Mi jaula dorada 26

Notas de MizukyChan: Otro capítulo y más incógnitas para Bill. Mientras que para nosotros, Tom nos dará algunos nuevos detalles de su extraño comportamiento. A leer y gracias por su apoyo.

Bill ha estado en el harem por 6 meses, 3 semanas y 5 días.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

& Capítulo 26 &

Y luego él sólo… se fue —Bill se encogió de hombros, terminando de contar su relato de lo que había ocurrido con el príncipe unos días atrás. Estaba hundido en su cama, Deena y Mahtob sentadas en dos suaves sillas.

Mahtob arrugó el ceño—. Diría que no parece ser él, actuando de esa manera, pero sí ha estado de mal humor últimamente.

Deena se puso de pie y deambuló hasta el tocador de Bill, olvidándose de la pequeña silla y sentándose en la mesa del mismo—. Tom a veces actúa un poco… traumado, algunas veces —Mahtob le dio una mirada que Bill no pasó por alto—. ¿Qué? —Se defendió Deena—. Lo hace. Algunas veces.

Olvidándose de los comentarios de la otra mujer, Mahtob volteó hacia el chico en la cama—. Mira, Bill, probablemente no tenga nada que ver contigo. Puede ser cualquier cosa que lo tiene angustiado, como la guerra o algo. Así que no intentes preocuparte por eso.

Bill no entendía cómo, la inminente guerra, tendría algo que ver con el comportamiento de Tom en el jardín, pero se guardó esa impresión en el corazón.

Deena había estado curioseando entre sus cosas y sus manos se posaron en una pequeña botella de vidrio. Sacando la tapa, elevó el delicado cristal para oler la esencia que contenía, su expresión rápidamente se tornó amarga—. ¡Ew! —Arrugó la nariz y anunció—. Bill, hay algo malo con tu perfume.

Se llama colonia.

Bueno, deberías conseguir un perfume —declaró ella. Dejando la botella que ahora no le interesaba, de vuelta en la mesita.

Bill rodó los ojos y volvió a su conversación con Mahtob, mientras Deena seguía buscando algún objeto que le llamara la atención.

¿Qué es esto?

Bill suspiró y giró el rostro para ver de qué hablaba la mujer, sus ojos se abrieron cuando vio lo que tenía en las manos; Deena estaba levantando la cubierta de un cofre plano—. ¡No, espera!

Oh… Dios… Mío.

Bill hizo una mueca de dolor y elevó la mano para pasar los dedos por sus sienes, casi escondiéndose detrás de su palma.

Seguramente Mahtob no podía ver lo que contenía la caja, por el ángulo en el que estaba sentada, porque tan pronto se levantó y se unió a la otra chica junto al tocador, preguntó—. ¿Qué es?

Bill se levantó deprisa—. No es…

Oh, Dios mío.

Nada… —terminó la frase en forma lastimera.

Dulce Enkil.

Bill —esta vez fue Deena—. ¿Dónde las conseguiste?

Bill mordió la uña de su pulgar—. ¿Hmm? Oh, mmm. ¿Las encontré?

Las dos chicas giraron para verlo, la uniformidad de sus movimientos fue aterradora—. Inténtalo de nuevo.

Bill cerró la boca, apretándola y por las miradas que recibió, su determinación de permanecer en silencio, duró menos de un minuto—. ¡Oh, Dios! Está bien. Me las dio Ankara, ¿contentas? —Se volvió a hundir en su cama, enojado consigo mismo por dejar que las otras dos mujeres le hicieran bullying.

Deena jadeó y cuando levantó el rostro tenía una sonrisa pintada—. ¿Entonces, estas son las joyas de Tom? —preguntó.

Bill la miró perplejo—. ¿Qué? No. Esas son, umm… —Trató de recordar lo que Ankara había dicho sobre ellas—. ¿Del consorte del heredero?

¡Sí! —Exclamó Deena. Levantando la caja, la llevó con ella hasta sentarse en su sillita. Mahtob arrastró un pequeño mueble y pusieron la caja sobre su cojín. Los tres compañeros observaron el costoso contenido.

Exacto —Deena continuó entusiasmada—. Estas son las joyas de Tom. Las que algún día, él le dará a su esposa.

Bill la miró, preguntándose por qué ella se volvía tan loca por ese hecho, aun cuando las joyas habían sido un regalo para él.

Dios, Bill. ¡Eres tan afortunado de que ella te las hubiera confiado para que las cuidaras! ¿Me las prestarías alguna vez? —Deena aún tenía la mirada en la caja, mientras hablaba, sus ojos brillaban de admiración por las gemas.

Bill miró a Mahtob con las cejas alzadas. Ella asintió, con una expresión implorante que claramente decía: “Sé que está alucinando, sólo alégrala, por favor”

Deena apuntó a un adorno de oro y rubí—. Este iría perfecto con un atuendo que tengo —volvió esa frase en una petición, por la forma en que lo miró, mordiendo su labio con una suave sonrisa.

Bill dudó. ¿Por qué no?—. Claro, Deena. Te la puedo prestar.

La mayor de las chicas chillo, inclinándose para darle un breve abrazo, antes de tomar el broche con manos reverentes—. Oh, Bill. Gracias, gracias. ¡Eres el mejor! —Se levantó para irse, pero antes de partir, Mahtob la llamó.

Deena. ¿No crees que Bill debería saber cuándo la regresarás?

La otra mujer se quedó quieta en la puerta y dijo—. Oh, sí, por supuesto. Te la regresaré al final de la semana. Lo prometo.

Bill asintió, para él, el acuerdo estaba bien. Deena se había ido antes de un parpadeo. Bill regresó la mirada cuando la otra chica suspiró—. ¿Qué? ¿Debí haber dicho que no? —La encaró.

Mahtob sacudió la cabeza—. Sólo me preocupa cómo reaccionará, cuando finalmente sepa la verdad.

¿Y cuál es esa verdad? —preguntó el pelinegro.

Dándole una mirada firme, ella contestó—. No hagas preguntas, de las que ya sabes la respuesta, Bill. Ankara no te dio esas joyas sólo para que las guardaras y las mantuvieras a salvo.

Bill bajó la mirada. Sabía eso.

Deena no lo niega —explicó Mahtob—. Es sólo que ella cree que esas joyas le pertenecerán a ella, algún día. Siempre lo ha creído.

Y puede tenerlas —ofreció el chico.

Las joyas no son el punto y lo sabes —dijo Mahtob.

Sí. Lo sé.

Mahtob se estiró y puso una mano en su hombro—. No te sientas mal, Bill. No has hecho nada malo. Son tuyas y deberías usarlas —al decir eso, se detuvo, pensando en algo más—. Pero no puedes ser tan ESTÚPIDO como para dejarlas a la vista, otra vez —bufó y Bill tuvo que esconder una sonrisa, ante la consideración y el cuidado que reflejaba ese enojo. Mahtob cerró el cofre y lo tomó, poniéndose de pie.

Honestamente. Uno podría decir que no fuiste criado en ningún harem, de otra forma, ya lo sabrías —ella se inclinó, para ayudarle a parase y juntos caminaron hacia el gran armario—. Toma. Sostén esto —Bill sujetó la caja, mientras ella movía algo dentro del mueble, recorriendo con sus dedos, los espacios de los paneles. Finalmente, sus manos se quedaron quietas en el molde de una corona en la punta. Empujó hacia adentro y Bill escuchó un ligero “clic”. Cuando la presión del dedo fue quitada, una línea de madera apareció, tal vez un centímetro más afuera de dónde estaba anteriormente. Mahtob la cogió y tiró hacia afuera. La punta decorativa del mueble giró, mostrando un cajón oculto.

Bill la miró asombrado—. ¿Cómo sabías que eso estaba allí? —Y luego vocalizó otra pregunta—. ¿Por qué está eso allí?

Mahtob le dio una sonrisa—. Como dije, Bill, es tan obvio que tú no creciste aquí —ella le pidió la caja y la puso en el cajón oculto, sonriendo cuando la madera volvió a su lugar, con un suave “clic” anunciando que estaba cerrado—. Qué bueno, encaja perfectamente —Girando hacia su amigo, le explicó—. Es un escondite secreto, Bill. Probablemente había sido destinado para guardar documentos, pero servirá estupendamente a tus propósitos.

Bill pensó que era increíblemente perfecto—. ¿Hay más de estos? —preguntó.

Mahtob asintió—. Oh, sí. Son muy comunes. Si fisgoneas por ahí, seguro que encontrarás unos cuantos más —ella señaló con sus brazos toda la habitación—. Te sorprenderás ante lo ingenioso de algunos de ellos.

Bill asintió, seguro de que sí se sorprendería.

Mahtob caminó hacia la puerta—. Ahora, prométeme que las mantendrás allí de ahora en adelante.

Bill asintió—. Lo haré, gracias —recibió una sonrisa de vuelta.

No ha problema. Me voy ahora. Nos vemos más tarde, Bill.

Él la llamó en el último segundo—. ¿Mahtob?

¿Sí?

Me explicaste sobre Deena, pero tú… ¿por qué no estás celosa?

Ella lo miró y contestó—. Porque, una vez, hace mucho tiempo atrás, nunca pensé que sería otra cosa aparte de “miserable”. Mi más grande aspiración había sido sólo llegar a estar contenta y ahora, he logrado mucho más que eso —sonrió suavemente—. Soy feliz, Bill. Y eso es más que suficiente para mí.

Ella giró y se fue. Y Bill pasó la siguiente hora en su habitación buscando más compartimentos secretos.

&

Tom alzó ambas manos, para enderezar la banda de oro que descansaba sobre su cabeza. La corona era más una molestia que cualquier otra cosa y él detestaba las ocasiones en las que estaba obligado a usarla. El príncipe siempre se sentía, más que nada, un objeto de exhibición cuando tenía la maldita corona sobre la cabeza. Sus manos bajaron para suavizar el frente de su túnica, hoy una tela roja, tiesa y de cuello alto. Iba caminando por el corredor velozmente, varios pasos detrás de su padre, hacia la sala del consejero del sultán.

Llegaron a su destino y Jorg volteó a verlo—. No hagas nada que me avergüence —Y gruñó en silencio. Con un movimiento de su mano, despachó a los dos guardias que le habían abierto las puertas. Tom hizo una mueca a espaldas de su padre. Habían sido convocados a un consejo de guerra. ¿Qué pensaba el hombre que haría?

Minar su autoridad tal vez. El rastudo aún guardaba el desafortunado recuerdo de la primera vez que su padre lo incluyó en una reunión política. Había tenido catorce, se habían congregado para discutir rutas comerciales y la posibilidad de anexar a una nación insignificante por causa de sus especias; y Tom había tenido la audacia y las agallas de discutir con fuerzas, contra Jorg y sus consejeros sobre la indecencia de “robar” a una nación soberana sólo por codicia.

A pesar de sus considerables habilidades para debatir de las que su tutor habría estado orgulloso, rápidamente fue callado por un Jorg furibundo. Sin embargo, pensó, no era como si él fuera a objetar algo de lo que el concilio tuviera en agenda para hoy. A diferencia de Vermingh quien había sido prácticamente arrastrado a Bagrah cuando tenía quince-, la nación de Foularr era claramente un agresor que no se podía ignorar.

Entraron y caminaron a las esquinas opuestas del salón, tomaron sus lugares en las sillas restantes. Una vez que se hubieron sentado, Jorg declaró oficialmente que la reunión empezaba y el círculo de hombres se lanzó al debate, discutiendo sobre los mejores cursos de acción. Tom los consideró fríamente. La mayoría de los contenciosos ministros habían estado en el consejo mucho antes del nacimiento de Tom y tenían muy fijos sus propios intereses. Casi todos apoyaban la idea de tomar por completo Foularr. Tom los tomó como los arribistas insensibles que eran, porque en su patético juego de favoritismo, sólo le daban al sultán el consejo que el viejo quería oír.

Tom pensó que si él fuera el sultán, habría sólo tres personas en el consejo que le gustaría mantener. Uno era Rahal, un hombre anciano que, aunque actualmente estaba con la mayoría, a menudo daba opiniones diferentes (y sabias), sin importar el riesgo personal. Los otros dos eran Mansoor y Al-Hamid. Tom no tenía idea como estos últimos habían retenido sus sillas en el consejo de su padre, ya que casi siempre, ellos ofrecían opiniones diferentes. Jorg, por supuesto, nunca consideraba sus consejos y a menudo ridiculizaba sus ideas. Pero aún así los hombres permanecían. Y aunque eran jóvenes, apenas una década mayor que él, Tom pensó que ellos eran inteligentes y admiraba su carácter.

—… pero si esperamos demasiado, se podrían dar cuenta de nuestros planes y tomar acción sobre nosotros —dijo un hombre a la izquierda de Jorg.

Aún si lo hicieran, ¿qué mayor ventaja podrían tener sobre nosotros, antes de que les caigamos encima? Son débiles. Sugiero que procedamos con precaución. Asegurémonos que todos nuestros recursos están disponibles, para estar realmente preparados cuando comience la batalla —eso lo dijo Rahal, quien estaba a una silla de distancia de Tom.

Otro hombre habló—. Se olvidan: las lluvias empiezan antes en el sur. Si nos retrasamos mucho tiempo, las tierras de Foularr se convertirán en pantanos imposibles y nuestros soldados tendrán muchos más problemas.

¿Y qué bien obtendremos si los mandamos demasiado pronto, pero sin la debida preparación?

¿Sin preparación? Tal vez tú nunca has servido en nuestras filas militares, pero yo sí, y le puedo asegurar, señor, que los solados de Bagrah siempre están preparados.

Fanfarronadas pomposas no ganan la guerra.

¡No digo nada más que la verdad! Y si tienes tantas dudas de nuestra superioridad, en lugar de estar aquí, quizás deberías ir a dar consejo al rey Zahid.

¡Cómo te atreves!

¡¿Cómo me atrevo?! Cómo te atreves TÚ a insinuar que…

—…Caballeros —interrumpió Jorg, justo cuando ambos hombres estaban a punto de irse a los puños y Tom estaba a punto de golpearse la frente con la palma—. Por favor, contrólense. ¡No nos hemos reunido aquí para reñir como un puñado de niños con mal temperamento! —Con sus palabras, los hombres retrocedieron lentamente hasta sus sillas, luciendo avergonzados. Jorg continuó, esta vez más calmado—. Ahora, ya los he escuchado a todos, y cada uno de ustedes ha dado sus mejores puntos de vista —Se enderezó en su silla y Tom podría jurar que había tomado una decisión en la materia—. Pero, estoy de acuerdo con el consejero Haddad. En general, no sería sabio retrasar nuestra ofensiva.

Como era de esperarse, Haddad estaba sentado a la derecha del sultán, indicando que de todos los restantes, él estaba la mayoría de las veces de acuerdo con los caprichos del gobernante. Tom miró hacia donde estaban sentados Mansoor y Al-Hamid, pero no pudo adivinar qué estaban pensando, por sus expresiones neutrales. Todas las opiniones personales que tuvieran sobre el reinado del sultán, estaba muy bien ocultas.

Y ahora a otro asunto —declaró Haddad—. Como debe saber mi rey, el embajador de Foularr y su destacamento, partieron ayer —Jorg asintió ante tal información—. Pero dos de los hombres que viajaban con ellos, han decidido quedarse aquí.

¿En serio? —Jorg sonó realmente interesado.

Sí —Haddad se puso de pie, sacando algunos documentos, se los entregó al gobernador—. Estos son sus juramentos firmados, de lealtad al reino de Bagrah y su renuncia a su alianza con Foularr.

Jorg cogió los documentos, dándoles una mirada superficial—. ¿Quiénes son esos hombres?

Uno es un oficial menor en la casa real; un hombre de no mucha importancia. El otro era un visir del rey, antes de caer en desgracia. El tercer escrito es el juramento de la esposa, pues ella también se quedará aquí.

¿Sus nombres?

Emir Jaber-Bari y Aaron Prasaad.

La cabeza de Tom se alzó de pronto, sólo para ver una sonrisa enfermiza en el rostro de su padre—. ¿En serio? —dijo lentamente el sultán—. Bueno, no veo razón para que no se les garantice asilo a estas buenas personas. Nosotros estamos, después de todo, unidos con ellos contra Foularr. El enemigo de mi enemigo, es mi amigo.

Tom enterró los dedos en la madera de su silla—. No lo creo —dijo, luchando por controlar su voz—. Eso es completamente insensato.

Cada cabeza en el salón excepto la de Jorg, quien ya lo estaba mirando de frente, volteó para mirar al príncipe. El sultán parecía impávido ante la clara contradicción de su decisión.

¿Por qué no, hijo mío?

Tom miró con odio a los ojos burlescos del hombre—. Porque —apretó los dientes—, ambos hombres eran sirvientes leales al rey enemigo. El último, se fugó de Bagrah, su ciudad natal, para servir a los intereses de otra nación.

Jorg movió la mano, para bajarle intensidad al argumento del rastudo—. Han hecho juramentos de lealtad al imperio, bajo pena de muerte.

¡Un pedazo de papel no prueba nada! ¡Tu inclinación a poner la confianza en dos extraños, basada en una medida tan insignificante, sólo evidencia tu idiotez!

La tensión colectiva se extendió por todo el salón, mientras Jorg se quedó muy quieto en su silla, y todo rastro de diversión abandonó su cara—. Como has dicho, hijo mío; uno de ellos, no es un extraño —su voz sonó dura como una piedra, al terminar—. Se quedarán y tendrán toda la hospitalidad asegurada, como nuestros invitados —su mirada se vio mortal, al agregar—. Ahora, sal de mi vista.

Tom se levantó de la silla, demasiado feliz como para resistirse y, absteniéndose de la acostumbrada reverencia de respeto hacia su soberano, salió de la habitación.

&

Esa noche, los sirvientes de Tom, estuvieron a los pies de su cama dubitativamente, debatiendo entre despertarlo o no. El príncipe había estado girando y quejándose en sus sueños por varios momentos, con la respiración entrecortada, en clara señal de pánico. Estiraba los brazos, sus manos apretaban las sábanas cada vez que movía su cuerpo bañado en sudor.

&

Él estaba caminando por un inmenso corredor. La luz se filtraba por las ventanas, pero aún así, las cosas se veían nebulosas. Miró hacia un lado y logró captar la imagen de Mahtob alejándose, desapareciendo en una esquina. Continuó, hasta que llegó a una habitación. Entró, y apenas atravesó la puerta, la luz se fue. De repente era de noche, el cuarto estaba alumbrado por tenues lámparas.

Alguien estaba sentado junto al escritorio de la pared más alejada, mirando hacia otro sitio. La cabellera negra colgaba por la parte trasera de la silla. Tom pudo adivinar, por la forma en que sus hombros se movían, que estaba escribiendo. El chico estiró la mano, para hundir la pluma en el bote de tinta y fue entonces, que el rastudo notó que no había ruido. La pluma regresó al papel que Tom no podía ver, y aun así, no oía ninguna señal de movimiento. No estaba el ruido de la pluma rasgando el documento. No había ningún sonido, nada en absoluto.

Dio un paso hacia adelante y pudo escuchar el suave crujido de sus ropas al moverse. De hecho, los únicos sonidos que podía oír, eran los que procedían de él mismo; eso le hizo notar pequeñas cosas, como su respiración y su pulso, los cuales parecían inusualmente más bulliciosos. Moviéndose para acercarse al chico, se dio cuenta que no podía pasar más allá del centro de la habitación. Una fuerza invisible le impedía aproximarse más. No era nada que pudiera sentir; no era una pared o una barrera física, lo que lo detenía. Era como si sus pies simplemente hubieran dejado de funcionar, rehusándose a acercarlo más.

Elevó la voz—. Bill —pero no recibió respuesta. El joven no se sobresaltó, no se movió, no dio ninguna indicación de que hubiera escuchado su nombre. Parecía inconsciente de que hubiera alguien con él en la misma habitación. Era casi como si el pelinegro estuviera bajo el agua y Tom le hablara desde la superficie.

Tom observó, sin poder hacer nada más, mientras las manos de Bill se movían al frente, donde él no podía verlas. Se apoyó en la mesa y cogió la vela y la cera, probablemente para formar el sello. Después de varios segundos, se volvió a sentar, bajando los hombros. Levantó las manos para arreglar su cabello. Se inclinó hacia adelante, moviendo la silla y se puso de pie.

Tom alzó la mano al aire cuando vio que el pelinegro comenzaba a girar y aun cuando sabía que el chico no podía oírlo, lo llamó por puro instinto—. Bill.

Estaba de pie en medio de la habitación, sólo a unos pasos de distancia, pero el joven no lo vio.

Y… no era Bill.

Aaron —el nuevo nombre no le ayudó a obtener una mejor respuesta.

Dejando el escritorio, caminó hasta la cama y se inclinó, tomando algo en sus brazos. Al volverse, todo se puso borroso; los colores se esfumaron rápidamente, hasta que ya no estaba allí.

Tan pronto se hubo ido, la presión en el cuarto se fue con un tangible “pop”, como el pitido de los oídos cuando emerges de las profundidades. Lo que fuera que lo estuvo reteniendo, se había ido y Tom pudo caminar hacia adelante. Anduvo hasta la cama. Estaba completamente ordenada, y no quedó rastro de lo que fuera que el chico haya tomado. Tom se aproximó al escritorio. La carta estaba ahí. Estiró la mano y la cogió. Tuvo suficiente tiempo para notar el nombre que tenía inscrito, antes de que la habitación se volviera a disolver.

Tom soltó el aire. No podía ver qué lo lastimaba tanto, pero el punzante dolor era muy intenso. La oscuridad que lo rodeaba era espesa, impenetrable. Parpadeó, pero no sirvió de nada; sus ojos nunca se ajustaron a la falta de luz. Trató de moverse, pero no pudo y ni siquiera sabía por qué. Pudo haber estado atado, pero si era eso, no habría podido decirlo a ciencia cierta. Era más que nada, el no poder sentir sus miembros; simplemente, no tenía ningún tipo de sensibilidad en sus extremidades, como si fuera un torso flotante. Y pese a que no podía percibir su propio cuerpo, estaba MUY consciente de estar sufriendo.

Había algo en la oscuridad que lo circundaba. No podía verlo, pero podía oír pisada contra el piso. No sonaban humanas. Hubo un momento terrorífico en que la cosa se acercó con rapidez y Tom NO quería verla, porque sabía, que fuera lo que fuese, la realidad podría ser mucho peor que cualquier cosa que pudiera imaginar en las penumbras.

Alguien soltó una aguda y chillona risita y luego la cosa avanzó, estaba a sólo unos pasos de distancia. Tom gritó por lo repentino del movimiento. Jorg lo miró en forma lasciva, pero de alguna forma, no era eso, sino más bien demencial. El rostro desapareció y una luz clara brilló en todas direcciones, cegándolo igual que la previa oscuridad. Uñas blancas rasgaron su piel y gritó.

¡Dios!

¡Su alteza, por favor, despierte!

Tom recuperó la consciencia y se dio cuenta de las manos que estaban sobre él, sacudiéndolo. Dejó de gritar y abrió los ojos. Había un sirviente a cada lado de él. Soltaron sus brazos y Tom se sentó, irguiéndose de la cama ahora que estaba despierto. Tragó, tenía la boca seca.

¿Qué pasó?

Estaba teniendo una pesadilla.

Y se estaba haciendo daño —agregó el otro hombre.

Tom calmó su respiración. Se movió para quitarse las sábanas que tenía enredadas, hizo una mueca al darse cuenta del sudor frío que lo envolvía y que cubría su cabello.

¿Está bien ahora, señor?

El rastudo cerró los ojos y asintió—. Sí. Ya se pueden retirar —no se percató de la mirada de preocupación que los dos ayudante compartieron, antes de alejarse. Cuando escuchó que las puertas se cerraban, otra vez se sentó, pateando las sábanas de su cuerpo. Se levantó de la cama, entró a la habitación contigua y dejó correr el agua, para llenar la tina. Regresando a su cuarto mientras el baño se llenaba, tomó una bata y se la puso. Hundiéndose en una silla cercana, comenzó a pensar en su sueño.

Había tenido pesadillas similares con anterioridad, pero habían parado hacía años; para el príncipe, no era difícil comprender sus significados, y ahora pasaba lo mismo. Tom escasamente recordaba qué cruzaba por su mente cuando dormía. Las únicas pesadillas que tenía, eran sobre Aaron o relacionadas con él. Y era demasiado claro que ellas reflejaban el verdadero daño que el hombre le había causado. Tom suspiró y se encorvó, apoyando la cara en las palmas de sus manos. El rastudo miró hacia arriba, sin cambiar su postura, observando los paneles que contorneaban las murallas de su habitación.

Poniéndose de pie, caminó hasta un punto al otro lado de su cama. Agachándose, estiró la mano y los dedos, quería alcanzar una caja de yeso. Encontrando lo que buscaba, sus dedos se curvaron bajo una pieza de madera y la levantaron, un trozo del panel se deslizó hacia adelante, para revelar un lugar secreto, que había usado desde que dejó el harem, siendo todavía un niño. Había varios artículos dentro, pero el rastudo sabía lo que estaba buscando y lo sacó con rapidez.

Acomodándose para sentarse en el piso, se inclinó para apoyarse en un lado de la cama y llevó la caja hasta su regazo. Pasó el pulgar por sobre sus diseños pintados y laminados. Abrió la tapa y buscó dentro, corriendo varios elementos pequeños, para exponer el objeto de sus sueños. Ahora, la única cosa diferente de aquella carta, era que el sello ya no estaba; hacía mucho tiempo lo había roto. El papel se sentía viejo y seco en sus dedos. La desdobló cuidadosamente, Tom dejó que sus ojos vagaran sobre las líneas del texto que ya había memorizado. Y allí, al final del documento, garabateada elegantemente, estaba la firma de Aaron. Dio vuelta la página. Tal como lo había hecho en su sueño. El reverso de la carta tenía su nombre, estaba dirigida a él.

El papel contenía el mismo terrible mensaje, cada vez que lo leía. Y, aunque Tom pensaba que su autor era un desgraciado desleal, la razón para tal traición que yacía tan claramente en la carta, era lo que ocupaba su mente últimamente, la causante de todas sus preocupaciones.

Tom suspiró. Resistiendo la urgencia de arrugar el papel en sus puños, la volvió a doblar y la metió nuevamente a la caja. Había estado tentado muchas veces, a simplemente quemar el documento, pero nunca pudo hacerlo. Llevó la caja de regreso a su compartimento secreto y bajó el panel, hasta que la muralla, una vez más, siguió siendo una simple muralla. Poniéndose de pie, cruzó la habitación, dirigiéndose al baño caliente que le permitiera olvidar.

& Continuará &

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