Como les he mencionado, después de este capítulo no van a querer para de leer este fic. Aparece nuestro inspector de salud, Tom Trumper y nos muestra algo curioso de su personalidad al inicio. ¡Disfruten su lectura!

Fic Twc/Toll escrito por MIZU. Traducido por MizukyChan
Capítulo 3: Cubierta de Chocolate
—¡Maldita sea, hijo de puta, pedazo de mierda, cabeza de polla masturbador! ¡Hijodeputa!
Tom golpeó sus manos en el volante mientras le gritaba al conductor delante de él por ir al límite de velocidad.
—¡Si pierdo esa luz te voy a seguir a casa, hijo de puta! —Tenía la cara brillantemente roja, se le asomaban las venas por el cuello y la frente.
—¡Te seguiré! Y luego… ¡probablemente no haga nada más! —El coche delante de él, giró—. ¡Que tengas un hermoso día! —Gritó.
Después de ser detenido por la policía en tres accidentes en la carretera, le fue ordenado por la corte, tomar clases de control de la ira. Eso no detuvo los arranques de ira, pero Tom trató de evitar que los vómitos más odiosos y venenosos salieran de su boca.
—¡Hey, hey, hey, hey! ¡Estoy tratando de conducir aquí! —Gritó a otro conductor que se puso delante de él, un poco más rápido de lo que permitía el límite—. Pero gracias por usar tu señalizador y gracias por no cortarme. Es una muy buena forma de manejar, pedazo de mierda, ¡hijo de un pavo!
Sonrió ante sus propias tonterías. Una de las razones por las que las clases de control de la ira no funcionaron fue porque le cabreó que esos idiotas quisieran que cambiara. Que se jodan. Él haría lo que quisiera. Pero no era tan obtuso, ni simplemente canalla, como para no darse cuenta que necesitaba un cambio. Su rabia en la ruta se había salido de control y se enojaba tanto con otros conductores, que sabía que los otros eran afortunados de que no tuviera un arma.
Así que hizo las cosas a su manera y parecía ayudar. Todavía podía tener esas explosiones de rabia, pero ahora, usualmente terminaba riéndose de sí mismo. Por lo menos una vez que llegaba a su destino y se bajaba del auto.
—¡Tú! ¡Hijo! ¡De perra! —Respetuosamente encendió su señalización y cuidadosamente pasó por el lado del auto que lo había sobrepasado—. ¡Yo! ¡Espero! ¡Jodidamente! ¡Que te! ¡MUERAS! —Le dio una mirada fea al otro conductor por la ventana—. ¡Cuando tengas ochenta y nueve años! ¡Estés en cama! ¡En un jodido sueño! ¡Rodeado por tus seres queridos!
Se detuvo ante la luz roja. Manejar siempre lo volvía loco. En realidad no tenía otros arranques emocionales. Solo en el auto, de forma anónima y con desconocidos.
Seguramente porque se guardaba muchas de sus emociones. Pero no admitiría eso ni por un millón de dólares ni por cientos de colegialas desnudas. Su teléfono, que estaba encendido en el asiento de al lado, sonó y él contestó.
—Hola, cariño —contestó secamente. Era su novia, Beatrice MacDowell. Tricie. Comenzaron a salir tres años antes, en la escuela. Ella era hermosa.
Era todo lo que Tom podía decir sobre ella. De todas formas, todo lo que podía decir era que era agradable.
—Sí, te dije, iré a probarme el traje el sábado, es el único día en que Georg puede ir conmigo. —Georg iba a ser su padrino. Ella lo odiaba.
Tom tenía otros amigos que podría haber escogido. Hasta su hermano de dieciséis años habría sido una buena elección. Pero él escogió a Georg.
No había nada pasivo-agresivo en ese hecho. No señor.
—Sí, estaré allí esta noche… ¿los platos? Aw, mierda, no vacié el lavavajilla… —Rodó los ojos—. ¿Alimentaste al perro?………. Tricie, ¡tienes que alimentar al jodido perro!……. Está bien, lo siento, lo siento…………… Sí, me tengo que ir, voy camino al trabajo. —Colgó y arrojó el teléfono en el asiento.
Él no amaba a Beatrice.
Pero después de tres años y todas sus molestias y… algunas otras cosas… decidió que casarse con una mujer hermosa era una buena decisión.
—¡Hijodeperra! ¡Hijodeperra! ¡Hijodeperra! —Gritó a un bus—. ¡Los conductores de buses son un pedazo de mierda! ¡Que probablemente dan dinero a la caridad y aman a sus familias!
Apretó el ceño tan fuerte que le estaba dando una migraña, así que subió el volumen de la música “New Age” que ahora siempre tenía en el auto. No ayudaba. De hecho, la mayor parte de las veces, lo cabreaba.
En otra luz roja (gracias al bus), dio una mirada a su carpeta. Alguien estaba tratando de abrir una nueva pastelería en la ciudad. En su opinión, ya había demasiadas. Esos lugares, con cupcakes de siete dólares, se habían vuelto estúpidamente populares. De todos los que Tricie le había hablado para que los probara, casi siempre había encontrado el pastel seco e insípido. Las cajas mixtas de dos dólares eran mejores. Ver que la mayoría de esos lugares duraba solo seis meses antes de salir del negocio lo hacía feliz.
Encontrando la dirección, se estacionó en la línea del mall y buscó el edificio. Él no odiaba su trabajo, en realidad —inspeccionar restaurantes para asegurarse que cumplieran los estándares de salud, podía ser bastante interesante. La gente había tratado de sobornarlo, ofreciéndole dinero, comidas gratis, incluso drogas y, dos veces, sexo, para que les diera el pase. Habían tratado de esconder las violaciones al código de salud, haciéndole actuar como un detective, era divertido. Sabía cuáles lugares eran de verdad seguros para cenar (la cantidad era aterradoramente baja —incluso los que pasaban la regulación, no siempre cubrían sus estándares personales)
Sin embargo, había un tipo del que siempre se burlaba, los primerizos. Aquellos candidatos que trataban de vivir sus patéticos sueños, gastando cada centavo, metiéndose en deudas, haciendo el mayor esfuerzo, cuando usualmente no tienen visión de negocios, ni el entrenamiento que necesitan para llevar un restaurante.
El minuto en que se puso al frente del negocio cerrado, supo que este era uno de esos.
Con un suspiro, cogió sus documentos, ya preparado para hacer reprobar este lugar.
Los primerizos nunca pasaban la primera inspección. Por lo menos, no las suyas.
&
—Ohhh, yuck, yuck, ew, ew, ew. —Bill hizo arcadas mientras barría la cocina. Las cinco bombas que había puesto la noche anterior habían desatado la ira del infierno en todas las criaturas de múltiples piernas que habían estado habitando el edificio. Había sido su día del juicio final, su Armagedón, su encuentro con el olvido.
—Eeeeewwww.
No había forma de esconderse de la espesa nube tóxica que había llenado el lugar durante la noche.
Bill había llegado a las cinco y media de la mañana para encontrar esos resultados. El suelo estaba manchado de gordas y retorcidas cucarachas y un par de arañas. Además…
—¡¿Un cien-pies?! Oohh. ¡Asqueroso, asqueroso, asqueroso! —Era como un campo de batalla en el que Bill recogía los cuerpos—. «Bring out your dead»… —Dio una larga barrida por el campo minado de cadáveres—. «Bring out your dead» (tema de Martyr AD)
Le tomó cerca de dos horas, pero se las arregló para barrer y embolsar a las víctimas y deshacerse de los cuerpos.
Con las manos en las caderas, estudió la cocina. Una de las encimeras estaba casi limpia. Casi. El yeso de la pared necesitaba un buen galón de desinfectante y tal vez un lanza-llamas. Pero se dedicaría a eso, cuando viera los detalles.
El inspector estaba citado para la tarde. La cocina… aunque bizqueara… aunque achinara los ojos hasta una pequeñiiiiita ranura… aunque los cerrara completamente…
—Es un basural. Necesito helicópteros. Los salvavidas. Amigos —murmuró Bill—. Amigos estarían bien. Los amigos TIENEN que ayudarte. —Remojó un paño en el balde de agua jabonosa, con las manos protegidas por los guantes a nivel de protección de contaminación biológica, tapados con cinta adhesiva arriba—. Estúpida Aubrey, tenías que cambiarte de casa. —Recogió una pila de… algo y la arrojó en una bolsa negra de basura—. Estúpida Sade, tenía que casarse y ahora no quiere tener nada que ver con sus amigos solteros. —Sacó unas ollas grasientas del mueble sobre el fregadero, diciéndose a sí mismo NO MIRES ADENTRO.
—¡Ew! ¡Ew, mierda, ew, ew, ew! ¡Oh, Jesús, sálvame! —Trató de desviar la mirada—. Un ratón más, vivo o muerto, ¡y me voy de aquí! —Tiró el montón de ollas en la bolsa y la elevó, cargándola a un brazo de distancia, para arrojarla al contenedor de basura de afuera.
—Estúpido Monkey, por conseguir un trabajo real ¡y ya no tener tiempo para mí! —Continuó con su alegato, tachando a los amigos que se habían mudado el último par de años, o pasado a la adultez después de la escuela, dejándolo atrás.
Y luego estaba… —Estúpido Jonathan, que se fue a España por el verano, se enamoró, ¡y se quedó allá! —Arrojó la bolsa de basura en el contenedor que se llenaba rápidamente—. Y estúpido Jackie, solo porque es estúpido.
Y eso era todo. Todos sus amigos. No había tenido la oportunidad de hacer nuevos amigos. Los dos alumnos con lo que se había llevado bien en el Instituto de Arte, donde se había relacionado en el rubro de Panadería y Repostería, ambos se habían mudado a ciudades más grandes. Y luego, Nona se había enfermado.
Dio pisotones hasta su auto lleno de cosas y comenzó a buscar en el asiento trasero, sacando triunfalmente, una radio pequeña que había metido debajo de una caja de limpiaparabrisas extra, un par de chalas, una pequeña caja de herramientas (tenía tres: una chica, una mediana y una grande. Y tenía razones lógicas), un libro de numerología (la única cosa en su auto que no tenía idea cómo había llegado ahí), un set de costura y un volantín.
Murmurando sobre lo inútil que era hacer nuevos amigos, volvió a entrar al lugar, preguntándose si todos los residuos químicos de la masacre de bichos, le darían cáncer de pulmón veinte años en el futuro. Ciertamente ya le estaba dando una migraña en el presente.
De vuelta dentro, enchufó la vieja radio, encontró una estación que no tenía demasiada estática y regresó al trabajo.
La cocina necesitaría más trabajo y no disponía de tiempo para eso, así que decidió concentrarse en el frente del edificio, esperando dejarlo lo suficientemente brillante para dejarle una buena primera impresión al inspector de salud.
El frente no estaba tan horrible. Una vez que tuviera tiempo, lo dejaría brillante.
—Moderno y chic —murmuró para sí mismo, cargando un balde y paños hasta las mesas que tenía apiladas en un rincón. Colgaría unas enormes fotos en blanco y negro que había tomado él mismo (de hecho, estaba bastante orgulloso de su fotografía, si no amara el hornear cupcakes más que a nada en el mundo, podría haberse dedicado a eso para subsistir)—. Ventanas más grandes. Oohh, podría poner mesas de bar frente a ellas, para que la gente disfrute de la vista de…
Miró por el cristal sucio y suspiró. Daba a un horrible estacionamiento y a una calle muy transitada. Había un gran panel de cemento en el patio. No estaba cubierto, pero eventualmente él pondría un toldo y una línea de árboles en macetas y también un set de bistrós.
—Oh, mierda. —Se había distraído. Ya tenían que ser más de las ocho y apenas había hecho un cambio. Con un suspiro, bajó una de las mesas apiladas y se puso a trabajar.
&
Cuatro horas más tarde, las mesas y las sillas volvían a estar blancas. Las baldosas blanco y negro del piso brillaban. Podía ver a través de la ventana. Hasta se había deshecho de la suciedad que se junta en los rincones.
Bill estaba sucio de pies a cabeza. Podía sentir el sudor en la raya de su trasero y mugre en los pliegues de sus orejas. Pero mirando alrededor, también sintió un toque de orgullo. Había fregado todo, hasta las partes más mugrientas de las paredes, todavía necesitaba cubrirla con dos o tres capas de pintura fresca para que luciera bien, pero por lo menos la habitación se veía limpia.
Con suerte, el aroma a pino del limpiador y el desinfectante, podrían enmascarar el hedor de la cocina y dejar una grata impresión. Tal vez, incluso podría distraer al inspector para, de algún modo, mantenerlo alejado de la parte de atrás.
Sacando la cinta adhesiva de la parte alta de sus guantes, volvió a imaginar cómo, eventualmente, luciría todo. No habría paredes escondiendo la cocina. Quería que los clientes vieran la magia en progreso. Habría una gran repisa de cupcakes y otras delicias pasteleras. Tendría una máquina de cappuccino, pensando que quizás ofrecería más que pasteles para las mañanas.
Él siempre se vestiría de blanco. A Bill le gustaba cómo se veía con ausencia de colores, aunque Gustav siempre dijera que lo hacía lucir más cadavérico. Si Bill no amara a su hermana, haría un muñeco de vudú para esa pequeña rana. Aunque, probablemente, necesitaría más de uno, porque seguramente los destruiría, tirando cada una de las costuras y arrojando los remanentes al fuego y bailaría alrededor, cantando algo llego de odio y sin sentido.
Un golpecito en el cristal detrás de él, hizo que Bill saliera de un salto de su ensueño. Giró rápidamente y vio una figura al otro lado de la puerta.
—¡Oh! —Maldición, de verdad hubiera querido tener un momento para limpiarse. Ahora ni siquiera podía sacar una menta de su bolsillo sin lucir como un tonto.
Pero por lo menos podía sonreír. Poner su sonrisa más grande para hacerlo sentir bienvenido. A paso largo, caminó hasta la puerta y la abrió.
—¡Hola, usted debe ser el inspector de salud! —Saludó animadamente, mientras sostenía la puerta para que el hombre entrara—. Soy Bill Kaulitz. ¡Bienvenido! —Estiró la mano.
Tom le dio una mirada a la mano ofrecida y pasó de largo, ignorando el shock en la expresión del aspirante a propietario. Sostuvo su sujetapapeles, su escudo, el artículo que lo convertía en un hombre importante en un reino pequeño, Tom Trumper hizo sonar el clic de su lápiz varias veces y miró alrededor.
—Recién limpiado —murmuró para sí mismo. Siempre era una mala señal. O una buena, para él. Le gustaba inspeccionar dos tipos de lugares —los que lo sorprendían, pasando incluso sus propios estándares y aquellos que fallaban abismalmente. Aquellos que tenía que aprobar o rechazar por un margen menor, no eran tan interesantes.
Limpieza fresca, con uso abundante de limpiadores fuertes significaba que el dueño lo estaba tratando de engañar. Tom sonrió para sí mismo, caminando lentamente por el pequeño espacio. Después de una mirada inicial, se volvió hacia el dueño por primera vez.
Se encontró a sí mismo congelado, olvidándose de su primera pregunta y quedándose sin palabras, como para volver a retomar el hilo.
El dueño era un desastre —líneas de suciedad en sus mejillas y frente, círculos de humedad en las axilas de su playera, ropa mugrosa. Pero también era tan lin… lin…
Arrugó el ceño. Tom hizo sonar el clic de su lápiz una docena de veces más y miró hacia abajo, a su sujetapapeles. Aclaró su garganta e intentó concentrarse en la lista de revisión por el momento, aclarando sus pensamientos.
De vuelta a cómo iba a reprobar este lugar. De vuelta a recuperar su poder. De vuelta a ser el chico hétero que era. Inhaló y casi se ahogó con el olor a desinfectante (y una pisca de olor a insecticida —cosa que ciertamente anotaría), lentamente alzó la vista, viendo al señor Kaulitz.
Tensó los labios en el momento en que sus ojos se encontraron. Ojos. Sí, el hombre tenía ojos. Llenos de esperanza e inquietud. Y tenían una forma y un color tan bonitos.
Bill observó como el inspector giraba sobre sus talones y volvía a mirar por los alrededores. Estaba confundido por el comportamiento del hombre, había actuado como si fuera a hacerle una pregunta, pero después, no la hizo. Era extraño.
—Entonces, uh… ¿qué clase de negocio va a ser? —Preguntó Tom revisando el friso, que había sido limpiado concienzudamente. Esa atención a los detalles lo sorprendió. Quería voltear y freír al tipo, hacerlo sentir incómodo, pero decidió que, por la razón que fuera, necesitaría una táctica diferente aquí.
—Una pastelería. Me quiero especializar en cupcakes. —Con las manos nerviosamente aferradas a su estómago, Bill siguió al inspector, sonriendo, aunque el hombre nunca volteaba a verlo.
Tom soltó un bufido suave y caminó por el lado de la otra pared. Las ventanas estaban impecables, incluso los bordes. Por lo menos el tipo sabía cómo limpiar. Hizo un par de marcas de “revisado” en su lista y asintió para sí mismo.
—Acabo de heredar el edificio de mi Nona. Mi abuela.
—A ja —Tom se agachó para tener una mejor vista del suelo, por debajo de las mesas, de las sillas y de un par de largas y delgadas piernas.
—¡Oh! —Bill estiró una mano, ya que el inspector pareció perder el balance. Pero el hombre evitó caerse y se levantó de un salto, girando rápidamente y yendo hacia la otra pared. Arrugando el ceño por la confusión, Bill lo siguió una vez más. Este hombre, definitivamente, era muy extraño.
—El lugar había estado arrendado hasta hace algunos meses atrás —continuó Bill, tratando de llenar el silencio incómodo—. Yo vine solo hace un par de días para arreglarlo —le dio una risita incómoda—, creo que los llamé demasiado pronto.
—Mmn —los primerizos siempre son muy ansiosos y nunca están preparados. De lo que Tom había aprendido el último año, a alguien le tomaba de entre tres a cinco intentos poder comenzar. Y solo los verdaderamente honestos y con mucha energía podrían llegar hasta ese recorrido.
Tomando una respiración profunda, se volvió al dueño. Obviamente este era su primer intento. Tal vez tendría éxito en el cuarto, si tenía lo necesario para aguantar hasta entonces.
Tom abrió la boca para decir “por favor, muéstreme la cocina”, pero una vez más, cuando fijó sus ojos en aquellos ojos almendrados, amistosos, llenos de esperanza, su centro del habla se calló. Así que en lugar de ello, giró y se fue hacia la parte de atrás.
—Co… —se aclaró la garganta—. ¿Cocina? —Preguntó por sobre el hombro, ignorando su torpe comportamiento y sintiendo la inexplicable necesidad de traer a su mente imágenes de los pechos de Tricie. La cocina siempre era la perdición. Probablemente la había fregado decentemente, pero cosas como la temperatura del refrigerador y la proximidad de los materiales de aseo a la comida, hacía que los más fastidiosos restaurantes fueran reprobados.
—Ya… sí, um… —Bill trotó para alcanzarlo, saltando frente al inspector y bloqueando su camino—. No… no está lista —admitió, dándole al hombre una mirada de súplica—. ¿Cree que me podría dar unos días extra? En realidad acabo de comenzar.
Tom miró el centro del pecho del dueño, arrugando el ceño, frustrado. ¡Solo quería terminar con esto! Tenía otros tres lugares que revisar esta tarde y tenía que llevar a Tricie a cenar a casa de sus padres. ¿Por qué tenía la urgencia de estirar la mano y poner la palma en esa superficie plana frente a él? No tenía idea. No era posible que estuviera curioso sobre el piercing de pezón que se notaba a través de la playera ceñida.
Oh, ahora sabía. Estaba reprimiendo las ganas de empujar al tipo fuera del camino. ¡Las lecciones del manejo de la ira estaban funcionando! Con una sonrisa de alivio, Tom alzó la vista al dueño.
Más confundido que la mierda por el extraño comportamiento del inspector de salud, Bill le dio una débil sonrisa en respuesta. Pero los labios del hombre decayeron y luego los estiró muy tensos. El tío lucía completamente espantado. Bill se preguntó si estaba usando drogas. Comportamiento erótico… no, no errático, comportamiento errático… ¿ese era un efecto de fumar hierba? ¿Sales de baño? Baño… Bill podría darse uno. En verdad, un baño agradable, súper largo, súper caliente con audiencia de una persona de rastas y…
Bill sacudió la cabeza para quitarse el aturdimiento y observó como el inspector parpadeaba para salir del suyo. Esto se estaba volviendo muy extraño.
—¿Cocina…? —Preguntó Tom, preguntándose por qué el dueño lo estaba mirando de esa forma. Deseaba que parara, el tipo lo estaba espantando más que la mierda. Aunque tuviera labios hermosos—. ¿Cocina? —Repitió más fuerte, pateando ese pensamiento fuera de su cabeza.
Bill arrugó el ceño. El hombre estaba actuando como un robot con sobrecarga. O como un alien cuyo disfraz humano se estaba haciendo tiritas, o eso parecía. Tiritas, como lo que quería hacerle a la camisa planchada y probablemente almidonada del hombre—. ¡Cocina! Oh… por supuesto. Pero, como dije, no está realmente lista. —Bill estuvo a punto de hacer una mueca—. Solo comencé unos días atrás.
Tom NO observo el pequeño trasero del dueño, meciéndose frente a él. Él NO quería estirar la mano y agarrar el susodicho pequeño trasero en esos jeans ajustados. A él le gustaban los traseros, eso era cierto. Lindos, redondos y suaves traseros de chicas. Como el de Tricie. Tricie tenía uno lindo. Era divertido darle nalgadas, le gustaba verlo rebotar. Le gustaba. Le gustaba mucho.
Descubriéndose congelado nuevamente, Tom se recompuso y siguió a ese pequeño… ese alto, alto, el dueño tenía que medir un metro con noventa, pero era extremadamente delgado… de todas formas, lo siguió a la parte de atrás.
Y ahí es donde sus sentidos regresaron por completo.
Levantó su sujetapapeles de vuelta a su posición de guardia, frente a su pecho y comenzó de inmediato a hacer marcas. Esto era —estaba de vuelta en su elemento, ya no se sentía incómodo por un chico extraño que le enviaba vibras extrañas.
Haciendo pequeños sonidos de angustia, Bill observó como el hombre abría el refrigerador y arrugaba la nariz ante el olor, antes de volver a cerrarlo con un golpe. Ambos dieron un salto cuando la puerta se cerró.
—Aahh, ja, ja… alguien vendrá a arreglar eso. Todavía no he tenido la oportunidad de limpiarlo. ¡Pero tengo dos galones de desinfectante con el nombre del refrigerador en ellos! —Volvió a soltar el ja, ja, pero muy incómodo. Gracias a Dios, por lo menos se las había arreglado para deshacerse de las cosas que tenía dentro, que en algún momento o en otro, pudo haber sido comida, en lugar del riesgo biológico en el que se había convertido.
Aguantando la respiración un momento, Tom se movió hasta el horno—. Déjame adivinar —murmuró—, tampoco has tenido la oportunidad de limpiar este todavía. —Casi quería pasar un dedo por la superficie, pero no sabía qué clase de bacterias habría en esa mugre, así que no lo hizo.
—Um… no —susurró tristemente.
—Mhh… mmm. —Más marcas en los papeles. Siempre con un lápiz de tinta. Tom Trumper no cambiaba de opinión. Y no necesitaba borrar nada después de hacer las marcas.
Dos encimeras habían sido limpiadas, pero el resto de los mostradores estaba mugroso. La despensa era grande, pero pobremente iluminada y había un ratón muerto en un rincón detrás de la puerta.
Sí, esto era lo suyo. Con paso determinado, Tom caminó por el corredor, había una pequeña habitación que podría ser un closet de suministros o una oficina. Había telas de araña colgando del techo y moscas muertas en los marcos de las ventanas. Al frente estaba el baño, extraordinariamente limpio.
—Oh, esa fue la primera cosa que limpié —explicó Bill, viendo que el hombre alzaba ambas cejas—. Ya sabe… si lo iba a usar… —continuó un poco incómodo.
—A ja. Bueno, está bien. —Había pasado por ese sector casi con facilidad. Ahora tenía que salir, sin que pasaran más… cosas como esas. Una vez más, evitó el contacto visual. Tom giró y pasó por el lado del hombre alto y delgado, dirigiéndose de vuelta al frente.
—¡Oh! —Exclamó Bill, sorprendido, saltando un paso para seguirlo—. Mierda. ¿Disculpe? Um… señor… —llegó hasta el inspector y se las arregló para ponerse delante de él.
—Sé que todavía es un desastre, pero por favor, ¿me puede dar un par de días más? Solo unos pocos… Tendré tan limpio aquí, que podrá hacer una cirugía cerebral en el piso. Se lo juro, lo prometo, solo… por favor… por favor, si repruebo esta inspección, pasarán seis meses antes de que pueda volver a intentarlo y no me lo puedo permitir, por favor, ¡solo deme un par de días más!
Tom suspiró, frustrado. De verdad odiaba los quejidos, ruegos, lloriqueos, dulces, lindos, atractivos, lindamente desordenados… Espeeeeeeera un minuto…
—No estás listo. Estás reprobado. Lo siento. —Su corazón estaba acelerado, se sentía casi febril. Tal vez estaba anidando un resfrío. Eso podría explicarlo absolutamente todo, Tom razonó consigo mismo. Sí, definitivamente era un resfrío. O una ameba come cerebros.
El inspector lo esquivó pasando por el lado, pero Bill estaba determinado. Un par de pasos largos y estaba bloqueando su camino a la puerta—. Usted no entiende, necesito esto, por favor, puedo estar listo, ¡solo deme la oportunidad! —Le dio al hombre la mirada más suplicante que pudo mostrar. Y ahí fue cuando notó la forma en que el tipo miraba sus labios.
Así que iba a ser así. Bueno, si le iba a dar una prórroga… Bill nunca antes había tratado de actuar sexy. Tierno, sí. ¿Lindo? Absolutamente. ¿Pero, sexy? La sola idea lo hacía sonrojar. Lentamente, lamió los labios y luego aguantó una risita. Luego reconsideró la idea de aguantarla y la soltó suavecito. Observó que los ojos del inspector pasaban de sus labios a sus ojos y luego de vuelta a los labios.
¡El hombre estaba absolutamente fascinado!
Bill volvió a humedecer sus labios, asegurándose de asomar un poco de lengua—. No me ha dicho su nombre, ¿señor…?
Sin despegar los ojos de esos labios brillantes, Tom sacó una tarjeta de su sujetapapeles y la entregó al dueño. Sopa de pollo. Probablemente necesitaba sopa de pollo. Jarabe. Antibióticos. ¿Le dolía el pecho? Probablemente. Sí. Lo más seguro es que sí.
—Tom Trumper, es un nombre muy lindo —dijo Bill exhalando. Se sentía mitad como un idiota ridículo y mitad como una zorra sexy. No, más bien era 60-40. 40-60, ahora que veía cómo Tom Trumper lo miraba a los ojos.
—¿Lindo?
Mordiéndose el labio inferior, Bill asintió—. Tom. Trum. Per. Perrrrr. Muy, muy lindo.
Mirando fijamente. Estaba consciente de lo que estaba haciendo, pero no tenía idea de por qué. Mirada, mirada, mirada. Tom sabía que debía estar avergonzado, debería excusarse, debería ir a ver al doctor. Pero, mirada, mirada, mirada…
—Um… entonces, ¿cree que podría darme unos días extra?
—¿Hah? —Tom salió del ensueño—. No. Lo siento, señor, uh, Kaulitz. No tengo permitido hacer eso. —Tom arrugó el ceño y trató de concentrarse en el lóbulo del chico, que parecía indefenso y no tan hipnotizante… bueno, era lindo. Lucía agradable y masticable. Ameba come cerebros, era la única explicación razonable.
—Yo podría… ¡podría darle una mamada! —Balbuceó Bill. Inmediatamente sorprendido por su propia declaración, sus ojos se abrieron mucho.
—¡Qué! —Ladró Tom—. ¡Yo no…! —Esos labios eran tan lindos—. ¡No es como si…! —Piercing en la lengua—. ¡Yo nunca! —Labios—. ¡Yo no…! —Sus protestas murieron cómodamente. Labios, Labios. Labios—. Okey.
—Oh… ¿okey? —Bill no sabía si estar más sorprendido por él o por el inspector. Una vez más, se quedaron mirando el uno al otro, hasta que finalmente, decidió hacerlo (no estaba para ansioso, ni un poco, por probar a qué sabía este extraño, no era que Bill hubiera notado que era bastante guapo o algo así), giró alrededor y rápidamente se dirigió a la cocina.
Tom lo siguió.
Deteniéndose frente al fregadero, Bill giró y levantó las manos—. Supongo que, um, lo haremos aquí.
Tom asintió.
Bill dio un paso más cerca, perdiendo la confianza y extrañándola, como si hubiera perdido a su mejor amigo. Pero se agachó y se apoyó en las rodillas y se enfocó en la entrepierna frente a él.
—Okey, puedo hacer esto —murmuró para sí mismo.
—Oh, mierda, qué estoy haciendo… —murmuró Tom. No sabía la respuesta, pero no iba a detenerse. Estirando una mano, la apoyó en la superficie más cercana. La parte de los quemadores de la cocina.
Quitó la mano e hizo una mueca—. Oh, yack, espera, espera…
—¿Yack? —Bill lo miró con el ceño apretado—. Oh. —Pudo ver la grasa en la mano de Tom. Se levantó y fue hasta su bolso con suministros y sacó un paño limpio—. Siento eso, no he tenido tiempo de… —Había roto el récord. Puso algo de jabón y mojó el paño en el fregadero—. Toma.
Tom se estiró y con su mano limpia, cogió el paño, pero Bill estaba sosteniendo su otra muñeca y la llevó a su pecho, donde empezó a limpiar desde la muñeca hasta la punta de los dedos.
El observar al bello propietario tan concentrado, con el ceño fruncido, sintiendo el contacto, le dio a Tom una erección.
—Ahí está. Creo que lo he sacado todo. De verdad lo siento, señor Trumper —dijo Bill abatido, sabiendo que su momento había acabado.
—Está bien. Tú… uh —Tom aclaró su garganta—. La oficina no luce tan mal… —Podría ignorar a las viejas telas de araña.
Bill lo miró sorprendido—. ¿De verdad?
Tom asintió torpemente. Su corazón latió fuertemente ante la bella sonrisa que el otro portaba.
Ninguno de los dos se movió por un largo momento. Luego, comenzó a volverse incómodo.
—¿Um… oficina? —Cuando recibió otro asentimiento, Bill decidió que mejor le mostraba el camino.
En la pequeña habitación, Tom se apoyó en la pared y observó cada pequeño movimiento que el otro hombre realizaba. Esos ojos avellana le dieron una mirada linda y tímida. Sus labios subieron en los bordes y luego, mordió el inferior, nerviosamente. Su figura larga y delgada se paró frente a él y luego, de rodillas, estaba de frente a su entrepierna.
Asintiendo con determinación, Bill llevó las manos al cinturón del hombre y lo desabrochó. Supéralo y apúrate, apúrate, solo sácalo, chúpalo y termina con él, de prisa… No se escuchó a sí mismo soltando un pequeño gemido. O más bien, decidió fingir que no se había escuchado a sí mismo soltando un pequeño gemido.
Tom lo escuchó, o por lo menos, su polla lo hizo y dio una sacudida feliz antes de extenderse en toda su gloria. El hombre de rodillas en frente de él… otra onda fue directo a su polla… desabrochó su botón, bajó el cierre y tiró hacia abajo sus pantalones.
—Oh… —Bill exhaló cuando sacó la erección del inspector. Era hermosa. Miró a través de sus pestañas. El hombre frente a él, lo miraba con una expresión alienígena en la cara—. Um… —Delicioso. No, espera. Esto era humillante y degradante, y él no debería…
Una mano, gentilmente, se posó en la parte de atrás de su cuello y lo movió hacia adelante, solo lo suficiente. Envolviendo sus dedos en esa hermosa longitud frente a él, Bill se lamió los labios y abrió su boca. La mano… era cálida y suave, y se sentía muy bien sobre su piel… guiándolo un par de centímetros más. Tomando una última pausa, Bill tomó la polla del hombre tan profundo como pudo.
Tom no estaba seguro qué clase de sonido salió de la parte profunda de su garganta, pero claramente indicaba un sorprendente placer. Asombroso. Alegre placer. Comenzó a embestir sus caderas hacia esa cálida, dispuesta y sorprendente boca. Oh, y húmeda…. Un escalofrío recorrió la espalda de Tom y dejó que su cabeza fuera hacia atrás a la pared de cemento.
El sabor, la sensación, el aroma… El corazón de Bill latió apresuradamente ante todas estas sensaciones combinadas y se tocó a sí mismo, sin estar seguro de cuál era el protocolo a seguir en esta mamada de soborno. ¿Tendría que dejarse de lado a sí mismo? ¿Acaso esto solo era para el deleite del tipo que estaba siendo sobornado? Para ser sinceros, como Tom Trumper le iba a hacer un favor (si Bill era honesto consigo mismo, le estaba haciendo un favor a él justo ahora), entonces supuso que solo debía enfocarse en darle una muy buena mamada.
Lo cual no era tan fácil. Sus pequeñas mordidas, tendían a dañar la piel. Ahora el toque en su cuello se intensificó y las embestidas se volvieron un poco más fuertes. Bill tuvo unas pequeñas arcadas y trató de toser, escupiendo saliva por la longitud mientras iba de adentro hacia afuera de su boca.
Tom siseó cuando sintió los dientes contra su piel, pero no se detuvo. Un par de manos se aferraron a sus muslos y no eran manos de chicas, y se sentían increíbles. La boca alrededor de él no era de una chica y se sentía grandiosa. Bajó la cabeza y miró la escena debajo de él. Bill rebotaba de adelante hacia atrás, chupándolo y gruñendo. Sorprendentemente, no era la mejor de las mamadas. Dientes seguían raspándolo, tal vez lo suficientemente fuerte como para dejar marcas. También había muchas babas. Algunos desagradables sonidos de arcadas. Pero Tom no podía parar, no podía parar de embestir y Bill continuaba.
Sorprendentemente, fue la mejor mamada de su vida.
Cuando el orgasmo lo invadió, las caderas de Tom iban en todas direcciones. Intentó mantener la cabeza de Bill moviéndose con ellas, pero cuando soltó su semilla, se puso rígido y su polla salió de aquella cálida y húmeda boca, disparando semen a todas partes.
Con la boca abierta, Bill trató de controlar la erección del otro, pero siguió fallando. Frustrado y un poco más que avergonzado, Bill finalmente cogió el miembro con una mano firme, lo mantuvo en su lugar y volvió a meterlo en su boca. ¿Y si Tom Trumper le daba un par de días más por esa mamada desastrosa? Lo succionó con sus mejillas, determinado a hacer que valiera la pena hasta el último minuto.
Sabía realmente bien.
—Ouch. —Tom hizo una mueca ante un roce particularmente fuerte de los dientes, pero siguió corriéndose. ¿Era el orgasmo más largo que había tenido, o solo parecía de esa forma, con toda la comedia de errores que había ocurrido? En cualquier caso, se sintió increíble, aun con todas las torpezas y fallas.
Se preguntó si debería dar a Bill un día extra por todo el semen que había salpicado a todas partes. Estaba en su pelo, en su cara y, ahora, bajando por su garganta. Tom se estremeció por última vez. No, lo hizo una vez más, cuando Bill lamió su longitud, y una vez más, cuando pasó la lengua por la punta de la cabeza.
—Mierda… —Tom exhaló.
Bill lo miró hacia arriba y sonrió. Un pulgar acarició su mejilla, pero solo brevemente, y luego, le estaban ayudando a ponerse de pie.
—Um, okey… —Tom volvió a arreglarse la ropa—. Supongo que lo veré en cinco días, señor Kaulitz. —Una vez más, evitó hacer contacto visual y recogió su sujetapapeles del suelo. Caminó hacia la puerta y no miró atrás—. Espero que esté listo. —Tom esperaba ÉL estar listo. ¿Por qué demonios había hecho eso? Labios o no labios, él no debió dejar que… bueno, es que esos eran unos labios… Aunque todavía podía sentir unos rasguños en su polla.
Bill observó en shock, la espalda del hombre que se iba. Tom Trumper dejó la habitación. Bill pudo oír sus huellas dejar la cocina. Su erección se desinfló, lo cual era decepcionante, pues había decidido masturbarse por lo duro que estaba.
—¡Maldita sea! —Siseó suavemente, sin estar seguro si el hombre ya se había ido.
Pero por lo menos había conseguido cinco días.
Tom se metió en el auto. Estaba caliente. Tenía sed. La botella de agua que había dejado en el coche estaba demasiado tibia para beber. Pero por lo menos podría usarla para quitarse unas manchas de semen del frente de los pantalones.
¿Por qué demonios había hecho eso? Trató de racionalizar mientras quitaba la mancha de semen con un pañuelo húmedo. Él no era gay… no lo era. Él tampoco era bisexual, no señor. Bueno, no más de lo que eran todos los hombres. Todos los hombres tenían un poco, algo muy, pero muy pequeñito de bisexual en ellos. Su poquito fue lo suficiente para dejar que otro hombre le hiciera una mamada (no pensaría en las muchas que había recibido, ni dado en la escuela — él ya se había explicado a sí mismo que era la típica experimentación juvenil y luego lo había cerrado con llave en su mazmorra mental), pero no era tan grande como para volverlo… bueno… GAY. O incluso, para hacerlo BI.
¡Se iba a casar, por el amor de Dios! ¡Y eso no tenía nada que ver con estas muy, pero muy microscópicas partes bisexuales! Él NO se estaba lanzando al matrimonio para probar nada. Él… y, y…
Ups.
Tricie. Beatrice. Él y Tricie hacían una buena pareja. Ella no quería hijos, por lo menos hasta que tuvieran unos treinta años. Ella era alérgica a los gatos, lo cual era bueno porque Tom los odiaba. Ella era buena con el dinero, siempre olía bien, excepto cuando se ponía demasiado perfume. Lo cual, desafortunadamente, era bastante a menudo. A ambos les gustaban los mismos shows de la televisión. Por lo menos, Mad Men y Dexter, que a Tom le gustaban mucho, aunque podría sacar a Dexter, porque era un poco perturbador.
Subió el volumen de su música “New Age” y comenzó a manejar hasta su próxima inspección.
Él no era gay. Ni siquiera era bi. Él era un hombre hétero que podría hacer la lista de una prisión. Había sido una mamada gratis y, obviamente, él había estado demasiado caliente como para negarse. No que Tricie y él no tuvieran sexo. Tenían sexo jodidamente bueno.
Aunque no recientemente.
Él no era bi. Las mamadas no contaban. Ninguna de ellas. Nunca.
Por primera vez en años, Tom no le gritó a ningún otro conductor mientras conducía hacia el otro lado de la ciudad.
& Continuará &
¿Y bien, qué opinan? Apareció Tom Trumper, con un problema de control de la ira en las carreteras, además de una extraña confusión sobre su sexualidad XDDD
¿Logrará Bill estar listo en esos cinco días extra que consiguió gracias a su mamada? ¿O tendrá que hacer más sobornos sexuales para dejar funcionando su pastelería?
