Notas de MizukyChan: Un nuevo capítulo, vean cómo ha avanzado el tiempo y la vida continua. Hoy aparece un nuevo personaje, a poner atención. Besos y disfruten.
Bill ha estado en el harem 9 meses y 3 semanas.
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 29. Parte 1
Bill se estiró para tomar todo su cabello en una mano, deteniéndose para estrujar más agua de él. Ignorando la pequeña posa que había creado, el chico continuó, hundiéndose en el pesado forro de su bata y apretándola más contra sí. Los corredores de mármol del palacio se habían puesto muy helados durante las pasadas semanas. Y en el baño, que recién había dejado, las piscinas que contenían agua fría yacían abandonas y sin uso.
Una línea de ventanas adornaba la pared de su derecha. Una cortina hecha por la constante lluvia, caía desde los aleros, nublando el mundo exterior. Como todo el mundo, Bill estaba hastiado de la lluvia. El sonido del agua golpeando el techo, se había vuelto simple ruido blanco, apenas apreciable, a no ser que lo señalaras.
La concubina se apresuró por los corredores del harem, pasando las ventanas grises y los titilantes braceros, ansioso por regresar a la calidez de su habitación. Su atención estaba fija sólo en dar un paso adelante, así que fue Tom quien lo vio primero. Sonando a unos metros de distancia, la voz del príncipe llegó a los oídos de Bill, alertándolo, para que levantara la vista.
—Bill.
Estaba sentado en una pequeña mesa con Deena. Al ver a su amigo, la chica bajó su mano de cartas y se levantó. Aprovechando la distracción del rastudo, ella retrocedió silenciosamente. Bill pilló su mirada, justo cuando le daba una sonrisita y se llevaba un dedo a los labios. Sus ojos se abrieron grandemente al darse cuenta de lo que estaba haciendo. Antes de poder proferir alguna protesta por ser abandonado, la chica ya se había escapado, desapareciendo por una esquina lejana.
Algo en su expresión hizo que Tom mirara hacia atrás.
Viendo que la mujer se había ido, volvió su atención a Bill—. Se fue —afirmó.
—Sí —contestó el pelinegro, sumado a lo incómodo de la situación.
El silenció reinó por un momento, antes de que Tom se aventurara con un—. ¿Estás bien?
—Claro —pero la respuesta no representaba el vacío de la mirada que compartieron.
Los dos hombres titubearon unos momentos, antes que Tom presionara—. ¿Recibiste mi carta?
Bill tuvo que pensar a qué se estaba refiriendo el príncipe. Cuando comprendió que Tom hablaba de la nota que le daba libertad para pasear por el palacio, contestó.
—Oh, sí —y luego agregó—. Gracias.
Asintiendo, Tom preguntó—. ¿Y los guardias, no te han dado ningún problema con eso?
Bill se preguntó por qué el otro hombre le hacía esas preguntas, pero se contuvo de soltar un “¿Qué te importa?”, y simplemente negó con la cabeza.
Sin más preguntas y, como consecuencia, sin más miradas incómodas, Bill se dio cuenta que no pasaba nada, así que decidió marcharse—. Bueno, adiós.
No hubo comentarios de despedida para responder el suyo. Nunca volvió la cabeza, pero más avanzado el corredor, escuchó el distante sonido de la madera sobre la piedra, como señal de que el príncipe se había levantado de la mesa. Bill continuó hasta que llegó a su habitación. Suspirando al cerrar la puerta, caminó hasta sentarse en la cama. Su mente se sentía un poco entumecida, como si alguien le hubiera arrojado a su cerebro un balde de agua fría.
Nada había ocurrido. Había visto y hablado con Tom y nada horrible había pasado. El pelinegro no había sentido nada de enojo ni tristeza. Se había sentido increíble y dolorosamente incómodo. El hecho de que ni siquiera se hubiera sentido molesto, fue lo que más sorprendió a Bill. Había imaginado, que volver a ver a Tom sería inmensamente angustiante. Pero no había sido así, simplemente se había sentido… vacío.
Exhalando, Bill se recostó, ignorando la mancha que su cabello húmedo dejaría sobre su almohada. ¿Cómo había pasado esto? Dos meses atrás, su mundo había sido dorado y brillante. ¿Cómo se había alejado tanto de eso? Los pensamientos se filtraron en su cabeza, incontrolables y desordenados. Cuando se dio cuenta que se estaba poniendo melancólico nuevamente, preguntándose por qué Tom lo había traicionado, se obligó a detenerse. Ya había pasado semanas rumiando en su mente, aquella pregunta en particular, torturándose con los “por qué” y los “y si”, pero era infructuoso. No encontraría una explicación satisfactoria para el comportamiento del príncipe, así que Bill ya no se permitía pensar en eso; porque si lo hacía, nunca sería capaz de borrar los sentimientos que aún conservaba en su corazón por aquel hombre.
Levantando las piernas, para yacer por completo sobre la cama, si preguntó si tal vez, todo eso estaba pasando en realidad. Era seguro que ya no tenía el mismo grado de afecto por el rastudo, al menos no como antes, de lo contrario ¿cómo pudo hablar con él tan tranquilamente? El pensamiento de que podía estar superando su dolor por el príncipe, puso una débil sonrisa en sus labios. Se quedó dormido. Y por primera vez, no soñó con Tom.
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Cuidadosamente, Bill pasó la aguja por la tela oscura, estirándose para sacar otro adorno del bol. Deena y él, estaban sentados en una gran sala comunitaria, donde la lluvia se podía oír, pero no ver. Varios grupos de mujeres se habían reunido en círculos a lo largo del salón, haciendo cualquier cosa para pasar el rato. Bill estaba trabajando en un diseño con pequeños adornos de cristal, para pegarlos a sus nuevas túnicas. Deena estaba enfocada en embellecer su propio vestido, pero se inclinaba para ayudarle de vez en cuando. El trabajo era completamente complejo y requería demasiada atención como para aburrirse. Y sin embargo, el rutinario movimiento de la tarea –arriba, abajo, adorno, arriba, abajo, adorno–, te adormecía la mente. Bill deseó haber hecho esto dos meses atrás. Habría sido agradable no pensar en ese entonces.
El hilo de su aguja se estaba volviendo increíblemente tirante con cada puntada. Alzando la vista, le preguntó a la chica sentada a su lado—. ¿Qué hago cuando la hebra se acaba?
Deena se asomó para evaluar su progreso. Los adornos brillaban en una banda tejida alrededor del cuello de la túnica, negro sobre negro—. Wow —comentó—. Realmente tienes manos para esto.
Bill sólo hizo un ruido, sin comentarios, mientras relajaba sus adoloridos dedos.
—Cuando te queden cinco pulgadas de hebra, avísame y te diré qué hacer.
Bill asintió, estimando que aún le quedaban tres pulgadas más con las que trabajar. Alzando la vista, vio a una sirvienta parada en el umbral de la puerta, sosteniendo una bandeja. La llamó, sacando una taza de té que le ofrecía. Ella se retiró y él llevó la taza a sus labios, sus ojos conectaron con los del guardia apostado en la parte más lejana del salón. El hombre, Micah, lo veía fijamente, un poco divertido con una sonrisa adornando sus labios. Le lanzó un beso al aire y Bill tragó demasiado rápido su té.
—¡Ah! —Maldijo, llevándose una mano arriba, para cubrir su boca quemada. Bajó la taza molesto, dejando el cristal temblando en su base de plata. Cuando levantó la vista, Deena tenía las cejas alzadas—. ¿Qué? —preguntó, tocando su lengua cuidadosamente.
—No sabía que te gustaba.
Bill no tuvo que preguntar a quién se refería—. No me gusta —replicó—. Él ha coqueteado conmigo desde hace un par de semanas.
Deena rió.
—No es gracioso —insistió el pelinegro—. Me da vergüenza —con cautela dio otra mirada hacia el otro lado del salón, donde vio que el hombre aún estaba mirándolo. Bill evitó sus ojos.
—¿No crees que es atractivo? —cuestionó Deena—. Casi todas opinan que sí. Yo creo que lo es. Quiero decir, ¿has visto su cuerpo? Es… mmm y su sonrisa es, simplemente maliciosa. —La chica jugó con un mechón de sus cabellos, con ojos soñadores.
Bill miró a la chica con incredulidad—. Es un guardia, Deena.
Volviendo a la realidad, ella hizo una mueca—. ¿Y qué? No significa que no puedas hablar con él. De hecho, si alguien debiera hablar con él, ese eres tú.
Bill agregó otro adorno a su trabajo—. ¿Y eso por qué?
La chica sonrió—. Porque sólo le gustan los hombres.
Bill rodó los ojos—. No soy estúpido, Deena. Ya me había dado cuenta.
—Bien, entonces por qué no vas allá.
—Porque —respondió— no puede pasar nada. ¿Cuál sería el punto?
—Diversión, Bill. ¡Podría ser divertido!
Bill sacudió la cabeza—. Deena, tu idea y mi idea de diversión son muy diferentes ¡Ouch! ¡Mierda! —Levantó la mano, tirando la prenda. Una marca roja apareció donde se clavó.
La chica junto a él, dejó de lado su trabajo, acercándose para ayudarlo—. Dame acá. Déjame ver.
—No —Bill se quejó, alejando el dedo.
—Oh, vamos, muéstrame —ella se estiró y cogió su mano. Retorciéndose, Bill finalmente se metió el dedo a la boca, mostrándose desafiante con sus rasgos.
Deena suspiró y lo empujó—. Tú. Eres un crío.
Bill sonrió, con el dedo aún en su boca y a pesar de todo, Deena rió—. Eres ridículo.
& Continuará &
