Tarea para hoy, adivinar qué cuento se menciona en el fic. El título de este capi se debe decir un poco cantadito. Si adivinan el cuento sabrán por qué hay que cantarlo jijijiji.

Fic de zeph317. Traducido por MizukyChan
Capítulo 2: Hai ho, hai ho, Bill se puede ir
Iba bien —Gustav sólo había visto dos unicornios, un ogro y un troll—, hasta que escuchó un ruido extraño procedente del este. Debatió si debía ir a investigar, hasta que el ruido se convirtió más en un gemido. Se acercó un poco y escuchó más fuerte un llanto desconsolado.
Gustav pensó que probablemente debería irse y olvidarse del problema, hasta que llegó a un pequeño claro que albergaba una cabaña y una pequeña multitud de hombrecitos, todos con los ojos lagrimosos, llorando fuertemente. Antes de poder deslizarse de vuelta al bosque, uno de los hombres lo vio y lo llamó en voz alta.
Los otros lo vieron y empezaron a correr hacia él, parecieron olvidar su aflicción mientras lo atacaban.
—Whoa, whoa, ¿qué pasa? —Gritó Gustav, alzando las manos en un gesto de rendición. Los hombrecitos —su padrastro los habría llamado enanos, pero su madre le había enseñado a llamarlos “gente pequeña”— lo rodearon y cortaron toda vía de escape hacia el bosque.
—¿Tú hiciste esto? —Preguntó uno, apuntando con su dedo el estómago de Gustav.
—¡Como te atreves a regresar! —Gritó otro y lo empujó por la espalda baja.
—¿Por qué te lo llevaste lejos de nosotros? —Un tercero le pateó la rodilla.
—¿De qué están hablando? ¡Nunca en mi vida he estado aquí! ¿Qué pasa con ustedes, pequeñas amenazas? —Gustav había tenido suficiente y sujetó la cabeza de uno que había comenzado a lanzar puñetazos. Sus brazos largos le dieron la ventaja de mantener a esa personita a distancia mientras maldecía y lanzaba puñetazos al estómago de Gustav.
Uno de los hombrecitos más altos, cuya cabeza habría llegado hasta el pecho de Gustav, dio un paso al frente.
—Hey, extraño, ¿qué estás haciendo en estos bosques? Una repugnante traición ha manchado hoy al Bosque Encantado.
Gustav tuvo que analizar un momento la oración, pero respondió—. No tengo idea. Sólo iba de camino por el bosque cuando los escuché a ustedes aullando y vine a ver qué pasaba. Parece que llegué en un mal momento.
—Sí, es verdad. —La más alta de las personitas estuvo de acuerdo. Pidió a los demás que retrocedieran—. Dinos, viajero, ¿has visto a algún individuo sospechoso por estas partes este día? ¿Has sentido la más vil de las magias?
Gustav no tuvo que pensar por más de un instante—. No.
El hombre suspiró y los otros hicieron eco del sonido. Gustav trató de contar cuántos lo estaban rodeando, había pensado en seis, ocho tal vez, en realidad no podía adivinar porque se movían a su alrededor. Era un poco inquietante.
—¿Qué sucedió? —Preguntó finalmente, cuando parecía que ya no pensaban volver a atacarlo.
Alguien, un brujo de gran poder o una hechicera celosa y de mal genio, ha matado a nuestro hermoso adorado. —los hombrecitos se ahogaron y sollozaron. Eso comenzó un coro de sollozos, unos lloraban a moco tendido y varios de ellos, lloraban en los hombros de los otros.
—Oh, lo siento —dijo Gustav. El duelo continuó a su alrededor y no sabía qué cosa hacer aparte de ofrecer las condolencias, como su madre le había enseñado. Él sabía lo que era perder a alguien que amabas—. ¿Puedo ofrecer mis respetos?
—Sí, por supuesto —dijo el que se había designado como líder. El anillo de hombres lo guió hacia la cabaña, donde Gustav pudo ver algo como una larga caja hecha de roca. Cuando se acercó lo suficiente, intentó tocarla para determinar de qué estaba hecha, pero el líder vio el movimiento.
—Es cuarzo sólido, lo sacamos de la mina nosotros mismos —dijo el hombrecito—. Pensamos que sólo su belleza se acercaba lo suficiente al inmensurable esplendor de nuestra pérdida, de nuestro más fabuloso, de nuestro más exquisito…
Cuando el hombre se volvió a quebrar y sacó un enorme pañuelo para sonarse la nariz, Gustav dio un paso más cerca del ataúd de fabricación cacera, se quitó el sombrero y dio una mirada hacia abajo. A través de la empañada tapa, sólo pudo ver un pálido rostro ovalado, rodeado de cabello negro. Inclinó la cabeza, por un momento de silencio, luego achinó los ojos y se volteó hacia los hombrecitos.
—Uh, creo que este chico todavía está vivo —dijo.
Las lamentaciones se detuvieron de golpe—. ¿Qué? —Cinco, seis o siete voces sonaron al unísono.
—Dije que creo que él todavía está vivo. Si miras muy de cerca, hay un poco de vaho en el cuarzo, arriba de su boca y nariz, como si estuviera respirando.
Gustav fue corrido hacia un costado por un montón de cuerpos, algunos se pusieron de puntitas para comprobar lo que él había declarado.
—¡Creo que tiene razón! ¡Te dije que no se había ido! ¡Te dije que no cerraras el ataúd! ¡Te dije que revisaras si su corazón seguía latiendo!
El hombrecito más alto se defendió de la acusación—. ¿Y qué crees que soy, un doctor? ¡Sólo soy un minero! No parecía que estuviera respirando y ¡es tu culpa que nos hubiéramos ido y lo pusiéramos en un ataúd!
Los gritos se volvieron más fuertes y empezó a haber empujones, así que Gustav intervino—. ¡Hey, hey! —Gritó hasta que logró captar su atención—. ¿No creen que deberían abrir el ataúd y revisarlo?
—Sí.
—Tenemos que abrirlo.
—¡Traigan los mazos!
Varios corrieron a buscar sus herramientas de minería, así que Gustav tuvo que preguntar—. ¿Cuándo pasó esto?
—En algún momento de esta tarde. Regresamos de la mina, pero el glorioso BillaNieves no nos estaba esperando como siempre. Lo encontramos durmiendo en su silla favorita en el sol, con una canasta de manzanas desparramadas en el suelo junto a él, una había caído de su mano, con una mordida perfecta sacada de la cáscara rosada —dijo el líder y Gustav podía ver que estaba muy metido en la historia—. Pensamos que pudo haber sido envenenada por alguien poderoso, una hechicera celosa de su extraordinaria y sorprendente belleza. Y amargada por el hecho de que nadie más en estas tierras podría ser tan bonito como BillaNieves, que tiene piel blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabello negro como el ébano…
—Excepto cuando se tiñe de rubio.
—Sí, y esa vez cuando lo dejó gris.
—Él siempre quiso tenerlo rojo.
Un sonido fuerte y chirriante se escuchó cuando el primer mazo golpeó el ataúd de cuarzo. Gustav hizo una mueca y el líder gritó—. ¡Cuidado con eso! ¡Sólo queremos romper la cubierta, no aplastar a Bill! —Se dirigió hasta ellos para gritar instrucciones, mientras la gente pequeña tomaba turnos para agitar los mazos en una marca estratégica de la cubierta de cuarzo. Gustav observó hasta que comenzó a quebrarse y luego les dio una mano, sacando los trozos quebrados para retirar la cubierta, sin que pedazos muy pesados cayeran adentro.
Tan pronto como estuvo abierto, los hombrecitos se acercaron para tocar al cuerpo en el interior, discutiendo qué iban a hacer después. Gustav rodó los ojos y caminó haciéndose espacio, hasta llegar cerca de la cabeza del chico. Ignorando sus preguntas y discusiones, Gustav deslizó su mano debajo de los hombros y, gentilmente, sujetó la cabeza con la otra mano, poniendo al chico en una posición sentada.
—¡Por favor, ten cuidado con Bill!
—¡No puedes lastimarlo!
—Por favor, ¿de verdad Bill está vivo?
Gustav llevó la mano debajo de la nariz de Bill y habría jurado que lo sintió respirar. Se preguntó si… con la mano con la que no tenía levantado a Bill, abrió la boca del chico y miró dentro.
—¡Cómo te atreves!
—¡No debes tocar a Bill ahí!
—¡No eres digno de tocar sus labios perfectos!
Gustav asintió levemente para sí mismo y maniobró el cuerpo de Bill lo mejor que pudo, poniendo la espalda del chico contra su pecho. La cabeza de Bill rebotó contra su hombro, pero Gustav tenía ambos brazos alrededor del pecho del otro y luego le dio un fuerte apretón.
Un coro de voces gritó en su contra, pero Gustav lo volvió a hacer, y otra vez. Y en la cuarta vez, la cabeza de Bill se fue hacia adelante y Gustav vio algo cayendo de su boca.
—¡Está vivo!
—¡Es cierto, Bill está vivo!
—¡Oh, Dios mío!
Y dos hombrecitos tuvieron que atender a un tercero que cayó desmayado de pura emoción.
Gustav todavía sostenía al chico con sus fuertes brazos alrededor del pecho, mientras Bill tosía y se sobaba la boca. Entonces Bill pareció darse cuenta que alguien lo estaba abrazando y ladeó el cuello hacia un lado para ver a Gustav.
—¡Tú! Tú me salvaste. Mi príncipe —dijo con la voz ronca, antes de volver a toser.
—¿Nos pueden traer un poco de agua? —Pidió Gustav en voz alta. Soltó al joven y Bill comenzó a moverse, aún jadeando para tomar bocanadas de aire.
—Sácame de aquí —dijo Bill y Gustav lo ayudó a moverse hacia el borde de la caja de cuarzo, para sentarse en el suelo—. Ugh, eso de verdad se sentía como un ataúd.
Gustav se aclaró la garganta—. Bueno, de hecho…
—No me estás diciendo que esos idiotas pensaron que estaba… oh, mierda. —La expresión en el rostro de Bill mientras se estremecía, hizo reír a Gustav.
—¿Y qué sucedió?
—Toma, Bill. ¡Bebe esto, te sentirás mucho mejor! ¿De verdad estás bien? ¿Podemos hacer algo más por ti?
Bill hizo un gesto, mitad mueca, mitad sonrisa ante el hombrecito que le trajo el vaso de agua y luego, agitó su mano—. Estoy bien ahora Y tengo a este valiente príncipe al que agradecerle eso.
Muchos pares de ojos miraron enojados a Gustav, quien se sintió obligado a decir—. Bueno, en realidad…
—Sí. ¡Siempre supe que algún día llegaría mi príncipe! Y ahora que está aquí, el elegante príncipe encantador… ¿cuál dijiste que era tu nombre?
—Gustav.
—Príncipe Gustav. —Bill suspiró y luego estiró su mano al rubio.
Gustav no estaba seguro si se suponía que debía besar la mano o qué, así que la sostuvo firmemente y levantó a Bill, hasta ponerlo de pie. Bill hizo un ruidito “oomph” porque no se esperaba eso.
—¿Sabes? En realidad no soy un…
—Gustav, cariño, ¿me puedes ayudar a llegar a la cabaña? Necesito reunir mis pertenencias. —Bill lo miró con sus ojos grandes, aun llenos de lágrimas por toda la tos y Gustav pensó que el cervatillo podría tomar lecciones de ojitos de “cordero degollado” de este chico.
La multitud de hombrecitos los siguió, todos apresurándose, tratando de tocar a Bill para preguntarle al chico una y otra vez qué había sucedido. Bill les sonrió vagamente, hasta que estuvieron todos dentro de la cabaña, observando a Bill sacando un saco, donde arrojó sus ropas, joyas y lo que parecían muchas herramientas para el tratamiento del cabello.
—¡Bill, por favor, dinos qué pasó! —Imploró el líder de los hombrecitos, justo cuando Bill sacaba otro par de botas de debajo de la cama. Bill se desplomó al sentarse en la cama, negando con la cabeza—. Fue una hechicera, ¿verdad? —Presionó el hombre—. Una bruja te dio la manzana, una que era parte de tu misterioso y oscuro pasado, del que nunca quieres hablar. ¡Ella te envenenó como venganza!
Los ojos de Bill pasaron del hombrecito a Gustav y luego de vuelta al primero. Gustav nunca había visto una mirada tan falsa en su vida.
—Sí, así fue. Eso fue exactamente lo que pasó, David —respondió Bill—. Y ahora, ¿dónde están mis botas?
Los hombrecitos estaban suspirando, todavía amontonados alrededor de Bill, cuando Gustav se aclaró la garganta—. ¿Por qué no nos cuentas lo que en realidad pasó, Bill?
—Um, sí, bueno, creo que eso lo resume perfectamente —respondió Bill.
—¿En serio? Y tu pequeño desmayo no tiene nada que ver con el enorme pedazo de manzana que estaba atorado en tu garganta y que acabas de botar cuando tosiste. ¿No te ahogaste?
El movimiento de la mano de Bill hacia él fue cortado por los renovados chillidos de los hombrecitos.
—¿Bill, cuántas veces te hemos dicho que mastiques la comida?
—Bill, te hemos advertido que no des mordiscos tan grandes.
—¡Yo pensé que eras alérgico a las manzanas!
—Siempre comes como cerdo.
Cuando Bill giró bruscamente la cabeza hacia cualquiera que haya dicho el último comentario, Gustav pensó que mejor planeaba su escape. Aclaró su garganta y dijo—. Todo lo bueno, termina bien. Cuídense —pero sólo alcanzó a dar un paso, antes que delgados dedos largos se aferraran a su brazo como la garra de la muerte.
—¿A dónde crees que vas? —Demandó Bill.
—¿Me voy? —Gustav quería quitarse de encima los dedos de Bill, pero sus nudillos ya estaban blancos por el esfuerzo que estaba haciendo Bill por sostener su agarre.
—Tú no te vas sin mí. —Bill lo soltó lo suficiente para ponerse de pie y arreglar su túnica negra, la cual se arrugó con facilidad al verse apretado por cuatro hombrecitos en la cama.
—¡No puedes dejarnos!
—¡No te vayas, Bill!
—Te necesitamos.
—Te amamos.
—¡Príncipe Gustav! ¡Un poco de ayuda! —La voz de Bill salió sin aliento, bajo el abrazo de los cuatro.
—De hecho no soy un… Oh, a la mierda. —Gustav sujetó la parte de atrás de las camisas de dos de ellos y los arrojó lejos de Bill.
—¡Déjanos!
—¡Necesitamos a Bill!
—¡Biiiiiiiiilll!
Bill se las arregló para levantarse otra vez y agarró su saco—. ¡Salgamos de aquí ahora!
—No, sólo espera un minuto —dijo David—. ¿Por qué estás tan ansioso por dejarnos? ¿Acaso no te hemos cuidado bien?
—Bueno, claro —respondió Bill, viendo hacia abajo a todos los ojitos llorosos que lo miraban—. Pero también está claro que todos ustedes sabían que este día llegaría. Los pocos meses que he estado aquí con ustedes han sido maravillosos y yo aprecio mucho que me hayan cuidado y que me hayan escondido. Pero la verdad es que mi destino me espera. Siempre supe que sería grandioso, que un fuerte príncipe me rescataría y me llevaría lejos, así que muchas gracias por dejar que me quedara aquí hasta que él llegara para salvarme. —Bill le dio una mirada a Gustav—. O algo así. Y ahora, ¡debemos irnos a nuestro Final Feliz!
Bill hizo un gesto dramático y salió de la cabaña. Gustav sintió la urgencia de rodar los ojos ante lo asombrados que se veían los hombrecitos. Siguieron a Bill afuera, donde el chico se encontraba mirando alrededor.
—¿Dónde está tu caballo, mi galante príncipe?
—No tengo caballo —respondió Gustav cuando se dio cuenta que Bill le hablaba a él.
—No tienes un… —Bill se apretó el puente de la nariz y tomó una respiración profunda—. ¿Cómo se supone que vamos a cabalgar hacia el atardecer sin un caballo?
Gustav se alzó de hombros—. Yo camino.
—Por supuesto que caminas —dijo Bill mientras se acercaba a Gustav y enganchaba su brazo al de él—. Gracias por todo lo que han hecho. ¡Nunca los olvidaré! ¡No trabajen demasiado en las minas! —Bill comenzó a tirar de Gustav hacia el bosque, mientras agitaba la mano, despidiéndose de los hombrecitos, quienes todavía trataban de consolarse los unos a los otros.
—¿A dónde vas? —Gustav se dejó guiar, ya que Bill iba en la dirección correcta.
—A cualquier parte lejos de aquí —siseó Bill y luego alzó la voz para gritar—. ¡Los extrañaré! ¡Buena suerte con todo! —Luego volvió a girar hacia Gustav—. Vamos, salgamos de aquí corriendo antes que descubran que me fui con las joyas que sacaron de la mina la semana pasada.
Gustav lo vio correr hacia el bosque tan rápido como pudo bajo el peso del saco con su ropa y accesorios. Gustav tomó su propio saco y dejó que Bill lo guiara por un tiempo. No pasó mucho antes que Bill comenzara a sudar y a maldecir bajo el peso de su saco, así que lo alcanzó cuando Bill se sentó.
—¿Cuál es tu historia? —Preguntó finalmente Gustav. Al ver la mirada en blanco de Bill, aclaró—. Es que no puedo imaginar cómo llegaste a vivir con ese grupo de hombres y por qué estabas tan ansioso de salir de ahí.
Bill se movió nerviosamente un minuto—. Digamos que tuve algunos problemitas con la reina y un cazador, tal vez por ser un poquito, demasiado hermoso y por robarle la atención de la corte. Pero, mírame, no puedo evitar verme así de bien. —Bill agitó su cabello por sobre el hombro—. Me tuve que esconder un tiempo y, al principio, los chicos estaban felices, con grandes sonrisas y palmaditas en la cabeza. Pero después… —Bill se estremeció.
Gustav arrugó el ceño—. Parecían agradables, aunque un poco exagerados. ¿Qué hay de malo en ello?
—¡Ellos esperaban que yo limpiara la casa! —Se quejó Bill—. ¡Y que lavara la ropa! ¡Cocinara la comida! Te juro, si tengo que volver a hacer un pastel de carne, ¡dejaré de comer carne por siempre! ¿Sabes lo que las tareas domésticas le hacen a tus uñas? ¡Es terrible! Sin mencionar eso de te-ponemos-en-un-ataúd-porque-pensamos-que-estabas-muerto ¡cuando no estaba muerto! —Bill se estremeció—. Menos mal que el cuarzo era muy grande y no me enterraron, o ya estaría muero, de verdad. ¡¿Qué estaban pensando?!
—No creo que eso sea muy…
—En realidad no me importa lo que tú pienses. —Bill le dio la espalda—. Ni siquiera eres un príncipe de verdad, ¿me equivoco?
—No estoy ni cerca. —Gustav estuvo de acuerdo.
Bill bufó y se recostó sobre su espalda—. Debí saberlo. No eres muy encantador. Probablemente no eres un conde, ni un lord, ni nadie que tenga un título.
—No. —Gustav volvió a estar de acuerdo.
—Entonces, ¿a dónde iremos desde ahora? —Bill se levantó, apoyándose en los codos y Gustav trató de no hacer contacto visual.
—No sé a dónde vas tú, pero yo voy a salir del Bosque Encantado y haré mi propia vida. Estoy cansado de toda esta mierda del destino mágico —respondió Gustav.
Bill se levantó de un salto—. ¡Eso suena bien para mí! ¡Iré contigo!
—No, no vas.
—Sí, sí voy.
—No, no vas.
—¡Sí voy! Gustav, tú no me dejaría por ahí solo después de mi experiencia cercana a la muerte, ¿verdad? —Los ojos de Bill adoptaron esa cualidad suplicante que, Gustav sabía, lo seguiría hasta su muerte.
—Pero estás mejor —alegó el rubio.
Bill dio un pisotón en el suelo—. Ese no es el punto. Tú me salvaste de ahogarme y de esos enanos, así que ahora me vas a ayudar a salir de este bosque. Ahora, muéstrame el camino.
Gustav pensó que mejor escogía cuando discutir con Bill, así que caminó y lo dejó muy atrás. Bill no seguía muy bien su ritmo, pero Gustav le dio espacio y le echó la culpa al día que había experimentado. Y cuando Bill empezó a quejarse, pusieron un campamento y Gustav tuvo que morderse la lengua para no responderle mordazmente.
—Gustav, aquí no hay ni de cerca suficiente comida para nosotros dos. De verdad no venías preparado.
—¿Y tú, por qué no dejaste un poco de ropa y empacaste más comida? ¿Cualquier tipo de comida? —Espetó el rubio.
—¡Gustav, sólo tienes un saco de dormir! ¿Dónde esperas que duerma yo? ¡Me voy a resfriar si no me cubro apropiadamente!
Gustav se enrolló en una manta y le dio la espalda a Bill, mientras el pelinegro sacaba unas prendas de su saco para usarlas como almohada y para cubrirse.
—Todavía no puedo creer que no tengas un caballo —escuchó como Bill murmuraba, mientras caía dormido.
& Continuará &
Próximo capítulo: Tompunzel, Tompunzel, deja caer tu cabello.
Notas de MizukyChan: Jajajaja, ¿se imaginan a Tom de Tompunzel? Les aseguro que será divertido. Además, se encontrará con BillaNieves *-* No se lo pueden perder.
