Mi jaula dorada 28. Parte 2

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

Capítulo 28. Parte 2

Al día siguiente, Bill se encontró sentado frente a su tocador con la mano sobre un papel, listo para escribirle una carta a Tom. De hecho, llevaba sentado en la misma posición varios momentos, sosteniendo la pluma sobre el pergamino. El pelinegro realmente no sabía por qué la simple tarea se estaba volviendo tan difícil, pero la idea de comunicarse con el rastudo, incluso para un propósito tan mundano como este, se sentía muy incómoda y a la vez, un poco difícil. Bill pensó que era simplemente, porque sería el primer tipo de comunicación que tendría con el hombre después de la pelea. Bajando la pluma al papel, también pensó que podría ser, porque el mensaje que estaba componiendo, no era realmente el que deseaba enviar.

Bill detuvo su escritura, lo que él realmente quería poner en palabras, era como pese a sus mejores esfuerzos aún guardaba sentimientos por el príncipe, que aún lo extrañaba. Pero más que eso, lo que verdaderamente quería, era volver un mes en el tiempo, lo que en verdad quería era que Tom nunca lo hubiera usado para luego desecharlo. Lo que sinceramente deseaba, era que las cosas volvieran a ser perfectas.

No saco nada con desear eso —dijo en voz alta, con esperanza de que la idea viajara hasta su hogar.

Tom parecía haberlo olvidado y Bill casi había podido hacer lo mismo. El príncipe aún aparecía en su cabeza, de vez en cuando (bueno, en realidad lo hacía cada día), pero la tristeza casi había desaparecido, sólo quedaba un pequeño rastro de enojo y desilusión allí. Ahora, lo que el chico sentía era el aguijón de la pérdida y él sabía que eso también desaparecería, con algo de práctica.

Enfocándose de nuevo en la tarea que tenía, terminó la pequeña carta en sólo un momento. En realidad, no había nada personal, era simplemente una petición para que le permitieran recorrer más territorios. Bill tenía autorización para ir a la biblioteca, pero a ningún otro lugar fuera del harem. Mahtob y Deena querían llevarlo a otros lugares también, así que insistieron demasiado en que escribiera esa petición. Inclinándose, Bill sopló para enfriar la cera del sello. Aún no estaba listo para hablar con Tom, eso lo tenía bastante claro. Por ahora, una carta sería suficiente.

&

Mmm. ¿Dónde deberíamos ir? —preguntó Manar, tomando a Bill por uno de sus brazos, mientras Mahtob lo cogía por el otro.

No sé —respondió Mahtob muy feliz—. Hay tantas opciones ahora que Bill tiene permiso para hacer más recorridos.

Ella se refería por supuesto, al hecho de que Tom había respondido su carta, garantizándole a Bill la autorización de poder visitar cualquier lugar del palacio o sus terrenos. Francamente, el pelinegro se sorprendió por la rapidez con que su petición fue autorizada. Una corta y formal respuesta, le fue entregada sólo dos días después. Bill había abierto la carta para encontrar la firma perfecta del príncipe, dirigida a los guardias del harem, más que a él mismo. Bill debería ser autorizado para movilizarse libremente por el palacio y los terrenos reales, cada vez que él lo deseara, siempre que estuviera acompañado de una escolta, eso era lo que decía.

Y aunque estaba contento de poder dejar el harem, le molestaba que él siendo un adulto, necesitara un papel firmado que le permitiera hacer una cosa tan simple. Era humillante, pero con el correr del tiempo, Bill había aprendido que muchas cosas del harem lo eran. Y sin otra opción, ellos simplemente tenían que adaptarse.

¿Entonces qué hacemos? ¿La colección de animales, el salón de música?

¿Qué tal la galería? —Ofreció Manar—. ¿La has visto antes, Bill?

Oh. Él no quiere ver eso.

¿Por qué no? —preguntó Bill.

Sí —agregó Manar—. Siempre está leyendo libros de historia. Quizás le guste.

Ugh. Está bien. Vamos —la otra chica accedió—. Pero créeme, es sólo un montón de pinturas y estatuas polvorientas. Aburriiiiiiiido.

Y fueron a la galería.

A decir verdad, a Bill le gustó el lugar por varias razones. Primero, él nunca había visto pinturas de tan buena calidad. Ciertamente, nunca habría sabido que el arte pudiera verse tan lleno de vida. Mirando a los hombres (mezclados con algunas mujeres que aparecían ocasionalmente) en las paredes, podía casi imaginar que eran reales.

¿Quién pintó estos cuadros? —inquirió, conteniendo sus curiosos dedos de tocar los brillantes lienzos—. Es un artista asombroso —Manar bufó y Bill la miró—. ¿Qué? —Su pregunta no era graciosa.

Bill —comentó la otra chica, señalando todo el largo del corredor—. Estas fechas retroceden hasta cinco siglos; cada uno fue hecho por diferentes pintores.

Oh —el color llenó sus mejillas, mientras el pelinegro llevaba su mirada a lo más alejado del lugar, notando que el estilo de las pinturas, variaba gradualmente.

De hecho, comenzamos en el lugar equivocado. Las pinturas más antiguas comienzan más allá —Manar los guió hasta el otro extremo del corredor, donde comenzó la lección de historia. Las pinturas más viejas eran más crudas, pero a medida que avanzaban hasta la mitad de la habitación, los estilos se hicieron mucho más intrincados y los retratos comenzaron a ser de los gobernantes y otras figuras políticas de las que Bill había oído. Escuchó como Manar daba una breve historia de cada uno de los individuos, encontrándolas bastante interesantes. La princesa parecía saber ciertos detalles de los personajes, que no aparecían escritos en ningún libro de historia. Algunos de estos chismes eran muy divertidos, como el de un sultán que se había vuelto loco al final de su reinado y nombró a su caballo como su general; mientras que otros eran bastante perturbadores, como el de otro sultán al que le gustaba comer niños pequeños.

Sin darse cuenta, llegaron al final de la muralla y Manar terminó su pequeña charla sobre el sultán Uthman.

—… y así fue como murió —concluyó la chica.

Excelente. ¿Podemos irnos ahora? —Eso vino de Mahtob y Bill se sorprendió de que aún estuviera despierta.

La princesa miró a Bill y alzó los hombros—. Eso creo.

Pero… —intervino el moreno, callándose al ver como gruñía Mahtob.

Ignórala Bill —mandó la otra chica—. ¿Qué querías decir?

Es sólo que… las pinturas se detuvieron hace más de cincuenta años, ¿no hay otras?

Oh —la chica parpadeó—. Oh. ¡Por supuesto que hay! ¿Cómo me pude haber olvidado? —Sonrió y se golpeó la frente con la palma, empujó a Bill hacia una puerta al otro extremo de la muralla. Mahtob los siguió reacia y gruñendo algo sobre cómo podía sentir su cerebro derritiéndose y salir por sus oídos.

Cruzando la puerta, notó que había una habitación y en cada una de las murallas, colgaban cerca de seis pinturas. Cruzando el lugar, en la pared opuesta, instantáneamente Bill vio una del sultán y otra que mostraba una versión mucho más joven del hombre. Dando unos pasos, para darle una mejor mirada a la última, Bill se quedó un poco sorprendido, la imagen del joven Jorg, mostraba una mayor semejanza a su hijo mayor.

Con labios ligeramente abiertos, el pelinegro comentó—. Son mucho más parecidos de lo que pensé.

Arrugando el ceño, Bill se dio cuenta que sus palabras salieron con un tono de amargura que no le gustó. Dándole la espalda a los retratos del sultán, fijó su atención en las otras pinturas de la pared. Había una del Rey Jorg Primero, muy similar a la que había visto dibujada en algunos de los tomos de la biblioteca; así como también la de una mujer su esposa, dos hombres que no reconoció ambos embajadores del pasado y dos del mismo Tom.

Acercándose para ver los retratos del príncipe, Bill trató de adivinar la edad que tenía el hombre cuando le hicieron las pinturas. En la primera, él estaba sentado, sosteniendo un libro y una pluma, levantando los ojos, como si el artista lo hubiera sorprendido estudiando. El príncipe era mucho más joven; su cabello tenía rastas, pero no tan largas; los bordes de su cara aún no estaban delineados y los ángulos no eran tan afilados. La concubina podía ver como el hombre del futuro estaba en ese rostro. Debió haber tenido catorce, quince cuando terminaron la pintura.

El cuadro siguiente contenía una versión más madura, pero aún joven del príncipe. Parecía tener la misma edad de Bill. Esta vez estaba de pie, vestido en ropas formales y, a diferencia de la anterior, no estaba mirando al artista, sino a algo más allá de los bordes de la pintura, algo que no se podía ver.

Bill notó que la habitación estaba silenciosa y se dio cuenta que la narración de Manar había cesado. Volteando, encontró a las dos chicas detrás, mirándolo a él más que a las pinturas. Evitando la mirada curiosa de la princesa (Mahtob parecía menos inquisitiva, ya que básicamente le había contado sobre su situación), caminó hacia la pared donde estaba la puerta, junto a una última pintura.

¿Y esta? —preguntó, señalando al retrato de un joven—. ¿Quién es él? —Bajando la mirada, notó que no había un nombre que acompañara a la imagen.

La pintura había sido hecha maravillosamente, como si el artista hubiera pasado más tiempo con ella, poniendo más esfuerzo en retratar a este individuo en particular. Mirando el producto final, ciertamente Bill entendió el por qué. Él era… exquisito. “Hermoso” no era una palabra que comúnmente se aplicara a los hombres, y aunque la concubina siempre oía que lo nombraban así, nunca estuvo de acuerdo con dicha observación. Pero este chico, él realmente podría ser llamado “hermoso”.

Agudizó la mirada sobre la pintura, su expresión guardaba un secreto travieso. Su cabello era largo y oscuro, sostenido atrás, por algo que no se veía. Su piel era del color del café con dos de crema. Su piel oscura era un contraste del brillante cristal de sus ojos. Bill nunca había visto ojos así. Seguro que no existen en ningún humano.

El artista ha exagerado los ojos —comentó en voz alta. Sintió movimiento y luego Manar estaba a su lado y pronto se les unió Mahtob.

No —corrigió Mahtob—. No lo ha hecho.

¿Quién es él? —preguntó Bill quedamente, alejando la mirada de la pintura, para poder ver a las chicas.

Él era, bueno, él era…

Él fue un traidor al trono —Manar terminó por ella—. Y ahora, ha regresado. Vive en el palacio y es tratado como un huésped bienvenido. Es despreciable.

Bill giró hacia Mahtob pues el tono de la princesa estaba cargado de veneno—. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hizo?

La rubia parpadeó y se topó con los ojos de Mahtob, Bill no vio como la otra chica negaba con la cabeza.

Algo horrible. No hablamos de eso. Nadie lo hace.

Las palabras quedaron en el aire, mostrando lo absoluto de ellas, pero se encendió la curiosidad de Bill.

¡Oh, vamos! Díganme. No es justo que todo el mundo sepa, menos yo.

No todo el mundo lo sabe —Mahtob agregó rápidamente—. Y dejaremos de hablar de esto, Bill. No vuelvas a mencionarlo.

Bill no hizo más preguntas, aceptando las palabras de la chica. Ella nunca antes le había hablado tan bruscamente y el simple hecho de que lo haya hecho ahora, dejaba claro que el chico de la pintura no era un tema que debía volver a tocar, nunca.

Mahtob se apresuró hacia la puerta y sus dos compañeros la siguieron. Ninguno notó el movimiento en la cortina detrás, mientras alguien abandonaba la misma habitación.

&

Tom estaba en el templo, junto con todos los otros miembros de la familia real, todo el séquito oficial del sultán, y cualquiera que tuviera verdadera importancia en el palacio. El grupo de hombres arrodillados en hileras sobre el suelo de piedra, estaba formado principalmente por gente mayor. Cualquier joven, excepto el mismo Tom, estaba sentado en la parte más alejada de la cavernosa habitación. De hecho, la masa mostraba cabezas que se volvían grises, blancas y calvas, a medida que avanzabas.

No había mujeres; cualquier fémina que tuviera la importancia suficiente para asistir al “Santo día de Quintus”, estaría sentada en un área separada, en el segundo piso del balcón. Si Tom volteara y mirara hacia arriba en la parte trasera del cuarto, podría ver las pantallas oscuras, tras de las cuales, él sabía que su madre y otras pocas estarían.

Tom no giró para ver a la masa de gente, porque no tenía permitido hacerlo. En lugar de eso, miró de frente, bloqueando los murmullos del sacerdote del templo y concentró todas sus facultades mentales en mantener sus ojos abiertos. Mientras que la asistencia real a la adoración era una mera formalidad requerida en un puñado de ocasiones festivas, no sería bien visto que el heredero del trono fuese descubierto, quedándose dormido durante el servicio.

Tom no era una persona muy religiosa. Si meditaba sobre ello, él suponía que tendría una vaga creencia en el Dios del que los sacerdotes del templo siempre hablaban. Su problema con la religión de su gente eran más bien los detalles. ¿Cómo un humano, podría adivinar los conceptos de un Dios al que nunca habían visto o con el que nunca habían hablado? Y cómo ese Dios mandaba algún profeta para guiarlos, era más de lo que podía comprender. Y aun así los hombres religiosos que vivían aislados en los salones rojos, estaban perfectamente confiados en las revelaciones que ellos anunciaban.

Los hombres viejos trataban desesperadamente de retener los vestigios de poder religioso del que alguna vez gozaron; eran corruptos; inútiles. Y mientras Tom pensaba que la erosión de su poder no era nada más que el resultado de su mal manejo, aun así les tenía lástima. Eran la clase de hombres que enfrentaban el prospecto de perder su lugar en el mundo. El pensamiento en sí no era agradable, sino más bien, atemorizante y esa era una de las pocas razones por las que estaba feliz de haber nacido príncipe.

&

Tom salió de la sala principal del templo, con un suspiro de alivio pero sólo en su mente. Suprimió el verdadero suspiro hasta doblar por una esquina, donde no fuera visto por el resto de los participantes. Se apoyó contra una de las paredes pintadas de rojo, con los tallados de la madera molestándole la espalda y se llevó las manos a las sienes.

Podía sentir que se aproximaba como una tormenta una migraña, presionando por detrás de sus ojos. Últimamente, las había estado teniendo tan frecuentemente que Tabeeb Ihsan había recomendado de todo, desde acupuntura (cosa que el príncipe sí intentó) hasta proponer cortar sus rastas (lo cual que no era una opción). El terrible dolor sólo empeoraba, al pensar en que a pesar de haber estado tres horas frente al altar de Enkil, sólo eran las diez de la mañana y aún tenía muchas obligaciones esperándole.

Cerró los ojos por un momento y cuando los volvió a abrir, fue para encontrarse con el rostro que menos quería ver ese día. Aaron estaba de pie frente a él, con una mirada expectante y complacida en la cara. El príncipe pensó que cualquier cosa que estuviera a punto de decir, no le gustaría en absoluto.

No creo que alguna vez te hubiera visto tan aburrido —dijo como si hablaran de cosas así de triviales todo el tiempo, como si fueran amigos.

Tom no había visto al hombre por casi cinco años y nunca esperó volver a verlo, menos aun como un esperado huésped del palacio.

¿Qué quieres, Aaron? —Tanto su tono como su postura, mostraban tensión, anticipándose a la desagradable confrontación que el chico de ojos azules sugería. Pálidos como los esquimales y claros como el cielo mismo, el rastudo nunca había visto un par de ojos como aquellos.

Bueno, sólo pensé que como ahora soy un residente permanente del palacio —pronunció lentamente, dándole énfasis la palabra “permanente”—, sería cordial… resucitar viejas amistades —sonrió y cualquiera le habría creído, salvo Tom.

Fue correspondido con un ceño fruncido, con la misma fuerza y un definitivamente más sincero—. No te molestes. No tengo interés en “resucitar” nada contigo. Simplemente, quítate de mi camino. —Dio un paso al frente para irse, pero Aaron bloqueó su camino. Tom lo miró con ojos furiosos y cuando volvió a hablar, su tono había cruzado la línea de irritado a molesto—. Muévete —dijo con los dientes apretados.

¿De verdad, Tom? —Aaron fingió sentirse herido, pero la satisfacción y la diversión en su mirada, traicionó su mentira—. Habría jurado que hay muchísimas cosas entre nosotros de qué hablar —y se detuvo para conseguir el efecto deseado—. ¿Tu nueva adquisición, tal vez?

Tom no supo que mostró su rostro, pero fuera lo que fuera, pareció complacer al otro en gran manera, porque una sonrisa sin igual floreció en su cara—. ¿Se llama Bill, cierto? Todo el mundo me ha estado hablando sobre él. Y creo que lo divisé, mientras caminaba por el harem el otro día.

Los ojos de Tom se agrandaron ante ese comentario—. Tú no tienes a nadie a quien visitar en el harem. ¿Qué estabas haciendo allí?

Apenas intimidado por la reprimenda del príncipe, Aaron respondió—. No seas tonto, Tom. Tal vez no tenga mascotas humanas como tú, pero aún tengo mucha gente a la que visitar en el harem. Viví allí una vez, tal como tú lo hiciste.

Ya no más —respondió el rastudo.

También es cierto —concedió Aaron, el tono ligero que usaba se disolvió tal como el helado bajo el sol, hasta que igualó la frialdad distante de sus ojos—. Por supuesto. ¿Qué hombre adulto querría vivir allí? Ciertamente no tu Bill.

Tom achinó los ojos, pero no dijo nada.

¿Piensas diferente? —cuestionó Aaron, alzando las cejas—. Tan ingenuo, Tom. Siempre dispuesto a creer las hermosas mentiras del resto.

El príncipe apretó los puños, las uñas se enterraron en la piel de sus palmas—. Una falta que me he empeñado en corregir.

El otro simplemente sonrió y Tom comenzó su propia línea de interrogantes—. ¿Qué estás haciendo aquí, Aaron? No pienses por un segundo que creo que regresaste porque aún tienes lealtad hacia Bagrah.

El hombre alzó las manos—. Es simplemente auto-preservación, amigo mío.

Tom ignoró el comentario de “amigo”—. ¿Y qué hay de aquellos que dejaste atrás en Foularr? ¿No te preocupas por su bienestar?

No. Se volvieron aburridos.

Tom se molestó—. Eres el individuo más egocéntrico, inmoral y codicioso, que he conocido.

Sin sentirse para nada ofendido, Aaron respondió—. Viniendo de ti, “casi” significa algo.

Tom había estado en lo correcto. Sólo una conversación con Aaron y ya estaba listo para batirse a golpes. Reprimiendo cualquier impulso de violencia física, sus siguientes palabras fueron duras, pero cuidó de no gritarlas—. Pareces muy seguro de tu posición aquí. Pero recuerda esto: mi padre no será sultán por siempre y tu bienvenida tendrá una fecha de expiración.

Aaron no se vio afectado por este comentario, su expresión engreída continuaba fija en sus facciones y Tom supo que había terminado. Ya no había razón para seguir hablando, ya no le quedaba nada que decir. El rastudo miró al hombre, que alguna vez, pensó conocer muy bien y sacudió la cabeza, asqueado. Dio un paso adelante, empujándolo para seguir con su camino.

La voz burlona sonó desde atrás—. ¿Sabes? Algunos dicen que nos parecemos… tu Bill y yo.

Los omóplatos se juntaron a través de la tela, cuando el príncipe se detuvo. Girando, rugió—. No te pareces en nada a él.

Oh, no sé —respondió ágilmente—. Creo que hay un gran parecido. Si mi cabello aún fuera largo…

Créeme —Tom lo interrumpió—. Tú eres único en tu especie, Aaron —escupió el nombre, como si fuera una palabra asquerosa, amarga para el gusto. Volteando, se fue del salón. No habría regresado por nada del mundo.

& Continuará &

Notas finales del capítulo:

Como ha pasado mucho tiempo en este capítulo, mencionaré que Bill ha estado en el harem por 9 meses y 3 semanas.

No se preocupen chicas, Tom y Bill no estarán separados por siempre. Esto es sólo temporal.

Si la forma en que Bill ha mejorado su situación emocional les parece muy rápida, simplemente recuerden que han pasado ya dos meses desde el incidente en la biblioteca.

Y si parece que me saltado el otoño, es porque sí lo hice. Hay sólo dos estaciones en este universo: lluviosa y seca, también conocidas como invierno y verano.

Notas de MizukyChan: Aahh que capítulo.

Y se dieron cuenta del final. Aaron hizo algo terrible, por eso no sólo Tom lo odia, sino también sus concubinas y su hermana, Manar. Y yo también, maldito HDP.

Muchas gracias por la visita. MUAK.

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