
Bill ha estado en el harem un año y un mes.
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 36. Parte 2
—¿Qué les pasó a ellos? —preguntó Mahtob mientras seguían pasando a los guardias del palacio. Todos los hombres estaban en sus puestos, pero tirados en el piso, inmóviles, con los rostros contraídos en muecas de profundo dolor. Su piel brillaba.
—No lo sabemos —Gustav respondió bruscamente caminando más adelante.
Viendo la expresión de incomprensión de la chica, Tabeeb Ihsan ofreció su opinión—. Los síntomas que presentan, muestran que tuvieron contacto directo con veneno, como si lo hubieran esparcido en sus uniformes; no vayan a tocarlos.
Bill observó el cuerpo de un joven de cabello rubio. Estaba sentado cuando murió. Sus manos todavía sujetaban el cuello de su camisa, como si hubiera gastado su último aliento, tratando de quitarlo. El pelinegro desvió la mirada y evitó mirar a cualquier otro muerto, mientras atravesaban los corredores de mármol del palacio.
Caminaron rápidamente, pero haciendo varias pausas. Cada vez que llegaban a una curva o a una intersección, Georg detenía al grupo, asegurándose de que el camino estuviera despejado, antes de continuar. Sus pisadas hacían eco en el suelo de piedra.
—Está demasiado tranquilo —dijo Georg y Umhind lo miró para indicar que estaba de acuerdo.
Cuando finalmente llegaron a su destino, mirando a escondidas las puertas cerradas de la habitación del trono, Bill se preguntó si tenía algún sentido para que él, Mahtob, y Umhind estuvieran allí. Estaban armados, pero no eran soldados. ¿Qué se supone que harían?
—Tan pronto entremos allí, quiero que se cubran las espaldas —Georg le hablaba a Gustav, Tabeeb Ihsan y los guardias—. Si ven a cualquiera con un arco, elimínenlo primero. Si el sultán está amenazado por una espada, aléjense de él —mirando hacia atrás a Bill y a las mujeres, les instruyó diciendo—. Ustedes tres se quedarán atrás. No ataquen a nadie, a menos que ellos les ataquen primero.
Mahtob asintió, pero lucía muy asustada. Posando su mano libre en el hombro de la chica, Bill le preguntó—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió con voz temblorosa.
Bill no estaba tan seguro. Giró para ver que Georg se aproximaba a la puerta y contuvo el aliento. ¿Qué encontrarían adentro? No quería ni pensar en cuántos hombres podría haber allí, cuántos de ellos muertos. Pero principalmente, no quería pensar dónde podría estar Tom y en qué condición. Afortunadamente para él, no hubo tiempo para pensar.
Georg abrió las puertas con un suave empujón, apresurándose al interior, apenas éstas tocaron la pared. Inmediatamente, el ambiente se llenó de fuertes gritos y alaridos. Cuando Bill entró detrás del resto, pudo ver que había otras pocas personas en el salón, pero antes de que sus ojos se enfocaran en alguna de ellas, ya los estaban atacando. Dos hombres vinieron por ellos, con las espadas en alto y listos para matar. Pero rápidamente, Micah se encargó del problema con un par de dagas gemelas, arrojándoselas al pecho con mortal precisión.
Otro hombre, quien vestía el uniforme de la guardia imperial, acometió con furia, pero antes de acercarse lo suficiente para atacar, una voz lo detuvo.
—¡Espera!
Bill miró a donde estaba la persona que había hablado y sintió que se quedaba sin aire. Era Hessa la dueña de esa voz y estaba de pie justo al lado de donde Tom y Jorg estaban arrodillados. El rastudo estaba amordazado y atado por las muñecas y también sangraba en alguna parte de su cabeza, pero incluso así, parecía estar en mucho mejor condición que su padre.
El sultán estaba atado de la misma forma que su hijo, pero mientras que la postura de Tom era rígida y firme, la del más viejo era inclinada. Estaba claro que lo habían golpeado severamente, su rostro estaba ensangrentado y sus dos ojos estaban inflamados, casi cerrados.
—¡Quédense donde están o ellos morirán!
Bill supo de inmediato cuando Tom lo vio, porque sus ojos se abrieron grandemente e hizo algunos sonidos de protestas, encubiertos por la tela que tenía en la boca. Sus hombros se movieron en un intento desesperado por liberarse y Bill tuvo que suprimir su propio grito de angustia, al ver que un hombre que estaba detrás de él, lo golpeaba duramente.
Tom cayó hacia adelante, su rostro se azotó en el piso y cuando el hombre lo enderezó, su nariz estaba sangrando. Agarrando con la mano, un puñado de rastas sueltas, el hombre tiró feamente, moviendo el cuello del príncipe en una extraña posición. Habló lo suficientemente fuerte para que lograran escucharlos.
—¿Cuál es la repentina prisa por liberarte, Tom? ¿Ves algo que te molesta? —Levantando la cabeza, para escanear a los recién llegados, sus ojos se detuvieron en Bill y en Mahtob—. Oh, ya veo —bajó la mirada de vuelta al príncipe y sonrió—. Estás preocupado por tus putitas. Pero no necesitas inquietarte por eso, querido hermano. Las mataré después de ti. No tendrás que verlas morir.
Tom gruñó al otro tipo y empujó su cabeza hacia atrás, para golpearlo con ella. Bill observó como el hombre –aparentemente el hermano de Tom–, era zarandeado por el inesperado ataque. Pero se recuperó muy rápido y furiosamente, golpeó a Tom en la mejilla, cortando la piel en el proceso con sus grandes anillos. Bill sintió que sus entrañas se alborotaban por la necesidad de parar el abuso. Una mano lo tocó ligeramente, el pelinegro volteó para ver que Mahtob le daba una mirada queda, sin embargo no captó las palabras que ella le dijo silenciosamente. Algo estaba mal.
—¿Dónde está Umhind? —preguntó levemente, para que sólo los hombres frente a él, escucharan. Pero antes de que ellos giraran, Bill vio el brillo plateado de dos espadas, una a cada lado. Y sintió como una presionaba su propia espalda.
—Estoy justo aquí —contestó tranquilamente desde atrás. Bill no se atrevió a mirarla— Arrojen sus armas.
Mahtob fue la única que lo hizo, Bill y los otros dudaron en entregar sus espadas.
—¡Dije AHORA! —Sus asaltantes se acercaron más y Bill jadeó al sentir que la presión en su espalda aumentaba. Arrojó su cimitarra y escuchó el ruido de las otras seis armas al golpear el piso—. Ahora —dijo Umhind cuidadosamente—, quiero que se pongan de rodillas.
Con los otros hombres moviéndose para obedecer, Bill tuvo que hacerlo también, aunque lo odiaba. El pánico en su pecho nunca se fue, pero se puso mucho peor al verse totalmente indefensos e incapaces de detener lo que estaba sucediendo. Arrodillado en el suelo, con guardias armados a sus espaldas, Bill apretó los dientes y pensó en su cabeza todas las posibilidades que pudiera tener para detener esto.
Muchas ideas vinieron a su mente, pero cada una era desechada, porque su posición actual les daba muy pocas opciones para maniobrar. Cualquier pequeño movimiento sería notado, así que el pequeño pelinegro no tuvo más remedio que quedarse quieto y frustrado.
En el frente de la habitación, Hessa estaba hablando con Salim.
—No me importa tu niño bonito. Ya hemos alargado esto lo suficiente. Si quería mirar, debiste traerlo tú mismo.
—¡Maldita mujer impaciente! No los tendrías —Salim señaló con su mano, donde el príncipe y el sultán estaba de rodillas— sin mí. ¡Tu hijo no ascendería al trono, sin MI! Así que si reúnes auto-control y esperas tu baño de sangre tan sólo dos segundos más…
—¡Ah, esposo mío! —Los interrumpió Umhind bulliciosamente, paseando los ojos nerviosamente entre el hombre y la mujer que discutían y de ahí, más allá del nuevo grupo de prisioneros, dijo—. Llegas tarde.
Por el rabillo del ojo, Bill vio entrar a la habitación a un hombre de barba quien parecía estar bordeando los cuarenta. Aaron le seguía por atrás. Sorprendentemente, Aaron no portaba ninguna sonrisita burlona al entrar al cuarto y ver a sus ocupantes. Los ojos del hombre se ampliaron al ver a Tom, incluso cuando los del príncipe se achinaron de pura rabia. Cuando finalmente habló, Bill pensó que estaba jugando a algo.
—¿Qué está pasando aquí? —Su voz sonaba tan sorprendida como su expresión. Girando, se dirigió al guardia con el que tanto hablaba—. ¿Salim?
Salim sonrió desde su posición, encargado de vigilar al sultán—. Pensé que te gustaría ver.
Aaron se quedó mirándolo por un momento, su expresión mostró más incredulidad hasta que se volvió oscura—. ¿Ver, qué? ¡¿Qué eres un suicida, imbécil?! —El pelinegro alzó las manos al aire—. ¿Honestamente piensas que vas a sobrevivir después de esto? —Señalando con el dedo al sultán, continuó—. Esto no se puede esconder. Haz firmado tu propia condena de muerte y ahora también la mía, al traerme aquí. ¡Idiota!
—¡Oh, ya cálmate, comadreja melodramática! —Gruñó Hessa—. Los mataremos a todos y no tendrás nada que temer. Ahora cállate y sigamos con esto —girando a su hijo, le preguntó—. ¿Cuál de ustedes dos, lo hará? Decidan. Ya quiero que esto termine.
Ahmed estaba sentado a medias en el trono, alzando los hombros, apuntó a Salim—. Él lo puede hacer. Estoy bastante cómodo aquí.
—¡Esto es una locura! —Todos los ojos volvieron a Aaron, quien estaba de pie en medio de la habitación, moviéndose dudosamente.
—Nadie te lo está pidiendo a ti. Así que sólo sal del camino.
El hombre de ojos azules observó molesto y con la boca abierta, mientras Salim tomaba su tiempo para limpiar el filo de su espada, mientras se aproximaba al sultán. Finalmente, algo hizo clic en su mente y tomó una decisión. Apresurándose hacia el frente, subió los peldaños del estrado y golpeó la espada de las manos de un sorprendido Salim. Se fue arrastrando por el piso de mármol, lejos del alcance y se detuvo en un rincón. Y cogió la espada de Ahmed, ya que la había dejado a un lado.
—¡No! —Gritó, alzando la espada en forma amenazante—. ¡No he terminado contigo!
—¡Ustedes idiotas! —chilló Hessa. Mirando a los guardias que vigilaban al pequeño grupo, gritó—. ¡Vayan allá! —Cuando el hombre que estaba detrás de Anis se movió, ella volvió a gritar—. ¡Tú no, idiota! Él y tú —Indicó a los hombres que estaban tras Bill y Mahtob. Dejando sus puestos, corrieron hacia donde estaba Aaron.
Bill contuvo el aliento en su lugar, aún arrodillado. Las opciones no eran buenas, pero se habían inclinado a su favor. El esclavo pelinegro se había dado cuenta con entusiasmo, que su espada y la de Mahtob estaban muy cerca, sólo debían estirar sus dedos y ahora que sus guardias se habían ido, estaba bastante seguro de que podría cogerlas y hacer algo con ellas, antes de ser asesinado.
Mirando al frente a los miembros de su grupo, se encontró con los ojos de Georg. El otro hombre tenía una mirada de comprensión en su cara y le dio un ligero asentimiento –algo tan leve, que se podría confundir con una ilusión–, pero Bill fue por su oportunidad. Mientras Georg le daba otra señal encubierta al príncipe, el chico se dobló y tomó las armas.
La pelea con Aaron se había caldeado y con la señal de Georg, Tom repentinamente, se arrojó por las escaleras del estrado, lejos de Salim. Estas distracciones, le dieron unos pocos segundos a Bill, para coger las espadas de los dos guardias más cercanos: Anis y Saki. Dichos hombres, rápidamente tomaron sus espadas y se apresuraron para enfrentarse con los cuatro asaltantes restantes. Gustav, Georg, Micah y Tabeeb Ihsan, pronto se les unieron.
Bill no perdió el tiempo peleando, simplemente, se alejó de la lucha tanto como pudo. Había cruzado la habitación en un parpadeo, esquivando las espadas que luchaban entre Aaron y el guardia. Salim y otros dos guardias yacían muertos en el suelo, pero el pelinegro apenas los notó, corriendo al lado de Tom.
Pese a tener las muñecas atadas, el rastudo maniobró para quedar de rodillas, y estaba inútilmente luchando por librarse de sus ligaduras. Bill se arrojó de rodillas junto a él, sus dedos fueron de inmediato a quitar la mordaza. La primera palabra que dejó la boca de Tom, fue casi sin aliento.
—Bill —y luego el pelinegro se movió por detrás, para quitarle las amarras—. ¿Estás bien?
—Estoy bi…
Bill nunca alcanzó a terminar, ni su oración, ni el liberar a Tom, porque fue agarrado del cabello.
Gritando de dolor, Bill no estaba preparado para el golpe que recibió en el brazo. Soltó su espada y otra fue puesta en su garganta, mientras un cuerpo lo apretaba por detrás.
—Dile a tu grupo que suelte las armas o él muere.
Bill pudo ver la resolución en los ojos del otro hombre y luchó contra su agarre.
—¡Tom, no!
Sin desviar la mirada, el príncipe gritó, fuerte y claro—. ¡TODO EL MUNDO DETÉNGASE! —El sonido del metal cesó y una mirada general al salón, reveló que todos habían parado, pero sus armas estaban entre quietas y dispuestas a atacar.
—Tom —repitió Bill, aunque la espada le oprimía como castigo por sus palabras—. ¡No!
Tom lo vio fijamente, su expresión le decía que era estúpido considerarlo siquiera como una opción—. Todos, entreguen sus armas.
Tomó un momento, pero después de un par de segundos en los que pudieron ver a Bill, y por qué el príncipe estaba dando tal orden, las espadas comenzaron a caer al piso. Bill soltó un gritito al ser arrastrado hacia atrás y sus ojos volvieron a Tom.
—Déjalo ir —dijo el príncipe con la voz ronca.
Sin embargo, Ahmed se burló—. ¿Crees que haré lo que tú dices? ¿Qué seguiré tus órdenes como todos los demás, eh? —El filo en su garganta se estaba ladeando y Bill se puso rígido—. Esto tenía que pasar, Tom. Tú nunca mereciste lo que te dieron. Todos los títulos, todos tus privilegios… ¡Eres el maldito heredero al trono, y ni siquiera te importa!
El tono de voz de Ahmed era agudo y chillón, el sonido de un hombre desesperado que finalmente se quebraba. El hecho de que el hombre que lo sostenía era tan inestable, ponía mucho más nervioso a Bill. Ahmed continuó su discurso, sin soltar el fiero agarre en la concubina.
—Pero adivina qué, Tom. Yo también soy príncipe. Y mientras tú pasabas la vida en el harem, jugando con tus mujeres y tus niños —con esto, le dio una sacudida al pelinegro—, yo he estado estudiando, trabajando y viviendo una vida más productiva de lo que jamás podrías soñar.
Se mofó—. Pero nada de eso importa, ¿verdad? Puedo ganarme el favor de la gente correcta, incluso de nuestro padre —le envió una mirada llena de desprecio a la figura golpeada del sultán—. Pero nunca hará una diferencia, porque la PUTA de tu madre, simplemente abrió las piernas más veces que la mía.
—¡Cállate! —Rugió Tom desde su posición en el piso, la ira cambió el tono de su piel a rojo. Luchó por moverse—. NUNCA TE ATREVAS…
—Ah, ah, ah Tom —advirtió Ahmed, retrocediendo un paso y pegando a Bill más a su cuerpo—. Más vale que te calmes, o aquí Bill, puede tener un accidente.
Echando humo, el príncipe se quedó quieto.
—Eso está mejor. ¿Sabes, Tom? Nunca te entendí, ni un poco. Especialmente tu amor por los chicos —Bill pudo ver como el rastudo se tensaba con esas palabras. Tenía la mandíbula firme, mientras apretaba los dientes, pero no dijo nada—. Debo admitir que estaba muy celoso, cuando mi padre te dio a Deena. Al principio, pensé que ella era para mí, ¿ves?
La expresión del hombre se oscureció—. Pero, por supuesto y como todo lo demás, ella era tuya. Pero luego, un año después, estabas completamente alucinado con ese chico sin vergüenza. Bill se tensó cuando el brazo que lo sostenía subió, sólo para mover su cabello a un lado—. Y ahora tienes a este otro, igual que el primero.
Y aunque había estado en silencio, ahora el rastudo habló, con el tono lleno de rabia, tanto, que asustó incluso a Bill.
—¡No sabes de lo que estás hablando!
—¿En serio? —Ahmed lo desafió—. Ciertamente es igual de atractivo —una nariz se enterró en su cuello y Bill sintió ganas de vomitar—. Otro bello juguete, ¿eh, Tom?
—¡No te atrevas a tocarlo! —Tom otra vez estaba rígido sobre sus rodillas, tratando de ponerse de pie, mientras se movía hacia adelante.
Ahmed retrocedió y mostró la espada que aún tenía pegada al cuello del pelinegro—. ¡¿Ya olvidaste a quién tengo aquí?! Ese es el problema contigo, ¿cierto? ¡No aprendes! ¿Cómo podemos confiarle el imperio a un sultán de mente estrecha como tú? —recitó sarcásticamente—. Bueno, yo te enseñaré. Esta es tu lección final, Tom. No puedes tener todo lo que deseas. De hecho, algunas veces, las cosas que más amas, te son arrebatadas —sus brazos se tensaron, claramente listo para presionar el filo de la espada en la garganta del chico.
—¡No!
Bill también lo sintió, y sabía que si quería vivir, sólo tendría segundos o incluso menos, para actuar. No pensó, no sabía lo que estaba haciendo hasta que lo hizo. Sus manos volaron a su pelo y, cuando el hombre detrás suyo se dio cuenta de lo que estaba pasando, su ojo había sido apuñalado.
Ahmed chilló de una forma horrorosa, sus brazos inmediatamente soltaron a la concubina y la espada, para llevar las manos a su arruinado rostro.
Alejándose del hombre que se retorcía de dolor, Bill se volvió a arrodillar junto a Tom y usando su daga ensangrentada, liberó las muñecas del príncipe. La habitación estaba llena de sonidos de enfrentamientos y Bill pensó que la batalla se había reanudado cuando apuñaló a su captor. El segundo en que sus manos estuvieron libres, Tom estaba pegando al pelinegro contra su pecho, preguntándole si estaba bien.
—Estoy bien —le prometió el menor.
Con esa certeza, el rastudo se alejó, para coger la olvidada espada de Ahmed. El hombre todavía estaba haciendo sonidos dolorosos y lastimeros, hecho un ovillo, incapaz de moverse por el dolor. Sin preámbulo, Tom enterró la espada en su cuerpo, hiriéndolo irremediablemente. Sin embargo, no se quedó a ver morir a su hermano, giró y se dirigió a donde Bill estaba de pie y tomó su mano.
—Tengo que sacarte de aquí.
Pero Bill negó con la cabeza—. Tom —ladeó la cabeza para que viera la habitación y Tom hizo lo mismo. La pelea había terminado. Ninguno de los guardias traidores había quedado vivo. Anis sostenía a Emir con la punta de su espada. Saki tenía a Umhind, mientras que Micah tenía a Hessa. Georg tenía sujeto a Aaron por los hombros.
Sin prisioneros a los que custodiar, Tabeeb Ihsan fue el primero en dar un paso al frente—. Su majestad.
Bill no había notado al médico, pero Tom sí—. ¿Qué? —preguntó. La confusión marcó una línea en su frente, antes de que se diera cuenta y abriera grandemente sus ojos. Dio una mirada por el salón, buscando el cuerpo de su padre. No tuvo que buscar mucho.
El sultán estaba a unos pies de donde había estado, pero ahora su cuerpo ya no tenía vida. En algún momento de los dos últimos minutos, había sido asesinado a sangre fría. Shock recorrió el cuerpo del príncipe, al darse cuenta de la magnitud de la situación, pero eso fue todo. Nunca había habido amor entre su padre y él. En la muerte, tampoco hubo tristeza.
Tom giró hacia donde el médico estaba de rodillas, sacudiendo la cabeza, le dijo al hombre—. Levántate —trayendo a Bill consigo, caminó hasta donde estaban los traidores retenidos—. Hessa —se dirigió a la primera concubina de su padre, una mujer a la que siempre reconoció como una tía—. No puedo creer que hicieras esto —la mujer lo miró con odio, pero no dijo nada. Desviando la mirada a los otros dos, Emir y Umhind, preguntó—. ¿Y estos son los refugiados de Foularr?
—Sí, su majestad —respondió Saki, asumiendo también el nuevo título de su soberano.
Tom observó al hombre y a la mujer extranjera, ambos desviaron la mirada—. Un error que le costó a mi padre, su vida —reflexionó en voz alta. El rastudo apretó la mano de Bill antes de soltarla. Irguió sus hombros y se paseó entre los prisioneros—. Todos ustedes serán enjuiciados y cuando sean encontrados culpables, porque ciertamente lo serán, recibirán una condena de muerte.
—Mi señor —intervino Micah—. Es demasiado peligroso dejarlos con vida. Sin duda, hay otros participantes en este motín. Debemos dejar el palacio inmediatamente e ir por refuerzos.
Tom se quedó mirándolo, pensando en esta información—. Los llevaremos con nosotros.
—Con el más debido respeto, mi rey —al oír esto, Tom oyó un sonido de sorpresa que hizo Bill, el chico no se había dado cuenta de su nuevo cargo—. No podemos escoltar a los prisioneros por los pasajes secretos que tomaremos. Podrían escapar fácilmente. Debemos matarlos ahora.
Tom arrugó el ceño—. ¿Negarles un juicio? Lo que dices es inaceptable. Si alguien se enterara…
—Por favor, su majestad —esta vez fue Georg, primo y mejor amigo del rastudo, quien intervino—. En esta hora de peligro, no podemos permitirnos valores morales. Debemos matarlos.
El príncipe, ahora rey, bajó la cabeza, no muy contento por la verdad de las palabras de quienes le aconsejaban.
—Está bien —accedió—. Ejecútenlos —tal vez los guardias se sorprendieron de que su líder cambiara de opinión, porque dudaron un momento—. ¡Ahora! —Mandó bruscamente. Los guardias se movieron a su posición y Tom se puso junto a Bill—. Esconde tu rostro —murmuró en el oído del chico—. No tienes que ver esto.
Bill dudó, pero eventualmente desvió la mirada. Había presenciado demasiadas muertes ese día y no tenía intención de ver más. Pero Tom, se obligó a sí mismo a observar. Le estaba negando justicia a estas personas, pensó, y no mirar sería un pecado. Mantuvo los ojos fijos, hasta que los guardias hicieron que los prisioneros se arrodillaran y alzaron las espadas.
—¡Esperen! —habló en el último segundo—. A él no.
Ojos azules se abrieron de sorpresa—. ¿No? —preguntó, su tonó burlón entrelazado con algo de incertidumbre.
—Tú no sabías sobre esto —comentó Tom silenciosamente—. Incluso, trataste de detenerlos, aunque fuera por propósitos egoístas.
—¿Y por qué tardaste tanto en decirlo?
—Quería ver qué harías.
Aaron levantó la barbilla—. ¿Pensaste que rogaría por mi vida?
—Sí.
El pelinegro simplemente lo miró. Tom suspiró—. Él viene con nosotros.
—Tom…
El rastudo giró a ver los ojos interrogantes de Georg—. Puedes verlo todo lo que quieras, pero no está bajo arresto —dando una señal con la cabeza hacia los otros prisioneros, ordenó—. Háganlo.
Tom observó impávido, mientras Bill miraba el suelo.
&
Esa primera noche, fue tentativa. Liderados por Gustav, el pequeño grupo se escurrió por los angostos pasadizos secretos, que atravesaban las murallas del palacio. Emergiendo a una puerta oculta en el suelo, y de todos los lugares posibles, salieron al sótano del templo. Gracias a Dios, ninguno de los sacerdotes de Enkil fue testigo de su aparición desde las profundidades.
Gustav los guió por otras puertas secretas, hasta que llegaron a una pequeña plaza, justo fuera de las puertas del palacio y que llegaba hasta un establo. No había ningún tipo de actividad a esas horas de la noche y los caballos fueron fácilmente ensillados y montados, llevándolos afuera, a un lugar a salvo. Después de una corta cabalgata, llegaron a las barracas de una pequeña compañía que Gustav comandaba. Con una velocidad impresionante, doscientos hombres fueron despertados y reunidos. Y con este séquito volvieron al palacio.
A través de la noche y las primeras horas de la mañana, el palacio fue barrido, con docenas de guardias traidores atrapados y escoltados. Después de eso, todo lo que se podía ver eran guardias capturados, que vestían uniformes reales, y cuerpos muertos, cuyas alianzas eran irrelevantes, pero aun así, fue muy arriesgado de parte de Tom, llevar a Bill y Mahtob, de vuelta a su habitación a dormir.
Ningún lugar se sentía a salvo para el nuevo rey y esa ansiedad particular, tomó más de una semana en desaparecer. Cuando las profundidades del plan de Hessa fueron revelados, otros traidores se retiraron, y el palacio volvió a ser un lugar seguro.
& Tres semanas después &
—¿Estás listo?
—No.
Bill rió en su lugar, de pie, justo detrás del otro hombre. El rastudo se movía nerviosamente y el menor le dio un manotazo para que se calmara—. Arruinarás tu traje —le advirtió.
—No estoy listo para esto —se quejó el mayor—. Habría podido esperar un par de años más.
Acercándose, para depositar un dulce beso en el oído del otro hombre, Bill habló suavemente—. Estás listo.
—¿En verdad lo crees?
—Lo sé.
Suspirando, Tom irguió sus hombros, mirando su reflejo en el espejo—. ¿Cómo me veo?
Bill sonrió orgullosamente y sus ojos se conectaron en el cristal—. Como un rey.
Se oyó un golpecito en la puerta y luego un sirviente asomó la cabeza—. Disculpe que lo interrumpa, su majestad, pero es hora de irnos.
Asintiendo, Tom respondió—. Salgo de inmediato —girando su rostro al pelinegro, tomó sus manos y dijo—. Desearía que estuvieras allí.
El chico le dio una sonrisa triste—. Yo también —sólo los nobles, o los miembros de cargos importantes de la corte, podían participar en esos actos de Estado y Bill no tenía ningún título. Tom había discutido que cambiaría la ley, pero ambos sabían que esos tipos de control de poder, eran tolerables sólo cuando el sultán tenía una base sólida en el poder y Tom era un rey nuevo, que debía ganarse el amor del pueblo.
Bill no tenía dudas de que lo lograría, pero tomaría tiempo y hasta ese entonces, tendrían que soportar las restricciones que las leyes y las costumbres habían impuesto sobre ellos. Caminando con el hombre hasta la puerta, Bill se detuvo cuando Tom lo hizo, contento de recibir un beso tierno.
El mayor se separó, luciendo nervioso y tan joven bajo la corona, que causó un ligero dolor en el corazón de Bill—. Mira —ofreció el chico, arreglando una línea inexistente de sus hermosas túnicas y enderezando el anillo de oro. Cuando sus manos dejaron eso, se posaron en el pecho amplio de Tom y cerró los ojos, sintiéndose torpe por su ansiedad.
—Hey —Tom susurró, usando un dedo para levantar la barbilla del joven—. ¿Qué pasa?
Bill sonrió y negó con la cabeza—. Nada. Es que es… extraño. Todo está pasando tan rápido.
—Pero en una forma positiva —dijo el rastudo, animándolo con la mirada.
—Sí —Bill estuvo de acuerdo, volviendo a ver los ojos chocolates de Tom—. Es positivo —tomando un suspiro profundo, dio un paso atrás—. Y tú lo harás genial. Así que, vamos. No pueden empezar sin ti.
Tom abrió la puerta, pero dio un paso atrás, diciendo—. Deséame suerte.
Bill sonrió dándole apoyo—. No la necesitas —el rastudo sonrió y emprendió su camino por el corredor, con sus túnicas reales balanceándose detrás. Bill lo observó marchar a su coronación y cuando hubo desaparecido de su vista, susurró—. Buena suerte, sultán.
& FIN &
Notas finales de Sarahyellow: Este es el último capítulo. Habrá un epílogo, pero este es el VERDADERO final. Si nunca antes has comentado, ahora sería el momento ideal para hacerlo. Si ya has comentado antes, supera todos tus comentarios anteriores, mostrándome tu opinión no sólo sobre este capítulo, sino sobre la historia como un todo. ¡Déjenme saber qué opinan!
Y muchas gracias por haber recorrido todo el camino hasta el final. ¡Aprecio mucho eso, chic@s!
Notas de MizukyChan: Lloro como bebé. Amé esta historia desde el principio a fin. Y estoy tan feliz de decir “tarea cumplida” Es cierto, queda un epílogo, pero como dijo SarahYellow, este es el fin real. Espero les haya gustado el esfuerzo que realicé en esta traducción, aunque los principales méritos vayan a la verdadera escritora. Muchas gracias a tod@s y será hasta el siguiente capítulo.

Yo también lloro por mis bebés pero si k quedaron un montón de dudas ☹️ maravillosa historia por cierto ❤️ gracias por la traducción
Me gustó tanto este fic, que la traducción para mi ha sido un placer.
Gracias por dejar un comentario. MUAK