
Fic de Chocoholic. Traducido por MizukyChan
Capítulo 1: “Regalos en el contenedor de basura”
El joven gateó hasta el contenedor de basura, esperando que nadie lo viera. Lo había visto otra vez, arrojando otro paquete rosado. Últimamente lo había estado haciendo por lo menos una vez al día y se preguntaba por qué.
Afortunadamente, la caja aún estaba cerrada y estaba por encima de toda la basura, así que todavía podría comer lo que tuviera adentro. Rogaba que fuera chocolate. Sabía qué fecha del año era, así que probablemente sí sería chocolate.
Sus dedos largos abrieron la caja y, de hecho, sí había chocolate allí. Sus ojos se abrieron tanto que creyó que se caerían de sus orbes en cualquier minuto. ¿Había muerto? Porque de verdad, esto era como ir al cielo. No había encontrado algo tan delicioso en tanto tiempo…
La verdad es que era la primera vez que encontraba una caja de chocolates en ese contenedor. El chico había arrojado otras cosas antes, como muñecos de felpa, flores y esas pequeñas tarjetas con forma de corazón que decían “te amo” y esas cosas.
Siempre había odiado el día de San Valentín de la misma forma en que odiaba Navidad. Era uno de esos días en que ves parejas felices por todas partes. Desde que ese chico había comenzado a arrojar esos pequeños regalos hasta ahora, supuso que el día estaba inminentemente cerca. Ese día que Tom odiaba tanto, cuando le gustaría dormir todo el día, porque por lo menos así no tendría que ver a todo el mundo feliz y enamorado.
Se mordió el labio. No pienses en eso. Pensó, al tomar el chocolate de la caja y acercarlo a su boca. Oh, eso era delicioso.
Tom cerró los ojos y sonrió ante el sabor. Estaba tan bueno. Ni siquiera podía recordar la última vez que probó algo tan delicioso como el chocolate.
Otra vez cerró la caja y la puso en el bolsillo de su sweater, que era muy grande para su porte. De hecho lo había robado de un contenedor en el que la gente ponía su ropa vieja, la que ya no usaban más, para que fueran transportadas a países del tercer mundo. Tom creyó que él también podría utilizarlas. Pero ya había pasado un tiempo y sus ropas se veían bastante gastadas. Rogó poder encontrar uno de esos contenedores pronto.
Se levantó dolorosamente y se alejó del callejón en el que usualmente se sentaba, cuando no andaba buscando comida o ropa. Nunca nadie andaba por allí y eso le hacía sentir, de algún modo, a salvo. Intentó no comerse todo el chocolate de una sola vez, pero era muy difícil. No podía evitarlo, es que era tan jodidamente delicioso.
Al día siguiente, ya se hallaba ubicado cerca de la esquina para llegar al contenedor tan pronto como le fuera posible. Estaba tan metido en sus pensamientos sobre el chocolate de ayer, que las voces lo hicieron saltar en shock.
—No entiendo por qué arrojas todos esos regalos a la basura.
—No los quiero.
—Entonces, dáselos a alguien más. Y en serio, ¿qué hay de malo con los chocolates?
—Lo que está mal es que los han comprado porque es el día de San Valentín —gruñó la segunda voz—. Y yo, absolutamente, odio el día de San Valentín. Siempre me dan regalos inútiles. ¿Por qué alguien podría pensar que quiero un jodido osito de peluche? —De hecho no sonaba como a alguien a quien le gustaran los ositos de peluche.
—Todo lo que estoy tratando de decir es que es una lástima arrojar a la basura todos esos regalos.
—Si no quieren que arroje todas estas cosas, no deberían regalármelas. Tal vez algún vagabundo estará feliz con todas ellas.
Tom hizo una mueca ante eso. Era verdad, pero de todas formas le dolía. No le gustaba que lo llamaran vagabundo. Él no era un vagabundo. Él simplemente… no tenía casa. Pero no era su culpa.
Se mordió el labio y esperó a que las voces cesaran. Ni siquiera le importó el sabor a sangre. ¿Acaso la gente no entendía que se sentía horrible por tener que hacer esa clase de cosas? Ese chico había sonado como si no tuviera corazón cuando dijo esas palabras. Tom suspiró y negó con la cabeza. Pensó que no debería importarle, mientras caminaba otra vez hacia el contenedor.
Había otra caja rosada, llena de—. ¡Galletas! —susurró felizmente—. ¡Galletas con chispas de chocolate! —Dio una rápida mirada a su alrededor, esperando que nadie lo hubiera notado. Y metió la caja bajo su sweater. Ya le estaba empezando a gustar el día de San Valentín.
Se preguntó cuántos días quedaban para el catorce de febrero. Cuando se acabara, ya no tendría más cositas ricas. Tal vez debería empezar a ahorrar.
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Bill sabía que alguien sacaba las cajas que él arrojaba a diario. Pensó que era desagradable, recoger cosas de la basura para comer. Pensó que por lo menos era bueno para alguien recibir los regalos que le daban a él. Pero… mejor no pensar en eso.
Estaría feliz cuando este día se acabara. Después de todo, finalmente ya era San Valentín. Mañana por fin, todo se habría terminado.
Tres rosas rojas, una rosa blanca, dos cajas de chocolate, tarjetas de corazones y ositos de peluche que sostenían un corazón que decía “te amo”.
—No está para nada mal. —Gustav sonrió, cogiendo una caja rosada con dos rosas en su interior que llegó para él. No tanto como lo que Bill obtuvo, pero por lo menos él estaba feliz con sus regalos.
—Cállate. —Gruñó Bill.
—¿No vas a volver a tirar todo eso a la basura, verdad?
—Nah, tal vez me quede con las rosas. Se las podría dar a mi mamá o algo así.
Gustav rodó los ojos.
Caminaron afuera, listos para ir a casa. Bill se sintió como un idiota con todas esas cosas rojas y rosadas en sus brazos. Estaría feliz de deshacerse de todo. Afortunadamente, había un gran contenedor de basura en su camino a casa, podría volver a tirar todo allí.
Sin embargo, cuando se aproximaba, escuchó una voz suave.
—¿Señor, me puede ayudar?
Bill arrugó el ceño. Obviamente no se estaban dirigiendo a él, quién lo llamaría “señor”, pero luego vio a alguien sentado junto al contenedor, era más ropa que persona y lo estaba mirando.
—¿Qu-qué? —Preguntó un poco sorprendido. En esos precisos momentos no quería estar allí. El chico no lucía muy intimidante ni nada parecido, pero aun así se sentía incómodo, parado allí solo con él. No confiaba en los vagabundos.
—¿Puedo preguntarle algo? —Indagó la pila de ropa. Su voz sonaba pequeña, como si tuviera miedo de preguntar—. ¿Por qué? ¿Por qué sigue tirando todas esas cosas?
Bill arrugó el ceño—. Porque son inútiles.
—La comida nunca es inútil.
—Si quieres el chocolate, solo tienes que decirlo. —Bill rodó los ojos y arrojó tres cajas en frente del chico, esperando salir de allí tan pronto como le fuera posible. Notó que el vagabundo quería decir algo más, pero fingió que no y se alejó de allí. Un escalofrío recorrió su espalda. Que cosa tan terrible había visto.
Cuando le contó a su madre lo que había visto en su camino de regreso a casa, ella lo vio con una mirada que nunca antes había usado.
—Bill… —Ella suspiró—. ¿No se supone que San Valentín es acerca del amor?
—¿Y?
—Por lo menos debiste ser un poco más amable con él —recalcó.
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Tom todavía estaba sentado junto al contenedor de basura. Ni siquiera había tocado sus cajas. Odiaba recordar que el chico lo había mirado con tanto asco. Le dolía más que las parejas que caminaban y se besaban, dándole miradas desinteresadas mientras pasaban por ahí. Esa mirada le hizo sentir como si fuera una babosa o un bicho. No deseado en un catorce de febrero.
Se sentía tan mal, que ya ni quería el chocolate.
Sus piernas se sintieron pesadas cuando se puso de pie. De pronto se odiaba a sí mismo. Dudó sobre llevarse las cajas con él, pero decidió hacerlo de todas formas, por miedo a lamentarlo después si no lo hacía. Debería regresar a… claro ¿a dónde?
Estaba tan metido en sus pensamientos que no notó nada y a nadie alrededor suyo, lo que lo llevó a chocar justo con el chico de antes.
—Lo, lo siento —murmuró tratando de que no le importara.
—Yo también siento… lo de recién.
Tom alzó la mirada, achinando los ojos—. ¿Qu-qué?
—Debí haberme portado más amable contigo. —Bill se mordió el labio—. Ya sabes, porque es el día de San Valentín y todo eso. No es crea en eso, pero… —Se alzó de hombros.
El joven sin hogar sonrió levemente—. Está bien. —Solo ahora notó que el otro chico era bastante atractivo. Se sonrojó y miró a sus pies—. Gracias por el chocolate.
El otro también sonrió, pero no dijo nada. Se quedaron así un rato, hasta que Bill le entregó a Tom un paquete—. Es comida. Pan y galletas caseras hechas por mi mamá.
Tom lo envolvió repentinamente en un abrazo—. Gracias —dijo suavemente, antes de soltar al otro. El pelinegro asintió—. Bueno —dijo, sintiéndose un poco incómodo—. Supongo que te veré pronto.
—De verdad espero que sí. —Tom se mordió el labio al darse cuenta lo que acababa de decir, pero el otro chico pareció no darse cuenta. El pelinegro lo observó cuando se alejaba y Tom abría el paquete con curiosidad.
De hecho sí era comida. Y también cayó una pequeña nota del paquete
Feliz día de San Valentín.
Tom sonrió, sintiendo una sensación poco familiar en su vientre. Definitivamente, este iba a ser el mejor día de San Valentín en muchos años y no era solo por la comida… sino también porque había conocido al chico más bello que había visto en su vida.
Oh, no, no podía enamorarse, no de un chico. Uno que tenía cientos de regalos de chicas. Quien lo despreciaba por no tener hogar. Oh, no.
Miró el pan y las lágrimas le quemaban en los ojos. ¿Por qué era tan estúpido? Justo ahora, lo único que quería era golpearse la cabeza contra la pared. Ni siquiera sabía su nombre. Solo él podía mezclar el recibir comida con enamorarse. ¿Qué oportunidad había de volver a hablar con él?
Él no sabía que esa oportunidad era bastante grande.
No podía saber lo ansioso que estaba Bill por volver a verlo.
Ahora, Bill había visto al chico bajo las ropas sucias. Era cierto que los ojos podían decirte todo sobre una persona. Y a Bill le gustó lo que vio, ese pensamiento era un poco aterrador.
—¿Mamá? —Preguntó esa tarde—. Ese chico del que te hablé esta tarde… ¿Lo conoces?
—Creo que sé quién es, si es a eso a lo que te refieres. —Ella lo miró interrogante—. ¿Por qué?
—No sé. Creo que me da un poco de pena.
—Sí, a mí también. —Ella suspiró—. En verdad parece un buen chico, ¿cierto? Por eso le hice galletas. Se ve tan joven. —Ella sonrió—. ¿Has estado pensando en él?
—Le di las galletas.
—No me refería a eso.
—No. Pero, ya sabes… creo que lo haré, iré a verlo.
Su madre se quedó mirándolo—. Pero no irás justo ahora, ¿verdad? Aprecio mucho que vayas a hablarle, pero… bueno, él es un vagabundo y ya se está haciendo tarde.
—Mamá, nada pasaría en una villa como esta. Créeme.
Antes de que su madre pudiera responderle, se puso una chaqueta y prácticamente corrió a la calle. Como verdaderamente no tenía dónde buscar, fue hasta el callejón con el contenedor de basura, donde obviamente, no había nadie a la vista.
Debió pensar en eso mucho antes.
—¿Vagando solo por aquí? —dijo de pronto una voz detrás de él. Bill jadeó en shock, girando con los ojos muy abiertos, solo para ver a Tom apoyando en la pared, sonriendo débilmente—. No te preocupes. Te vi caminando y pensé que mejor te seguía antes de que lo hiciera alguien más.
—¿Alguien más?
—Puede que no lo parezca, pero no soy el único indigente en este pueblo. —La voz de Tom sonó muy triste—. De todas formas, ¿cómotellamas? ¿Y qué estás haciendo por aquí?
—Me llamo Bill.
Tom asintió—. Claro. Yo soy Tom. Pero eso no responde a mi pregunta, Bill.
—Estaba buscándote.
Eso era lo único que Tom no se esperaba. Arrugó el ceño—. ¿Por qué?
—Porque… porque es el día de San Valentín y un chico lindo como tú no debería estar solo. —Bill se sentó con la espalda contra la pared. Tom hizo lo mismo, sorprendido.
—Gracias, supongo.
Estuvieron en silencio un momento. La mano de Bill fue hasta la de Tom y le dio un pequeño apretón—. Lamento mucho la forma en que te hablé esta tarde. —Se disculpó otra vez.
—Estoy acostumbrado.
—No tendrías que estarlo.
—Pero lo estoy. No hay nada que hacer al respecto. —Tom miró hacia la nada. Odiaba que le tuvieran lástima, incluso sabiendo que Bill no lo hacía con maldad.
—Eres un chico agradable, Tom. —Bill se puso de pie y estiró la mano, ofreciéndola a Tom, quien la aceptó y también se levantó.
—¿Y ahora qué?
Él sonrió—. Ahora te invito a beber algo en mi casa.
Tom lo miró como si hubiera perdido la razón—. ¿Estás loco? ¿Confías en mí como para llevarme a tu casa? ¡Apenas me conoces!
—Es solo algo de tomar, Tom. —Bill vio que el rostro del otro se decaía un poco, pero rápidamente volvió a sonreír—. Lo siento, aún es pronto y no puedo invitarte a dormir todavía.
Tom sonrió ante la palabra “todavía”. Sí, este era el mejor San Valentía de su vida.
& Continuará &
¿Gustó? Es un fic lindo y tierno. Creo que todos debemos meditar un poco y ser agradecidos de las cosas que tenemos y que a veces damos por sentadas. No todos tienen la suerte de vivir en una casa cómoda y tener siempre alimento.
