Mi jaula dorada 36. Parte 1

Notas de MizukyChan: En este capítulo pasan cosas increíbles. ¡Vayan a leer! Y no olviden comentar al final. Besos.

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Bill ha estado en el harem un año y un mes.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

Capítulo 36. Parte 1

Bill observó a través de la lente a Deena. Parecía estar… ¿gritando? Sí, ciertamente gritando, de hecho, Bill pensó que su boca se movía furiosamente. No pudo ver a quién estaba dirigida su ira. El pelinegro casi regresa el aparato al hermoso evento celestial, pero de pronto y salido de la nada, un cuerpo apareció y le quitó la visión de la chica. El cuerpo grande se movió bruscamente y notó algunos enfoques de la mujer detrás de él. Bill se dio cuenta de que el tipo la estaba sacudiendo. Abrió los labios preocupado y soltó un gritito cuando un puño impactó contra Deena, enviándola tan lejos como pudo, estrellándola contra el piso. Pero el hombre siguió moviéndose, parecía que…

Oh, no —Jadeó.

Pasó un segundo, en el que sintió igual a como cuando encontró a Farah en el baño, y no supo qué hacer. Luego su cerebro reaccionó y dejó que el telescopio cayera hasta sus bisagras, porque salió corriendo hacia las escaleras. Descendiendo, llegó hasta la puerta secreta del baño.

Tom no estaba allí. Bill se preocupó por eso un momento, pero lo apartó de su mente, por una tragedia mayor; estaban atacando a Deena, la golpeaban y él debía que detenerlos. Llegando hasta la entrada del baño, estuvo a punto de salir corriendo, pero se detuvo al oír un grito femenino a la distancia. No venía de la dirección donde había visto a Deena.

Segundos más tarde, se escuchó el eco de las pisadas de alguien corriendo, Bill vio a una chica que conocía, justo antes de que girara por un corredor. Su rostro marcado por el terror, ella ni siquiera lo notó cuando lo pasó y pronto estuvo fuera de su vista. Era una situación surrealista. El pelinegro tragó duro, sintiendo como sus entrañas se congelaban. ¡¿Qué demonios estaba pasando?!

Moviéndose hacia el corredor, los pies de Bill se prepararon para correr, pero sin saber a ciencia cierta en qué dirección. Visualizó en su mente, todos los pasillos del harem, tratando de pensar cuál camino lo llevaría hacia donde vio a Deena. Era difícil, porque sólo tenía la perspectiva del exterior de la ventana, pero la concubina pelinegra, recordó que era dos pisos abajo y luego a la izquierda. Por lo menos, era suficiente para empezar. Bill giró a la izquierda, apresurando sus pasos por la preocupación de lo que le podría estar pasando a Deena en esos precisos momentos.

Siguiendo en la misma dirección, tomó las primeras escaleras que encontró hasta que pudo descender al otro piso. Al llegar a los últimos peldaños, se detuvo. El corredor en el que estaba ahora, era bastante largo y podría tomar la derecha o la izquierda. Pero el chico no sabía que tan lejos había corrido. ¿Ya había pasado la habitación? Empuñó las manos por ese insoportable momento de indecisión. Finalmente, optó por seguir a la izquierda y deseó poder encontrar a Deena.

Un par de metros después, Bill pudo ver la torre, desde una de las ventanas a su izquierda. A juzgar por el ángulo, supuso que no podía estar lejos de donde vio a la chica. Observó el corredor, las paredes tenían sólo un par de puertas. El pelinegro se dio cuenta de que todo estaba en silencio. No había ruido que sugiriera que había lucha en los alrededores. Volvió a mirar a la torre. «No. Tiene que ser aquí» Pensó. Ese era el lugar y el absoluto silencio que había, podía ser o muy bueno, o muy malo.

Su estómago se anudó ante la posibilidad de la segunda opción. Se apresuró hacia las puertas. Abriendo la primera de un golpe, sólo vio un cuarto privado de lectura. Estaba vacío. La segunda puerta también guiaba a un espacio vacío, lo mismo que la siguiente. Con cada puerta que abría, la tensión de su cuerpo menguaba. Si Deena no estaba en ninguna de esas habitaciones, entonces se había ido, lo que significaba que estaba bien. O por lo menos, lo suficientemente bien para alejarse, se corrigió.

La última puerta, fue la única que no abrió con las manos sudorosas. Habiendo ganado un poco de confianza, pensando que no la encontraría en ese cuarto, Bill empujó la puerta. Inmediatamente, sintió en sus venas, el cosquilleo de la adrenalina causada por el miedo. Deena estaba tirada en el piso. La visión de Bill se obscureció.

Dije, ponte de rodillas —Facciones relajadas, labios separados y una expresión de molestia. El hombre gordo lo miraba, sin verlo. Bill observó como la muerte llenaba sus ojos que se abrieron de sorpresa.

La visión de Deena tirada allí, trajo a su memoria a aquel asaltante de hacía mucho tiempo. Bill había visto morir sólo a una persona, pero de alguna forma sabía, únicamente con esa mirada, que la chica que alguna vez habitó el cuerpo que estaba en el suelo, ya se había ido.

La expresión de su cara le dijo que lo que estaba viendo, ya no era una persona, sino un envase vacío. La quietud de su cuerpo era demasiado rígida, para cualquier cosa con vida. No tenía la energía invisible, que hasta las plantas poseían. Bill tragó duro. Estaba muerta.

Aun así, cuando dio aquellos primeros y terribles pasos dentro de la habitación, se sintió tentado a llamarla por su nombre.

Deena —susurró. Como si ella fuera a mover la cabeza y saludarlo—. Oh, Dios mío.

Una vez que avanzó hasta el punto donde vio la sangre, Bill se congeló. La chica estaba sobre su espalda y donde su vestido se arremolinaba en un lado, estaba cubierto de sangre, la que continuaba saliendo incrementando la poza. No era negra, como la de Farah en el baño, sino más bien, de un rojo chillón que opacaba todos los colores de la habitación. Era tan rojo, que no parecía natural, no como debía haber sido. El rojo estaba en todas partes, y hasta las sombras de gris eran salpicadas por él. Hacía sobresalir el obsceno ángulo del puñal que tenía incrustado en el estómago.

Lo que seguramente era un grito, creó su camino por la garganta del chico, pero él cubrió su boca con ambas manos, y sólo salió algo incoherente, un sonido muy bajo. Bill sintió que el pánico llenaba cada poro de su cuerpo, y cuando algo sonó detrás de él, su corazón dio un salto. Girando, perdió el balance y cayó.

Justo cuando registró que el sonido lo había hecho un gato, que estaba rodeando la base de la mesa, Bill sintió que algo cálido tocaba su pierna. Le tomó un par de segundos lograr calmarse, pero una vez que lo hizo, las nauseas llenaron sus entrañas. Había caído en la poza de sangre y ésta, lentamente, estaba llenando las fibras de su ropa, empapando la tela.

Gritando, Bill salió gateando rápidamente de la humedad, pero la sensación pegajosa se quedó y los ojos sin vida de Deena, lo miraron cual muñeca. Sin poder apartar su mirada, comenzó a hiperventilar. De pronto, una voz sonó desde la puerta.

Tú.

Bill soltó un jadeo al escuchar la voz y alzó la vista. Anis estaba en la entrada, con la espada desenvainada. Repentinamente, el esclavo se dio cuenta, quién había sido la figura de la ventana. Anis fue quien lastimó a Deena, quien la asesinó. Exhalando temblorosamente, Bill se alejó, retrocediendo hasta la pared. Había sangre en el filo de la espada del guardia. La sangre de Deena, pensó. Y ahora, Anis lo iba a matar a él también.

Poniéndose de pie, el pelinegro llevó la mano a su cintura y sacando una daga, amenazó al hombre—. ¡Aléjate!

Anis vio como el chico se alejaba con el rostro lleno de terror. La voz de Bill temblaba por el miedo, mientras le gritaba “¡Aléjate!” y “¡Retrocede!”. Avanzando más dentro del cuarto, notó la figura inmóvil de la chica en el suelo. Ampliando sus fosas nasales, estiró la mano libre al chico, aún mirando el cuerpo.

Vamos, Bill. Tenemos que… ¡Ahhh! —Con punzadas de dolor, retiró la mano y la miró. ¡El chiquillo lo había cortado! Volvió sus ojos furiosos al esclavo pelinegro, quien a pesar de lucir terriblemente asustado, había sacado su pose defensiva—. ¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!

Bill intentó atacar una vez más y el guardia tuvo que retroceder.

¡Bill! —Gritó—. ¡Detente!

¡Tú la mataste! ¡Te vi! Tú…

¿De qué estás hablando? No la he tocado —molesto por el tiempo que estaban perdiendo, Anis volvió a acercarse, golpeando la daga de la mano del chico—. ¡Baja eso! —El pelinegro lo enfrentó, pero él siendo más grande, tomó al chico y lo zarandeó—. ¡Tienes que escucharme! —dijo en el rostro del esclavo—. Ha habido un golpe de Estado, Bill. El palacio es un caos.

Todavía luchando, Bill buscó los ojos contrarios—. ¿Qué?

Viendo que el chico había dejado de moverse, Anis lo soltó—. Tenemos que salir de aquí, ahora. Están asesinando a las concubinas.

Ante el sonido de otro grito proveniente de la distancia, Bill alzó la cabeza a la puerta—. Salim —afirmó.

Sí —confirmó el guardia—. Él y sus hombres —se escucharon pisadas desde arriba y ambos hombres alzaron la cabeza al techo—. Aunque creo que debe haber más. Veinte hombres no podrían tomar el harem, mucho menos el palacio.

¿Qué vamos a hacer? —preguntó el chico.

Tomando su brazo, Anis lo llevó hasta la puerta—. Vamos a salir de aquí —giró sorprendido cuando Bill lo rechazó y lo miró con ojos achinados.

¿Por qué debería confiar en ti? Podrías ser parte de ellos —Anis lo miró enojado, pero el chico alzó su barbilla con altivez y mantuvo su postura.

Arrugando el ceño, el hombre musculoso estiró la mano y apretó el cuello del pelinegro, viendo como su boca se abría por la sorpresa.

Si fuera así, ya te habría matado —empujando a la concubina hacia atrás, vio como Bill se tambaleaba, pero lograba mantenerse en pie, llevando las manos a su adolorido cuello.

Anis buscó en su cinturón y sacó una segunda cimitarra de su vaina. Le entregó la espada al pelinegro, quien se apresuró a coger la empuñadura y no el filo. Le hizo una señal con su brazo para que lo siguiera.

Vamos. No puedo confiar en ningún lugar para esconderte, así que vienes conmigo.

Teniendo otra vez un arma en sus manos, Bill se sintió más seguro. Quizás no podía confiar plenamente en las intenciones del guardia, pero quedarse en un solo lugar, no parecía una buena idea en esos momentos. Así que siguió al hombre que se retiraba de la habitación.

Anis no había mentido. El harem era un caos tremendo. Mujeres y sirvientes se escondían en las esquinas y corrían presas del pánico, sus gritos y respiraciones agitadas llenaban el ambiente. Los dos hombres se movieron ágilmente por los corredores, pasando más cadáveres en cada vuelta. Bill se apresuró detrás del guardia, sosteniendo la espada firmemente en su puño, mientras era bombardeado por imágenes de sangre salpicada en todas las paredes y cuerpo mutilados, todas eran mujeres que él conocía. Cuando entraron a la sala común, el área del comedor, se encontraron con dos guardias del harem —compinches de Salim. Uno de ellos los vio y alertó a su compañero. Cuando el segundo hombre giró, Bill se congeló. Tenía sujeta a Mahtob, con un cuchillo en su garganta.

Déjala ir —fueron las primeras palabras que salieron de su boca. El hombre sonrió y apretó el filo contra su piel. Mahtob gimió cuando una fina línea roja se asomó en su cuello—. ¡No! —Gritó el chico. Se lanzó hacia adelante, antes de que Anis pudiera detenerlo, levantando su espada con un único objetivo, la cara del guardia.

Mahtob soltó un gritito lastimero cuando la sangre del hombre saltó en su cabeza. El cuerpo, ahora muerto, de su captor se deslizó hacia el piso y Bill la atrapó, antes de que colapsara con él.

Dios —exhaló el pelinegro. Pudo oír el sonido del metal contra metal detrás de ellos—. Mahtob

La chica parpadeó para mirarlo—. ¿Bill, qué está pasando? Ellos me agarraron.

Dando una mirada hacia atrás, Bill vio a Anis y al otro guardia luchando y respondió—. Lo sé. Todos están muertos —miró a la otra concubina apesadumbrado—. Mataron a Deena.

Los labios de Mahtob se abrieron en shock, pero antes de que pudiera decir cualquier cosa, cayeron al piso. Anis tropezó con ellos y Bill rodó sobre la chica. Pudieron oír el distintivo sonido de alguien muriendo y el aliento entrecortado del sobreviviente. Afortunadamente, fue el hombre de Salim quien pereció.

Limpiando la sangre de su espada en el cuerpo del guardia muerto, Anis se acercó hasta ellos y los ayudó a levantarse—. ¿Están bien? —preguntó rápidamente mirando la sangre en el cuello de la chica.

La voz de Mahtob estaba temblorosa, pero sus palabras sonaron claras al decir—. Estoy bien.

¡Oh, Dios! —Todos voltearon a ver a Umhind en la entrada, con las manos en la cara—. Escuché los gritos.

Hubo un momento en que nadie se movió. Las cuatro personas se miraban entre sí, para evaluar el daño. Gruñendo, Anis se movió para quitar las espadas de los hombres de Salim. Le entregó una a cada mujer, Mahtob cogió la suya dudosamente, mientras que Umhind no. Señaló el pasillo.

¡Vamos!

Saki y Micah estaban en la entrada principal del salón cuando llegaron hasta allí. Se hicieron hacia un lado para hablar con Anis. Movían la cabeza para mirarlos.

Umhind se dirigió a las otras concubinas—. ¿Qué está pasando?

Una especie de revuelta —susurró Mahtob, contando lo que sabía.

Bill escuchó lo que hablaban y de pronto pensó en Tom—. Oh —exhaló, pero las mujeres no lo oyeron. Tom nunca regresó. ¿Y si él…?

¡Saki!

Todo el mundo alzó la vista, Georg venía llegando de los pasillos del palacio, también estaban con él, el amigo de Tom, Gustav y Tabeeb Ihsan. El primo del príncipe caminó hasta los guardias.

Tienes que venir con nosotros —dijo con el rostro tan serio como una roca—. Iremos a la sala del trono. Tienen al sultán.

Saki y Micah caminaron directamente hasta las puertas, pero Anis se quedó—. Esperen —Miró hacia atrás, donde estaban las tres concubinas—. No podemos dejarlas aquí.

También vendrán —Saki ya estaba en camino cuando lo dijo.

&    Continuará    &

OMG, está quedando un desastre en el palacio. ¿Qué rayos le pasó a Tom? ¿Estará muerto igual que Deena? No se pierdan la continuación.

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