Notas: Fas Est Et Ab Hoste Doceri (Ovidio)
Fic de AndeinerSeitenureinneWeile. Traducido por Elle-R
Capítulo 8. Es adecuado aprender incluso de un enemigo
Ver a Bill atado había sido más erótico de lo que Tom había imaginado. La primera vez que lo amarró, las manos de Tom recorrieron la piel de Bill como si fuera una fina seda. Acarició las delicadas muñecas del chico incluso mientras las unía dolorosamente, y cada nudo que él apretó para mantener al chico en su lugar fue a la vez una victoria y un desafío. Deseaba tanto simplemente atar al chico en el estado de desnudez que lo había encontrado, pero rápidamente decidió que eso podía causar una provocación entre los hombres.
Y Tom había previsto que Bill fuera sólo suyo.
—No se ha movido en un tiempo, Tom. —dijo Georg, interrumpiendo sus pensamientos mientras miraba el cuerpo de Bill con cautela. —¿Es posible que hayas atado las cuerdas demasiado fuerte?
—Tonterías. —respondió Tom, agarrando al inmóvil Bill. —Está enfadado y se lamenta por la pérdida de su amante, y se ha quedado dormido porque está demasiado débil para manejar el cansancio. Está simplemente apático.
Georg suspiró mientras lanzaba su delgado colchón al suelo. —Sabes, a pesar de que es nuestro enemigo, no puedo evitar sentirme mal por él. La idea de perder a un amante es indescriptible…
—No puedes ver la verdad tal como es: que para ese hombre bendecido por Eros, todos los hombres son sus amantes y él su puta.
—¿No crees que estás siendo un poco duro, Tom? —preguntó Georg, horrorizado. —Hay una diferencia entre ser bendecido por los dioses y ser una común ramera lasciva.
—Él fue creado para el sexo, para nada más —dijo Tom en voz baja, teniendo en la mira a los otros hombres que preparaban sus plazas para dormir, y casi todos parecían estar echando miradas hambrientas hacia Bill. —Él es la personificación de la lujuria en la Tierra y el amor no tiene nada que ver con su existencia. No tiene verdaderos amantes, sólo unos cuantos promiscuos.
—Si esto es así, entonces es realmente trágico —dijo Georg con tristeza. —Sin embargo no creo que ese sea el caso. Parece bastante sincero en su duelo. ¿Por qué uno estaría destrozado por la muerte de un amante sin importancia?
—Sólo dices eso porque admiras sus lágrimas. —Tom se rió. —A mí, no podría importarme menos la perra. Él es la escoria en el talón de mis sandalias, y desecharlo será de lo más agradable.
—Creo que te estás volviendo demasiado duro, Tom. Incluso en la guerra hay reglas —dijo Georg pesadamente—, pero pareces haberlas olvidado.
Tom se alejó fríamente de Georg, y se retiró a dormir con una sonrisa satisfecha en su rostro. Tendría pronto a Bill, y ningún hombre ni dios podría detenerlo.
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Tom merodeaba por el templo, en busca de su premio. No estaba lejos de su alcance – podía ver los escalones iluminados que llevaban hacia el altar. Bill estaba sentado en lo alto de la masa dorada, una cadena larga y delgada envuelta alrededor de su cuello, sujetándolo a la superficie elevada.
Bill se veía tan indefenso, y Tom quería follarlo con las luces del amanecer hasta que grite su nombre mientras lo montaba duramente.
—Eres todo mío. —Tom sonrió con suficiencia, agarrando la cadena de Bill y tirando de ella con fuerza para atraer a Bill más cerca de él.
—Tom —Bill gimió, sus labios excesivamente rojos y seductores—, haz que me corra.
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En medio de la noche, Bill se despertó con un fuego en su vientre. Estaba dolorosamente duro.
Los hombres que lo rodeaban en el caliente suelo del templo se vieron atrapados en varios sueños intensos, todos de naturaleza sexual. Sabía que probablemente tenía que ver con el aroma que él irradiaba a todos ellos, que intensificaba la percepción su pene mientras dormían. Bill no necesitaba estar presente en los sueños para sentir el sexo que se emitía a partir de ellos. Cada nocturno gemido ahogado de los hombres dormidos hizo a Bill morder su labio para acallar el eco de sus propios gemidos. Sus pezones excitados y sensibles ante la idea de lo que los hombres estaban pensando.
Él brillaba a través del débil resplandor de la vela de la noche, y vio a un guerrero con el pelo largo y castaño y fuertes manos que provenían de sus muy musculosos brazos. Bill imaginó la mano del hombre sujetando firmemente su pene, apretándolo con fuerza, pero aún con un poco de espacio en el que podría todavía hincharse en su agarre. La mano del hombre lo sacudiría en el suelo del templo donde yacía tendido, intensificando la dureza de su miembro.
Bill gimió.
No ayudaba ni siquiera un poco que sus brazos estuvieran atados a su espalda, lo que le impedía incluso masturbarse. Su propia calentura empezó a agitar a los hombres dormidos. Algunos de ellos comenzaron a moverse, girándose en dirección a Bill, sus bocas abiertas y jadeantes.
Pero por mucho que Bill necesitaba liberarse, deseaba que pudiera hacerlo por sí mismo. Los guerreros extranjeros ya habían sido duros con él, y si eran algo parecidos a su líder, Bill temía lo que podrían hacer con él.
El guerrero de cabello castaño se despertó, sintiendo a Bill llamarlo de forma explícita, y se dirigió al chico con su pene palpitante.
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—Por favor, tienes que desatarme. —Bill rogó con ojos lujuriosos, suplicando al otro hombre. —Estoy tan dolorosamente duro. Desátame para que podamos follar.
Georg escaneaba el cuerpo de Bill, tratando de racionalizar en su mente. Sabía que Bill fue bendecido por Eros, que la única razón por la que pedía que lo desatara era probablemente para poder escaparse, y que su poder provenía de la lujuria. Pero no podía discernir todo lo relacionando con la nube de deseo que había descendido sobre él.
Incluso alguien tan severo y reservado como Georg no podía luchar contra el poder que Bill ejercía sobre él.
—No puedo —. Georg dijo, sin saber cómo se las arregló para hablar ya que su lengua se había convertido en papilla ante la súplica de Bill. —Se supone que no debo…
—No se lo diré a nadie. —Bill prometió, haciendo un mohín en su labio inferior. —Este puede ser nuestro pequeño secreto. Nadie necesita saberlo…
—No, tú estás tratando de usarme. Sé de tus habilidades. —dijo Georg con voz ronca.
—Me encantaría mostrarte mis habilidades. —Bill gimió. —Puedo hacerte venir como ningún otro, cualquier sensación que alguna vez has sentido en tu pene se magnificará. Voy a hacerlo tan placentero.
Georg gimió, agachándose hacia Bill anhelante, a pesar de que hasta la última pizca de razonamiento le gritaba que huyera de la situación.
—¿Qué tengo que hacer?
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Tom gruñó y se dio la vuelta, incapaz de sentirse cómodo en el viejo suelo. Estaba a punto de empujarse toscamente en el estrecho agujero de Bill, cuando un susurró acabó con su sueño. Aturdido, Tom se sentó y vio al instante la fuente del ruido.
—¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo? —Tom gritó y los demás guerreros empezaron a despertar sorprendidos por el estruendo.
Georg estaba arrodillado junto a Bill, hablando con él. Él miró hacia Tom cuando el líder habló, pero no se movió de donde estaba. Tom podía ver la mano izquierda de Georg descansando cuidadosamente en el muslo de Bill, y la derecha peligrosamente cerca de las ataduras de sus pies.
—¡Aléjate de él! —Tom gritó, poniéndose en pie y corriendo para alejar a Georg de Bill. —¿No ves que te está corrompiendo?
El ambiente murió al instante, y Bill sintió la repentina pérdida de la excitación cuando la lujuria de Georg se convirtió rápidamente en confusión e ira.
—¡Tom, no era mi intención! —dijo Georg en un apuro. Sus mejillas estaban rojas y su corazón latía fuertemente.
—¿No te advertí de su verdadera naturaleza? —gritó Tom. —¡Te dije que todos los hombres son sus amantes, tú no eres la excepción!
El orgullo de Bill sintió el golpe de las palabras de Tom, y él bajó la cabeza mientras Tom se giraba hacia los otros hombres para hacerles frente.
—Guerreros, en caso de que no hayan escuchado, Bill es el sexo en sí, el bendecido de Eros. Él usará su cuerpo para robarles su mente, y os advierto que no dejéis que su apariencia os engañe —, dijo Tom seriamente. —él es fuerte, y os matará como a los innumerables hombres que mató porque fueron demasiado tontos para ignorar su belleza. Esta zorra va a coaccionarlos y envenenarlos con su lujuria, y es una amenaza para todos ustedes.
Los hombres esperaron en silencio que Tom continuara, pero el hombre ya había puesto su mirada en Bill.
—Tienes suerte de que no te tenga ya despedazado.
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Tom agarró a Bill por el pelo y perniciosamente lo arrastró hacia la parte trasera del templo, lejos de los hombres que estaban empezando a relajarse y volver a la cama después del caos momentáneo. Los ojos de Bill se llenaron de lágrimas – sentía como si su cabello fuera arrancado de su cabeza y su piel ardía ya que estaba siendo jalado contra el mármol. Tom arrastró a Bill dentro de una habitación sacerdotal.
—¿Qué eres? —Tom gruñó, poniendo a Bill de rodillas.
Bill le devolvió la mirada, con los ojos brillantes de la confusión, su pecho subiendo y bajando entre la extraña colocación de los amarres que cortaban su pecho. —¿Qué quieres decir?
—¿Qué eres? ¿Qué animal eres que tienes el poder de doblegar la voluntad de los hombres? Ningún mortal tiene tal poder, bendecido o no.
—Soy humano, tú canalla ruin. —Bill tosió. Las cuerdas estaban realmente ejerciendo presión en su pecho y le costaba respirar. —Tú eres el animal.
Tom soltó el pelo de Bill y el cayó directamente al suelo con un fuerte golpe, incapaz de mantenerse erguido debido a sus ataduras.
—Además, me amarras como si fuera ganado para la masacre, hijo de puta. —Bill dijo toscamente, sus ojos llenos de ira. —¿Qué te da el derecho de tratar a un prisionero tan rudamente?
—¿Qué hace tan bien una puta como tú para atraer a mis hombres tan descaradamente?
—¡No soy una puta! ¡Tú no sabes nada de mí! —Gritó, todo su cuerpo empezando a temblar.
—¿Con cuántos hombres has follado? ¿Cuántos sacerdotes, y padres, y hermanos? —Espetó Tom. —No eres más que un instrumento.
Los labios de Bill comenzaron a temblar, y le dirigió a Tom la mirada más odiosa que había dado alguna vez. —Lo dices como si yo no lo supiera ya.
Las palabras cayeron pesadamente en el aire, y Tom ni siquiera pudo pensar qué responder. Al final dijo, —Tú permanecerás en ésta habitación conmigo. No confío en ti con los otros hombres.
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—Joder, ni siquiera puedes amarrar bien a alguien… —Bill refunfuñó cuando Tom estaba a punto de volver a dormir.
Bill estaba exhausto y entumecido, y Tom lo miró molesto. —Por supuesto que puedo amarrar bien las ataduras.
—No, no puedes, idiota. No puedo sentir mis extremidades. —Bill siseó. —No se supone que tortures a alguien en esta posición durante mucho tiempo. Pensé que Ares te habría enseñado eso.
—¡Lo único que quieres es escapar! —exclamó Tom. —No soy estúpido, Bill.
—En realidad, sólo quiero sentir mis piernas de nuevo. —Bill dijo en voz baja, mordiéndose el labio. —Puedes mantenerme atado, pero por favor, dame un poco de flexibilidad. No hay forma de que seas capaz de usar mis profecías si he sido estrangulado hasta la muerte por tus amarres.
Tom miró a Bill detenidamente, y recordó como incluso Georg pensó que había atado las cuerdas demasiado apretadas. —Si haces algún intento de huir, voy a reunir a todos los hombres para darte caza. —advirtió Tom, y a regañadientes desató las muñecas de Bill de sus tobillos.
Las piernas de Bill se sacudieron espasmódicamente cuando Tom las desató, y la idea de escapar era ridícula por lo endebles que estaban sus extremidades.
—Gracias. —dijo Bill en voz baja cuando Tom liberó sus brazos. El mismo Tom tuvo que llevarlos al frente de Bill porque estaban temblando tanto.
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Cuando Tom terminó de atar nuevamente a Bill, Bill tenía un collar de cuero alrededor de su cuello, uno que Gustav había traído con él, que se utiliza normalmente para los caballos. Se cierra por la espalda y se une a un larga cadena de metal, que Tom aseguró alrededor de una gran columna romana. Aunque Bill seguía atado y peligrando por su vida, apreciaba un poquito de compresión humana, el nivel básico de comodidad humana que Tom le había dado, incluso en su cautiverio.
Bill se estiró, sus extremidades ya no hormigueaban, y agradeció a lo dios que Tom, al menos, observaba las mínimas costumbres de la guerra. Sólo esperaba que el resto de su cautiverio, sin importar el tiempo que sea, fuera igual de observador.
Continuará…
