Demon 17 (P.1)

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No te preocupes, aquí está completa, incluso la misma autora ha editado la traducción para que puedas disfrutar de la obra con la mejor calidad de nuestro idioma, pero si lo deseas, puedes adquirir -para tu biblioteca personal- la versión PDF por un pequeño aporte que se utiliza en esta misma página, que un sitio absolutamente dedicado a Tokio Hotel y para que siga siendo un lugar público, sin censura. (Más abajo está el capítulo)

Notas de MizukyChan: Este es uno de mis capítulos preferidos. Una escena bonita que genera un caos al final. Tiene tanta acción que es como ver una película, así que gracias dobles a blame_my_dirty_mind, por haberla escrito y por haber beteado la traducción. Ahora sí, ¡a leer!

Fic de blame_my_dirty_mind. Traducido por MizukyChan

«Demon» 17

Tom estaba corriendo lo más rápido que podía. No tenía idea a dónde se había ido William, pero lo primero que le vino a la mente fue que iría a la primera zona peligrosa en que pudiera pensar, porque tenía la corazonada de que William nuevamente utilizaría a Bill como carnada de demonio.

Estaba girando por una esquina y se detuvo sobre sus pasos, cuando vio a William en medio de la vereda. Estaba completamente vestido, su camisa ordenadamente metida en sus pantalones, y el cabello hermosamente peinado. Tom se preguntó por qué se molestaría en limpiarse y lucir como si no hubieran follado, pero cuando William dio una mirada en su dirección y, vio que era Bill, no pudo haberse sentido más agradecido.

Pudo notar que el cambio había sido reciente, ya que Bill todavía tenía la expresión de shock en su rostro, por aparecer repentinamente en un lugar completamente diferente. A Tom le recordó los numerosos comics del espacio que había leído, donde la tele-transportación había salido mal y el héroe aparecía involuntariamente en un lugar desconocido. Pensó que Bill probablemente sentía algo así cada vez que sucedía.

Bill se apresuró al lado de Tom y éste tragó un nudo en la garganta de los nervios.

Lo arruiné, ¿cierto? —Preguntó Bill—. Él se las arregló para salir. —Tom exhaló, un poco más aliviado porque Bill parecía no tener idea.

Él se alzó de hombros—. Por lo menos todavía estás en el vecindario —mencionó casualmente. Bill parpadeó, como si recién se hubiera dado cuenta de que Tom tenía razón.

Creo que esta es la primera vez que yo… —Bill se volvió a Tom—. ¿Podría estar funcionando? ¿Puede ser que me esté volviendo más fuerte? —Preguntó contento.

Uh… —Tom se puso nervioso—. Claro. —No pudo evitar pensar que William lo había planeado todo, engañándolo una vez más y volviéndolo un cómplice en sus conspiraciones contra Bill. El pelinegro lo miró sospechosamente.

¿Él hizo algo? —Preguntó con seriedad. Tom se sobresaltó.

No —respondió rápidamente, su voz tartamudeó—. No, nada, él solo… salió. —Sin querer, desvió la mirada de Bill, con culpa, igual que un mentiroso, que era justamente como se sentía.

Bill tomó la muñeca de Tom y miró la hora en su reloj.

Es más de media hora más tarde —notó, poniéndose nervioso por ese hecho—. ¿Él no solo salió, verdad? —Bill achinó los ojos—. ¿Qué pasó, Tom? —Preguntó con firmeza.

Nada —Tal vez Tom estaba vergonzosamente agradecido de que Bill no pudiera recordar nada, sin mencionar sentirse afortunado por su cuerpo invulnerable. Sin embargo, sentía que estaba más cerca del abismo con cada nueva mentira. Maldito seas, William.

¿Esperas que creas que él solo se quedó allí, contigo y que no hizo nada? —Balbuceó Bill con cinismo, cruzándose de brazos. Tom tragó. Por supuesto que Bill también estaba consciente de las tácticas de William. Debió haber pensado en responder algo más creíble que “nada”.

Bueno… él… se rió de ti —murmuró. Bill pareció fuera de guardia con esa respuesta. Sus brazos cayeron a sus lados y su rostro cambió a una expresión de sorpresa.

¿Se rió de mí?

Sí —respondió Tom y por un minuto se sintió estúpido y ansioso de que Bill se diera cuenta de que William estaba consciente de lo que él hacía—. Tu cara estaba cubierta de lágrimas, así que supo que estabas llorando —explicó rápidamente.

El rostro de Bill se tornó sombrío—. Es un golpe bajo saber que mi otra personalidad se ríe de mí.

Sí, bueno, él es un idiota —murmuró Tom con amargura—. Es un snob insufrible, es un maldito embaucador, un bastardo astuto —espetó al demonio interior, sabiendo que podía oírlo muy bien.

La boca de Bill se abrió de sorpresa después de escuchar a Tom y luego soltó una risita, llevó las manos a su boca. Tom bufó. Bill reprimió las risitas, su cara se torcía, como si se reprendiera a sí mismo por encontrarlo divertido. Suspiró—. De verdad lamento que tengas que soportarlo —dijo con la cara seria—. Te prometo que lo intentaré con más fuerzas, Tom.

Bien —agregó el cazador, aunque William ya había deshecho toda esperanza de tener éxito.

Podríamos continuar con nuestras sesiones de terapia —sugirió Bill y Tom exhaló cansado.

Bueno, como ves, ya estamos afuera, así que ¿por qué no nos tomamos un receso y vamos por un café o algo así?

Um, sí, ¿por qué no? —Respondió el pelinegro.

Las tiendas de las calles estaban atestadas de gente, como si fueran días festivos y usualmente era así cada día, justo dos horas antes de la puesta del sol, porque todo el mundo tenía que asegurarse de terminar sus asuntos con la luz del día. Aunque los demonios podían cazar a cualquier hora del día, los asesinatos sucedían mayormente durante la noche. La oscuridad y las sombras siempre facilitaban sus cacerías, porque sus víctimas caían más efectivamente en sus engaños y solo notaban su verdadera naturaleza cuando era demasiado tarde. Cuando estaban bien alimentados, los demonios fácilmente pasaban por cualquier otro humano, porque su piel y sus ojos lucían un aspecto mucho más vivaz, excepto que su instinto predatorio demoniaco no les permitía estar lo suficientemente alejados de los humanos, sin acosarlos y atacarlos.

Tom miró a Bill, quien parecía perdido en sus propios pensamientos mientras caminaban. Todavía le molestaba que pese a que William era un demonio, él estaba completamente exento de cualquier naturaleza demoniaca. El General insistía en que los demonios siempre serían una amenaza para los humanos, pero William era diferente en ese aspecto y, aparte de sus poderes sobrehumanos, William solo le hacía honor a su denominación por sus juegos sucios. Y otra cosa que realmente lo molestaba era si en verdad había un propósito para que fuera tan jodidamente hermoso. Podría entenderlo si fuera una de sus ventajas para atrapar a sus víctimas, pero William no necesitaba alimentarse de humanos, aunque el bastardo ciertamente se aprovechaba de su belleza para divertirse, siendo un horrible y maldito provocador. Pero lo que lo molestaba por sobre todas las cosas, era su inmortalidad. William habló como si no supiera que era inmortal hasta que vio que nada lo lastimaba. Entonces, ¿qué significaba su inmortalidad?

El pelinegro se detuvo y Tom también lo hizo—. ¿Qué pasa?

Solo estaba pensando en, ya sabes, por qué no estoy feliz conmigo mismo.

Sí, lo sé, esa es la idea de nuestras sesiones de terapia —respondió Tom.

Sí, pero nunca discutimos que la razón por la que no soy feliz conmigo mismo es porque soy diferente. Solo hablamos sobre mí teniendo dos lados y sobre volverme más fuerte. Pero antes de descubrir que tenía dos lados, igual era diferente, quiero decir, realmente diferente. —Los ojos de Tom se abrieron de terror, sus entrañas se apretaron, alarmadas. ¿Acaso Bill se había dado cuenta? Bill miró a Tom, sus ojos serios—. Si solo tengo doble personalidad, ¿por qué soy inmortal?

¡Mierda! Aunque sus pensamientos giraban en distintos ángulos, ambos se preguntaban sobre el mismo tema incomprensible—. Uh… porque… eres especial. —Los ojos de Tom se achinaron junto a su enorme sonrisa. No necesitaba verse a sí mismo para saber que lucía exactamente como los padres demonios de Bill, con la cara de caricatura que usaban cada vez que Bill comenzaba a hacerles preguntas que no tenían idea de cómo responder. Ahora que estaba en sus zapatos, como que sentía lástima por ellos y se preguntó cómo se las arreglaban ellos para relajarlo. Y justamente así se acordó: los dulces.

Hey, vamos por ese café, ¿te parece? —Sugirió Tom, apresurándose hacia las tiendas de café.

Pero quiero hablar sobre esto —protestó Bill.

Sí, pero será mejor si hablamos mientras bebemos nuestro café —respondió el otro, guiándolo hacia las tiendas.

No quiero café, gracias —dijo el pelinegro, pero Tom continuó hacia adelante y pronto desapareció en un café—. ¡Tom! —Bill bufó—. ¡Esto es importante!

Tom estaba poniendo azúcar al vaso de café de Bill y luego agregó toneladas de canela y cocoa arriba, mezclándolo tan rápido como pudo. Lo cogió y corrió hacia afuera, pero su carrera se redujo abruptamente a un paso lento. Gruñó.

Mierda.

William lo estaba esperando afuera, lo miraba fijamente, con los brazos cruzados.

Lo has estropeado —siseó.

¿Qué? —Tom arrugó el ceño.

Ahora de verdad le has dado algo en qué pensar. Él nunca había estado tan cerca de descubrirme y eso es porque tú lo mal crías.

Oh, ¿y tú no lo has hecho? —respondió—. Tú eres el que lo saca cada vez que te da la gana. Lo pones justo en brazos de los demonios, lo lastimas y lo obligas a pasar situaciones traumantes, solo para tu propia diversión. ¡Tú le dejas saber que tú tienes el control! ¡Si alguien lo estropea, ese eres tú!

William soltó un bufido condescendiente—. Aun así era manejable, pero tú… ¡tú la cagaste! Sí, creo que esa expresión lo explica. No debí dejar que siguieras con esas estúpidas sesiones de terapia.

¡Entonces, la cagaste dejándonos!

William hizo una mueca—. Bueno, tú… tú… —arrastró las palabras, obviamente sin ser capaz de encontrar algo para volver a culpar a Tom.

¿Sí? —Tom puso una sonrisita de lado, alzando las cejas pomposamente.

William se rindió y suspiró—. Escucha, Tom. No puedo soportar cuando él está en ese estado de auto consciencia. Él deja de ser excepcionalmente bueno para revocar los efectos represivos de este mundo cuando está así. Hace que mi sueño sea miserable. Más vale que lo arregles.

¡Eso es lo que estaba tratando de hacer! —Resopló el cazador, levantando el café—. Vuelve a cambiar. —William miró al café.

¿Es lo suficientemente dulce?

Si estuviera más dulce apuesto a que tus dientes inmortales se pudrirían con caries.

Perfecto. —El pelinegro cogió el café.

¿Qué estás haciendo? —Tom jadeó, viendo como William llevaba el café hasta su boca.

Tengo que cambiar cuando esté a medio camino de mi estómago.

¡¿Qué?! ¡No! —Tom agarró el café, deteniéndolo.

Si está deprimido no lo tomará —resopló el demonio—, así que o lo obligas tú, o lo hago yo. —Tom soltó el café y retrocedió. Suspiró.

Solo… no hagas que se ahogue, ¿okey? —Pidió.

William sonrió de lado—. Pss, no eres divertido. —Levantó el café y luego se detuvo, sus ojos se abrieron mucho.

Tom arrugó el ceño—. ¿Qué?

William bajó el café, la boca abierta y los ojos destellando, mirando a algo detrás de Tom— Oh, Dios —dijo. Tom se volvió para ver qué miraba William.

¿Qué? —Repitió, porque no veía nada fuera de lo común, solo las tiendas.

Sostén esto. —Pidió William, pasándole a Tom el café y caminando directamente a una de las tiendas. Tom lo observó pararse delante de unos escaparates, mirando fijamente a los maniquís. Y luego entró en la tienda. Tom parpadeó y rápidamente lo siguió.

William estaba observando los colgadores de ropa. Tom miró alrededor haciendo una mueca. Ciertamente era una tienda en la que nunca entraría por su propia voluntad. Sin embargo, William parecía eufórico, como si no fuera suficiente. Tom lo vio apilando un gran montón de jeans y playeras en sus brazos.

¡Ooh! —dijo William y se fue directamente a los zapatos. Cogió un par de botas negras. Tom contuvo el aliento. Las ropas ya lucían como que quedarían mejor en el cuerpo de una mujer que en el de un hombre, pero la figura de William lucía un poco femenina, así que tal vez le quedarían, pero esas botas, no había forma de que fueran creadas para un hombre.

Tom fue junto a William—. ¿Qué rayos crees que estás haciendo?

Este mundo puede ser ofensivo, pero las cosas materiales que ustedes, humanos, visten, tengo que decir que son fantásticas.

¡Estás loco! Y esas son horribles. ¡Ya tómate el café! —Tom empujó el vaso de café al otro. William simplemente se dio vuelta y siguió curioseando por la tienda.

Todo lo que Bill tiene son ropas aburridas. Necesita desesperadamente un cambio de guardarropas. O al menos yo lo necesito —dijo William y Tom rodó los ojos—. Llevaré estas —dijo, mirando a la cajera. La mujer lo miró sin pestañar, mientras ponía la ropa de William en bolsas. El demonio dejó el mostrador, dirigiéndose hacia la salida. Tom arrugó el ceño.

¡Espera! ¡No pagaste!

A ella no le importa. —William sonrió de lado. Tom miró hacia atrás, a la mujer, quien ahora parpadeaba como saliendo del trance. Tom resopló, dándose cuenta que William había jugado con su mente. Se apresuró hasta William y le agarró un brazo antes de que llegara a la puerta.

¡No puedes robar todas estas cosas! —Lo regañó.

¿Por qué no?

¡Porque no está bien! —William alzó una ceja. Sacó dinero de su bolsillo.

Está bien, lo pagaré si te hace feliz —sonrió.

Tom hizo una mueca—. Pagar con dinero robado también es robar. —William achinó los ojos, llevando el dinero de vuelta al bolsillo.

Entonces tú pagas —dijo. Tom alzó las cejas.

No tengo suficiente dinero para todo eso —bufó. Metió la mano al bolsillo para coger dinero y vio que solo le quedaban un par de billetes—. De hecho, no tengo dinero para nada.

Bueno, las quiero, así que me las llevo —dijo enojado el pelinegro.

¡No! —dijo Tom, pero William ya estaba saliendo—. Me decepcionas, William. —Tom utilizó lo primero que vino a su mente, tal vez había sido un poco presuntuoso de su parte pensar que a William le importaría eso. El pelinegro se detuvo. Él se dio vuelta, hizo una mueca y le arrojó las bolsas a Tom, obviamente disgustado. Salió de la tienda y se cruzó de brazos con resentimiento.

Tom estaba completamente confundido. Era difícil creer que a William realmente le importara, o al menos quería que Tom lo tuviera en mejor estima. De algún modo, hizo que Tom se sintiera poderoso, como que tenía control sobre el demonio inmortal. Pero tal vez no era buena idea enojar a William. Miró al gabinete de exposición junto al mostrador y notó el bajo precio de un colgante con cadena. Sacó el dinero de su bolsillo y se lo dio a la cajera y la mujer le pasó la baratija. Tom caminó hasta William.

Toma. Al menos no te irás con las manos vacías.

William alzó las cejas—. ¿Compraste esto para mí?

Sí.

Es hermoso —dijo el pelinegro. Su enojo se evaporó. Tom estaba seguro que era bonito, pero no hermoso. William actuaba como si estuviera hecho de oro verdadero. William de inmediato se puso el collar alrededor del cuello y sonrió contento.

Tom le ofreció el café a William. El pelinegro lo tomó en grandes tragos.

Bill parpadeó confundido.

¿Qué? ¿No te gustó? —Preguntó Tom.

Bill chasqueó los labios y notó el café en su mano—. Um… no… está bueno. Gracias —dijo sonriendo. Tom se sintió más tranquilo. Estaba agradecido que pudiera confiar en la ventaja que el azúcar tenía para ayudar a Bill a olvidar la razón por la que estaba enojado, iluminando su humor. Justo como William dijo, ayudó a Bill a olvidarse de él, sobre lo diferente que era, por lo menos hasta que algo se lo recordara otra vez. Tom rogaba que también se mantuviera inconsciente del breve lapso de amnesia, pero sin duda, se daría cuenta una vez que sintiera el colgante pendiendo de su cuello. Tom ya estaba tratando de inventar algo que lo explicara.

Aunque Bill no parecía darse cuenta de la nueva baratija, sí notó que las tiendas se habían dispersado. Miró al cielo—. Está oscureciendo, deberíamos volver a casa.

Continúa…

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