1: Rocío de Arcoíris

Como la mayoría sabe, me gusta mucho que las personas sonrían, sé que la vida tiene sus complicaciones, pero me gusta tratar de compartir cosas que los hagan felices, y como en este sitio compartimos fanfics, pedí permiso para poder traducir esta comedia que sin duda, los dejará con una gran sonrisa y algo de caries, por su dulzura.

1: Rocío de Arcoíris

Fic Twc de Mizu. Traducido por MizukyChan

Capítulo 1: Rocío de Arcoíris

—¡Es MÍO, Gustav, no tuyo! —Bill Kaulitz cerró de un portazo su coche y se aproximó furioso a su cuñado—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

El dolor en el culo con que se había casado su hermana, estaba apoyado en su auto, con los brazos cruzados y mirándolo con la misma intensidad, obviamente listo para pelear.

—Es tuyo y de Char. Y yo estoy aquí para representar sus intereses.

El pequeño hombre tanque, usó su dedo del medio para subir el grueso marco negro de sus lentes, un hábito que enojaba más que la mierda a Bill, ya que estaba seguro que Gustav lo hacía como una forma poco disimulada de levantarle el dedo.

—¡Ella NO TIENE interés en este lugar! ¡Tú sabes que ella me dijo que hiciera lo que quisiera con él! —Chasqueó el pelinegro, moviendo su mano hacia el pequeño edificio—. Nuestra abuela, que en paz descanse, ¡quería esto para mí, no para Charlotte!

—Entonces, ¿por qué está su nombre aquí… —rápidamente, Gus sacó un montón de papeles de su bolsillo trasero, mientras Bill gruñía y rodaba los ojos—, justo aquí, en la escritura de los benefactores?

Con un bufido cabreado, Bill pasó pisando fuerte por el lado de su irritante cuñado y fue hasta la puerta trasera del edificio, haciendo sonar las llaves en sus manos.

—No sé por qué ella hizo eso —murmuró. Su Nona siempre trató a sus dos nietos con igualdad, aunque fue obvio desde el principio que Bill era su favorito. Ella fue la que le enseñó a cocinar y la que lo alentó a ir a la escuela culinaria, y fue ella quien le dijo que, cuando estuviera listo, podría quedarse con la propiedad para poner su propia pastelería.

En la puerta, Bill sostuvo las llaves en sus manos levemente temblorosas. Su abuelo había abierto ese lugar como una tienda de donuts a principios de los ochenta y, después de morir, su Nona lo arrendó. Los arrendatarios más recientes habían puesto un negocio de hot dogs y hamburguesas y por teléfono le dijeron a Bill, que lo habían dejado en buenas condiciones y que solo necesitaba una buena limpieza. Ahora, era suyo.

Hizo girar la llave hacia la derecha y abrió la pesada puerta de metal. El lugar estaba oscuro, húmedo y olía un poco mal. Tocó los alrededores buscando un interruptor, ignorando a su cuñado que venía detrás, diciéndole que se apurara, Bill cerró los ojos, tomó una respiración profunda y sus dedos encontraron el interruptor, lo movió para encenderlo.

—Vamos, Bill, quítate del camino. ¡Cristo!

Lentamente abrió los ojos, y entró.

—Oh… mierda.

Todos sus sueños se desplomaron en esa maldición. El lugar era un basurero. Una sola ampolleta parpadeaba y crujía arriba de sus cabezas. Había pequeños charcos, por todo el piso, de lo que parecía ser agua fangosa. Los electrodomésticos y las encimeras, estaban cubiertas de una capa oscura y grasosa.

—¡Jesucristo! —Exclamó Gustav, dando una vuelta por la habitación—. ¡Podríamos simplemente incendiarlo y pedir el dinero del seguro!

Con recelo y lentamente, Bill se adentró más en la pequeña cocina. Los azulejos de las paredes estaban quebrados. El fregadero estaba atascado y lleno de agua sucia. Había, por lo menos, un ratón muerto en el suelo.

—Oh, Dios mío… —La pequeña ventana sobre el fregadero estaba cubierta de mugre negra. El horno y la cocina… ni siquiera quería acercarse a ellos, estaba bastante seguro que se suponía que debían ser de un color muy diferente de ese café oscuro que ahora tenían.

—¡Oh, mierda, esto es asqueroso!

Bill se volvió lentamente, deseando que todo eso fuera solo una horrible pesadilla y que despertaría en cualquier segundo. Gustav estaba de pie en frente del refrigerador industrial, sosteniendo la puerta abierta, mirando dentro con horror.

Y luego el olor se esparció.

Haciendo arcadas, Gustav cerró la puerta de un golpe. Y cayó, cubriéndose la boca con una mano y agitando la otra a Bill, mientras corría.

—¡Es tuyo, todo tuyo! —Gritó desde afuera.

De pie, en una increíble suciedad, Bill apenas registró la puerta de un coche cerrándose fuerte, o el sonido del motor rugiendo y el vehículo alejándose, o llantas levantando gravilla en su rápida huida.

Algo huyó en un rincón. De verdad huyó. Bill nunca creyó que alguna vez necesitaría ese adjetivo en su vida. Aturdido, continuó mirando alrededor, mirando a la cara de la desesperanza. Si sacaba el máximo de sus tarjetas de crédito, pedía un crédito para el negocio y usaba todos sus ahorros, vendía su auto, se conseguía un compañero de cuarto y le rogaba a su hermana por ayuda, podría tener el dinero necesario para la demolición y renovación que el lugar necesitaba desesperadamente.

Pero nunca podría pedirle dinero a su hermana. Ella se lo daría encantada, pero Gustav jodería mucho al respecto. Bill terminaría enterrando un cuchillo carnicero en la bola de bolos que tenía por cabeza el troll.

Entonces… tendría que ver qué podría hacer por sí mismo con sus escasos ahorros, tal vez con un pequeño préstamo y quizás, podría vender su auto…

Era casi imposible, pero miró a su alrededor, tratando de ver el lugar con nuevo ojos.

—Acero inoxidable —murmuró. Las encimeras eran de acero inoxidable. Se podían salvar. Caminó hacia el horno—. Es enorme. —Pasó la mano por media pulgada de la superficie por los quemadores, sin atreverse a tener mucho contacto de piel a mugre.

—Es un gran horno. —Si funcionaba bien, eso ya le ahorraría miles. Se volvió lentamente hacia el fregadero—. Acero inoxidable…

Su corazón comenzó a sentirse más aliviado. No había revisado el estado de las reparaciones del frente del edificio todavía, pero se dijo a sí mismo que no había forma de que estuviera tan mal como la cocina. La cocina tenía que ser una de las nueve capas del infierno.

—Lo puedo hacer, Nona —susurró al aire fétido—. Puedo. —Regresaría al día siguiente con un traje para materiales peligrosos, una cubeta de cincuenta litros y todo el desinfectante que tuvieran las tiendas del vecindario.

Comenzó a sonreír.

Luego recordó algo y su sonrisa se desvaneció.

Creyendo que el lugar estaría en condiciones con un poco de limpieza y algunos arreglos, y tal vez redecorando un poco la calle, había llamado al departamento de salud del condado. El inspector, que tenía el poder de cerrarlo por seis meses y darle al lugar una reputación que quizás nunca perdería, vendría en dos días.

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Después de pasar la tarde tratando de contactar con un verdadero ser humano en el teléfono del departamento de salud, Bill estaba histérico cuando llegó a la casa de su hermana por una comida que solo pudo picar.

—Bill, cálmate, si el inspector de salud te cierra el local por un par de meses, ¡te dará el tiempo que necesitas para poder repararlo!

—¡No lo entiendes, Char! Si un inspector ve este lugar, va a escribir un reporte que será publicado en el periódico.

—Siéntate —mandó su hermana Charlotte, llevando un plato de comida a la mesa del pequeño comedor.

Con un bufido, Bill movió la silla y se dejó caer malhumoradamente, apoyando la cara en una de las palmas de sus manos. Se distrajo mirando la antigua y desigual vajilla, mayormente rota en el estante de la pared.

La pequeña casa era de inicios de los años treinta. Él y su hermana habían crecido ahí. Y cuando su madre se había vuelto a casar con un inglés, un par de años antes de que se mudara a un pueblo cerca de Ipswich, su hermana y su esposo se habían cambiado a ella. Bill vivía en la cabaña de invitados de la parte de atrás, habiendo recibido las llaves como un regalo de graduación.

—Estoy segura que todo va a resultar bien, Yam —dijo suavemente, llamándolo por su antiguo apoyo y dejando un beso en su cabeza, justo antes de regresar a la cocina.

Bill suspiró—. Desearía que mami estuviera aquí. Ella sería todo un ejército de limpieza en una sola mujer.

Ellos no eran británicos, pero su madre había nacido anglófila y les había enseñado a llamarla mami, en lugar de mamá, a beber té en lugar de café y había metido un montón de terminología británica en su vocabulario. Ella se había mudado a su isla de la fantasía dos años antes, después de casarse con Gordon, su novio inglés, con acento REAL.

Bill y Charlotte se habían dado miradas significativas el uno al otro el día en que les presentaron al hombre. Era agradable, atractivo y era inglés. No había duda que su mami volaría a Inglaterra como si estuviera regresando de la Guerra Bóer en el segundo en que Gordon se lo pidiera.

Su madre era una conservadora y romántica amante de las escritoras Bronte. Y de ahí venían sus nombres: William Henry y Charlotte Grace. Y también su apoyo, Yam, como diminutivo Will, Yam. Ella era tres años mayor que él y lo había llamado así desde que eran pequeños  y porque descubrió que él lo odiaba.

—Toma.

—Gracias —murmuró Bill, tomando la taza de té de sus manos y mirándola. Se las arregló para sonreír un segundo—. Me gusta tu pelo.

—¿Oh, esto? —Tocó las nuevas mechas rojizas—. Gracias. Quería algo diferente. Demasiada gente piensa que somos gemelos.

—Y hay algo malo con eso, ¿por qué? —Preguntó Bill con el ceño apretado. Ambos eran muy altos. Él media seis pies con dos y ella cinco con once, ambos muy delgados, ambos se tinturaron el cabello de negro por muchos años y ambos cambiaron a rubio el último año. Bill decidió unirse a ella, porque quedaba colorante más que suficiente en la botella para los dos.

—Bueno, él, por primera vez, notó la semejanza y me pidió que lo cambiara. ¡Hola, bebé!

Bill arrugó la nariz, sin molestarse a voltear a ver a su cuñado entrando en la habitación. De todas formas, podía escuchar sus enormes y gordos pies de hobbit en el suelo antiguo de madera.

—¡Estoy tan feliz de que lo hicieras! —Gustav caminó en frente de Bill y pasó sus cortos brazos de duende alrededor de la cintura de la hermosa hermana de Bill, mientras Bill miraba el suelo—. Hola bebé. ¿Qué hay para cenar?

El único momento en que el troll no era un dolor en el culo, quejumbroso y sarcástico, era cuando Charlotte estaba muy cerca. Incluso entonces, jodía, molestaba y se quejaba por cualquier cosa, a menos que ella lo estuviera acariciando. El tipo podía encontrar defectos hasta en las partículas del aire. Bill lo detestaba.

—Solo sándwiches, mi dulce cariñito, pero Bill trajo pan fresco.

Ella rara veces lo llamaba Yam cuando mencionaba a Bill con su esposo. Ya no lo hacía. Una vez él había intentado llamarlo por ese apodo, antes de que se hubieran casado, o incluso antes de comprometerse. Fue la única vez que Bill se lanzó sobre el hombre más bajo y lo golpeó.  No importó que se hubiera lastimado los nudillos mucho más que el daño que causó al hombro de Gustav —igual contaba.

—Bien, ¿carne asada o pavo?

—Asado.

Bill observó como su hermana pasaba las manos por las orejas del troll y acariciaba su cuello, prácticamente arrullándolo mientras la expresión de Gustav cambiaba a una similar a un gato de casa muy, muy gordo a quien le habían dado más crema de la que necesitaba. Rodó los ojos, cuando se besaron un par de veces

—¿Necesitas que te pase algo, bebé?

—No, cariño, siéntate, solo voy a sacar las cosas. —Ella alejó las manos del otro y se dirigió a la cocina.

La mirada dichosa volvió a su normal expresión  severa. Gus corrió la silla de la cabecera de la mesa y se sentó.

—Veo que lograste salir vivo.

Bill bufó. Su cuñado era terriblemente observador—. No, Gus, morí allí. Ahora soy un fantasma.

—Oh, tú no eres lo único que murió allí —murmuró Gustav—. No se puede traer ese lugar de vuelta a la vida. —Se inclinó sobre la mesa y olfateó—. Te lo juro, Bill, lo puedo oler en ti —dijo con una mirada de asco mientras se volvía a sentar y se alejaba de él.

—Eres un idiota —contestó Bill, pero temía que el troll tuviera razón. Trató de que no fuera muy evidente que él también olfateó el ambiente. ¿Era moho lo que olía? ¿Un poquito de basura podrida? Luchó con la urgencia de salir corriendo de la casa a su cabaña en la parte de atrás y bañarse dieciocho veces. No había forma en que le diera, al idiota de su cuñado, esa satisfacción.

—Aquí vamos. —Charlotte comenzó a sacar todos los sándwiches, arreglándolos y poniéndolos en la mesa.

—Déjame ayudarte —insistió Bill, dando un salto. Lo mínimo que podía hacer, era lavarse las manos al menos una docena de veces antes de comer. Se rascó la cabeza. ¿Bichos? Se moriría si tuviera bichos en el cabello.

—Siéntate, Bill, yo me encargo.

Bill esquivó la insistente mano de ella, agitándose y fue a la cocina, preguntándose si su pequeño sueño (y de verdad era pequeño, tampoco era que quisiera ser una estrella de rock o algo por el estilo) se haría realidad.

&   Continuará   &

Y empezamos con esta nueva aventura. Como les mencioné en las notas, este fic es pura comedia. Y a nombre de Mizu, lamento que Gus sea tan terrible en estos capítulos, pero no podrán parar de leer, ya lo verán. Un beso y no olviden dejar sus reviews.

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