Mi jaula dorada 34. Parte 4

Bill ha estado en el harem 1 año, con 1 semana.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

Capítulo 34. Parte 4

Bill estaba sobre su estómago, apoyado en sus codos, mientras cansinamente dibujaba sobre el vientre de Tom, trazando diseños invisibles en su piel. El príncipe alternaba entre jugar con las orillas de su cabello negro o pasar sus manos por los delgados bíceps. Bill creyó que había pasado más de una hora desde que terminaron de intimar. Una pequeña siesta los había noqueado a ambos y como Bill despertó primero, tuvo mucho tiempo para apreciar los rasgos relajados de la figura dormida del rastudo.

¿Qué hora crees que es? —preguntó el pelinegro, pensando en cuánto tiempo había pasado desde que dejaron la fiesta.

Moviendo sus hombros tan levemente como para mostrar que los alzaba, Tom respondió—. No sé —dio una mirada a las ventanas que aún se veían oscuras y agregó—. No más de las cinco.

Sonriendo, Bill apoyó la cabeza donde habían estado sus manos, sintiendo el leve sube y baja de la respiración del príncipe—. Estuvimos despiertos toda la noche.

Mmm —Tom estuvo de acuerdo, con una expresión de satisfacción en su rostro.

Se observaron el uno al otro cálidamente y la sonrisa de Bill se suavizó, hasta el punto de llegar a la seriedad—. Te amo —dijo, las palabras sonaron tranquilas y firmes dentro de su sinceridad.

Expresivos ojos café lo miraron complacido. Tom estiró sus brazos—. Ven acá.

Bill se movió en la cama, terminando con la mitad de su cuerpo a un lado y la otra mitad sobre el rastudo. Apoyando sus antebrazos en el plano pecho del príncipe, preguntó—. ¿Qué?

Tom no respondió hasta que se estiró y logró conseguir un beso en los labios del chico, succionando vigorosamente el labio inferior, antes de soltarlo y volver a descansar su cabeza atrás. Bill apretó el labio entre sus dientes, mordiéndolo un poco, haciéndolo ver hinchado. Tom imitó su sonrisa.

No sabes lo que significa para mí escucharte decir eso.

¿Qué? —indagó Bill—. ¿Que te amo? —Otra vez, brillaron los ojos del mayor. Bill ladeó la cabeza, considerando la información y luego explicó—. Bueno, en realidad lo digo en serio. No lo diría si no fuera así.

Lo sé —afirmó Tom—. Es sólo que me encanta oírlo.

Bill se agachó un poco, juntando sus narices—. Como está claro, entonces lo diré todos los días.

¿Lo prometes? —Tom sonrió, alzando las cejas, buscando con sus manos la pequeña curva en la espalda del chico.

Abriendo los ojos, ante el inesperado roce, Bill rió—. Por supuesto, mientras tú también me lo digas —El rastudo asintió y pasó su boca por la línea de la mandíbula del pelinegro, sacando la lengua para acariciar la concha del oído—. Oh —Bill gimió—. Especialmente si haces eso.

&

A la hora en que el sol apareció sobre el horizonte, para cambiar al mundo del negro al gris, los dos hombres estaban dormidos. El gorjeo mañanero de los pájaros que estaban fuera, no los despertó, ni tampoco las suaves pisadas de las sandalias, cuando los sirvientes se apresuraban dentro de la habitación, preparando el desayuno y el baño, para el príncipe y su acompañante.

Ya había pasado la hora once en la mañana, cuando la concubina pelinegra finalmente abrió los ojos. Por unos momentos, miró la habitación adormilado, recordando donde estaba, lo que había hecho y lo bello que se había sentido. De pronto, se dio cuenta de la presencia de los dos sirvientes un chico y una chica, moviéndose dentro del cuarto.

Sus ojos se abrieron de golpe, toda la nebulosa de su mente había desaparecido. Y de pronto, su absoluta desnudez se volvió la causa principal de su preocupación. Y desesperadamente estiró las manos, buscando alguna sábana para cubrirse. Desafortunadamente, toda la sudorosa actividad de la noche anterior, pareció haber hecho un gran trabajo aplastándolos a la cama, y Tom yacía sobre todas las mantas a su lado.

Se desesperó mucho más al ver que estaba completamente desnudo frente a dos extraños, quienes en esos momentos, ya se habían percatado de que estaba despierto y miraban en su dirección. El esclavo pelinegro abandonó todo sentido de la decencia y empujó al durmiente rastudo tan fuerte como pudo, para intentar quitarle alguna manta.

Y ese “tan fuerte como pudo”, resultó en arrojarlo fuera de la cama. Cogió las sábanas para llevarlas a su regazo y oyó los grititos de preocupación de uno o los dos sirvientes. Con un poquito más de alivio que preocupación, Bill miró hacia donde había caído el otro hombre. La cabeza de Tom apareció, por la superficie de la cama, con las rastas desordenadas. Parpadeó a Bill con los ojos somnolientos y le dio una sonrisa boba. Los hombros del pelinegro se hundieron y no pudo evitar sonreír de vuelta ante lo adorable que lucía.

¡Su alteza! ¡¿Está bien?! —La chica se apresuró a ayudarle, seguida de cerca por su contraparte, para averiguar si el príncipe estaba herido.

Bill le dio una mirada al par y descubrió al chico mirándole. Sonrojado, desvió la mirada a Tom, quien a pesar de su propio estado de desnudez, estaba calmado, asegurándole a la chica que sí, estaba bien y que podían irse. Bill estaba agradecido de que Tom hubiera agregado ese final y siguió con su mirada al par, hasta que dejaron la habitación.

Ahora, sin los intimidantes ojos de los extraños, Bill volvió a mirar a Tom. Su expresión cambió rápidamente a una de culpa ante las cejas alzadas del príncipe—. Lo siento —murmuró avergonzadamente, al ver que el rastudo se levantaba del suelo para sentarse en la cama—. Necesitaba las sábanas —se justificó dócilmente, mostrando con sus manos, la bola de mantas que cubría su regazo.

Tom se quedó mirándolo por un momento, antes de que arrugara sus ojos en los bordes y sacudiera la cabeza, riendo—. Estás perdonado —aseguró, pero sólo después de hacer un ataque de cosquillas al chico en la cama, hasta que fueron un enredo de miembros y poder disfrutar de la hermosa visión del chico riendo y retorciéndose sin preocupaciones.

A través de todas las cosquillas, Bill respiraba agitado y en su rostro, una amplia sonrisa cruzaba sus facciones—. Eso no era necesario —comentó.

Mmm, no —respondió Tom seriamente, acariciando su delgado cuello con la nariz—. Fue definitivamente necesario.

Bill chilló cuando le príncipe sopló detrás de su oreja, y aceleró su respiración, cuando le siguió un beso que succionaba su piel allí. Quedándose quieto, mientras Tom jugueteaba en su cuello, la voz del pelinegro sonó más baja, al decir lo siguiente.

Prometí que te diría te amo todos los días, ¿cierto?

El rastudo re-apareció al oír sus palabras, cruzando su mirada con el chico bajo su cuerpo y asintió—. Sí lo hiciste.

Bueno —agregó Bill lentamente para molestarlo—. Nos dormimos bastante tarde. ¿Realmente cuenta como un nuevo día?

Por supuesto que sí —contestó el príncipe sin dudar.

Bill se mordió la orilla del labio al responder muy pausadamente—. Okey, creo que tienes razón… te amo —lo último fue dicho con mucha más seriedad, pero aún con una sonrisa en los labios.

&

Bill jugueteó con su dedo gordo del pie, pasándolo por la orilla de la alfombra que se negaba a quedarse abajo y se enroscaba—. No quiero dejarte ir —admitió suavemente.

Habían regresado caminando juntos, él y Tom. Bill se veía feliz y tranquilo todo el camino, hasta que llegaron a la gran entrada del harem y la realidad golpeó al varón pelinegro. Bill no era idiota, él sabía de dónde venía el doloroso sentimiento de temor. Allí era donde había perdido a Tom la primera vez.

El chico pelinegro sabía que las cosas eran diferentes ahora y que aquello, no volvería a pasar. Pero a una parte de su cerebro no le importaba su raciocinio y de todas formas lo punzaba con dudas. Bill pensó que comprendía un poco mejor, la forma en que Tom tuvo que haber luchado para abandonar los antiguos recuerdos y lo que ellos le provocaban. Una mano cálida acunó su rostro, seguido por la voz del príncipe.

No estás dejando que nada se vaya —le calmó—. No esta vez.

Las palabras de Tom estaban respaldadas por una honesta expresión en su rostro. Y aunque seguía repitiéndose que no había razón para estar preocupado, porque esta vez era muy diferente, Tom lo amaba y no había absolutamente ninguna forma de que le hiciera eso de nuevo, esa afirmación, le ayudó a calmarse.

Estirándose para tomar su mano, Bill le ofreció una suave sonrisa—. Lo sé —respondió, queriendo inclinarse y besarlo, pero se detuvo porque el guardia los observaba un poco más lejos. Salim era un humano despreciable y nunca presenciaría una muestra de intimidad entre el príncipe y él, si podía evitarlo.

¿Prometes que regresarás hoy? —preguntó.

Tom tenía muchas reuniones ese día, ninguna de las cuales podía postergar, de lo contrario, lo habría hecho a cambio de pasar el tiempo en los brazos del encantador esclavo. Sin embargo, el rastudo rápidamente sonrió y asintió—. Sí —contestó con seriedad—. Volveré.

¿Esta noche? —Clarificó el pelinegro. Odiaba verse dependiente, pero después de lo que pasó la última vez… realmente necesitaba que Tom regresara esa noche. No mañana en la noche, ni cualquier otra noche.

No obstante, Tom pareció comprender su petición y dio un paso al frente para sostenerlo por los codos—. Sí —repitió—. Esta noche —Soltando al chico, Tom emprendió el regreso. Caminando hacia la salida, dio una mirada sobre su hombro y notó al joven mirándolo fijamente, con sus manos abrazándose él mismo. Cuando llegó a la entrada del harem, Bill estaba mirando sus pies.

¿Y Bill? —agregó, alzando la voz donde estaba, con el corredor del palacio de fondo. La concubina pelinegra levantó la vista, sorprendida porque no esperaba más comentarios. Tom lo vio a los ojos y dijo—. Te amo —antes de irse por el pasillo, fuera de su vista.

Bill sonrió, eso era lo que hacía toda la diferencia.

& Continuará &

Notas de MizukyChan: Vamos chicas queda muy poquito para el final. Besos y gracias por seguir leyendo.

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