Mi jaula dorada 17

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

& Capítulo 17 &

En el curso de los tres meses siguientes, Tom se encontró muy ocupado. Desde el asesinato del embajador Bagravio en Foularr, las relaciones entre ambos países habían estado, por decirlo suavemente, tensas. Tom sabía que estaban caminando de puntillas en una guerra y por esa razón su padre, había cambiado su asignación de entrenar a unos cientos de hombres, a supervisar un batallón de más de dos mil. Este trabajo, junto con sus otras tareas administrativas y las reuniones oficiales, ocupaban la mayor parte del día del príncipe.

Cuando no estaba trabajando o durmiendo, Tom estaba, o pasando el tiempo con sus amigos (a los que ahora veía raramente), o con sus concubinas. Cuando se sentía estresado por su agitada agenda, él llamaba a Mahtob, quien era muy comprensiva con sus estados de ánimo. La chica lo tranquilizaba con palabras de calma y lo obligaba a recostarse, mientras aliviaba la tensión con masajes en sus hombros. Para Tom, Mahtob era consuelo.

Veía a Deena menos a menudo. La visitaba cuando el trabajo del día había terminado bien y estaba de buen humor. Notó con inquietud, que a veces la chica estaba reacia a pasar tiempo con él. Su nueva obsesión eran las cosas indias y actualmente estaba muy involucrada en enseñar a un grupo de concubinas una serie de bailes. Él las había descubierto practicando un par de veces, pero lo corrían de allí.

Al que menos veía era a Bill. Pero cada vez que lo hacía, sentía que su control sobre la situación… desaparecía. Había visitado a Bill en el harem dos veces en la misma semana después de que se hubieron besado. Habían caminado por el gran palacio, mientras Tom le mostraba al chico todas las habitaciones que no había visto antes. Una vez que Bill se dio cuenta que el príncipe no venía por favores sexuales, se había relajado considerablemente. La conversación entre los dos, fluía fácilmente. Mientras más tiempo pasaba con el pelinegro, más se daba cuenta de lo fácil que era estar cerca de él.

Cada vez que Tom veía el rostro del chico, cada vez que le daba una de sus grandes sonrisas, o arrugaba su nariz y se reía de sus propios chistes, sentía que había visto algo precioso. Amaba la inclinación almendrada de sus ojos, las angulosas líneas de su rostro.

Bill siempre hablaba emocionado por algo, describiendo el mundo con extrañas frases, que sólo tenían sentido cuando él las decía. Se movía graciosamente, volviendo simples acciones como sentarse o caminar en obras de arte. Y el encanto más grande de todos era que el chico era completamente inconsciente de cuan perfecto era.

Algunas veces, Tom se descubría a sí mismo, mirándolo fijamente, desconcentrado de la apasionada charla de Bill, recordando cómo había lucido desnudo en su cama. Pese a lo repugnante de lo que el príncipe había hecho, Bill había lucido hermoso. Tom quería verlo de esa forma otra vez, pero sin miedo o anticipación en sus ojos.

El rastudo había tocado a Bill desde aquella vez en el cuarto de la concubina. La primera vez había sido planeada. Él había ido a ver a Bill y terminó buscando un gato. El pelinegro sabía que la dueña del felino lo extrañaba y había hecho que Tom lo ayudara en la búsqueda. Tom había sugerido que buscaran afuera y eventualmente terminaron en un seto que crecía en el enorme jardín de la parte sur. Tom había pensado que estaban de verdad muy perdidos en sus profundidades, cuando Bill se agachó bajo una banca, donde él estaba seguro que había oído sonidos distintivos de un gato. Su parte trasera había quedado fuera, moviéndose en el aire y cuando se enderezó, enfurruñado porque no había encontrado al animal, Tom estaba justo allí, inclinándose para capturar su jugoso labio inferior entre los suyos. Bill soltó un chillido de sorpresa, pero no se alejó. Sin embargo, estuvo callado por el resto del día, dándole miradas al príncipe, como tratando de comprender algo.

La segunda vez no fue planeada. Bill se había quejado con Tom de que los guardias no le permitían dejar el harem y él quería ir a la biblioteca para coger nuevos libros, así que el mismo príncipe lo llevó hasta allí. Bill había pensado que las escaleras que rodaban junto a los grandes estantes, eran muy divertidas y casi le dio a Tom un paro cardíaco cuando resbaló y cayó. Tom había estado lo suficientemente cerca, para correr al frente y atraparlo, cayendo sobre su trasero con el chico encima suyo. Bill lo había mirado con los ojos sorprendidos y luego una enorme sonrisa se posó en su rostro, para terminar estallando en risotadas. Tom había sentido que su pecho se apretaba y antes de que pudiera pensar, estaba besando al joven. Bill había gemido en el beso, lo había tocado, sus manos se deslizaron hasta alcanzar sus hombros.

Tom recordaba más besos, más toques: en el harem, en los corredores del palacio, afuera, en la habitación de Bill. Cada vez que se besaban, sus bocas se mantenían conectadas por más tiempo y sus manos avanzaban más. Lo mejor de lejos, había sido cuando Bill inició un beso. Él se había quedado quieto, giró en medio de la conversación y caminó de frente hasta presionarse contra él, en el más suave de los piquitos. Terminó en tan sólo un latido y luego regresó a su lugar al borde de la fuente, caminando circularmente alrededor de ella y retomando su adorable plática, como si nunca se hubiera detenido. Tom no sabía qué había inspirado la espontanea muestra de cariño, pero Bill parecía muy feliz. A Tom le gustaba saber que había hecho feliz a Bill, pero algunas veces disfrutaba de la dulce mirada del chico y tenía que sacudirse a sí mismo por miedo a que esa mirada de enamorado también adornara sus ojos.

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Bill se inclinó hacia adelante y sacó algunos dátiles de la mesa, echándose uno a la boca. El bolo humeante frente a él, contenía sopa de camello, pero estaba demasiado caliente como para comerla. Vio como Deena esparcía una pequeña cantidad de polvo café —de un frasquito de plata que cargaba a todas partes— en su sopa.

¿Cómo puedes soportar eso?

Deena levantó la mirada cuando se dio cuenta de que Bill se dirigía a ella. Alzó los hombros, quitándole importancia—. Me gusta —Y agregó un poco más de curry.

Se supone que no es un plato condimentado —dijo Mahtob, masticando. Deena acercó la punta de su frasquito al plato de la otra chica y Mahtob lo alejó—. ¡Detente!

No me digas cómo debo comer —respondió.

Se sentaron tranquilamente por unos momentos, parando los oídos, escuchando los rumores de un grupo de mujeres que estaba cerca. Un movimiento frenético al otro lado de la mesa, llamó la atención de todos y Bill miró justo cuando Farah vomitó sobre su plato de kebab. La delgada chica lucía pálida y avergonzada. Alejándose de los brazos que se posaron en sus hombros con preocupación, ella se levantó y se fue a su cuarto.

Está embarazada —declaró Deena directamente.

Manar, quien había estado sentada al lado de la concubina del sultán, los miró a ellos—. No le digan nada a ella sobre esto, ¿está bien? Ella está muy molesta.

Mahtob asintió comprensivamente y Deena subrayó—. Si no quería un bebé, debería haber tomado “las hierbas”.

Manar arrugó el ceño, al otro lado de la mesa—. Estaría en grandes problemas si el sultán se enterara.

Deena rodó los ojos—. Nadie se habría dado cuenta. Todo el mundo lo hace.

Yo no. Me da escalofríos.

Sí, pero tú no estás durmiendo con nadie. Todas nosotras sabemos que el noble Georg está esperando hasta su noche de bodas.

Bill se sintió extraño sentado allí, escuchando a las mujeres discutiendo sobre sexo y problemas de reproducción. Ellas le hacían esto todo el tiempo. Se preguntaba por qué no podían restringir conversaciones como su menstruación, para cuando él no estuviera presente. Pensó que ellas olvidaban algunas veces que él era hombre, o que ellas lo veían como alguien sin género, un partidario neutral. Bill se inclinó sobre su sopa y la tomó a cucharas llenas; él no era neutral. Cuando las volvió a mirar, la inquietante conversación femenina había terminado.

Entonces —dijo Deena, limpiando su boca—. Creo que deberíamos practicar esta noche.

Bill, Mahtob, Manar y varias de las mujeres que escucharon, gruñeron. Bill bajó su cuchara y dijo—. Practicamos cinco horas ayer. Estoy demasiado cansado.

Deena se miró las uñas—. Tú sólo apareces en dos de los bailes y Nephthys dijo que aún necesitas mejorar. Algunos de tus movimientos no son lo suficientemente precisos.

Bill se molestó. Deena lo había enlistado para ayudar a la chica india para enseñar a las concubinas y realizar varias danzas del este—. ¿Qué sabe ella? Ha estado aquí desde que tenía doce años —Cruzando los brazos en su pecho, Bill sacudió la cabeza obstinadamente—. No lo voy a hacer. Desde un principio no lo quería hacer y ahora me tienes practicando casi todos los días, usando maquillaje y tus ridículos disfraces, depilándome, cortándome el pelo… —Bill no les había mencionado que ya había planeado cortar su cabello, incluso más corto. Caía unas cuantas pulgadas por debajo de sus omóplatos—. ¿Qué me vas a pedir después? ¿Qué baile desnudo?

Deena lo miró fijamente, irritada—. No es esa clase de presentación.

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Pronto vendría una importante visita real; el Rey de Beirut llegaría en una semana para firmar un acuerdo, formando una alianza entre las dos naciones. Todo el palacio estaba vibrando con las preparaciones para los tres días de celebración que se realizarían después de la firma.

Deena había querido organizar algo para el evento, así que hizo los arreglos para que los ocupantes del harem algunos voluntarios, algunos no tanto aprendieran una serie de bailes exóticos de la India. Nephthys le estaba ayudando con los bailes, pero tuvieron algunos problemas en lo relacionado con la música. Los músicos del palacio no tenían familiaridad con los instrumentos usados. Pero Deena no se sintió desalentada y tuvo todo arreglado en una quincena. Ahora había una banda de seis hombrecitos morenos residiendo en el palacio, a los que Anis vigilaba muy cuidadosamente cada vez que entraban al harem, para las sesiones de prácticas con las concubinas.

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Estamos todos muy cansados —le dijo Mahtob a Deena—. Creo que si nos relajamos esta noche, entonces todo el mundo estará en condiciones de dar su mejor esfuerzo en la mañana.

Deena bufó y accedió, pero les recordó que debían “hacerlo perfecto”. Que ellas, “debían lucir auténticas y no como unas imitadoras que no habían dado su mejor esfuerzo”

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Eventualmente, todas se retiraron de la sala común y escucharon a un eunuco contar historias. El guardia era atractivo; las mujeres en el harem tendían a agruparse en torno a él y creer en cada una de sus palabras. Bill no creía que el hombre fuera taaan encantador. Pensaba que tenía una sonrisa maliciosa.

Perdiéndose en sus ideas por un rato, Bill regresó a su cuarto. Los postigos de las lonas de su ventana estaban abiertos, dejando que el aire fresco de la noche entrara por la pantalla. Se asomó y sólo vio oscuridad en el abandonado patio de abajo. Abriendo la cubierta de madera de la pequeña caja rectangular que estaba sobre su tocador, sacó un fósforo largo. Encendiéndolo, caminó para prender las numerosas velas que estaban agrupadas en una plataforma de hierro, que se elevaba en hileras ascendentes. Apagó el fósforo en el mueble de metal y se quitó la bata negra que vestía. Pateó sus zapatos y su pantalón, pero se quedó con la túnica pensando que podría dormir con ella. Se sentía inusualmente cansado.

Una vez que cerró la puerta de su habitación, Bill regresó hasta su cama. Sin embargo, antes de que se pudiera acostar, escuchó voces fuera de su ventana. Fue hasta allí para saber quién era. Al principio no vio nada, pero luego, las sombras en una esquina del patio se movieron y supo que había por lo menos dos personas allí abajo. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, Bill pudo ver por el uniforme que uno era un guardia del palacio, pero ninguno de los que trabajaba en el harem, la otra figura usaba una capucha e incluso si hubiera habido más luz, Bill no habría podido reconocer sus rasgos. Una mano apareció, pálida dentro de toda la oscuridad y brillantes monedas de plata fueron dejadas en la palma del guardia.

& Continuará &

Notas de Sarahyellow: Sí, la sopa de camello SÍ existe.

Nunca dije cuántas concubinas vivían en el harem. Bueno, cualquier mujer que vive en el palacio, vive en el harem, así que ¿por qué no hacemos un total de 130?

Obviamente, no todas tienen la oportunidad de sentarse a la mesa del comedor.

Estoy realmente comenzado a escribir sobre Deena y Mahtob como personajes diferentes (antes eran sólo en genérico: mujeres) Y estoy interesada en saber si ustedes van a captar la diferencia.

Las hierbas”, es una referencia a la hierba silfio, que muchas mujeres tomaban como anticonceptivo. Los antiguos griegos y romanos también la usaban de ese modo.

Beirut es de hecho la capital del Líbano.

¡Déjenme saber qué piensan!

Notas de MizukyChan: Me gusta mucho que SarahYellow, haya investigado al escribir este fic. Siento que aparte de disfrutar de la historia, he aprendido de cultura general con ella. Gracias, linda y también, gracias a quienes comentan.

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