Mi jaula dorada 34. Parte 1

Bill ha estado en el harem 1 año, con 1 semana.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

Capítulo 34. Parte 1

Después de haber estado secuestrado ocho días en la habitación del príncipe, Bill decidió regresar al harem. A Tom no le gustó la idea, pero ambos, Bill y Tabeeb Ihsan insistieron en que ya no había ninguna necesidad médica, para que el pelinegro permaneciera allí. Tom se había recuperado a una velocidad sorprendente y, aunque algunas veces, su respiración se mostraba bastante agitada, él se veía increíblemente bien.

El pelinegro pensó que otra probable razón para regresar al harem, era que Deena y Mahtob no terminaran demasiado enojadas con él. Tom y él habían sido egoístas en su reunión privada, que duró nada más ni nada menos que una semana. Durante la cual, sólo se comunicaban a través de cartas, con las personas que pudieran estar preocupadas por la condición del príncipe, lámense Deena y Mahtob.

En la última tarde, cuando Tom no mostraba ninguna señal de desear que Bill se fuera, el pelinegro le había dicho silenciosamente, que no estaban siendo justos con las otras mujeres y le preguntó a Tom si no pensaba que ellas también querrían visitarlo.

La veracidad de su oración había quedado pendiente en el aire. Por supuesto que ambos hombres, ya habían pensado sobre ello, y para el rastudo había sido más fácil ignorarlo. Sintiéndose un poco avergonzado de que Bill, el hombre que tenía más razones para estar celoso, fuera el que estaba mostrando mayor grado de consideración por las otras dos mujeres. Ese pensamiento, logró hacerlo aceptar la propuesta. Y Bill regresó al harem.

Y luego de ello, Tom se reunió con sus dos concubinas mujeres, permitiendo que sus visitas estuvieran llenas de lágrimas de alivio y cariño. Incluso ignoró a Bill por dos días completos para cumplir el deseo de las féminas de tener su atención, que tuvo que admitir, también merecían y con razón. Sin embargo, después de ello, Tom volvió al harem sólo para ver a Bill. Ya habían pasado dos semanas, y escasamente pasaba un día sin que el rastudo estuviera en compañía del pelinegro.

Pasaban horas y horas juntos, abrazando la conexión que había revivido como una revelación asombrosa. Tom sabía que tenía sentimientos profundos por Bill desde mucho antes y que nunca habían desaparecido, pero a medida que el pelinegro y él volvían a unirse, esos sentimientos lentamente se volvían invencibles un capullo madurando durante largos meses, hasta que emergieron del apretado espacio donde habían estado aprisionados y escondidos, germinando tan fuertes y bellos, incluso mejores que en un principio.

El resultado de este renacimiento fueron días largos y felices, así como conversaciones que aumentaban de profundidad, como nunca antes lo hubieran hecho. Bill aprendió cosas sobre el pasado del príncipe, que él no le había contado a nadie. Incluso los peores recuerdos servían para unirlos más. Tom profundizó sobre la patológica necesidad de su padre, de superarlo en todo lo que hacía y tenía, además de descubrir que esa patología había existido desde antes que pudiera recordar. Le contó sobre su madre, quien siendo amorosa y amable, nunca pudo actuar como los verdaderos padres. También sobre su consternación de ver a Aaron aún en el palacio.

Bill le escuchó y también fue honesto en todo. No quiso pretender que ya no había cosas que lo molestaban, incluso que le atemorizaban. El pelinegro habló de que el futuro incierto de su relación lo inquietaba, expresó cómo él trataba de no estar celoso de Mahtob o Deena, pero algunas veces no podía evitar que el insidioso deseo de que Tom nunca las hubiera tomado como sus esclavas, cruzara por su mente. Y también contó de lo preocupado que estaba a causa de los guardias en el harem.

Oh, sí, Bill ignoró la advertencia de Saki y le reveló a Tom lo que Salim y sus hombres estaban haciendo. Por supuesto que introdujo la revelación, con la súplica de que el rastudo mantuviera su postura lo suficiente, para que pensaran en un plan de acción que no llamara la atención del sultán. Como esperaba, Tom se molestó muchísimo, jurando “cortarle las bolas al sádico bastardo”, pero se tomó en serio la petición de Bill y se calmó… un poco.

Tom no sabía lo que le ocurrió a su madre. El pelinegro se sintió un poco despreciable por tener que guardar silencio al respecto, pese a toda la semana que pasaron juntos. Tabeeb Ihsan le había prohibido soltar al rastudo “tremendas noticias”, mientras aún se recuperaba. Pero la concubina se había asegurado de contarle sobre eso, la primera vez que el príncipe vino de visita al harem.

Tom le había escuchado, mutando sus facciones desde preocupación hasta algo cercano al horror, mientras Bill relataba la escena de cómo encontró a Farah en el baño, y como seguidamente, Ankara cayó presa de una misteriosa enfermedad, que acorde a Tabeeb Ihsan, también había sido causada por veneno. El resultado de tal narración, había resultado en la abrupta partida de Tom a ver a su madre. La mano de Bill aferrada a la suya, mientras el príncipe arrastraba al chico al otro extremo del harem.

Afortunadamente, Farah y Ankara estaban absolutamente recuperadas, con ninguno de los efectos secundarios que el mismo Tom estaba padeciendo. Fue sugerido que sólo una dosis abundante de algo mucho menos efectivo que la estricnina, había sido usada en ambas mujeres. Tom se sintió mucho más aliviado de ver bien a su madre, pero la preocupación sobre esa amenaza lo estuvo carcomiendo por días. El príncipe había dado órdenes estrictas a Saki, y a algunos otros de confianza, de mantener vigilado a Salim y a sus hombres. Pero hasta que Tom encontrara una forma de deshacerse de ellos sin que su padre lo notara, los guardias debían quedarse.

Bill descubrió que, mientras estuvo fuera, habían llevado “probadores” al harem. Cada concubina tenía uno y se quedaban al lado de las paredes del comedor. Mientras todos comían, se acercaban a cumplir con su deber cada vez que su individuo a cargo, seleccionaba un nuevo alimento. Bill se sentía particularmente mal por esta medida, su estómago se apretaba incómodo, cada vez que su “probador”, Sarah, se acercaba para arriesgar la vida, por él.

Deena le dijo que estaba siendo estúpido y que lo superara, señalando que ahora, la probabilidad de que alguien envenenara su comida era menor y que los “probadores” eran todas personas libres, a las que les pagaban por sus servicios. El pelinegro no podía imaginar qué tan desesperadas podían ser las circunstancias de la vida de alguien, para que escogiera como carrera, el ofrecerse de voluntario para ingerir comida posiblemente envenenada.

Cuando Bill le mostró a Tom las dos dagas que le regalaron, el príncipe había asentido, dando su aprobación, con los labios rígidos en una línea, al pensar que el chico pudiera necesitarlas. Había insistido en mostrarle al pelinegro cómo maniobrar para utilizar correctamente las armas. Usaron espadas falsas para practicar y, a pesar de la seriedad del tema, más de una “batalla con arma blanca” había terminado con un hombre o el otro rindiéndose, para capturar y luego devorar los otros labios, en señal de conquista.

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Bill miró sus cartas, mordiendo su labio, para suprimir la sonrisa que inevitablemente quería asomar. Tom estaba sentado frente a él en la mesa, tratando de ocultar que lucía un poco decaído. Bill sabía que el rastudo no estaba molesto con su mano de cartas, sino que estaba rumeando lo acontecido con anterioridad.

El esclavo pelinegro había estado sentado en uno de los sillones del salón, mirando a la distancia, como las luces caían sobre la ciudad bajo ellos. Había estado recordando cuan desagradable hacían la vida de los habitantes del mundo real, aquellas lluvias invernales, las calles se convertían en ríos interminables de lodo y suciedad. Micah había aparecido por detrás y le había cubierto los ojos. Una mala idea, por haber practicado con Tom, Bill sacó la daga y la puso en la garganta del hombre, antes de que pudiera preguntar “¿Adivina quién soy?”

Cuando Bill se dio cuenta quién era, por supuesto que retrocedió. Micah lucía bastante en shock, pero se recuperó deprisa, regresando a su actitud relajada. Bill volvió a enfundar la daga y se sintió inmensamente culpable por su acción casi fatal, así que dejó que el otro hombre coqueteara con él.

También fue una mala idea, ya que Tom entró justo para observar como Micah cruzó las barreras de su plática amistosa, poniendo una mano sobre la rodilla de Bill. Afortunadamente, el rastudo también vio como Bill rechazó su avance. Reprimiendo la rabia, caminó hasta ellos y dijo “Hola”. El pelinegro no lucía para nada culpable, sino más bien feliz de ver al otro hombre.

Y aun cuando Tom sabía que Bill no le haría algo como eso, la inocente reacción del chico, suavizó el nudo en sus entrañas, incluso sin saber que estaba allí. La anterior traición, le había pasado una cuenta extrema al príncipe; y ambos, Bill y él, tendrían que lidiar con los efectos remanentes de ella.

Tom no pudo evitar el trato no amistoso con que miró y habló a Micah. Se aseguró de alcanzar, lo que consideró ser un sutil pero evidente desplante de posesividad, estirándose para acariciar con su pulgar, la suave piel de la mano del pelinegro, antes de acercarlo a su lado, usando un tono brusco para darle la excusa de que ya no requerían de sus servicios. El guardia pareció haber captado el mensaje, dejándolos sin mayores preámbulos.

Ahora, los dos estaban jugando cartas y Bill sabía que el hombre estaba malhumorado, por estar rumeando en su cabeza aquella escena. Mirando al otro lado de la mesa, comentó alegremente—. No tienes que estar celoso, Micah coquetea con todo el mundo.

El rastudo alzó la vista, abriendo los ojos grandemente antes de que pudiera evitarlo— No estoy celoso —insistió, pero su postura rígida decía lo contrario.

Mentiroso —Bill contra-atacó divertido—. Estás celoso, es obvio —el príncipe gruñó, barajando su mano de cartas—. Oh, vamos, detente —le regañó el menor—. Él no me importa y lo sabes.

Ojos avellanas lo buscaron, viéndolo avergonzado—. Lo siento —murmuró. Bajando sus cartas, y ofreció—. Él es apuesto y tú te reías con todo lo que decía. Te veías tan feliz…

¿Y qué? ¿No tengo permitido llevarme bien con otras personas? —Bromeó el pelinegro—. No estoy durmiendo con él, Tom —la cara del rastudo enrojeció y si fue por vergüenza o rabia, por pensar que otras manos podrían tocar a su chico, no lo supo.

Lo sé —respondió.

Suspirando, Bill se levantó y rodeó la mesa, para sentarse sobre el regazo del príncipe. Era un poco incómodo porque, para comenzar, la silla no era lo suficientemente grande y las extremidades de Bill, eran demasiado largas para encajar junto al otro hombre, de igual tamaño. Llevando sus brazos alrededor de cuello de Tom, el pelinegro juntó sus frentes—. ¿Es así como va a ser siempre? ¿Tendré que tener cuidado de con quién hablo, por miedo a enojarte?

El príncipe rápidamente agitó su cabeza—. No. Lo haré mejor —le dio un piquito al menor en los labios—. Lo prometo.

Mmm, más te vale —afirmó el menor y lo besó de vuelta—. Basta de estar celoso de algo que ya te pertenece.

Esta declaración complació al rastudo en gran manera y apretó más al chico en un abrazo, tornando el beso de dulce y gentil, a uno posesivo y apasionado. Pasaron el resto de la tarde besándose y jugando cartas.

&   Continuará   &

Este capítulo tiene más 9000 palabras, así que estará dividido. Pero, obviamente, están invitados a seguir leyendo.

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