
Fic de Chocoholic. Traducido por MizukyChan
Capítulo 2: “La barra de chocolate y el color azul”
Estaba lloviendo, y llovía muy fuerte.
Tom estaba de pie fuera del supermercado, debajo del techo. No quería ponerse a caminar y mojarse, con esa temperatura, podría enfermarse y en verdad no quería eso.
—¡Hey! —Uno de los empleados de la tienda se dirigió a él—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Aléjate de allí! —Miró a Tom muy enojado—. ¡Estás alejando a los clientes!
—No lo hago —murmuró Tom—. De todas formas, nadie va a ninguna parte por este clima.
—¡No quiero tener a un trapeador en frente de mi tienda! —Gruñó. Y como Tom no respondió, lo amenazó—. Si no te vas ahora mismo, llamaré a la policía.
Justo cuando Tom se alzó de hombros e iba a empezar a caminar bajo la lluvia, otra voz sonó—. Él me está esperando, señor, deje de gritarle. Siento haberte dejado esperando tanto tiempo, Tom.
Tom alzó la vista, tratando de no lucir tan sorprendido. El hombre achinó los ojos y volvió a su tienda.
Bill sonrió—. Hola.
—Hola —respondió el chico sin hogar—. Gracias.
—No hay problema. ¿Quieres chocolate? —Ofreció Bill. El otro chico se quedó viéndolo sorprendido, preguntándose qué demonios estaría pensando.
Me está ofreciendo chocolate, voluntariamente.
—Si no te importa…
—Por supuesto que no. De todas formas estaremos atrapados aquí un rato, porque no creo que vaya a parar de llover muy pronto.
Por supuesto que había una razón. Estaban atrapados bajo ese techo, juntos. Probablemente Bill sentía que debía hablarle a Tom si no quería ser mal educado o algo así.
—No me mires así, solo te estoy ofreciendo no estoy intentando nada malo, es solo que me encanta ver tu cara cuando pruebas algo delicioso. —Bill sonrió ampliamente—. Honestamente, tienes una linda sonrisa. —No sabía por qué estaba diciendo todo eso, las palabras dejaron sus labios, antes de que pudiera pensarlas.
Y por supuesto, justo en esos momentos, las nubes decidieron dejar de arrojar su lluvia sobre la tierra.
—Oh, mira, ha dejado de llover. ¿Quieres caminar a casa conmigo? —Él sacó un pedazo de la barra de chocolate que le dio a Tom y se lo echó a la boca, mientras el otro asentía.
Tom se sentía inseguro, pero el chico era dulce, lo había experimentado un par de días atrás cuando Bill lo invitó a su casa.
—Y dime, ¿cómo has estado? —Preguntó el pelinegro cuando emprendieron la marcha— No te he visto desde el día de San Valentín. ¿Todavía estás bien?
Tom volvió a asentir disfrutando de su chocolate. De todas maneras, no había pasado nada digno de mencionar en esos pocos días.
—Hey, sabes qué… deberías venir conmigo a tomar algo. A mí, de hecho, me gusta hablar contigo y me gustaría poder conocerte mejor.
Tom lo quedó mirando—. ¿Estás hablando en serio?
—Claro, ni siquiera sé cuántos años tienes. —No pudieron hablar mucho la última vez. Tom porque se sentía un poco incómodo en ese cálido ambiente familiar, sentía que no pertenecía allí. Y obviamente no pertenecía.
—Diecinueve —murmuró—. Tengo diecinueve años.
—Eres tan joven para vivir en las calles. Oh, no te preocupes, no te voy a preguntar qué pasó, probablemente ni siquiera quieres hablar sobre eso. Es solo que… fue lo primero que se me vino a la cabeza.
—No necesito tu lástima.
—Sé que no. —Bill abrió la puerta—. ¿Vas a entrar?
Tom dudó un instante, pero sí entró. Inmediatamente lamentó su decisión, porque nuevamente se sintió incómodo. Había pasado mucho tiempo desde que había hablado con alguien de forma amistosa… en una casa. Nadie lo dejaba entrar a la casa y no los culpaba por ello. Si él tuviera una casa, seguramente tampoco dejaría entrar a un indigente.
—¿Té? ¿Coca? ¿O chocolate caliente? —Ofreció Bill. Tom miró de un lado a otro de la habitación, sin saber qué contestar—. Te haré un té —El pelinegro decidió por él—. No te asustes, Tom, estar aquí no te hará daño.
Uno nunca sabe, pensó Tom. Bill obviamente no entendía la vida en las calles, probablemente nunca antes había visto a una persona sin hogar. Pero Tom no dijo nada. De todos modos, ya estaba sentado ahí y por lo menos podría disfrutar un rato.
Y el decir “disfrutar un rato” significaba aceptar algo rico para tomar y tal vez, solo tal vez algo de comer. No iba a robar nada, no a este chico, quien estaba siendo tan amable con él. Si robaba algo, Bill no volvería a dirigirle la palabra; pero si no lo hacía, quizás Bill seguiría portándose así de amable con él.
—Aquí tienes. —Una taza humeante fue puesta delante de él—. Es té verde, nada especial. No sabía si te gustaría algo así. —El pelinegro sonrió y se sentó en la silla opuesta del otro—. Entonces, Tom, dime algo de ti. Sé que te llamas Tom y que tienes diecinueve años, pero probablemente eso no sea todo lo que hay que saber de ti, ¿verdad?
El chico vagabundo se mordió el labio—. ¿Qué quieres saber? —murmuró, sin estar seguro de qué decir.
—¿Cuál es tu color favorito?
Tom se quedó mirando al otro, sin estar seguro de haber entendido bien—. ¿Qué?
—¿Cuál es tu color favorito? El mío es el negro, obviamente —dijo Bill, señalando sus ropas—. Tú también debes tener uno.
—Supongo que azul —respondió Tom, alzando los hombros.
—¿Por qué?
—Porque… me gusta cuando el cielo es azul. Eso significa que hay buen tiempo. —Sonrió débilmente—. Suena estúpido, ¿verdad?
—Nop. Tiene sentido. —Bill sonrió—. Significa que no hay nieve, ni lluvia que hagan tu día más difícil, ¿cierto? —Sonrió—. Son los pequeños detalles lo que más dicen sobre las personas. —Sus ojos estaban titilando.
En esos momentos, un hombre entró caminando a la sala—. ¿Bill, has visto… quién es él?
—Papá, él es Tom. Tom, él es mi padre. —Tom notó que la voz de Bill tembló levemente y no pudo evitar preguntarse por qué. Pero pronto descubrió la razón.
—¿Tú eres el vagabundo? —El hombre le preguntó directamente a él. Tom evadió su mirada y asintió, sin atreverse a hablar.
—¡Papá! —Gruñó Bill.
—Lo siento, Tom, pero vas a tener que irte.
Tom no dijo nada. Se levantó sin mirar a nadie, listo para marcharse.
—Papá, por favor, solo deja que se quede un rato. Él es bueno —susurró a su padre. Tom sabía que no quería que él escuchara, pero habría preferido que Bill se callara y lo dejara partir.
—Bill, no voy a tener a un indigente en mi casa. —Siseó su padre en respuesta, poniendo énfasis en la palabra, para indicar que Bill no tenía nada que decir al respecto. El pelinegro se puso de pie, enojado y acompañó a Tom hasta la puerta.
—Lo siento —dijo suavemente al abrir la puerta para dejar que el chico sin hogar saliera— Me gustaría hablar más contigo algún día. —Sonrió.
—Está bien, otra vez. —Tom sonrió débilmente—. Entiendo a tu padre, en verdad.
—Sí, bueno… de todas formas tengo algo para ti. Sé que el día de San Valentín ya terminó, pero… —Sacó una barra de chocolate—. Quería verte feliz y sé que la única forma de lograrlo, es dándote chocolate. —Sonó un poco avergonzado y se rascó el cuello—. Lo siento.
—¿Qué cosa sientes? —Tom sintió una oleada de agradecimiento recorrerle el cuerpo—. Gracias Bill, por todo.
—Te visitaré pronto.
—No tienes que hacerlo.
—Pero quiero hacerlo.
Tom se sentía feliz cuando caminaba alejándose, mucho mejor que nunca. Tuvo que contenerse de no salir volando. Aunque todavía se sentía un poco incómodo estando cerca de Bill, también sentía algo muy parecido a la… felicidad. Aunque el padre de Bill no lo quería en su casa, para él eso no era importante.
El cielo estaba azul y su barra de chocolate sabía increíblemente bien.
No se había sentido así de feliz en mucho tiempo.
& Continuará &
¿No les ha pasado que a veces los padres juzgan a sus amigos por cómo se ven, por los piercings o tatuajes que tienen? Eso mismo le pasó a Bill, salvo que su padre se enojó porque Tom es un indigente. Pobeshito Tom que lo corren de todas partes.
