El cuento de hoy es bastante fácil de adivinar, pero está muuuuy diferente jajaja. Lean con calma y rían bastante. Besos.

Fic de zeph317. Traducido por MizukyChan
Capítulo 4: Perros Salchicha, grandes y malotes
Gustav hizo lo posible por pretender que los inseparables Bill y Tom no estaban allí, pero era frustrante. Después de todo, había planeado deshacerse de Bill tan rápido como pudiera, pero en lugar de ello, de alguna forma había terminado con dos de ellos, prácticamente amenazas gemelas que no tenían miedo de conspirar contra él cuando querían salirse con la suya. Era agotador y —nunca lo admitiría delante de otro ser humano— un poco solitario.
En realidad nunca había estado solo cuando era niño, aun cuando una enfermedad se había llevado a su padre antes de que pudiera recordar. Él siempre había tenido a su madre —con una cálida sonrisa que siempre llegaba a sus ojos— y a los muchos empleados que trabajaban en los alrededores de la mansión y que consentían al joven Gustav con dulces y chucherías. Había pasado días jugando afuera empapándose en el arroyo, jugando a los tambores en los enormes sartenes de la cocina hasta que los empleados enloquecían por la distracción y vagando por los establos cazando gatos para hacerles cariño, sólo para ganarse arañazos. Pero su madre siempre estaba ahí para secarlo y felicitarlo por los pescaditos que capturaba, para calmar el dolor de cabeza del cocinero, mientras escondía discretamente las baquetas improvisadas de Gustav, y para lavar y vendar su nariz y brazos, mientras le daba todos los arrumacos que deseaba.
Ahora que estaba completamente solo en el mundo, Gustav comprendía de verdad por qué su madre siempre había deseado que encontrara el amor. Mientras todo lo que necesitaba cuando era niño era su relación con su mamá, ahora anhelaba la compañía y el gozo que venía cuando encontrabas a alguien con quien disfrutar el resto de la vida juntos. Pero mientras observaba a Bill y Tom compartir trozos de pan rancio, sonriéndose y coqueteándose el uno al otro al otro lado de la fogata, comenzó a darse cuenta que la verdadera magia que estaba detrás de lo que su madre siempre deseó que conociera, era la magia del poder del amor.
La idea era casi insoportable —y ¿por qué Gustav tenía que pensar en esa palabra? Ya que era como rogar recordar aquella pequeña casita, en lo más profundo del bosque, que él, Bill y Tom encontraron por casualidad un par de días atrás y no podía entender lo que aquel rubio encantador estaba haciendo con tres grandes hombres peludos, aunque más importante, no era asunto suyo. Había sido suficiente arrastrar a Tom lejos de ahí, después de tener una conversación sobre camas y avena, y Gustav, de verdad, no quería saber qué significaba eso.
Fue incluso más difícil mantener a Bill y Tom caminando por los senderos del bosque sin que encontraran excusas para vagar por ahí, tomados de la mano. Y Gustav no era tan estúpido como para creer que recoger leña por la tarde, era un trabajo de dos personas, que les tomara casi una hora, sobre todo si el par de tontos llegaba balanceándose al campamento sin ninguna ramita y con sonrisas más estúpidas y el pelo más desordenado de lo usual.
Los dos estaban tan perdidos el uno en el otro, que no se dieron ni cuenta cuando Gustav, una tarde, paró de pronto en el camino que estaban siguiendo. Ambos chocaron con su espalda y comenzaron a quejarse cuando él los calló.
—Cállense un minuto. Escuché algo —susurró Gustav. Bill rodó los ojos y Tom lo acercó más para mordisquear su labio inferior cuando el sonido se volvió a escuchar—. Lo sabía, escuché algo.
Para ese entonces, Gustav ya había tenido suficiente de investigar ruidos extraños, porque parecía que sólo le había traído problemas, pero sonaba como una niña gritando y él sabía que su madre nunca lo perdonaría por no ayudar a una niña en problemas.
Se puso a correr a través de los arbustos que se enmarañaban a ambos lados del estrecho sendero del bosque. Por los estruendos y las maldiciones de atrás, parecía que Bill y Tom estaban tratando de seguirlo. Gustav casi voló por la pendiente cuando el terreno cedió bajo sus pies. Pero se las arregló para convertir su caída en un deslizamiento que lo llevó varias yardas más abajo. No se detuvo a mirar, al escuchar gritos detrás de él, porque más gritos se escucharon en algún punto del frente.
Finalmente, pasó unas malezas hacia un cruce de caminos del sendero del bosque y patinó hasta detenerse. De verdad era una niña, pero ahora los gritos eran definitivamente de enojo y maldiciones. Gustav sintió que sus orejas se calentaban, pero avanzó hasta la niña, quien lucía como una adolescente, envuelta en una brillante capa roja.
—Hola, ¿qué sucede? —Preguntó.
—¡Esos jodidos animales están destrozando mi maldita canasta! —Gritó como respuesta, luego tuvo la decencia de lucir arrepentida cuando se dio cuenta que Gustav estaba justo a su lado—. Lo siento. Es que mi mamá empacó para mi abuela y si no aparezco en su casa con todo intacto, mamá va a reclamar mi cabeza.
—¿Y cuál es el problema? —Preguntó Gustav justo cuando escuchó un gruñido y luego, un par de gruñidos más desde el arbusto a su izquierda. Giró la cabeza lentamente, respiró silenciosamente y vio…
Cuatro perros atracando una canasta de mimbre. Dos de ellos eran pequeños perros salchicha, similares a los que Gustav había visto que usaban para sacar a los animales de las madrigueras para que los cazadores se deshicieran de ellos. Un perro más grande, de color blanco y negro y el otro era un sabueso blanco y negro que parecía que había hecho más daño, de hecho, habría desgarrado la canasta para vaciarla de los artículos comestibles.
—¿Quieres que los espante? —Preguntó Gustav.
—Oh, claro que no —respondió la niña.
—No se ven muy violentos —dijo Gustav, dando un paso al frente, hasta que la niña lo sujetó del brazo.
—Puede que no se vean peligrosos, pero a la mierda con eso, esos pequeñines son los más malos. Te arrancarán el tobillo si sólo los miras feo. Son los bebés del alcalde de la villa, así que no deja que nadie los toque. Ellos simplemente andan por los alrededores, robando comida y aterrorizando a la gente —dijo la niña.
—¿Tú estás bien? —Preguntó a la niña—. ¿Te lastimaron cuando te quitaron la canasta?
La niña se alzó de hombros—. Estoy bien. Yo sólo bajé la cesta un minuto mientras iba detrás de un árbol y ellos la atacaron.
—Estos bosques pueden ser peligrosos —dijo Gustav—, de verdad no deberías salir del sendero.
Ella le dio una mirada fea—. Tuve que atender unas cosas femeninas y que Dios me ayude si me preguntas algo sobre eso, porque te pegaré en la puta cabeza.
—Okey —respondió Gustav, sonrojándose ante su mal lenguaje.
Se quedaron de pie allí, mirando como los perros destrozaban los paquetes de carne y destruían las delicias horneadas.
La chica suspiró—. Esas eran las previsiones de toda una semana para la abuela, porque no puede ir a la villa. Todo se perdió por culpa de esos putos perros.
Gustav sintió una punzada de dolor al pensar en la abuelita que pasaría hambre por una semana—. Es una pena. ¿Ella está muy viejita y enferma?
La niña resopló mientras él la miraba—. Nop, ella sólo ha sido desterrada porque escapó con el esposo de la hija del alcalde. Ellos están recluidos en la cabaña, pero ya no son bienvenidos en la villa, así que tengo que traerles insumos hasta que se olviden del escándalo. —La niña suspiró y Gustav no pudo evitar meditar en lo emocionante que era la vida en el Bosque Encantado en comparación a lo que su padrastro siempre decía.
Hubo un fuerte crujido y luego un fuerte—. ¡Cachorros! —Bill chilló y aplaudió de emoción al salir tambaleándose de entre los arbustos. Cuatro cabezas lo miraron con la boca abierta, mostrando los dientes y rugiendo.
Gustav habría dicho que Bill y Tom gritaron como niñitas por la sorpresa, pero en realidad, la niñita que estaba frente a él con las manos en la cintura, pateando la tierra mientras maldecía, era mucho más masculina de lo que ellos se veían, abrazándose el uno al otro y chillando.
La niña continuó gritando maldiciones a los perros, hasta que la última galleta fue consumida y hasta que destruyeron la manta negra, buscando migajas. Luego los perros notaron a los visitantes buscado más.
Gustav estuvo a punto de advertirle a Bill y Tom sobre la mala actitud de los animales, pero decidió que eran lo suficientemente grandes como para cuidarse a sí mismos. Giró para ayudar a la niña a recoger los restos de la canasta y la manta.
—Putos pequeños, bastardos peludos —continuó maldiciendo entre dientes—. Mamá me va a matar. La abuela me va a dar un sermón. Estoy tan jodida. ¡Hey! —Ella miró a Gustav mientras trataba de unir los trozos de la canasta por el borde—. ¿No podrías echarte la culpa y dejar que yo les diga que me atacaste tú en la profundidad del oscuro bosque?
—¡¿Qué?! ¡No! —Gustav se alejó rápidamente de ella.
—Vamos. No eres de por aquí y ya estarás lejos para cuando llegue a la casa de la abuela. Sólo necesito una excusa —se quejó.
—Dile que fueron los perros —respondió.
La chica bufó—. Como si lo fueran a creer. Sólo lograré que me griten por alejarme del camino. Tal vez podría decirles que fue un lobo. Sí, un gran lobo malo, con enormes dientes —ella continuó su idea, mirando hacia el bosque y Gustav, prácticamente pudo ver como la mentira tomaba forma.
—Bien, que tengas buena suerte. Espero que no te metas en problemas. Ten cuidado con los perros. —Gustav retrocedió hacia Bill y Tom cuando la niña se despidió de ellos, agitando la mano. Los perros más grandes, todavía estaban olfateando los árboles, pero uno de los perros salchicha había venido a sentarse a sus pies. No pudo resistirse a bajar una mano y rascar sus orejas, pero sus labios y nariz se crisparon, cuando el can mostró los dientes. No completó la caricia al cachorro, sino que se apresuró donde Bill y Tom.
—¿Qué estás haciendo? —No podía creer que estuviera metiendo un bulto a su saco, uno que oponía resistencia. Sus ojos y los de Tom estaban muy abiertos y se veían inocentes, hasta que un salchicha asomó su peluda cabeza fuera del saco y ladró. Eso provocó que el otro también ladrara.
—Sácalo —ordenó Gustav.
—Pero…
—Ahora —dijo el rubio.
Bill hizo un puchero y abrazó más al cuerpo peludo. Ambos, él y Tom, no parecían notar que el cachorro estaba agitado y trataba de huir.
—Bájalo —dijo Gustav. Y cuando Tom abrió la boca, agregó—. Ahora.
Los dos hombres esnifaron un poco y Bill besó la cabeza del animal, evitando por poco al perro cuando agitó la cabeza y dejó sus dientes peligrosamente cerca de su nariz. Tom le dio una caricia final en las orejas, antes de que Bill se agachara y bajara al animal. El perro se sacudió vigorosamente y luego caminó, con sus patas cortas, para unirse a los otros tres, antes de volver a correr hacia el bosque.
—Adiós, bebé. —Gritó Bill cuando se fueron. Tom pasó un brazo por sus hombros y lo acercó.
—Está bien, Bill. Tendremos todos los perros que queramos algún día, cuando estemos establecidos. —Tom le prometió a Bill, mientras éste se acurrucaba y dejaba que la punta de su cabeza descansara sobre la de Tom. Tom dejó un beso en la frente del otro y Bill se puso contento, apreciando el momento. Los dos lucían como una fuerza de amor imparable, bien apretados como todo un glorioso paquete, así eran sólo ellos, en su pequeño mundo.
Y Gustav se dio cuenta que había una peor clase de soledad que estar solo.
Tenía que deshacerse de Bill y Tom, antes que su corazón se rompiera más.
& Continuará &
Aaww, pobechito Gustav, no quiere estar solo y Bill y Tom, sin darse cuenta, sólo le sacan pica al estar así de enamorados X’D Pues nos queda sólo un capítulo y todavía nos queda un “Único Amor Verdadero” que descubrir, además de un cuento más. ¿Quieren leerlo? Pues a comentar
