
Notas de MizukyChan: Hoy aparece un tema muy delicado para la pareja. Y a la vez, comienza el principio del fin. Vamos, ¡a leer!
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Bill ha estado en el harem un año y un mes
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 35. Parte 1
Bill yacía esparramado sobre la manta que habían puesto bajo el abedul. El invierno se estaba terminando y Tom y él habían salido fuera, para disfrutar de los raros días de sol, pero terminaron más ocupados el uno del otro más que disfrutando del clima. Sus ropas, descartadas hacía un buen rato, estaban desordenas en un rincón a su lado.
Se estaban portando como holgazanes, ambos hombres arrullados por la calidez que proporcionaban los rayos del sol sobre sus pieles desnudas. Tom tenía los ojos cerrados, mientras que Bill jugueteaba con un diente de dragón que había cogido del césped, girándolo y enrollándolo entre sus dedos.
—Creo que deberíamos dejar de tener tanto sexo —afirmó el pelinegro muy calmado. Entrelazando una flor entre las rastas del mayor.
Unos ojos café se abrieron grandemente, totalmente alarmados, al ver que el príncipe se había levantado de donde reposaba en su estómago.
—¿Qué? ¡¿Por qué?! —Tom lucía como si se hubiera acabado de enterar que la fiesta de Ede no se celebraría ese año.
Bill levantó los hombros—. Porque lo hacemos todo el tiempo y mis músculos están adoloridos.
La preocupación que se había marcado en el ceño fruncido del príncipe, se suavizó y sonrió con picardía—. Oh —dijo comprensivamente. Pasó una mano para acariciar el bícep del más delgado—. ¿Te he estado dando demasiado entrenamiento, no es así? —Pellizcando gentilmente de la piel de allí, comentó—. Deberías sacarle provecho —y luego agregó—. Debilucho. —Y estaba listo cuando llegó el golpe indignado del pelinegro.
—¡Eso no fue lo que dijiste anoche!
Riendo, mientras sujetaba las muñecas del chico, tratando de evitar los golpes juguetones, Tom se puso sobre él, inmovilizándolo. Sonrió coquetamente al ver que el esclavo pelinegro se resistió un rato más, antes de rendirse.
—¿Terminaste? —preguntó el mayor para molestarlo.
—No soy débil.
Fue dicho con un puchero y Tom no pudo evitar acercarse y borrarlo con sus labios. Al retroceder, Bill volvía a lucir feliz—. No soy débil —repitió, pero la molestia ya se había alejado de su tono de voz, reemplazándola por una sonrisita traviesa.
—Mmm —contestó el mayor, acariciando con su nariz, la línea de la mandíbula del otro—. Eres perfecto.
Bill se sonrojó ante el piropo, moviendo su cabeza más hacia la manta, para darle mayor acceso al príncipe. Parpadeando pesadamente ante las ramitas de pasto que estaban cerca de su cabeza, se deleitó en los besos lánguidos que Tom repartía sobre su piel. Y ronroneó, cuando los labios del otro hombre encontraron un punto particularmente bueno, detrás de su oído.
—Aahh —suspiró—. Que rico.
Después de varios minutos de acariciar su cuello, el rastudo se dejó caer al lado del menor, rodeándolo con sus brazos para pegarlo más a él. Con la cabeza pelinegra bajo la suya, preguntó—. ¿Y dime de nuevo, qué es esta ridícula noción de tener “demasiado” sexo? —acababan de terminar una ronda de la mencionada actividad y aún estaban desnudos y recuperándose.
Abajo, Bill rodó los ojos. Por supuesto que Tom convertiría todo eso en una broma, pero la concubina pelinegra, estaba tratando de ser seria. Le gustaba hacer el amor con el príncipe, en verdad lo disfrutaba. Cada vez que estaban juntos, la experiencia parecía volverse cada vez mejor. Pero todos los días, y en algunas ocasiones, dos veces por día, estaba comenzando a ser demasiado. Los músculos de Bill, no eran los únicos que estaban adoloridos. Con una mueca de vergüenza, se lo hizo saber.
Tom de inmediato estaba sobre él, con el rostro lleno de ansiedad, buscando la verdad en los ojos del chico bajo su cuerpo.
—¿En verdad duele? —cuestionó preocupado, marcando una línea entre sus cejas—. ¿Por qué no me dijiste nada mientras lo hacíamos?
Las mejillas de Bill quemaban de la vergüenza. Queriendo que ese tema de conversación se acabara, evitó la mirada del otro, murmurando—. Porque entonces no duele —se mordió el labio, mortificado—. Solamente… ya sabes… después.
Tom se quedó mirándolo por largos segundos, con la misma expresión de malestar, antes de gruñir y apoyarse en el hombro del pelinegro—. ¡Biiiillll! —Se quejó—. Tienes que decirme estas cosas —levantándose, analizó al pelinegro, quien mostraba en su expresión, una mezcla de sentirse castigado y arrepentido—. Tienes que decirme si te lastimo.
—¡Pero no me lastimas! —interrumpió el menor, apresuró sus palabras al ver en la expresión del príncipe que había tomado la idea incorrecta—. Siempre se siente bien cuando lo pones ahí —aquella oración no fue planeada y Bill se encontró más sonrojado que nunca, cuando vio que Tom alzaba las cejas ante lo que dijo—. Quiero decir…
—¿Cuando lo “pongo ahí”, eh? —Los ojos de Tom brillaban, lo estaba molestando de nuevo.
—Tom —se quejó—. No.
El rastudo sonrió al ver lo adorable que se veía Bill así de apenado. Pero su expresión pronto cambió—. Aun así —dijo—, no me gusta que estés adolorido.
Bill se abstuvo de decir que no era realmente dolor, sino más bien, incomodidad. El dolor que quedaba entre sus piernas, había sido dulce al principio, ya que era un recuerdo de haber estado con el príncipe, pero al seguir intimando constantemente, Bill descubrió que ese dolor crecía hasta hacerse molesto y sabía que si continuaban haciendo el amor con ese vigoroso itinerario, se volvería increíblemente difícil caminar.
—Sólo, necesito un descanso —admitió ligeramente, cuidado de no sonar muy delicado. No quería que Tom lo tratara como si fuera una pieza de porcelana. Habían tenido algunas ocasiones en que su dinámica se había vuelto más ruda que romántica, donde apretones, rasguños y mordidas habían salido al juego. A Bill le había gustado, y no quería asustar a Tom y que él las evitara en el futuro.
Asintiendo a las palabras del chico, el rastudo estuvo de acuerdo—. Por supuesto —y luego agrego taimadamente—. Y como todo esto es mi culpa, tendré que darle un besito para que sane.
Bill sonrió de gusto, hasta que Tom comenzó a bajar por su cuerpo con un brillo lujurioso en sus ojos y el menor comprendió lo que quiso decir.
Sus piernas fueron levantadas y sus ojos rodaron en sus órbitas.
—¡Oh, Dios!
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—¡Devuélvelo!
Bill se quedó sin aliento por la exuberante risa. Corriendo a toda velocidad por el corredor, patinó y chocó contra una pared. Usando las manos para aminorar el impacto, la concubina pelinegra miró histéricamente hacia atrás, con una loca sonrisa cruzando sus facciones, mientras buscaba a su perseguidor. Tuvo sólo un segundo, no lo suficiente para recuperar el aliento, antes de que ella apareciera. Tan pronto como lo vio, los ojos de la mujer brillaron.
—¡Tú! —chilló la chica, acercándose.
Una ola de emoción atravesó su cuerpo, Bill rió y escapó nuevamente. Estaba girando la esquina en un segundo, con la túnica flotando y el cabello agitado por la rapidez del momento. El pelinegro corrió por los pasillos, dando varias miradas hacia atrás, pero Mahtob nunca estaba demasiado lejos.
Apresurándose para subir por las escaleras, Bill gritó sin aliento—. No sé por qué actúas de esta manera —al llegar arriba, giró para ver la cara roja de Mahtob y continuó gritando—. ¡Quiero decir, no es para avergonzarse! —Su frase bromista, terminó en una risa escandalosa.
Corrieron por un pasillo, luego otro y otro. La persecución los llevó al harem, girando y tropezando con las alfombras, sólo para seguir corriendo. Mahtob gritó furiosa.
—¡Bill, si no lo devuelves, te juro por Dios…!
Agitando el libro por sobre su hombro burlonamente, Bill comentó—. ¡Lo haré! Pero creo que primero debemos mostrárselo a Deena.
—¡No te atrevas! —Las suelas de los zapatos de Mahtob, sonaban contra el piso mientras ella corría persiguiéndolo, algunas veces muy cerca a punto de lanzarse sobre el chico, pero siempre un segundo más lejos.
—Sí, sí —Bill se reía a carcajadas—. ¡Ella tiene que ver, lo que estás leyendo! Imagina si todo el mundo supiera lo que nuestra dulce, correcta y pequeña Mahtob lee, cambiarían la visión que tienen de ti —continuó corriendo hacia donde sabía estaba la habitación de Deena—. ¡Mira, ya casi llegamos! —Y soltó otra risa salvaje.
—¡Te voy a matar!
La chica se apresuró detrás de él y en un momento, ambas concubinas estaban en el corredor que daba a la otra habitación. A algunos metros de distancia, vieron que la puerta estaba abierta. Bill se mordió el labio y le dio una sonrisa a Mahtob que también estaba en el pasillo y tenía cara de pánico. El chico se llevó el dedo a los labios, en señal de silencio y exageradamente caminó en puntillas.
—¡Bill! —Ella llamó susurrando—. ¡No! —Se apresuró para detenerlo.
El pelinegro se apretó el vientre, para contener la risa y se asomó por la puerta.
—¡Bill! —Mahtob lo sujetó, tironeando sus ropas, mientras murmuraba—. Te voy a… —Y entraron al cuarto.
Ambas concubinas se congelaron con lo que vieron dentro.
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Al principio, todo lo que Bill vio fue a Tom y hubo un segundo en que sus labios se curvaron, apreciando el cuerpo del otro. Y justo cuando pensó que su lugar favorito, la espalda del príncipe, se tensaba, Tom giró y el aire de los pulmones del menor, se escapó.
Lo único que se podía ver de Deena, fue un trozo de espalda, cuando se asomó desde debajo de Tom, pero fue suficiente. El príncipe no tenía camisa, y fue su estado de desnudez, junto con el movimiento de los músculos de sus brazos y cuello al mecerse hacia adelante, lo que hizo claro que la situación era íntima.
Bill sintió que su cara se entumecía, su sonrisa desapareció, al ver al hombre abrazar a la chica frente a él. El murmullo profundo de su voz se escuchó cuando le susurró a ella, palabras incomprensibles por la distancia. El estómago de Bill estaba en algún lugar del suelo, cuando Mahtob le dio un tirón lo suficientemente fuerte, para sacarlo por la puerta.
Sin decir nada, ella le comunicó con los ojos, que debían irse lo antes posible. Bill siguió el tirón de su mano hacia adelante. Una vez que hubieron caminado bastante, Mahtob se detuvo y se sentó en una banca.
—Oh, Dios mío, estuvo cerca. No quiero ni pensar qué hubiera pasado si nos hubieran visto —se estremeció visiblemente—. In-có-mo-do.
Bill estaba de pie frente a ella, cuando notó que el libro estaba fuertemente agarrado en su mano, ella se acercó y de un manotazo se lo quitó—. Hmph —dijo en tono de triunfo—. Lo tengo —llevando la novela a su regazo, agregó—. ¿Te das cuenta de que nunca más te dejaré entrar a mi cuarto? Estás oficialmente desterrado.
Bill estaba tan lejos del tema de conversación, que ya ni siquiera lo encontraba divertido. Se deslizó hasta hundirse en el asiento junto a la chica. A su compañera, no le tomó mucho notar cuál era el problema—. ¡No! —dijo simplemente.
—¿No qué? —preguntó Bill, ni siquiera mirándola. Sentía como si lo hubieran abofeteado.
—Esto —elaboró Mahtob—. No hagas esto. Ella también es suya, Bill, así como yo. No dejes que lo que viste, te moleste.
Bill se mordió el labio y arrugó el ceño. No quería que la otra chica viera lo molesto que estaba, porque sabía, que no debía estarlo. Tom tenía tres concubinas y se suponía que debía entender eso. Pensó que lo sabía. Pero ver al príncipe con Deena, verlos de esa manera, fue algo completamente inesperado. Y no podía fingir que no le había dolido.
El pelinegro levantó la cabeza. Mahtob lo estaba mirando con algo parecido a la lástima.
—¿Qué? —preguntó enojado—. ¡No me mires así, no soy estúpido! —Pudo haber sido rudo, pero no estaba de humor para preocuparse. Poniéndose de pie, se detuvo un momento antes de decidir que, sí, tenía que irse. Comenzó a caminar para alejarse.
—Bill —ella lo llamó, pero él no le hizo caso.
—No. Necesito estar solo.
Con el ceño apretado, Mahtob lo dejó partir. Deseó nunca haberlo seguido por ese estúpido libro.
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Una vez de regreso en su cuarto, Bill luchó con la situación. Había visto a Tom con Deena. «No es como si no supiera sobre ello» Discutió mentalmente consigo mismo. Él sabía que el príncipe tenía intimidad con sus tres concubinas. Así estaba establecido. Pero, al igual que la ubicación de sus lugares en el cumpleaños, esto era algo dolorosamente claro, otro paso en una dirección muy concreta.
La verdad era algo mucho más fácil de tragar mientras no la viera, cuando era sólo un concepto, algo abstracto. Pero lo que Bill había visto a través de esa puerta, lo había obligado a tragar la realidad por su garganta, como una píldora fría y amarga. Sentando en un sofá de su habitación, con las rodillas levantadas, Bill no sabía que le diría a Tom la próxima vez que lo viera.
& Continuará &
Oh, no. Tom sabía que Bill se pondría celoso. Bill también lo sabía, pero sólo en teoría. Ahora que ha visto a Tom Con Deena, ¿qué creen que suceda?
