija en la del príncipe, mientras las manos del mayor, lo agarraban por su espalda baja, sosteniéndolo. Las piernas de Tom estaban estiradas sobre la cama y el pelinegro enrolló las suyas, tras la espalda del rastudo, uniendo los talones.
Estaban imposiblemente cerca y los dos hombres, respiraban entrecortadamente, al sentir como sus erecciones se frotaban una con la otra. Bill bajó la mirada para ver como se tocaban las suaves y rosadas pieles, pero luego miró hacia otra parte, escondiendo su rostro en el hombro de Tom. Titubeando, movió las caderas hacia el frente y un sonido desesperado se escapó de su garganta.
—Sshhh —le calmó el príncipe, dando suaves caricias en su espalda—. Te tengo.
—Tom —gimoteó el pelinegro, aferrándose al cuerpo del rastudo, como si fuera el único fundamento sólido en el mundo. Estaba sobrecogido por la urgente necesidad de moverse más cerca del otro hombre. De empujar y empujar, hasta pegarse y fundirse. Hasta que Tom estuviera dentro y se llenaran todos los espacios vacíos—. Por favor —susurró, meciéndose contra el otro cuerpo, sin saber exactamente qué pedir, pero confiado en que Tom lo sabría y se lo daría.
Tom se estremeció y abrazó más fuerte a Bill, encontrando como objetivo el borde de su manzana de Adán. Todo lo que el pelinegro estaba haciendo: cada palabra que decía, cada pequeño movimiento y sonido que hacía, eran la causa del creciente dolor en el pene de Tom y de la sensación que crecía y se intensificaba en su pecho. Los segundos se sintieron como una eternidad, cuando se estiró para alcanzar el aceite, que estaba escondido entre los pliegues de la cama.
Bill soltó un quejido de protesta ante la tardanza, pero pronto se calmó al darse cuenta qué era lo que distraía al rastudo.
—Oh —exhaló, viendo como Tom se lubricaba los dedos—. ¿Vas a…?
—Ah, ha —afirmó Tom, tapando y abandonando la botellita, para llevar sus dedos húmedos, a la parte superior de los muslos del esclavo.
Cuando algo frío lo tocó, Bill suspiró. El contacto era suave y delicado, así que se quedó lacio ante el otro cuerpo, relajándose por la leve estimulación que se extendió por largos minutos. Cuando eventualmente movió su trasero, la otra mano de Tom, que estaba en su cadera, lo mantuvo quieto.
—No —le dijo, mientras su dedo aún hacía círculos en la pequeña entrada—. Sólo así.
La insistente calma en el tono del mayor y su firme postura, ayudaron a Bill a mantenerse enfocado. Y simplemente se dejó llevar, por lo que le estaban haciendo, deleitándose en las sensaciones del momento.
Levantó la cabeza, queriendo sentir algo en su boca. Tom la llenó, inundándolo con su cálida y húmeda lengua. Ninguno de los dos se dio cuenta cuándo empezó, pero cuando el rastudo hubo aplicado suficiente presión, y su dígito estuvo masajeando en el joven varón, los dos estaban balanceándose juntos, al mismo tiempo.
Compartiendo el aliento con el príncipe, Bill gruñó suavemente al percibir la sensación apretada cuando otro dedo era añadido. Acarició con su boca, la barbilla del mayor. Los ruidos de sus respiraciones, hacían más íntimo el momento. Los dedos se curvaron dentro y un ansioso Bill, frotó su rostro con el del príncipe—. Dios —murmuró en el atado de rastas del otro hombre—. No te detengas.
Tom no se detuvo, manteniendo el constante movimiento de sus dedos, hasta que sintió que el chico estaba listo para otro. Bill lo recibió, volviendo su respiración una serie de suaves jadeos contra el cuello contrario.
«¿Cuántos minutos llevamos en esto?» Se preguntó Tom, continuando lo que estaba haciendo.
Entre sus cuerpos, podía sentir la rigidez del uno contra el otro, caliente y punzante. La necesidad de tocarse a sí mismo era grande, pero Tom la ignoró, convirtiendo el pesado dolor en algo que debía prolongarse y disfrutarse. Sus caderas se movieron para proveer un grado de alivio y el príncipe se enfocó en la estreches que rodeaba sus dedos.
La piel se había vuelto mucho más húmeda, sus cuerpos tenían una capa de sudor, donde quiera que tocaras. En poco tiempo, Bill comenzó a soltar una serie de pequeños grititos—. Ah, ah, ah… —cada vez que los dígitos de Tom iban demasiado profundo y sus caderas chocaban. Pausando para recibir los desesperados besos del pelinegro, Tom retiró su mano, calmándolo al oírle soltar un quejido de protesta.
—Aún no termino —lo consoló.
Los brazos de Bill volaron para darle un apretado abrazo, mientras esperaba que Tom se preparara. Cuando el rastudo pronunció un silencioso—. Okey —el menor rápidamente retrocedió, deteniéndose para dejar que el príncipe se ajustara, al sentirlo entre sus nalgas. La mano de Tom en su cadera le dijo que ya podía volver a moverse y Bill comenzó a descender lentamente, exhalando de alivio y satisfacción al sentir como el otro hombre lo llenaba.
Una vez que estuvo completamente sentado, la sensación no era rica como cuando acariciaba su miembro, pero era mejor y más placentera, por las emociones que lo embargaban. Profundo, llenándolo, la dureza que presionaba dentro de él era insistente y permanente. No se sentía como algo que él pudiera controlar, y sentirse lleno por él, lo hacía sentir completamente fuera de control. Lo incluía todo, y las barreras de la satisfacción le decían que simplemente recibiera aquello. El pensamiento de lo que le estaban haciendo, hizo gemir lentamente a Bill y simplemente lo tomó.
—¿Listo? —La voz de Tom flotó desde algún lugar debajo y asintió. Las manos en los hombros del mayor y las del rastudo en su espalda. Y comenzaron a moverse.
El ritmo que tomaron era lento y tranquilo. Sus caderas se movían en un compás que parecía durar para siempre, que nunca cambiaría. Las embestidas de Tom alternaban entre tranquilas y profundas, pero no entre rápidas y lentas. Una, otra y otra vez, se movían armoniosamente; y mientras lo hacían, el placer se incrementaba. Siempre mantuvieron el contacto visual. Los pensamientos que cruzaban entre ellos fueron infinitos, pero nunca los vocalizaron. La comunicación silenciosa era intensa.
El fuego constante en los ojos de Tom, obligó a Bill a morder su labio. La sensación de su estómago era incontrolable. Y aun así, no dijeron nada. Los dulces sonidos de sus respiraciones entrecortadas, fueron dispersos por los intermitentes sonidos al tragar, para aliviar la sequedad de sus gargantas; además del suave golpeteo de sus cuerpos al chocar entre sí.
Se movieron y movieron, siempre al mismo y estable ritmo; y mientras respiraban en el rostro contrario, incrementaban el placer, así como también la creciente emoción en sus pechos. Con la presión de las lágrimas en sus ojos, Bill comprendió que eso era lo que había estado esperando. El momento en que él estuviera en los brazos de Tom, atados al placer, pero sin perder la calma, listos para llegar a la cima y dejarse caer, incluso si les tomaba toda la noche llegar hasta allí. Había esperado por esta unión lenta y torturante, donde se pudiera mover con Tom y ver como se rompían el uno al otro y luego volvían a unir las piezas una y otra vez, hasta llegar al orgasmo.
Notando la capa de humedad en sus ojos, Tom se inclinó hacia adelante para juntar sus frentes—. No llores —suplicó con su respiración entrecortada—. Está bien. Te tengo —sus brazos firmes reafirmaron su posición en la resbaladiza y sudorosa piel de la espalda del menor, pegándolo más a él—. Te tengo.
Continuaron haciendo el amor, sus caderas aún se movían en ese lánguido tiempo. Muchos momentos más tarde, Bill gimió cuando Tom se movió dentro de él, presionando justo en su punto, sintiéndose muy bien.
La fuerte sensación de esa perfecta embestida, llegó hasta su espina, avivando la ardiente necesidad de gritar pidiendo más. Bill gruñó dentro del agarre del príncipe, tratando de mover sus caderas más rápido y más fuerte. Pero Tom nunca se rendía, manteniendo su ritmo constante y lento.
—Oh, Dios —Bill soltó entre jadeos, el creciente placer se hacía insoportable—. Tom, no puedo…
Tom lo igualaba en todas las formas, el mismo aliento entrecortado escapaba de su boca, los mismos dedos desesperados apretaban la piel, la misma piel cubierta de sudor. Pero de alguna manera el rastudo, era capaz de controlar el deseo de buscar el final desesperadamente, algo en lo que Bill estaba a punto de caer.
Bajando la cabeza del chico, para besarlo lenta y torpemente, Tom le negó su deseo— Sí puedes —jadeó, tomando una gran bocanada de aire y cerrando brevemente los ojos, para reabrirlos y volver a unir sus miradas—. Puedes —repitió. Bill se quejó en protesta, así que Tom sujetó la parte trasera de su cabeza, para que la frente del menor descansara sobre su hombro—. Lo haremos juntos. Llegaremos juntos —dijo, antes de volver a quedar en silencio y continuar su movimiento.
Y llegaron. El placer crecía y se desvanecía a intervalos, pero eventualmente, después de lo que se sintió como una eternidad, alcanzaron un punto en el que el golpe de placer fue en aumento, a pesar del continuo movimiento. Para ese entonces Tom cogió a Bill en su mano, brindándole una dulce agonía a su descuidado miembro.
Bill sí gritó en esos momentos, cuando el príncipe finalmente lo tocó en el lugar que tanto deseaba. Pero los toques eran exactamente igual a las embestidas contra su cuerpo, mínimas y dulces. Así que tardaron mucho más, antes de que algún proceso automático tomara el control, llevándolos al clímax.
Bill llegó primero. De pronto sus caderas se alzaron rígidas, como si algo inesperado y desconocido, lo llevara al infinito. Su orgasmo comenzó tan lento, que le llevó un segundo darse cuenta que estaba eyaculando, pero una vez que la comprensión llegó a su cabeza, su mente quedó en blanco, sin saber nada del resto mundo. Estuvo suspendido en la dimensión del placer por largos segundos, antes de que su visión se volviera clara nuevamente.
Para cuando recuperó la conciencia, Tom ya estaba eyaculando. Bill colapsó contra su cuerpo, respirando entrecortadamente en el hombro del otro, mientras escuchaba los sonidos que hacía, estremeciéndose ante la magnífica calidez que llenaba su interior. No tuvo el aliento para decir “te amo”, así que lo reservó para más tarde.
Cuando ambos terminaron y se encontraban regresando de las alturas, Tom ayudó a Bill a desenredar sus piernas de su espalda y los recostó a los dos, en las frescas sábanas. Bill se acostó, aferrado a un costado sudoroso del príncipe y Tom estiró un brazo, para acunarlo. Cuando recuperaron el aliento lo suficiente, se permitieron juntar sus labios, repasando los recuerdos apasionados de lo que acababan de compartir.
& Continuará &
OMG, ¿les pareció bonito?
