
Bill ha estado en el harem por 10 meses y 2 semanas
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 31. Parte 2
Bill se movía inútilmente sobre el piso de roca. Las rodillas lo estaban matando.
Estaba en el templo, en el centro de una masa de cuerpos, arrodillado. Bill se maldijo internamente por no haber llevado un cojín de su propia habitación. Los almohadones que les habían provisto, dentro de las puertas rojas de Enkil, eran muy delgados y estaban raídos. Inicialmente, les habían protegido del dolor, pero no pasó mucho para que el daño se volviera tan intenso, que los pequeños cojines se volvieran completamente inefectivos. «Que mal» Pensó el pelinegro. De no haber sido por el dolor que lo distraía, quizás habría disfrutado de los cantos del coro.
Aunque el templo era escasamente un lugar para regocijarse (muy a menudo estaba comprometido a una atmósfera de solemnidad y estética estricta), hoy era Ede, y como tal, se permitió algo de indulgencia en el decoro del vestir. Ede era la fiesta religiosa más celebrada del año, y la única a la que Bill y la mayoría de sus amigos del harem, eran invitados a participar de los servicios ceremoniales.
El salón era un tramo largo e imposiblemente alto, pero se habían agregado unos pequeños toques por aquí y por allá, para suavizar los afilados rincones. Además de la música de ensueño y los cantos que fluían desde el altar, había cientos, probablemente miles, de velas encendidas. Habían traído hermosos tapizados y otras decoraciones, para distraer la vista de las frías paredes. Y la intensa esencia cítrica, colgaba en el aire desde los adornos aromáticos de naranja, que se habían hecho para la ocasión.
El canto se detuvo y la cabeza del sacerdote que se veía adelante, comenzó otra vez con sus complicados rituales. Distrayéndose, Bill trató de dar una mirada a la galería detrás. Y aunque no podía ver, sabía que Mahtob y Deena, estaban ocultas tras las pantallas de madera. Habían sido escoltados al templo una hora antes. A su llegada, una incómoda discusión tomó lugar, sobre dónde debería ubicarse Bill. Los sacerdotes del templo insistían en que la concubina pelinegra debía sentarse junto al resto de los hombres, mientras que Micah discutía que no les haría daño si la concubina varón, se unía a sus amigas en la galería de arriba.
Al final, los sirvientes de Enkil ganaron. Bill miró alrededor, a los extraños que lo rodeaban. La mayoría de los hombres, miraba fijamente hacia adelante, ya fuera porque estaban extasiados prestando atención o porque sus ojos lagrimeaban de sueño. Bill ignoró algunas miradas curiosas, incluso ignoró algunas sonrisas lujuriosas que recibió. Volteando su rostro a la derecha, se congeló, fijando su atención en un individuo en particular. Allí, arrodillado varias filas más lejos, estaba el chico de la pintura.
Bueno, ahora lucía más como un hombre. Sus rasgos habían envejecido con ese casi imperceptible paso de la edad. Su cabello, que era tan largo en la pintura, estaba corto, enmarcando su rostro y su piel, un poco más oscura. Bill no habría reparado en él, de no haber sido por la dureza de sus ojos. La mirada del hombre estaba fija en la concubina pelinegra, escalofriante e inmutable. Cuando notó que Bill lo veía de vuelta, sus labios se curvaron ligeramente, y luego cambió su mirada, fijando la atención de vuelta al altar.
Bill recodó lo que Manar había dicho. Horrible, despreciable, traidor; esas fueron las palabras para describir a ese hombre. La princesa y las otras tenían claramente, un intenso rechazo por ese individuo y hablar sobre él era taboo. Pero Bill tenía que preguntarse: ¿Qué había hecho ese hombre? ¿Y qué tan terrible fue, si aún tenía permiso para ocupar un lugar en el templo en la fiesta de Ede?
Bill observó al extraño un momento más, antes de que su atención fuera cautivada por el sonido de un “gong” procedente del frente. Los sacerdotes habían comenzado a rezar, guiando a todos a pedir una bendición especial para el rey, su país y para todos los hombres que en esos momentos se encontraban en la guerra. Y, aunque ignoró la plegaria destinada al sultán, Bill sí inclinó su cabeza, junto con el resto, cuando las súplicas fueron hechas para el heredero al trono.
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Las mujeres de la galería superior, no tenían permitido bajar, hasta que todos hubieran dejado el templo, así que Bill acabó esperando más de una hora, hasta que la multitud se disipó. Cuando Mahtob emergió de la puerta que estaba en la base de la escalera, los hombros de Bill bajaron de alivio.
—Ya era hora —suspiró. Haciendo una señal con la mano a la chica, para mostrarle donde estaba esperando junto a una pared.
—Hola —le saludó ella—. Te extrañamos allá arriba. Manar se lo pasó diciendo lo mal que se sentía porque tuvieras que arrodillarte.
El pelinegro dio un graznido de indignación—. ¡Ustedes no lo hicieron!
La chica sonrió—. Nop, nosotras tenemos sillas.
Bill se puso furioso unos momentos, pero lo dejó pasar, al recordar que quería discutir algo con ellas desde hacía más de hora y media—. Vi a ese hombre. El de la pintura.
Mahtob se mostró confusa unos segundos, antes que la comprensión se mostrara abiertamente en sus rasgos—. ¿Viste a Aaron? —tartamudeó. Abrió los ojos grandemente e hizo una mueca, al darse cuenta de la información que soltó involuntariamente.
—Así que ese es su nombre.
—Bill —Mahtob le llamó reprobatoriamente.
—¿Por qué nadie habla sobre él? —cuestionó el pelinegro—. Me estaba mirando fijamente allá adentro. ¿Qué hizo, para enfurecer tanto a todo el mundo?
Mahtob volteó y vio que venían Deena y Manar—. No puedo decirte —al oír el sonido frustrado que hizo el chico, ella agregó, susurrando de forma suplicante—. Por favor entiende, Bill. No me corresponde revelar este secreto.
—¿Y entonces, a quién le corresponde?
La chica negó con la cabeza—. Mira, ahí viene Manar. Si ella nos oye hablando de él, se enojará mucho.
Bill estuvo a punto de decir “¿Y qué?” Quería estar en buenos términos con la princesa, pero más que eso, quería saber el secreto de este hombre, de este… Aaron. Pero antes de que pudiera alegar a Mahtob, llegaron las otras dos mujeres. Dejando sus preguntas de lado, Bill saludó a sus amigas y juntos abandonaron el templo. Habría buscado otra oportunidad para hablar con Mahtob, pero cuando caminaban de regreso al palacio, se dio cuenta de lo lastimadas que tenía las rodillas. Distraído con pasar el próximo par de horas en los baños calientes del harem, Bill se olvidó del hombre de los fríos ojos azules.
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Después de la fiesta de Ede, teniendo ausentes del palacio tanto al sultán como a Tom, comenzaron a suceder cosas malas. Con la llegada de casi veinte guardias nuevos, la atmósfera del harem se volvió, por decir menos, tensa. Los soldados recién llegados, no eran esclavos, sino hombres libres, principalmente asignados para los corredores del palacio. Eran rudos, groseros y algunos, simplemente crueles. Rápidamente se hizo notable que estos hombres no tenían problema en hacer abuso de su poder. Para aquellos que estaban dispuestos a lidiar con el nuevo sistema de dinero ilícito o favores sexuales, la vida transcurría igual. Pero aquellos que no querían caer tan bajo, las cosas se volvieron bastante difíciles.
Temprano, Bill se había acercado a uno de los guardias nuevos, pidiendo que lo escoltara a la biblioteca. Cuando el hombre, Salim, lo miró con lascivia y le peguntó que haría él a cambio, el pelinegro se sintió indignado. Había recurrido a Saki para que efectuara algo de justicia, pero el hombre musculoso no podía imponer su autoridad sobre los nuevos soldados.
Debido al ataque que sufrió Bill, Saki había sido quitado de su puesto como Eunuco en jefe, siendo reemplazado por nada menos, que el mismo Salim. Para la furia de Bill, Mahtob y Deena, Salim y sus amigotes, eran los guardias que usualmente estaban en la entrada del harem. Y como ellos nunca caían en sus trucos de soborno, las tres concubinas, escasamente salían a cualquier sitio del palacio. Sólo si Micah o Saki estaban en el umbral del harem, tenían esperanza de salir, y eso, ocurría muy raramente.
Por supuesto, los guardias encontraron otras formas de manipularlos e intimidarlos. Mandar correos, se convirtió en algo increíblemente difícil sin hacer los “pagos”. Esto angustiaba principalmente a Mahtob, ya que siempre aguardaba las pocas cartas que Tom le escribía. Cada vez que Deena o alguien más trataba de organizar algún juego o actividad para pasar el rato (porque aún llovía constantemente), los guardias se divertían poniendo cuantos obstáculos pudieran, para evitar la diversión de las concubinas.
Las mujeres comenzaron a quejarse sobre algunas de sus posesiones que aparecían dañadas o ya no estaban. Cuando uno de los guardias, “accidentalmente” dejó todas las ventanas abiertas del lugar donde se mantenían las pinturas, Deena estalló en llantos incontrolados, al ver años de su trabajo reducidos a “basura”. Esa fue la primera vez que Bill la vio llorar. Además, comenzaron a desaparecer las mesadas. Manar, era la única de las amigas cercanas a Bill, quien aún recibía todo su dinero, y sospechaba que era debido a su alto rango.
Sin embargo, lo peor de todo, eran los murmullos de violaciones. Corrían rumores por ahí, de que más de alguna concubina de bajo rango, había sido tomada contra su voluntad, y cuando una joven –huérfana de no más de doce años– resultó embarazada, los rumores fueron aceptados como hechos reales en sus mentes. Bill comenzó a usar la daga de adorno en su cabello.
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Sin nada que hacer, Bill había pasado la tarde re-leyendo una novela en su habitación. Desesperadamente quería conseguir nuevos libros, y se había vuelto un hábito, chequear, por lo menos dos veces al día, quien estaba en la puerta del harem. La próxima vez que viera a Saki o a Micah allí, iría a la biblioteca.
Había avanzado el tiempo esa tarde, Bill se había sentido flojo toda la jornada y ahora se sentía un poco sucio. Pensando que podría asearse antes de cenar, el pelinegro cogió su bata, dejó su cuarto y se encaminó hacia los baños.
Tan pronto entró a la habitación con piso de baldosas, vio a Farah.
La chica estaba de pie en la parte baja de la piscina. A la distancia, lo primero que Bill notó fue que ella parecía estar hiperventilando. Su pecho y hombros se movían al compás de rápidos esfuerzos por coger aire. Al acercarse para indagar si la mujer estaba bien, los ojos de Bill se abrieron de terror.
La cabeza de Farah estaba agachada, mirando el agua a sus pies; las manos en el frente y su postura ligeramente inclinada. El agua hasta sus rodillas estaba teñida de un rojo tan intenso que parecía negro. Y, aunque no tenía idea de qué sería normal en la menstruación de una mujer, Bill podía asegurar que había demasiada sangre.
—Farah…
La chica soltó el llanto al voltear. Lucía completamente paralizada de terror. Bill dio un paso más cerca y pudo ver el sudor que surcaba las cejas de la mujer y el camino de las lágrimas bajando por sus mejillas. Con las manos en su abultado vientre, suplicó—. Ayúdame.
Sus ojos se volvieron blancos y Bill apenas tuvo tiempo, para correr a la piscina y atraparla. Sosteniendo la figura inconsciente de la delgada chica, miró el agua debajo y sintió como su pulso se aceleraba. Había demasiada sangre y claramente provenía de entre las piernas de la embarazada. Bill tuvo un momento de pánico en el que se sintió totalmente inútil. Estaba solo y no tenía idea de qué hacer.
Sosteniendo a la chica por la cintura, caminó hasta un lado, maniobrando a través del agua. Sus ropas empapadas, hacían difícil el movimiento, pero en el momento en que Bill logró salir, y sacar el cuerpo de Farah de la piscina, la dejó en el piso y se arrodilló a su lado. Lo único que atinó a hacer, fue revisar si todavía estaba respirando. Hubo un espantoso momento, en el que creyó que no lo estaba, que había dejado de respirar y había muerto, pero luego, vio como levemente su pecho se movía.
Aliviado por esta prueba de vida, la concubina pelinegra, se puso de pie y corrió por ayuda.
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Resultó que Farah estaba enferma. Y lo que fuera que haya sido, Ankara también lo tenía.
Bill había corrido hasta que encontró un guardia, aliviado de que fuera Anis y no Salim o cualquiera de su grupo. El hombre había corrido con el menor de vuelta a los baños, cogió a la chica sangrante en sus brazos y la trasladó a una habitación desocupada. Llamaron a Tabeeb Ihsan y en cosa de un ahora, la concubina del sultán se había salvado.
Al día siguiente, se corrió la voz de que ambas mujeres casi perdieron sus vidas. Farah perdió al bebé. Tabeeb Ihsan había dicho que no sabía que aquejó a las mujeres. Deena dejó en claro que sospechaba que era una sucia jugarreta. Y dada las cosas que estaban sucediendo en el harem últimamente, Bill no estaba totalmente seguro de ignorar su teoría.
& Continuará &
Notas de MizukyChan: Recuerden que Tabeeb Ihsan es el médico del palacio.
OMG, ahora que los gobernantes del palacio no están, los guardias están haciendo de las suyas. Y trataron de envenenar a las dos esposas del sultán. No sé ustedes, pero estoy de acuerdo con Deena, hay gato encerrado.
