V-Day 1

V-Day 1

Fic de The_poltergeist. Traducción de MizukyChan

Capítulo 1

14 de febrero.

También conocido como el día de San Valentín.

Era el día que menos le gustaba a Tom.

En su opinión, era el peor día de la historia.

En otras palabras, Tom de verdad odiaba el día de San Valentín. Lo odiaba con cada fibra de su ser. Odiaba tanto ese jodido día que algunas veces era sobrecogedor. Todo el concepto solo era una excusa barata para que la gente –aquella que trabaja en diferentes tiendas, o eran dueños de restaurants elegantes, o trabajaban en el teatro– se aprovecharan del hecho de que las personas estuvieran bastante locas, estando o no enamoradas.

Sí, de acuerdo con Tom, la gente que estaba enamorada estaba loca, equivocada y obviamente amaban gastar dinero en cosas como flores rosadas, cenas muy costosas, ositos de peluche, que en realidad no hacían ningún bien, además de ser alarmantemente raros y sobrevalorados. Las parejas amaban desperdiciar su dinero en estúpidos y tontos algodones de dulce y en cosas brillantes con los colores del arcoíris, especialmente el día de San Valentín. En realidad, las parejas gastaban más dinero de lo habitual en ese jodido día, y todos los dueños de tiendas del mundo, probablemente se bañaban en billetes de dólares después del día de San Valentín. Ruin, ruin, ruin.

Tom simplemente no entendía por qué la gente –o parejas– necesitaba un día cada año para celebrar el hecho de que finalmente se habían “acomodado” con alguien. Oh, sí, cada pareja del mundo trataba tanto de convencerse a sí mismas y a otros, que habían encontrado al amor verdadero. Bueno, Tom ya había visto a todos los susodichos “único amor verdadero” que sus amigos le presentaban, y estaba cien por ciento seguro que todos ellos solo se habían “acomodado”, porque dentro de sí mismos sabían que no podían conseguir nada mejor. Y Tom realmente no sabía por qué tenía la necesidad de hacer que el mundo lo viera. Por supuesto que había algunos contados afortunados, que realmente habían encontrado a sus almas gemelas. ¿Pero por qué demonios tenían que hacer que el resto del mundo sufra al ver su nauseabunda felicidad? ¿Y por qué –Tom se venía formulando esta pregunta por años– ellos necesitaban un día?

Tom no sabía mucho sobre el amor, pero sí sabía que una vez que te engañabas a ti mismo lo suficiente, para creer que de verdad estabas enamorado, se suponía que –en teoría– debes honrar y cuidar al otro cada día, ¿verdad?

Oh, bueno, Tom nunca sería capaz de ver la “belleza” de esa fiesta.

No, espera. Ni siquiera era una festividad.

Era solo un día que causaba dolor en el culo a los perdedores. Y Dios sabe por qué lo habían dejado como una fiesta.

Solo había una cosa que Tom apreciaba del día de San Valentín. Oh, sí, una cosa que sí existía.

Bill Kaulitz.

Bill Kaulitz era uno de los amigos más cercanos de Tom.

Irónicamente, se conocieron en un día de San Valentín, tres años atrás. Ambos estaban cansados, después de un largo día de trabajo, y listos para ordenar algo de comida en el restaurant que por coincidencia, era su lugar favorito. Impacientes y hambrientos, estaban esperando en la fila. Y como era el día de San Valentín, el lugar estaba abarrotado de gente. Después de esperar por una hora, el encargado anunció que simplemente no tenía mesas para ninguno de ellos, ni para Bill ni para Tom. Y como una forma de disculpa, la gerencia les ofreció una comida gratis, cortesía de la casa. En realidad no tuvieron más opción que aceptar la oferta.

Tom se había enojado mucho. Le habían negado comer en su lugar favorito, solo porque no había llevado a una cita. Era simplemente injusto y ridículo y se juró a sí mismo, que no dejaría de asistir a ese restaurant el día de San Valentín hasta que consiguiera una maldita mesa y le diera una lección a esas parejas idiotas con la cabeza llena de aire.

Pero la noche había salido bien. Mientras esperaban por sus comidas gratis, ambos comenzaron a conversar. Se llevaron bien de inmediato, de una forma totalmente amistosa y hetero. Resultó que Bill también odiaba San Valentín, así que por supuesto, eso les dio mucho material para hablar. Mayormente fue Tom el que habló, mientras Bill asentía, pero a Tom no le molestó. Él raramente encontraba a alguien que de verdad se preocupara por sus sentimientos.

Eventualmente, Tom invitó a Bill a su casa, para pasar una tarde totalmente anti San Valentín. Comieron su cena, vieron tres o cuatro películas sangrientas, con un montón de sangre y asesinatos, hablaron de ellos mismos, del tiempo, de los recuerdos de su infancia y también compartieron su odio hacia el catorce de febrero.

Ahora ya se había convertido en una tradición. Cada año, compraban un montón de palomitas de maíz y cerveza, y veían un par de películas de terror en la casa de Tom. Luego tenían una ronda de juegos de mesa, porque Bill tenía la extraña afición a esta clase de cosas. Pero a Tom no le importaba en lo absoluto, pasar el rato con Bill era muy divertido. Y mientras el tiempo avanzaba, tomaban sus abrigos y se dirigían hacia el mismo restaurant donde se conocieron hace años atrás. Cada año intentaban entrar, intentaban conseguir una mesa sin llevar pareja, pero por supuesto, había sido en vano. Cada año les negaban la entrada. Pero Tom no se daría por vencido, eventualmente le ganaría a esos enamorados pegotes.

Aunque siempre terminaba de la misma forma. Les negaban el acceso debido a la escases de mesas, así que pagaban por su comida y regresaban a la casa de Tom, comían su cena en silencio antes de sacar los tragos y se emborrachan hasta perder la consciencia en el sofá de Tom, una vez incluso quedaron botados en el piso. Cómo pasó eso, todavía no lo saben.

Sí, Bill era sin duda lo mejor del día de San Valentín. Tom estaba muy agradecido de haberlo conocido, de pasar tiempo con él –sobre todo en el jodido día del amor–, era épico.

—¿Estás listo para esta noche? —Preguntó Tom, sonando quizás, demasiado emocionado.

Bill acababa de llegar a su casa, todo arreglado y listo para otra asombrosa velada anti San Valentín. Lo único que a Tom no le gustaba mucho sobre Bill era que se viera… tan jodidamente bien. Su estilo era bastante único. Y por único, Tom quería decir que a veces se vestía muy a la moda, a veces realmente sexy y ajustado, jeans y tops muy reveladores y algunas veces, bueno, sus atuendos eran realmente feos.

Pero con todo, Bill se veía ridículamente bien para ser un hombre y eso algunas veces, asustaba a Tom.

—Claro que sí. —Bill sonrió mientras se encendía un cigarrillo, ofreciéndole también uno a Tom—. Dios, está horrible afuera. Hay parejas por todas las jodidas partes. Solo porque ellos van cuesta abajo ¿quieren llevarnos a todos nosotros con ellos?

—Me llevo haciendo esa pregunta por años. —Gruñó Tom y le dio una profunda calada al cigarrillo antes de pasárselo a Bill, para ponerse bien el abrigo—. Nah, vamos a buscar algo de alcohol y otras cosas poco saludables, para que podamos sobrevivir esta mierda.

—Estoy de acuerdo. —Bill asintió y juntos, caminaron hacia el auto de Tom.

—Lo peor acerca del concepto de este San Valentín es que no solo tenemos que sufrir un día, hay que empezar a sufrir semanas antes del evento principal —dijo de pronto Tom, mientras conducía para alejarse, listos para proveerse de mucho alcohol y dulces—. Comienzan a promocionar esta mierda casi con un mes de anticipación. Y empiezan a vender sus cosas como dos semanas antes. Por dos jodidas semanas seguidas todo lo que ves son flores, peluches con forma de corazón, barras de chocolate envueltas en rosado y… ugh. ¿Por qué rayos tiene que ser rosado? ¿Qué tiene que ver el rosado con todo eso?

—El rosa es el color del amor —murmuró Bill, mirándose las manos.

—¿Qué?

—No importa —respondió el otro, negando con la cabeza—. No fue nada. Estoy completamente de acuerdo contigo. Ellos hacen todo eso para ganar dinero.

—Eso es lo que hacen —murmuró Tom, al detenerse justo fuera de una tienda—. Además, el rojo es el color del amor, ¿verdad? —Preguntó, pero puramente por curiosidad.

—¿Cómo podría saber? —Preguntó de vuelta Bill, alzando una ceja, luciendo muy perplejo, aunque Tom pudo notar una pisca de rojo, coloreando sus normalmente pálidas mejillas.

—Yo… no importa. —Tom sacudió la cabeza, soltando una risita—. Esto es tan ridículo. Vamos.

Una vez que llenaron el asiento trasero del coche de Tom con Cheetos, palomitas de maíz, cerveza y licor, condujeron de regreso a la casa de Tom, como siempre y vieron un puñado de películas terribles y no-románticas.

La primera película de la agenda era “Masacre en Texas”.

Durante la película, Bill parecía estar bebiendo más de lo que usualmente hacía y parecía, extrañamente, tenso.

—¿Qué te pasa? —Preguntó Tom, dando una mirada al varón que temblaba levemente junto a él.

—Nada. —Bill negó con la cabeza, dando un gran sorbo a su cerveza—. Tengo un poco de frío.

—¿Frío? —Volvió a preguntar Tom—. Aquí está agradable. ¿Te estás resfriando?

—No. —Bill nuevamente negó con la cabeza, terminando su cerveza y estirándose para coger otra—. Yo solo… ok, ya sabes, ¡de verdad odio esta película!

—¿En serio? —Preguntó Tom un tanto divertido y tomó el control remoto para detener la película—. Pero hemos visto montones de películas mucho más terribles que esta —señaló, logrando que Bill le mostrara el dedo medio.

—Sí, bueno, claramente esta no es una de mis favoritas —murmuró Bill dando otro gran trago a su nueva cerveza—. Pero no la pares por mí, ¿ok?

—Hey, hey, de verdad deberías calmarte un poco con la cerveza —dijo Tom, quitando la botella de las manos del otro—. Nunca nos dejarán entrar en el restaurant si estás borracho. Mejor fuma un cigarrillo —dijo y le ofreció uno a Bill, que fue aceptado con dedos temblorosos.

—De todas formas no lo lograremos —señalo Bill—. No entraremos a menos que digamos que vamos con una pareja, lo cual es completamente bajo, así que sí… comeremos en tu casa, como siempre hacemos, y nos emborracharemos.

—Hey —se quejó Tom, dando una palmada cariñosa en el hombro de Bill—. Lo haces sonar como si te estuviera obligando a estar aquí. ¿No lo estás pasando bien? Pensé que te gustaba, es como una… tradición. —De algún modo, Tom se sintió un poco nervioso.

—Me gusta —murmuró Bill, reclamando de vuelta su cerveza—. Solo estoy diciendo que no lo lograremos… pero me voy a calmar con las cervezas. Ya me siento un poco mareado y no planeo ser el primero en desmayarse esta vez —respondió Bill, dando a Tom una pequeña sonrisa.

Sí, usualmente bebían hasta desmayarse y cada año, ninguno de ellos sabía quién se desmayaba primero. Tom, por supuesto, alegaba que había sido Bill y Bill alegaba que había sido Tom. Probablemente nunca se pondrían de acuerdo en esa parte. Tom incluso consideró poner una cámara de video en la sala, solo para probar que Bill era el primero en caer inconsciente, pero no lo hacía porque era, bueno… raro.

Después de un rato, terminó la película. Y solo porque Tom se sentía mal, dejó que Bill escogiera una menos aterradora para la siguiente ronda. Dejaría que Bill escogiera de entre su colección de DVDs mientras no escogiera nada de comedia. No tenían permitido ver nada alegre en el día de San Valentín.

—Okey, Tom, Tom —dijo Bill picando las costillas del otro—. Creo… creo que deberíamos irnos ahora, antes de que esté demasiado borracho, necesito algo de comida para recuperar mi sobriedad.

—Creo que tienes razón —respondió Tom y para probar su punto, dejó salir un gran eructo.

—Oh, con razón sigues soltero —dijo Bill e hizo sonidos de arcadas, cubriéndose la nariz—. Vamos, hediondito.

—Hey —protestó Tom, dando una palmada a la parte trasera de los muslos de Bill cuando ambos se levantaron del sillón—. Yo no, sí, buen punto, ese sí apestaba.

—Te lo dije —Bill rió maléficamente y le entregó a Tom su chaqueta—. Ahora tenemos que apurarnos si queremos alcanzar el bus.

Tenían que tomar el bus para ir al restaurante, porque obviamente ambos están bebidos. Para Tom, viajar en bus también era parte de la tradición. Verán, el bus siempre estaba lleno de estudiantes de liceo y, estos estudiantes, eran jóvenes y estaban enamorados e iban en camino a reunirse con su “personas queridas”. A Tom le daban ganas de vomitar por eso y le encantaba burlarse de ellos junto a Bill. Sabía que era infantil y realmente muy malo, pero… era lo que había.

—¡Oh genial, mira, todavía no hay fila! —Tom señaló entusiasmado la entrada del restaurant. No podía creer lo que veían sus ojos. Usualmente cuando llegaban ahí la fila era tan larga que apenas podían ver la puerta, pero ahora, Tom no divisaba a ninguna persona. Esto solo podía significar una cosa: finalmente iban a poder entrar.

—Oh, genial —exclamó Bill felizmente—. Definitivamente podremos entrar este año.

—Carrera hasta la puerta —anunció Tom, picando las costillas de Bill, al aumentar la velocidad.

—Hey, espérame. —Gruñó Bill y empezó a correr detrás de Tom.

Su momento de felicidad fue bastante breve, porque cuando recuperaron el aliento, abrieron la puerta y entraron al restaurant, se enteraron de que el lugar estaba repleto, otra vez, y no cabía nadie más.

—Esto tiene que ser una broma. —Se quejó Tom y dio un pisotón—. No puedo ver ninguna mesa desocupada.

—¿Pero por qué no había nadie esperando afuera? —Preguntó Bill, claramente confundido.

Después les informaron que la razón por la que no había nadie haciendo fila para entrar era porque los encargados les habían dicho, así como también hicieron con Bill y Tom, que ya no tenían más espacio.

Tom gruñó derrotado y ordenó lo mismo de siempre y Bill también lo hizo.

De mal genio, gruñones y un poco borrachos, tomaron el bus de regreso a casa de Tom.

—Odio el día-V —Gruñó Tom, con la boca llena de comida—. ¿Ves? Ya ni siquiera puedo usar el nombre completo, porque, joder, me duelen los dientes.

—Sí —murmuró Bill, mirando su comida, sin sonar para nada interesado. Tom comenzó a preocuparse otra vez. ¿Qué demonios le pasaba a Bill esa noche?

—¿Te pasa algo? —Preguntó Tom, alejando algunas de sus trenzas negras de su cara.

—No. —El otro negó con la cabeza.

—Bill, tú eres el rubio. —Tom puso una sonrisita de lado y Bill le sacó la lengua, de una forma totalmente infantil, pero adorable—. Sé que te pasa algo. Solo dime, ¿ok?

—Yo… de verdad creo que me estoy enfermando —respondió Bill y esta vez, sí alzó la vista. Sus ojos, café chocolate, se encontraron con los de Tom, también café. Algo en la mirada que Bill le estaba enviando, le dio escalofríos.

—Oh. —Tom se alzó de hombros—. Bueno, entonces te voy a pasar mantas extra. Y tal vez, ¿algo más de alcohol? Ten por seguro que te sentirás peor en la mañana, pero esta noche, después de un par de tragos, ni siquiera te darás cuenta.

—Buena idea. —Bill sonrió, aunque la sonrisa sin duda no llegó a sus ojos, lo cual era otra alerta roja, porque Bill siempre sonreía con la mirada. Usualmente, él brillaba como toda una jodida estrella cada vez que estaba feliz.

—Oh, mamá compró una torta de oreo el otro día, tengo un poco en el refrigerador, si quieres. —Ofreció Tom, tan pronto notó que Bill no había tocado su comida.

—Genial —murmuró Bill y Tom no lo soportó más.

—En serio, Bill, ¿qué pasa? —Tom casi gritó, logrando que el otro joven se tensara.

—Nada.

—Sé que pasa algo. —Gruñó Tom, sintiéndose un poco frustrado con Bill—. Solo dime. Ya es día de San Valentín y mi día no está para nada bien.

—Está bien. —Soltó Bill, mirando fijamente a Tom con los ojos ardiendo, pero tristes. Tom tragó, de pronto estaba demasiado preocupado—. Yo no odio el día de San Valentín.

—¿Qué?

—No odio el día de San Valentín. —Sollozó Bill—. Lo siento, pero no lo odio. No soy un fanático del día y estoy de acuerdo contigo en que no es una festividad y es un soberano gasto de dinero, pero no lo odio tanto como tú. Me encantaría salir en una cita el día de San Valentín, o ver una película feliz…

Tom estaba en shock, miraba a Bill con la mandíbula totalmente abierta. No podía creerlo. Después de estos tres años, Bill le ¿había mentido?

Realmente no era algo tan terrible. Era solo un día. Tom todavía era mejor amigo de Georg, incluso cuando el tío se volvía toda una nena el día-V. El asunto que lo tenía en shock era que Bill había estado… todo este tiempo… fingiendo odiar el día de San Valentín. Es que no tenía sentido en absoluto.

—No lo entiendo —murmuró Tom, mirando fijamente a su plato, de pronto se sentía como un idiota—. ¿Por qué no me dijiste?

—Porque tú lo odias —admitió Bill, sonando un poco derrotado, pero Tom se negaba a mirarlo—. Yo… sé que suena extraño, pero me gustas desde el instante en que te vi. Tú sabes que yo… miro hacia el otro lado. De todas formas, te vi y yo…me sentí conectado a ti en ese mismo instante. Sé que fue estúpido mentir sobre algo como eso. Yo solo… quería ser tu amigo. Te veías agradable y solo quería tener algo en común contigo.

De pronto Tom se sintió extrañamente mareado, de pronto ya no quería nada de torta de oreo, de pronto solo tenía ganas de meterse a la cama o vomitar. O tal vez ambas. No estaba enojado con Bill, no para nada. Él solo… Estaba en shock y se sentía un poco aturdido, patético y amargado. Estaba tan avergonzado. No tenía idea de qué decir…

—Tom, lo siento —dijo Bill, casi suplicante—. No fue mi intensión mentirte… espero que esto no cambie nada.

Momentos pasaron sin que Tom dijera nada y Bill suspiró, obviamente desesperado por la culpa.

—Tom, lo siento —repitió miserablemente—, sé que fue infantil, pero ¿puedes al menos decir algo?

Tom se levantó, sintiéndose como un zombie. No sentía nada. Sabía que estaba presente, pero su mente estaba muy lejos. Le dio una leve mirada a Bill, antes de girarse e irse.

—No me siento bien —dijo, de pie, dándole la espalda a Bill—. Me voy a la cama. Si no quieres ir a casa, puedes quedarte en el sillón…

Sin esperar una respuesta, caminó hasta su habitación y cerró la puerta detrás de sí.

& Continuará &

OMG, la confesión de Bill dejó a Tom realmente perturbado, pero ¿será esto motivo suficiente para terminar esa bonita y extraña amistad anti-San Valentín? No se pierdan la continuación.

2 comentarios en “V-Day 1”

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