Mi jaula dorada 25

Notas de MizukyChan: Recuerden que Tabeeb Ihsan era el médico del palacio. Y pongan mucha atención a la escena final, porque cada pequeño detalle, nos ayuda a entender mejor la razón del extraño comportamiento de Tom. Besos y a disfrutar.

Bill ha estado en el harem por 6 meses, 3 semanas y 2 días.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

& Capítulo 25 &

A la mañana siguiente, Bill despertó temprano, calculando la hora por la cantidad de luz que se filtraba por la pantalla de su ventana. Gruñendo, al pensar que debían ser las ocho en punto. Comenzó a girar hacia la pared, arrastrando las cubiertas de la cama, para cubrir su rostro.

Y luego se acordó de su promesa a Ankara. Volvió a gruñir, esta vez en serio. Se suponía que debía esperar a Tom y distraerlo. Más que la promesa, la idea de volver a ver al rastudo, fue lo que realmente motivó a Bill a arrojar los cobertores y caminar como zombie hasta su ropa. Se miró en el espejo y frunció el ceño, pues el reflejo mostraba su cabello desordenado y los ojos cansados.

Ugh, te ves horrible.

Lo que realmente quería hacer antes que nada, era comer. Pero desafortunadamente, en el harem, los desayunos eran muy comunitarios, un asunto público y uno no podía simplemente aparecer, recién salido de la cama. La regla parecía ser, que primero debías arreglarte para enfrentar el día.

Bill pensó que era otra más de las reglas estúpidas de allí, mientras caminaba al lavatorio para echarse algo de agua fría en la cara. Pateando la ropa que usó el día anterior, abrió las puertas de su armario y sacó un atuendo al azar. Era una de sus pseudo-ghawazee, esta estaba diseñada en algodón negro y damasco. Se vistió con ellas, agregó un par de zapatos y se ató la túnica exterior con una faja ancha.

De vuelta en su tocador, se aplicó una delicada línea de sombra sobre sus ojos, ya que se había acostumbrado a usarla y mientras lo hacía, soltó silenciosas maldiciones a Deena, por haberle enseñado ese ridículo hábito. Regresando el pincel a su pequeña cajita, los ojos de Bill se posaron sobre el cofre que contenía numerosas joyas, y que le fue entregado la noche anterior. Al abrirlo, sus ojos escanearon las piezas. Tomó un peine y comenzó a pasarlo a través de su enredado cabello, y mientras lo hacía, observaba pensativamente toda la riqueza que se mostraba ante él. Estiró la mano, para pasar sus dedos por el adorno para el pelo de diamantes negros.

Se decidió por un “No”. Volviendo a cerrar la caja, Bill recuperó su simple lazo negro y aseguró su pelo en la base de su cuello. Dejó su habitación para ir a desayunar, seguro de que sería el único en estar allí a esa hora tan temprana.

&

Y resultó que sí era el único. Era extraño sentarse solo en esa enorme mesa azul, los sirvientes emergieron de las puertas de la cocina para poner más y más comida sobre la mesa; mucho más de lo que él podría comer. Eventualmente les dijo que se detuvieran, y lo hicieron, retrocediendo silenciosamente hasta las puertas.

Bill preparó un plato y se encaminó hacia el hall principal en la entrada del harem. El gran salón era muy espacioso, pero nadie realmente pasaba tiempo allí. Era solamente un lugar que atravesar, para llegar a algún otro sitio, y esa era principalmente la razón por la que la concubina lo escogió. Bueno eso, porque sería el único lugar donde podría interceptar a Tom, antes de que llegara donde su madre. Bill abrió la cubierta de un libro que había traído para pasar el tiempo, porque quién sabe cuánto tendría que esperar hasta que llegara el príncipe.

Resultaron ser más de un par de horas. Bill estaba sentado en el gran salón y leía, observando a las personas que ocasionalmente pasaban para tomar su comida mañanera. Miraba ansiosamente, preocupándose porque alguien podría pasar y molestarlo con preguntas como qué estaba haciendo merodeando por esos lugares donde no había nadie. Afortunadamente, aquellos que vivían en el ala derecha del harem, tenían razón para cruzar el salón a tomar su desayuno y la mayoría de ellas, eran mujeres de alto rango con las que Bill no hablaba.

Las dos excepciones eran Manar y Ankara. La primera se detuvo cuando lo vio, pidiéndole que la acompañara. Bill movió su libro en el aire y señaló su plato sobre los cojines a su lado, diciendo como “mentira blanca” que estaba demasiado absorto en su lectura (De hecho, el libro se estaba volviendo bastante aburrido)

Ankara le dio una mirada agradecida cuando pasó, pero no dijo nada. Ya no estaba usando el velo de la noche anterior. Había usado algo de maquillaje, para cubrir la peor parte de los golpes sobre su piel. Bill levantó un poco el libro, para bloquear su rostro ante ella, sin ser capaz de devolverle la sonrisa. De a poco, la afluencia de concubinas se redujo a casi nada y luego, cesó por completo. Bill suspiró aliviado, ahora que la amenaza de preguntas comprometedoras se había ido.

&

Un rato después, Anis se alejó furtivamente de su puesto en la entrada del harem, para llegar hasta donde estaba sentado el pelinegro. Y aunque Bill, había sentido el movimiento del hombre, por el rabillo del ojo y podía ver su sombra en las páginas del libro, fingió que no había notado su llegada, ignorándolo con la esperanza de que se fuera y lo dejara en paz. El eunuco y él habían desarrollado una especie de juego durante los últimos meses, cuyo objetivo principal era ver quién podía molestar más al otro.

Anis se acercó más—. ¿Qué estás haciendo, pequeño?

Los dedos de Bill apretaron el libro al escuchar el diminutivo. Anis podría ganar el juego ese día.

Mirando más fijamente las páginas, que en realidad no estaba leyendo, permaneció en silencio.

Te hice una pregunta, “pajarito”.

Una vez, Bill cometió el tremendo error de referirse a él como “un ave enjaulada”, lo cual fue oído por el guardia. Volteando la página, respondió fríamente—. Pudiste hacer una pregunta, que yo escogí no responder.

Anis se agachó hasta quedar a su nivel y Bill alzó la vista por el movimiento. El hombre tenía una sonrisa en el rostro—. ¿Por qué estás por aquí? ¿No estás planeando escapar, cierto?

Bill se burló—. Si hubiera querido escapar, no habría tenido problema en despistar a un zoquete como tú.

Anis alzó las cejas burlonamente—. ¿Oh, en serio? —Señaló el gran arco de la entrada, haciendo reverencias—. Bueno, allí está la puerta. ¿Por qué no lo intentas? —Sonrió, mostrando sus dientes—. Y veamos qué pasa —era un desafío que sabía que el chico no aceptaría.

Bill achinó los ojos y lo miró con furia, pero no dijo nada. Era obvio que no estaba en posición de superar, no sólo a la masa de músculos de Anis, sino también a Saki, quien también estaba de centinela en la entrada. El pelinegro sabía que escapar estaba fuera de su alcance, pero odiaba que le refregaran en la cara su falta de libertad, como si él fuera un tonto débil e incompetente. Eso lo enfurecía.

Bien, ¿qué esperas? —preguntó Anis, con la voz llena de burla empalagosa.

—“…”

El guardia se rió de forma despectiva e insultante—. Exactamente —dijo, moviéndose hasta el oído de la concubina y susurró—. Eres simplemente una mujer más.

Antes de pensarlo, el puño de Bill conectó con la carne del rostro del guardia, moviendo un cartílago por el fuerte golpe.

Anis gritó, cayendo de espaldas al suelo, mientras sus manos envolvían parte de su cara. Cuando las apartó, su boca y barbilla estaban cubiertas de sangre, y mucha más saliendo de sus fosas nasales. El hombre vio la sangre en sus manos y maldijo.

¡Mierda! ¡Mierda! —Tentativamente sus dedos tocaron el centro de su rostro y siseó de dolor. Con ojos incrédulos, volteó furibundo hacia Bill, quien en esos momentos se había puesto de pie, receloso de la figura de Saki, que se aproximaba hacia ellos—. ¡Me rompiste la nariz!

Bill bajó la mirada hacia el hombre en el piso, con una expresión de satisfacción y se encogió de hombros—. Ten cuidado con lo que dices.

Saki se detuvo y se dirigió a su compañero herido, su rostro estoico, no demostró ninguna emoción, aparte de la constante e indiferente alerta—. ¿Necesitas un doctor? —preguntó.

Aún emitiendo sonidos de furia y dolor, junto a una letanía de obscenidades, Anis eventualmente accedió—. Sí —sacudiendo la mano que el otro guardia le ofrecía, se puso de pie por sí mismo y se encaminó hacia la salida. Girando en el último momento, gruñó al pelinegro—. Vas a lamentar esto, chico.

A pesar del machacado estado de su rostro y el tono nasal de su voz, el hombre se las arregló para lucir y sonar totalmente amenazante. Bill se habría asustado realmente por el ultimátum, si no hubiera sabido que los guardias del harem tenían expresamente prohibido ponerles las manos encima a sus encargados, ya fuera por furia o cualquier otra cosa—. No —dijo el menor—. No lo lamentaré.

Anis se fue en busca de Tabeeb Ihsan, enojado y blasfemando, con las manos en su cara. Bill lo observó partir, luego miró a Saki, quien había vuelto a su posición en la puerta. El hombre lo estaba mirando con “expresión”, cosa que Bill nunca le había visto hacer.

Volviéndose a sentar en sillón, Bill se quedó quieto por un momento. Luego una ola de humor lo invadió, de pronto la situación se había vuelto muy divertida. La risa afloró y lo invadió, saliendo por su garganta. Apretó los ojos mientras se atragantaba con las risotadas. Llevando su cabeza hacia atrás, al respaldo del sillón, sus hombros temblaron cuando los últimos rastros de gozo pasaron. Dio un profundo suspiro y se calmó. Dejando su cabeza atrás, se quedó mirando el mosaico que yacía en el domo superior del techo. Cualquier corriente de pensamiento que llenó su mente, pronto se alejó ante la llegada de una voz familiar.

¿Qué es tan divertido?

Bill se enderezó, sorprendido. El príncipe estaba de pie frente a él, ni a dos metros de distancia, y la sola presencia del hombre fue suficiente para enviarle olas de felicidad al chico pelinegro. Bill no pudo evitar la sonrisa que llenó su rostro. Se puso de pie y caminó hasta el rastudo. Se presionó contra él y fue bienvenido dentro de un cálido círculo de brazos. Respondiendo la previa pregunta del príncipe, Bill dijo—. Nada. Te lo contaré luego.

Tom retrocedió del ligero abrazo y por su deseo de conversación, Bill casi le pregunta al otro hombre, qué estaba haciendo por allí. Sin embargo, se detuvo justo a tiempo. Recordando su tarea asignada: distraer a Tom de la visita a su madre. De pronto Bill, fijó otra sonrisa en su cara y cogió la mano del rastudo. Antes de que Tom tuviera oportunidad de protestar, era empujado fuera de las puertas del harem, hacia los corredores del palacio.

&

Bill hablaba rápidamente, pensando constantemente en nuevos temas de discusión. Estaba tan preocupado, de no dejar ningún vacío en la conversación, en el que Tom pudiera recordar que tenía que visitar a su madre, que no se dio cuenta hacia donde estaban caminando. Así que fue como una sorpresa, cuando el piso bajo sus pies cambió, de un sólido mármol a un suave césped.

Habían emergido del palacio y ahora estaban en los espaciosos jardines del sur. Pasto suave y ondulante, adornado con ocasionales grupos de árboles, que se extendían hacia el exterior. Se adentraron más en los jardines. Bill acababa de explicar el concepto de calcetines cuando llegaron a un riachuelo, lo suficientemente grande como para necesitar de un puente.

—… y son como pantuflas tejidas, pero la gente la usa dentro de sus zapatos. Deena hizo un dibujo para mostrarnos cómo se veían. Suena como si fueran incómodos —el pelinegro posó la mano en una roca mohosa, del ladrillo de la baranda intentando cruzar el puente. Fue detenido por una resistencia en su muñeca opuesta y giró para ver a Tom observando el cielo.

Parece que va a llover. Deberíamos regresar.

Bill levantó la vista al cielo y de hecho, lucía como si fuera a llover. Gruesas extensiones de nubes, coloreadas con intensos púrpuras y azules, colgaban pesadamente, cercanas del suelo, como si el cielo mismo hubiera bajado.

Vamos, Bill, regresemos al harem. Podremos hablar allí.

La concubina rompió el contacto visual al oír eso. Cogió la mano del príncipe y bruscamente dijo—. ¡No! —Tom lo miró divertido y Bill se corrigió, y esta vez más calmadamente dijo—. Quiero decir, no. Mira la forma en que el viento está soplando; probablemente se la llevará —Tom alzó las cejas, ante lo ridículo del razonamiento del chico y Bill dibujó una sonrisa ganadora en su cara, tirando del otro hombre, para cruzar el puente—. Vamos. Estaremos bien. Nos quedaremos sólo un rato —continuó. No dejando espacio para que Tom protestara, mientras se alejaban del palacio.

Diez minutos después, el cielo se vino abajo. Y de pronto, una gruesa cortina de lluvia les cayó encima. Los dos hombres se congelaron y tuvieron que tomar una decisión en una milésima de segundo: podrían correr de vuelta al, ahora, distante palacio lo cual resultaría, en quedar totalmente empapados o podrían intentar correr a un pabellón que estaba más próximo, en la parte alta de una colina cercana-, mojándose un poco menos.

Escogieron la segunda opción. Corriendo lo más rápido que sus piernas les permitían, llegaron a la colina y aceleraron por las escaleras hacia arriba, ansiosos de escapar de la lluvia. El edificio era una construcción redonda, al estilo griego. Si no hubiera sido por el enorme jardín verde que estaba en el interior, la estructura gigante habría lucido ridícula.

Los dos hombres se acomodaron bajo el refugio, respirando con dificultad, casi sin aliento, por su carrera llena de adrenalina hacia él. Bill apoyó su espalda en la enorme columna corintia, mientras que Tom se reclinó sobre la construcción central. Bill se estremeció con escalofríos, su piel húmeda le hizo sentir helado. Sus ropas estaban más que mojadas y su pelo se podía estrujar.

El pelinegro miró al príncipe, que vestía aún menos ropas que él y la tela de ellas era mucho más delgada. Mientras que sus rastas parecían casi impermeables a la lluvia, el resto de él, claramente no lo era. Bill sonrió al ver el desaliñado estado del otro hombre—. Estás empapado.

Tom lo miró de arriba abajo—. Tú también.

Bill se acercó y le tocó la empapada camisa—. No tanto como tú —deslizó su dedo hacia abajo, por el pecho de Tom, admirando la forma en que la prenda se amoldaba a la piel. Debió haber estado observando fijamente por mucho tiempo, porque unos dedos levantaron su barbilla y Tom lo estaba mirando con algo de diversión en sus ojos.

Te dije que iba a llover.

Bill alzó los hombros como respuesta. Había una gota de agua suspendida en la sien de Tom, que creció y se movió, Bill la observó hasta que finalmente cayó, dejando un camino hasta la mejilla del príncipe. El pelinegro se inclinó hacia adelante, pero dudó—. Quiero besarte —dijo suavemente, y aún cuando la lluvia que caía era sonora, estaban tan cerca el uno del otro, que sus palabras fueron oídas.

¿En serio quieres? —La voz de Tom era igual de suave.

Bill habría dicho de alguna forma, que Tom se estaba burlando de él, si no hubiera visto la onda oscura de interés en los ojos contrarios. Asintió—. Sí —Dejando las manos en los hombros de Tom, cerró el espacio que quedaba entre ellos. Bill cerró los ojos y sonrió. Se sentía tan bien tocar a Tom otra vez. Era delicioso, y un ruido de satisfacción escapó de la garganta del pelinegro. Sintió como Tom se ajustó para abrazarlo por la cintura, acercándolo a él, para que pudieran sentir toda la extensión de sus cuerpos. Hundió los dedos en la húmeda tela de la camisa del rastudo y trató de llegar a la boca del otro hombre, buscando ansioso su lengua.

Pero tan pronto como lo hizo, Tom se detuvo y se separó. Bill se quedó quieto y abrió los ojos—. ¿Tom?

Tom lo soltó y dio un paso atrás. Lucía demasiado serio para haber sido sólo un beso. Bill parpadeó, sin estar seguro de lo que pasaba por la mente del príncipe. Se movió hacia adelante, preparado para estirarse y tocarlo, pero nuevamente, Tom dio un paso atrás. Después de una larga pausa, Bill preguntó—. ¿Tom, qué pasa? ¿Qué está mal?

El rastudo evitaba hacer contacto visual, su mirada descansaba sobre algo en el piso. Parecía estar reflexionando sobre algo en su mente—. Bill —dijo finalmente, sonando triste—. ¿Qué estamos haciendo?

El pelinegro dio una risita incierta—. Bueno, nos estábamos besando.

Tom sacudió la cabeza—. No, Bill, quiero decir… —no pudo terminar, pues no estaba seguro de qué quería decir.

Bill arrugó el ceño y caminó más cerca del príncipe, aliviado cuando éste no volvió a escapar—. ¿Qué quieres decir? —Bill realmente estaba confundido, pero trataba de no estarlo.

¿Qué es lo que quieres, Bill? —preguntó Tom rápidamente.

¿Qué? —cuestionó totalmente desorientado—. Tom, yo… no entiendo. ¿De qué estás hablando?

Tom suspiró, luciendo frustrado, más consigo mismo que con el pelinegro—. Dios, ni siquiera yo lo sé. Yo sólo… —Se cortó y caminó sobre el borde del piso de piedra que estaba seco. Mirando a lo lejos, hacia la tormenta y preguntó—. ¿Dónde vivías antes de venir aquí?

De pie, varios pasos detrás del príncipe, Bill apretó el ceño. Tom seguía respondiendo sus preguntas con más preguntas—. En el séptimo cuadrante —contestó. Observó como la parte trasera de la cabeza de Tom se movía ligeramente en forma positiva.

Desearía haberte conocido allí.

Bill se mordió el labio. ¿Qué significaba todo eso?—. Tom…

El príncipe volteó y soltó un—. Me tengo que ir, Bill.

Y antes de que pudiera hacer algo para detenerlo, Tom había cruzado los protectores anillos del pabellón y bajaba los peldaños de la escalera. El pelinegro se movió hacia adelante y lo observó, confusión y preocupación se arremolinaban dentro de él, mientras el rastudo se alejaba en la distancia, borroso por las cortinas de lluvia que continuaban cayendo. Completamente seguro, de que cualquier intento de seguirlo no sería bienvenido, y no queriendo calarse hasta los huesos y morir de un terrible resfriado, Bill se sentó allí y esperó a que la tormenta pasara.

Más tarde y por primera vez, Bill regresó voluntaria y deliberadamente al harem, completamente solo.

& Continuará &

Notas de MizukyChan: Aaahhh yo estoy sufriendo al igual que Bill, pareciera que nada de lo que hace Tom tiene sentido para él, porque obviamente él no sabe nada de este personaje, Aaron, que apareció o más bien, re-apareció en la vida del príncipe.

Besos a todos y mil gracias por leer. Este fic es hermoso.

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