Mi jaula dorada 24

Notas de MizukyChan: Ojo con este capítulo, porque nos da unas pistas sobre el extraño comportamiento de Tom, son señales sobre lo que ocurrió en el pasado.

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Bill ha estado en el harem por 6 meses, 3 semanas y 1 día.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

& Capítulo 24 &

A la mañana siguiente, Bill estuvo tranquilo en la mesa, durante el desayuno. Sus pensamientos revoloteaban entre la noche de pasión que compartió con el príncipe y la siguiente tarde que estuvo llena de preocupación y desilusión. Mahtob preparó un plato y lo puso frente a él y cuando preguntó qué estaba mal, él se forzó a sonreír y contestó que estaba bien.

Bill razonó y razonó consigo mismo; Tom era un príncipe, con muchísimas cosas principescas que realizar. Y sólo porque no regresó corriendo a sus brazos después de su primera noche juntos, no significaba que lo había olvidado. Dándose cuenta de que estaba actuando como una chica, Bill decidió que ya no le daría más vueltas al asunto. Tom se presentaría cuando tuviera tiempo y eso estaría absolutamente bien.

Bill había dejado la sala del comedor, cuando pequeños dedos tocaron la palma de su mano, llevando su atención a la diminuta figura de la más joven de las esposas del sultán. Ella era bastante pequeña, sus ojos café se fijaron en los suyos, muy grandes y temerosos. Bill le habría preguntado si pasaba algo malo, pero sabía que esa era la expresión que ella lucía casi a diario.

Bill.

Ella se quedó en silencio, así que le respondió—. Farah.

La chica deslizó la mano entre sus ropas, reemergiendo con un pequeño sobre—. Se supone que te de esto.

Tomando el papel, en el cual pudo reconocer el símbolo del sultanato en cera, completamente sellado, preguntó—. ¿Qué es esto?

Un mensaje de Ankara.

Bill arrugó el ceño. ¿Qué razón podría tener la madre de Tom para escribirle una carta? ¿Qué tendría que decir, que no le pudo confiar en la mesa del comedor o en cualquier otro corredor? Bill sabía que las mujeres del harem solían mandarse mensajes entre ellas por papel, cosa que él consideraba absolutamente innecesaria, ya que de todas formas, todas vivían demasiado cerca. La pequeña e inútil cultura de escribir cartas era más que nada un reflejo del aburrimiento de las mujeres encerradas. Bill suponía que la simple tarea, tal vez les daba la sensación imaginaria de que eran autónomas y gobernaban sus propias vidas. Aunque fuera el más mínimo fragmento de control.

Gracias.

Farah asintió y rápidamente siguió su camino.

&

De vuelta en su habitación, Bill se acomodó en una silla y abrió la carta. El romper la cera se sintió como piel vieja y seca. Ankara había escrito tres pequeñas frases en el centro de la página. Las letras eran angulosas y muy apretadas. Le tomó un minuto a los ojos de la concubina pelinegra, ajustarse a la desordenada escritura. Que decía.

Bill, te he visto en el harem y te deseo felicidad.

Ven a mis habitaciones esta noche.

Tengo algo para ti.

Bill se apoyó en el respaldo del asiento, releyendo las pocas palabras una segunda y tercera vez. El mensaje en conjunto le sorprendió y le intrigó. Él veía a Ankara a menudo y a veces hablaba con ella. Pero, como segunda concubina del sultán, la mujer pertenecía a una clase superior a él, y estaba frecuentemente acompañada por aquellas mujeres que presumían de ello, aquellas que le ignoraban y eran antipáticas. Sin embargo, Bill pensaba que Ankara era agradable, pero se preguntó de dónde había salido esa sorpresiva expresión de buena voluntad. ¿Qué podría tener ella para él? La curiosidad le picaba, así que resolvió hacer como le decía la carta y visitar a la mujer en la noche. Estirando la mano, acercó la punta del papel a la llama de la lámpara y esperó hasta que se convirtió en cenizas. Otra cosa que el harem le había enseñado: “siempre quema después de leer”.

&

El suelo de madera brillaba oscuro, deteniéndolo. Bill debatió si tocar o no la puerta. Todavía era temprano, y seguramente la mujer no estaba dormida. Llamó y golpeó la madera—. ¿Ankara?

Hola Bill.

Estaba usando un velo, la tela caía libremente sobre su cabeza y hombros, mostrando una sombra en su rostro. Sólo algunas mujeres en el harem se cubrían con un velo y Ankara no era una de ellas.

Por favor, siéntate —señaló la silla frente a ella.

Bill caminó hacia adelante, mirando cuidadosamente a la mujer—. ¿Por qué…? —Comenzó, antes de soltar un jadeo de sorpresa.

Ankara se había movido en su asiento y un toque de luminosidad de la vela reveló su piel oscurecida. Rápidamente volviéndose morado en los bordes, el golpe comenzaba en la orilla del ojo, abarcando hasta la sien, bajando roja y obscenamente hasta su pómulo.

Ankara —mencionó su nombre en forma implorante. Y el tono de su voz debió alertar a la mujer sobre lo que había visto. La mano femenina rápidamente subió, reajustando el borde del velo, para evitar mostrar más.

No es nada, Bill. Por favor, estoy bien.

No se le habría ocurrido pensar que un puño pudo haberle causado eso al rostro de la mujer, pero la forma en que ella dijo esas palabras, la forma en que se ocultó detrás de la tela y bajó la mirada, por todo ello, supo exactamente lo que había ocurrido.

¿Quién te golpeó?

Ella soltó un extraño suspiro, como una risita burlona, y negó con la cabeza. Los ojos de ella se encontraron con los suyos. Muy erguida y ligeramente triste, dijo—. Nadie Bill. Estoy bien.

Él quiso decir “No te ves bien”. Y casi preguntó de nuevo, quién la había golpeado, pero ella continuó sosteniendo su mirada. Se dio cuenta con sorpresa, que ella sabía que su mentira era obvia y que, silenciosamente, le pedía que la ignorara.

Bill se sentó lentamente, con el cuerpo rígido por la tensión que no había estado allí, segundos antes—. ¿Por qué querías que viniera hasta aquí?

Los hombros de Ankara se relajaron y su rostro mostró una silenciosa gratitud—. Dos cosas. La primera, la escribí en la carta —su cara se suavizó y mostró calidez, algo que Bill habría llamado “cariño”—. Has vivido aquí por poco tiempo y sin embargo, ya has hecho muchos amigos.

Ella se detuvo, como permitiéndole intervenir, pero Bill no tenía nada que decir, además se dio cuenta de que ella, no había acabado.

Te has establecido aquí, y has encontrado algo de felicidad.

Él alzó la vista, interesado en lo que ella podría decir sobre su felicidad, y luego continuó.

Y también has hecho felices a otros —Él se estremeció negándolo, pero ella insistió—. Sí, lo has hecho. Has iluminado los días de muchos, entre ellos… mi propio hijo.

Sus ojos se encontraron; los de Bill, sorprendidos, los de ella, llenos de conocimiento. Él se sintió forzado a refutar sus palabras—. No creo que, quiero decir… él no, nosotros no.

Él te ama —interrumpió la mujer.

Bill sintió su cara arder de vergüenza y no supo qué decir. Y sin embargo, no pudo apartar la mirada. Tom y él se habían vuelto muy unidos y ahora también eran amantes, pero “amor” era una palabra demasiado poderosa. ¿Cómo sabe alguien cuando está enamorado? ¿Cómo pueden saber si es recíproco? Ankara lo vio titubear y su sonrisa se amplió, las pequeñas líneas alrededor de su ojo maltrecho, la hacían lucir hermosa. ¿Quién la habría lastimado? ¿Quién querría hacerlo?

Ankara se inclinó hacia adelante y cogió la mano del chico entre las suyas—. Tengo algo para ti. —Alejándose, se levantó y caminó hacia a mesa del rincón más alejado del cuarto. Regresó y se volvió a sentar, sosteniendo una larga caja plana.

Supongo que las rechazarás, pero son mías y se las iba a dar a quien mi hijo hubiese escogido. Y ahora veo que él te ha escogido a ti.

Bill quería preguntar “¿Me escogió para qué?”, pero la mujer levantó la tapa de la caja y las palabras nunca cruzaron sus labios.

En la caja había una masa de brillosas y luminosas joyas. Bill tuvo que parpadear, antes de que las asombrosas y opulentas formas, manifestaran su verdadero aspecto. Había un collar con rubíes, zafiros y esmeraldas, mezclando sus colores para mostrar lo que colgaría bajo la garganta en un lazo ancho y curvado. Una cadena más delgada resaltaba bajo una larga línea de zafiros y diamantes. Alrededor de los bordes de la caja, había otros muchos tesoros; anillos de amatista y jade, prendedores de perla y rubíes, un adorno para el pelo de diamantes negros, un lazo de oro. Y esparcidos como confeti, docenas de adornos granates y topacios que también yacían sobre el terciopelo de la caja.

Las joyas no se parecían a nada de lo que Bill hubiera visto antes y causaron que el aliento se quedara en su garganta. Una vez que su asombro desapareció, levantó la vista y tragó. La humildad y el sentido común tomaron el control—. No puedo aceptar esto. Es demasiado.

Ankara sonrió—. Ya he tomado mi decisión. Si no las aceptas, permanecerán encerradas por muchos años.

Bill vaciló, buscando una respuesta adecuada—. Por favor, estas son joyas reales. Son demasiado grandiosas.

Ankara sacudió la cabeza mostrando en los ojos su tozudez—. Estás equivocado en ambas oraciones, Bill —él arrugó el ceño ante sus palabras, así que ella le explicó—. Ningún rey ha usado estas joyas, ni las usará jamás. Por siglos, han pertenecido al consorte del heredero del rey. Por lo tanto, son tuyas.

Bill se quedó mirándola, estupefacto. Ella le estaba llamando “consorte”, un título que él sólo había oído para referirse a aquellas que estaban al lado del sultán. Consorte, era a quien llamaban “Reina”—. Pero Deena, Mahtob, ellas…

¿Qué hay con ellas? —dijo en forma cortante, prosiguió con palabras secas—. Ellas no son nada para él, Bill. Son sus esclavas.

Bill tuvo un intenso deseo de discutir, de defender el valor de las chicas. Seguramente su desagrado se notó en sus facciones, porque de inmediato la mujer agregó—. Tom es noble, por supuesto. Él se preocupa por todos los que están a su cargo. Pero Bill, debes darte cuenta de que tú… eres algo más.

Bill volvió a mirar a la caja, observó el resplandor que se mostraba en la superficie casi acuático, como si el agua estuviera atrapada dentro de las profundidades de las joyas. Puso la palma de su mano por encima de las alhajas, casi tocándolas, como si ellas fueran a vibrar de un momento a otro. Sus dedos se curvaron y luego los retiró, empuñando su mano.

¿No crees que él te ama? —La voz de Ankara sonó sorprendida, pero a la vez, divertida, como si el cariño que el príncipe sentía por él, fuera algo sumamente obvio, y que sólo él, no hubiera logrado descubrir.

Bill abrió la boca, pero no pudo decir “no”. En su lugar dijo—. Si son para un consorte, entonces son las joyas de una mujer.

Ankara lo corrigió—. No seas ridículo. Los diamantes pueden ser usados por ambos sexos.

Deberías dárselos a Deena.

Ankara se mofó—. Si haces tal sugerencia, entonces no has entendido mis palabras. Conozco a mi hijo, Bill; la próxima persona que use estas joyas, no será una mujer.

Sólo entonces, Bill captó el mensaje y alzó los ojos para ver si estaba en lo correcto. La mirada firme de Ankara, corroboró que sí lo estaba.

Tómalas, Bill —ella cerró el cofre y lo alzó hacia el frente, forzándolo a sostener la caja o dejarla caer.

Cuando él la puso en su regazo, Ankara se volvió a erguir, rígida y totalmente seria.

Notando el cambio en su comportamiento, Bill le preguntó—. ¿Qué?

Hay algo más.

¿Qué?

El segundo asunto del que te hablé. Necesito un favor. Yo no… esperaba tener que pedirte esta clase de favor a ti —lucía incómoda—. Tom viene a visitarme cada semana, los sábados.

Bill parpadeó—. Oh. Mañana es sábado —dijo naturalmente, indicando que comprendía cuál sería su petición.

Sí, pero no puedo verlo mañana. Él no puede verme…

Ambos sabían lo que no se había dicho en esa oración, la parte que ella no diría “No puede verme. No así”. Pero como Bill, de algún modo había acordado no mencionar lo que era obvio, no lo hizo.

¿Quieres que lo mantenga alejado?

Ojos llenos de esperanza y gratitud brillaron frente a él—. ¿Lo harías?

¿Cómo? Quieres que me siente y espere hasta que él aparezca en el harem.

Ankara asintió—. Sí. Por favor, Bill. Él no me puede ver ahora. Tom no se lleva bien con su… —ella cortó sus palabras abruptamente, mostrando horror en sus líneas de expresión. Había dicho demasiado.

¿…con su padre? —Era una pregunta de la que Bill ya sabía la respuesta. Y cuando las palabras confirmaron la reacción de la mujer, supo que había acertado. Ankara giró hacia un lado y Bill se movió a su antojo, retirando el velo. Ojos llenos de espanto le miraron y Bill se sintió instantáneamente avergonzado por la audacia de su movimiento.

Sin embargo, el remordimiento por aquella acción tan imprudente, sólo duró un segundo. La repugnancia y la rabia que sintió se incrementaron al ver el cuello descubierto de la mujer, así que eso alejó cualquier otro tipo de sentimiento. Manchas moradas cubrían la piel, mostrando claramente el resultado de dedos apretando con extremada fuerza.

Tu esposo hizo eso —no era una pregunta, sino una oración silenciosa que expresaba molestia. Imágenes invadieron su cerebro, como una migraña justo detrás de sus ojos. Flashes del sultán agarrando sus brazos, sus piernas, su rostro fiero que le lastimaba.

Ankara habló suave y cuidadosamente, tal vez a causa de la ira que vio en los ojos del muchacho—. Él no es mi esposo.

Bill la miró lleno de incredulidad—. ¿Y es esa una excusa? El hombre que debería ser tu protector hace esto ¿Y tú lo excusas?

Y aunque era verdad, su comentario se había alejado bastante del respeto que le debía demostrar a la mujer. Con desdén en sus ojos, ella se puso de pie—. Creo que es mejor que te vayas, Bill.

Bill se levantó de la silla, recordando que aún sostenía el cofre con las joyas y debatiendo si debía arriesgarse a ofender más a la mujer dejando el regalo en algún lugar de esa habitación. Pero ella decidió diciendo—. Toma la caja y vete, por favor.

Ella caminó tras él cuando salió del cuarto y se quedó en la puerta cuando él salió. Girando, él se despidió bajando la mirada, como si este gesto de respeto suavizara sus palabras—. Deberías decirle a Tom. Él no lo aprobaría.

Lo sé —respondió rápidamente. Sus ojos oscuros cargaban un peso en ellos. Insoportable y significativo. Contenía una verdad terrible, que traicionaba la juventud infantil de los rasgos de su rostro—. Y precisamente por eso, él no puede saber. Él reaccionaría… creo que muy violentamente, si se llegara a enterar.

Bill sostuvo su mirada y luego se apoyó en la pared—. ¿Violentamente?

Ella asintió—. Él ya ha pagado antes el precio por una falta de respeto. Y cuando los errores se repiten, los castigos se vuelven más severos —ella volvió a mirar a la concubina pelinegra, más seria que nunca—. No arriesgaré a mi hijo por esto. No hables con él sobre esto.

Sus palabras sonaron claramente como una orden, una que podría cargar fuertes consecuencias si era desobedecida. Odiando eso, Bill prometió en silencio que cumpliría.

& Continuará &

Notas de MizukyChan: ¿Odian al sultán tanto como yo? Maldito mal nacido, Ankara es un amor de persona y el maldito la golpeó y casi la estrangula, pero lo que es mucho peor es ese comentario que hizo Ankara, sobre el castigo que sufrió Tom a manos de su padre. Ojo con eso que es importante.

Bueno, se acabó, espero sus comentarios y nos leemos muy pronto. Besotes a todos y mil gracias por leer.

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