
Bill ha estado en el harem por un año
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 32. Parte 2
Bill entró en esa habitación, por segunda vez en el día. Tom yacía en la cama, mientras Tabeeb Ihsan controlaba su pulso. Cuando el doctor vio al chico pelinegro de pie al otro lado del cuarto, se levantó de su silla y se acercó a él.
—Te diría que te fueras —dijo el anciano bruscamente—. Pero él pidió hablar contigo, a solas.
Bill caminó hasta donde el médico había estado sólo segundos atrás. Acercando más la silla a la cama, se sentó.
—Hola.
Tom había estado dormido, pero despertó ante la voz del chico—. Bill —dijo, parpadeando cansadamente. Estaba acostado sobre su estómago, para dejar actuar, las pequeñas agujas de acupuntura que reposaban sobre su espalda.
Bill notó las delgadas líneas blancas que el hombre tenía marcadas en su piel. Nunca habían hablado sobre ellas.
—¿Estás bien? —preguntó el pelinegro en forma insegura. Aparte de su respiración, la cual era normal ahora, el príncipe no lucía del todo lúcido.
Tom lo miró con ojos cansados—. Estás aquí —afirmó—. Quería decirte, que no quise hacerlo.
Notando que las pupilas del otro hombre se dilataban y su forma rápida de hablar, el pelinegro achinó los ojos. Bill tenía el presentimiento de que el príncipe diría algo que los avergonzaría a ambos. Algo que de seguro, sería dolorosamente negado más tarde.
—Tom —interrumpió—. No estás bien. Quizás deberíamos hablar después.
—No… tengo que… —balbuceó el rastudo—. Te hice creer que no eras nada, pero era una mentira. Tú todavía eres todo. Yo sólo, sólo… —presionó su frente en la almohada—. Dios, me duele la cabeza.
Bill se levantó abruptamente—. Llamaré al doctor.
—No, Bill tengo que explicarte —Tom giró para moverse, pero luego se detuvo—. ¡¿Qué demonios tengo en la espalda?!
La respiración del hombre, nuevamente se volvió errática. Bill se inclinó hasta él, presionando sus hombros, para detenerlo—. Voy a buscar a Tabeeb Ihsan. Podremos hablar en otra ocasión —se apresuró a cruzar la habitación, antes de que el rastudo pudiera seguir protestando. Bill abrió las puertas y salió afuera, al corredor. Ante la mirada inquisitiva del anciano, Bill comentó—. Le duele la cabeza.
—Y le dolerá por un buen rato —contestó el médico, irritado—. Por lo menos, hasta que el veneno abandone su sistema —los ojos de Bill se abrieron grandemente y el otro hombre asintió—. Fue envenenado con estricnina. Creo que lo hicieron en pequeñas dosis, por un período de varios meses, de lo contrario, ahora no estaría vivo.
—¿Y va a vivir? —preguntó el pelinegro, temeroso de la respuesta.
—Así parece. Su posible asesino eventualmente habría logrado su objetivo, si no le hubiera dado “accidentalmente” una sobredosis. De hecho, deberíamos estar agradecidos por ello —el doctor dudó—. Pero es posible que tenga un daño permanente en su hígado. Sólo el tiempo lo dirá.
Bill tragó grueso, aceptando la nueva información—. ¿Quién pudo hacerle esto?
—No lo sé. Ahora lo están investigando, pero probablemente ya debes saber, que Ankara y Farah también fueron envenenadas, con alguna otra substancia, que nunca antes había visto. Y si fuera tú, haría que probaran mis comidas.
Bill miró a su escolta, que desafortunadamente era Salim, y supo que el hombre le esperaba.
—¿Estará bien ahora? —indagó el pelinegro.
Tabeeb Ihsan asintió—. Puedes regresar en otra oportunidad a visitarlo. Él aún estará aquí.
Bill quería decir “¿lo prometes?”, pero no lo hizo. Ahora que ya no era inminente la amenaza de muerte, el pelinegro regresó al harem. Sorprendentemente, cuando se fue a la cama esa noche, no tuvo problemas para dormir. Fue en la parte inconsciente de sus sueños, donde sí tuvo problemas.
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Y dos días después, nuevamente, Salim le estaba haciendo señas a Bill desde el otro extremo de la habitación. Informándole que Tom quería verlo, otra vez. El pelinegro pidió que Saki, quien también estaba presente, fuera quien lo escoltara. Y aunque el guardia pareció dudar sobre la petición, también era flojo y simplemente accedió gruñendo un—. Está bien —y se alejó de ahí.
Así que fue Saki quien lo acompañó a través de los pasillos del palacio.
—Le voy a contar a Tom sobre ellos —insistió Bill—. Él los arrestará cuando se entere de lo que han estado haciendo.
El hombre musculoso se detuvo de pronto y Bill casi choca con su espalda—. Bill —dijo girando—. No hagas eso. Los guardias nuevos fueron escogidos por el sultán, y si el rey lo descubre, los enviará de vuelta, sólo para hacerte la vida imposible. Y entonces, Salim realmente tendrá un motivo para vengarse de ti.
Fue la conversación más larga y apasionada que Bill hubiera escuchado pronunciar al hombre de rostro estoico. Y pese a que en verdad quería que los guardias abusones se fueran, la concubina pelinegra no pudo evitar ver la veracidad del comentario del otro hombre.
—Okey —estuvo de acuerdo, aunque a medias.
Cuando llegaron a las puertas de las habitaciones del príncipe, Saki se ubicó al otro extremo del pasillo, preparándose para esperar.
Bill entró al cuarto y se sorprendió de ver a Tom, sentado en la cama y luciendo bastante saludable. Así que después de todo, esta no era otra invitación ocasionada por la fiebre. Mientras se acercaba, Bill se preguntó si el otro hombre continuaría tratando de decir, lo que intentó contarle el otro día. Cuando llegó a la cama, Tom le indicó que cogiera la silla más cercana y se sentara.
Los dos hombres se quedaron mirando fijamente, por un largo momento, antes de que Tom hablara—. Te llamé aquí hace dos noches, cuando estaba enfermo.
—Si —respondió cuidadosamente el pelinegro.
Los ojos del príncipe todavía estaban un poco vidriosos, pero su voz ya no tenía el tono rasposo, cuando preguntó—. ¿Dijeron que casi fallecí?
Bill lentamente movió su cabeza, asintiendo, porque no sabía qué pensar sobre lo que estuvo a punto de suceder.
—Sí. Estuviste muy mal. Dijeron que sufriste un desmayo.
—Lo recuerdo —murmuró el otro—. Eso creo. Recuerdo el dolor y haber estado muy… cansado —Después de un momento de silencio, rememorando la locura de los últimos días, el príncipe regresó al presente, recordando por qué había llamado a Bill a sus habitaciones en primer lugar. Dándole una mirada honesta, Tom agregó—. También recuerdo las cosas que te dije, Bill, y no lo habría hecho, si hubiera estado en mis cinco sentidos.
El pelinegro bajó la mirada a su regazo, sin sorprenderse de las palabras del príncipe. Debió haber sabido que Tom se retractaría de lo que dijo aquella noche. Esa fue la razón por la que Bill lo detuvo de seguir haciendo afirmaciones que en verdad no sentía. Esa fue la razón por la que ignoró la ferviente frase de “tú todavía eres todo”
—Pero —prosiguió el rastudo—, ahora que esas palabras fueron dichas, tengo que explicarlas.
Bill alzó la vista. Esto era inesperado—. ¿Eh? —indagó. El príncipe suspiró, frotándose las sienes—. Si te duele… —comenzó el moreno.
—Estoy perfectamente bien, Bill —Tom bajó sus manos—. Es que yo, nunca intenté retractarme.
—¿Retractarte de qué? —Bill tenía que preguntar, no iba a inferir nada de las palabras del príncipe. Estaba cansado y la auto-preservación no le ayudaría a guardar esperanzas, así que si Tom tenía algo que decir, debía hacerlo explícitamente.
Tom lo miró fijamente—. La biblioteca. Nunca intenté retractarme de lo que te dije allí.
La concubina sintió que su pulso se aceleraba. Todo el empeño que había puesto en olvidar sus sentimientos por el otro hombre, se estaban escapando un poco de su control—. ¿Por qué? —preguntó, aún con las dudas—, ¿porque eran mentiras?
Tom se complicó, incapaz de responder—. Es más complejo que eso.
—Entonces, por favor, ¡explícame! Porque estoy harto de estar adivinando —Bill alzó la voz. La frustración hizo que su voz sonara más fuerte de lo que intentó.
—Okey, Bill, okey —El rastudo se sentó, acomodándose en las almohadas, mirando la habitación, pero sin ver nada, tratando de pensar en qué decir—. Pensé —comenzó cuidadosamente—, que sería mejor, si tú simplemente pensabas que yo ya no me preocupaba por ti.
—Simplemente pensabas —el pelinegro repitió—. ¿Cómo opuesto a qué alternativa?
—A que tú, gradualmente descubrieras, que jamás podrás ser feliz conmigo —contestó el príncipe, triste, pero dándolo por hecho.
—¿Qué? —Bill exhaló—. ¿Tom, por qué dirías… por qué pensarías algo como eso?
—Porque —el príncipe elaboró—, porque eres mi esclavo. Y no importa lo que sintamos, eso no cambiará nunca.
Bill no podía creer lo que escuchaba—. Eso es lo que dijiste meses atrás.
—Te cansarías de esto, Bill —Insistió el rastudo—. Imagínate: pasarías el resto de tu vida recordando que tu estatus es inferior al de una esposa, con la que me obligarán a casar, aunque no la ame. Tendrías que compartirme, no sólo con ella, sino con Deena y Mahtob también. Y serías para todos sólo un chico cautivo, excepto para mí. ¿Podrías soportar eso? —Cuando Bill tardó más de un segundo en responder, Tom contestó por él—. Por supuesto que no podrías. Terminarías odiándome.
Bill frunció el ceño—. No puedes saber eso.
—Pero lo sé —Tom cortó.
Bill se quedó quieto, asimilando. Tuvo una idea y cogió coraje para decirla en voz alta—. ¿Es lo que pasó con Aaron? —cuestionó, diciendo el nombre lentamente—. ¿Terminó odiándote? —Era presuntuoso hablar de algo tan personal, y que él no sabía más que lo dicho por terceras personas, un conocimiento de segunda mano, pero la expresión de sorpresa que se desató en todo el rostro del hombre, era la confirmación de que no había errado.
—¿Cómo lo sab… —Tom trató de hablar, balbuceando, antes de que sus hombros se hundieran—. Sí —accedió—. Lo hizo.
—¿Por qué?
El otro hombre achinó los ojos, mirando las mantas de su cama—. No pude darle lo que él merecía.
—¿Y qué era eso?
—Igualdad —respondió quedamente.
Bill notó la forma en que él lo dijo y la expresión de su cara—. Tal vez él confundió el estatus con la igualdad.
Los ojos de Tom brillaron fugazmente—. Tú no sabes lo que sucedió.
—¿Qué? —Bill preguntó—. Todo el mundo se niega a hablar del hecho increíblemente horrible que él hizo. ¿Qué fue?
Tom suspiró—. Es una larga historia, Bill.
—Entonces cuéntame —le apremió el pelinegro—. Me estás aplicando una lógica de mierda y todo es por culpa de algo que él hizo, así que quiero saberlo.
El príncipe tomó una gran bocanada de aire, se apoyó en la cama y le contó.
—Aaron era como tú, exceptuando que él nació siendo un esclavo. Crecimos juntos en el harem, pero luego yo me cambié al palacio y él se quedó allí. Alguien decidió que algún día sería un hermoso juguete y lo mantuvieron allí —el rastudo perdió su mirada en la habitación y continuó—. No lo volví a ver hasta que cumplí los dieciséis. Un año después, estaba absolutamente enamorado de él. En esos momentos, sus sentimientos por mí, todavía eran genuinos. Ellos lo mantuvieron en el harem, para que fuera el amante de alguien, así que lo tomé como mío. Sin embargo, no duró mucho. Con el paso del tiempo, a los diecinueve, ya tenía dos concubinas. No amaba a ninguna de ellas, pero aun así, su rango era superior al de él. Como dije, Aaron se merecía cosas que no podía darle. A él no le gustaba vivir al margen de mi vida, no le gustaba compartir y como resultado, se volvió… un amargado.
Bill se mordió el labio—. ¿Y qué pasó?
—Dejó de amarme, pero yo estaba demasiado cegado para notarlo. Y luego, él se fue —admitió el rastudo—. Hubo un grupo de diplomáticos de Foularr, él sedujo a uno de ellos, lo convenció de llevarlo consigo. La carta que me dejó, revelaba todos los demás detalles.
—¿Todos los demás? —indagó Bill, pensando que sólo eso ya era lo suficientemente horrible.
—Oh, sí —Tom le dio una sonrisa triste—. En esos pocos meses, estuvo ocupado tratando de arruinar por completo mi felicidad, en todas las formas que conocía. Me explicó cómo me consideraba menos que a la basura. Pero lo más terrible, estaba detallado al final de la carta —agregó Tom con los ojos hirviendo—. Que él… se había acostado con mi padre.
Bill sintió que su estómago se apretó.
—Confronté a mi padre, por supuesto —continuó iracundamente—. ¿Y sabes qué? Ni si quiera se avergonzó de admitirlo. Mi propio padre se había estado acostando con el hombre que amaba, por meses. Y cuando vio lo furioso que estaba, se rió en mi cara —Tom bajó la mirada—. Simplemente, me volví loco. Lo ataqué. Para cuando los guardias oyeron los gritos y entraron para separarnos, ambos estábamos bastante golpeados. Pero él no estaba conforme. Mi padre quería enseñarme una lección, así que me envió con Lafee.
—Dios… —Fue todo lo que Bill pudo susurrar. Una serie de rápidos recuerdos atravesaron su mente, ante la mención de la loca torturadora. Y luego, recordó algo más—. Las cicatrices de tu espalda —se aventuró.
Asintiendo, Tom dijo—. Cortesía de Lafee.
Bill se quedó en silencio un momento, absorbiendo toda la información, era una terrible historia. Las marcas que Bill había visto en la espalda del otro hombre, eran peores que las suyas y se preguntó cuánto más, había sido castigado el príncipe, cuánto tiempo más estuvo allí, siendo torturado, como para tener esas cicatrices.
Tom estaba hablando de nuevo cuando Bill volvió a la realidad, justo a tiempo para oírle decir—. Y ahora, ya lo sabes.
El pelinegro humedeció sus labios, dándose cuenta de que su garganta estaba seca.
Ciertamente, ahora sí lo sabía. Y lo que el rastudo le reveló era peor que cualquier cosa que pensó escuchar. Ahora, Bill creyó entender de donde procedían los extraños razonamientos del príncipe.
—¿Y todo esto… —preguntó el pelinegro—, es la razón por la que hiciste, lo que hiciste?
—No quería que volviera a pasar. Tu situación no es diferente de la suya.
Bill no pudo evitar interrumpirlo—. ¡¿Cómo pudiste pensar que yo haría algo así?! Nunca haría algo así, Tom. ¿Cómo no lo viste?
—¡No! —exclamó el mayor—. Eso pasó, Bill. No pude verlo. Me engañé a mí mismo, creyendo que él me amaba. No pude darme cuenta con él. ¿Cómo habría podido darme cuenta contigo?
Bill lo miró tristemente—. Porque somos dos personas diferentes, Tom. Las personas son DIFERENTES —El chico arrugó el ceño. No le importaban los humillantes impedimentos que el príncipe había mencionado. Él habría preferido estar con él en las peores circunstancias, que estar sin él en las mejores.
El rastudo suspiró, volteó su rostro para que el moreno no lo viera, cuando dijo—. Cuando estábamos juntos, todo se sentía tan bien, tan sencillo —y luego bajó la voz—. Igual que cuando estaba con él. Estaba feliz otra vez y cuando me di cuenta de eso, me puse nervioso. No podía dejar de preguntarme, si me daría cuenta si las cosas nuevamente marchaban mal.
Bill no pudo evitar pensar que lo que Tom decía era increíblemente estúpido. Le dolía pensar que el hombre en el que confió tanto, no confió en él en su momento.
—…Y luego él regresó, y lo veía por todas partes. Trajo consigo todos los temores que había estado tratando de ignorar.
Sacudiendo la cabeza, Bill interrumpió—. Y ahora vienes y me dices todo. Después de los hechos. ¿Por qué? —El príncipe parpadeó mirándolo, aparentemente sorprendido por ese comportamiento tan brusco y molesto. Así que Bill continuó—. ¿Por qué me estás diciendo todo esto?
—Porque… —Tom trató.
—Porque ¿qué?, ¿Porque eres egoísta? —El rastudo arrugó el ceño, comenzando a lucir herido, pero el chico lo ignoró. Apartando el nudo en su garganta, continuó—. Porque tengo que decirte, Tom, que ya casi lo había superado —era extremadamente molesto para Bill, que las lágrimas se agolparan en sus ojos—. Y tal vez habría sido mejor, si te hubieras guardado esto para ti —una lágrima se escapó inesperadamente. Excesivamente avergonzado, Bill se levantó abruptamente de la silla y se alejó caminando, terminando junto a una de las ventanas.
—Bill… —Tom rogó suavemente desde la cama—. Pensé que moriría y no estaba en mis cinco sentidos cuando te conté todas esas cosas el otro día.
—Obviamente —contestó Bill, sin ganas y sin mirar atrás.
—Pero estoy feliz de haberlo hecho —continuó el príncipe—. Estaba harto de mentirte. Te lastimé tanto, que cuando comencé a enfermarme, pensé que todo estaba en mi cabeza.
Al mencionar la posible muerte del otro hombre, Bill se suavizó. Volteó y, pese a lo que dictaba su mente, se mostró vulnerable una última vez. Sabía que si Tom le pedía irse ahora, algo dentro de él se cerraría y nunca más volvería a abrirse.
—Entonces… cuando dijiste que yo no era nada.
—Mentí —respondió honestamente.
Bill se detuvo y tomó coraje—. ¿Y ahora que ya sé la verdad? —Se atrevió a preguntar apenas en un susurro.
Tom lo miró fijamente. Remordimiento y esperanza flotando en sus ojos entre otras cosas. Por primera vez, no estaba cerrándose. Bill vio en esa mirada lo que el hombre iba a decir y sus labios apenas se abrieron en un jadeo.
& Continuará &
Notas de MizukyChan: Wow, ¿Qué le dirá Tom ahora? Ya le contó toda la verdad, no creo que lo arruine alejando a Bill de su lado, ¿no creen?
Y eso es todo. Espero les gustara y nos leemos en el siguiente capítulo. Besos.
