
«Gritos en la Noche» de Kawaiicoyote
Traducción de MizukyChan
¿Dónde está Tomi?
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó una voz en tono susurrante, justo fuera de la sala de literas del tour bus. La cabeza rastuda simplemente asintió, mientras suprimía unas risitas inusuales. Entretanto, otro par de ojos miraba por sobre los lentes al par, negando ligeramente con la cabeza en desacuerdo.
—No va a estar para nada feliz con todo esto —murmuró Gustav mientras se movía en su asiento, aún con el ceño fruncido y el enojo colgando en sus labios, mientras Georg ataba su sedoso cabello.
—Lo sé, lo sé, pero vamos. Lo superará —susurró Tom, dando ligeras miradas al cuarto de la literas, antes de volver a mirar su celular—. Ya casi es media noche. Vamos a seguir con esto, así que mejor ayúdanos —dijo ansioso, mientras rasgaba su playera, quedando sólo con una camiseta blanca y un pantalón de dormir muy grande. Sus ojos miraban a cada momento el reloj, como si en cualquier momento Bill fuera a despertar y entrara, descubriéndolos a todos como niños con las manos en el jarrón de galletas justo antes de la cena.
—Como sea, pero ya sabes que esta no es una buena idea —replicó el rubio, levantándose de la silla y dirigiéndose con un bufido a donde se encontraban los idiotas que tenía como mejores amigos.
—¡Es por eso que será tan divertido! —dijo Tom un poco más fuerte, antes de que Georg lo silenciara con una mano firme sobre su boca y una mirada de exasperación en la cara. El rastudo trató de darle una mirada de disculpa, pero luego alejó la mano con fuerzas. La cara contorsionada en una mueca como si recién hubiera consumido 20 cosas horribles y de una sola vez.
—¡TIO! —Casi gritó en un susurro, con el rostro aún contraído con el ceño apretado— ¿Por qué mierda tu mano huele a bolas? —Siseó con los ojos muy abiertos y luego los achinó. Las mejillas de Georg de inmediato se tiñeron de un rosa brillante, mientras movía los pies patosamente, ocupando sus manos con las cosas que estaban frente a él.
—Bueno. Te das cuenta que es casi media noche y yo pensé que todos estaban dormidos y… —Tom lo cortó moviendo las manos frenéticamente en el aire, para silenciarlo. Luego se limpió la boca y nariz bruscamente, con la manga de su camiseta. Después de unos histéricos momentos, limpiándose la cara de los gérmenes de Geo, bufó y comenzó a coger sus propias cosas.
—Okey. Ahora vamos a hacer que esto luzca convincente… así que sí. ¡No, no, no, no en mi cabello! —Siseó Tom, “casi” muy sonoramente, mientras se alejaba de las manos de Georg, lo cual sólo lo hizo enojar.
—¡Dijiste que lo hiciéramos lucir convincente! —El castaño lo regañó de vuelta, poniéndole más de la mezcla, quizás un poco fuerte, logrando que Tom hiciera un puchero. Acción que en verdad lo hizo asemejar mucho a su hermano gemelo—. ¿Podrías quedarte quieto? Y Gustav, ¿podrías dejar de reír y ayudarme? Por el amor de Dios. —Georg dejó lo que estaba haciendo para voltear y mirar al baterista. Su ojo izquierdo comenzó a saltar, cuando la única respuesta que consiguió de su rubio amigo fue que sus hombros temblaran si parar, mientras se doblaba, tratando de callar sus carcajadas.
Cuando Tom hizo otro comentario sobre su pelo, lo único que lo detuvo de salir corriendo pateando el suelo de pura frustración, era pensar en la cara que pondría Bill cuando despertara.
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Bill no sabía qué lo había despertado mientras parpadeaba con sus ojos nublados, pero sabía que había algo extraño. Se irguió hasta sentarse en su litera, llevó las rodillas al pecho, mientras miraba adormecido alrededor del reducido espacio, con la tenue luz que se filtraba por la pequeña ventana que tenía junto a él. Una vez que estuvo lo suficientemente despierto, a ciegas buscó entre las mantas, hasta que sus manos dieron con el elegante y brillante teléfono. Abrió el celular, achinando los ojos ante la luz que iluminó la litera hasta que sus ojos se ajustaron. La pantalla indicaba que aparentemente eran más de las tres AM, mientras daba un bostezo con la boca muy abierta.
Se quedó sentado en la litera un momento con la barbilla descansando sobre sus rodillas, mientras distraídamente, su mano con las uñas perfectas pasaba suavemente por su cabello, esponjado por el sueño. En primer lugar, él sabía que algo andaba mal y gentilmente se meció, mientras el bus seguía su camino por la carretera, como una canción de cuna que casi lo vuelve a dormir, y entonces, por fin se dio cuenta de qué era lo que estaba mal.
Estaba demasiado silencioso, el único sonido que se podían oír era el ronroneo del motor del bus y los suaves sonidos del tráfico. Esto era muy extraño para el pelinegro y pronto se encontró despierto y alerta. Normalmente, si despertaba por cualquier razón en medio de la noche, era recibido por los sonidos de Georg y Gustav teniendo una batalla de ronquidos, como si lucharan entre ellos inconscientemente. Y también, en una situación normal, habría escuchado el ritmo constante del hip–hop proveniente del Ipod de Tom, cuando se quedaba dormido con él encima, junto a los suaves ronquidos de su gemelo.
El silencio no lo dejaba tranquilo y lo tenía rodando una y otra vez el celular en sus manos, antes de volver a abrir el aparato.
¿Dónde estás, Tomi?
Envió el mensaje y luego se lo preguntó a sí mismo en un susurro, necesitando oír algo más que el ensordecedor silencio que llenaba sus oídos.
Desde la litera de en frente, cruzando el pequeño pasillo, pudo oír como sonó el teléfono de su gemelo y por alguna razón su corazón dio un vuelco. Esperó… y esperó… y después de cinco minutos, como ninguna respuesta llegó, Bill se movió incómodamente en su litera. Sin importar la hora, o el día que fuera, Tom SIEMPRE respondía sus mensajes de texto o sus llamadas, incluso si se había dormido totalmente alcoholizado, su hermano siempre le respondía, aunque no tuviera ningún sentido porque el mayor estuviera borracho.
Tragó audiblemente y sin pensar en lo más cuerdo, arrojó el celular a un lado y asomó su cabeza por la cortina con curiosidad. No sabía por qué estaba tan nervioso, pero podía sentir que algo estaba fuera de lugar.
—¿To… Tomi? —susurró, apenas audible en sus propios oídos. Aclaró su garganta y llamó a su hermano un poco más fuerte y una vez más, no hubo respuesta. Así que cuidadosamente, se deslizó de las cálidas y cómodas mantas, fuera de su litera, para cruzar el pequeño pasillo y espiar la cama de su gemelo.
Bill encontró que el sitio estaba con las sábanas arrugadas, apiladas al final de pequeño lugar. Los CDs de Tom de Samy Deluxe estaban esparramados y el Ipod apenas se veía en una esquina, cubierto por una almohada, pero lo que más lo sorprendió estaba en medio de la cama. Allí estaba, como burlándose de él, el celular de Tom, parpadeando alegremente, indicando que había un mensaje. Las cejas de Bill se unieron, apretando el ceño. Eso era muy inusual, Tom no iba a ninguna parte sin su celular, incluyendo el baño, así que se asustó todavía más.
Saliendo por completo de la litera, la curiosidad pudo con él. Se dobló hasta la cintura y con mucho cuidado se asomó a la litera de Georg, sabiendo que necesitaba total y completa precaución si entraba a la cueva del murciélago, ya que mucho antes había descubierto que el castaño dormía con su traje de cumpleaños. Desde ese día en adelante, se aseguraba de tocar antes, pero esta vez tenía la necesidad de saber si el bajista estaba allí, sin importar si terminaba con un ojo en tinta, en esos momentos no le podía importar menos. Contuvo la respiración y en un rápido movimiento corrió la cortina.
—¡Maldita sea, Bill, vete! —Gritó Georg, mientras los ojos color miel de Bill se agrandaban y sus labios carnosos formaban una sorprendida “O”, al encontrar al castaño desparramado sobre su espalda, con la cara y el pecho agitados y brillantes, con una fina capa de sudor, mientras su mano trabajaba bajo las mantas—. Tú y tu jodido hermano, ¡te juro que…! —Siguió gritando el bajista, mientras le arrojaba artículos al azar de su litera, con dirección al pelinegro.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Geo, lo siento! —Bill se estremeció y corrió en busca de la seguridad de su propia litera, después de esquivar una pesada botella de loción que iba destinada a su cabeza. Una vez de vuelta en el capullo de sus mantas, y cuando su pulso estaba regresando en su mayor parte a la normalidad, aún podía oír a Georg maldiciendo tanto, que habría dejado en vergüenza a un marinero. También podía escuchar a Gustav rodando, muerto de la risa en la cama de abajo, y se mordió el labio por la vergüenza que acaba de pasar.
Respirando profundamente para calmarse, asomó la cabeza fuera de la cortina muy lentamente y tras asegurarse de que no había moros en la costa, salió gateando de su litera y golpeó junto a la pared de la litera de Gustav, lo suficientemente fuerte para ser oído sólo por el rubio, en caso de que Georg quisiera continuar arrojándole cosas.
—¿Sí, Bill? —dijo el rubio, aún riéndose histéricamente por lo que había oído, mientras descorría la cortina para ver a Bill de pie allí, luciendo como un cachorro abandonado, abrazando fuertemente la almohada que había arrastrado con él de la cama.
—¿Has, has visto a Tom? —preguntó con vergüenza, mientras miraba a las literas de en frente. El baterista no podía decir si estaba mirando la cama vacía de su gemelo, o la del bajista hostil. Cuando el pelinegro volvió la preocupada mirada a su amigo, Gustav negó con la cabeza, empujando sus lentes hasta el puente de su nariz, mientras volvía la atención a la gruesa novela que yacía sobre su regazo.
—No lo he visto desde la cena, Bill —dijo mirando su libro, fingiendo leer de la página, porque de hecho era más fácil mentirle al gemelo de esta manera. Si tuviera que mirar en los tristes y ya asustados ojos del chico, sabía que se desmoronaría ante la presión. Era en esas raras circunstancias en las que odiaba no poder mentir bien.
—Oh, está bien —murmuró el pelinegro en silencio, abrazando más la almohada a su cuerpo. Gustav alzó la mirada de su libro, notando la apariencia de Bill, grandes ojos de ciervo, ni una gota de maquillaje, ni productos para el cabello, el cual estaba alborotado por el sueño. Lucía como un niño angelical aterrorizado. Estuvo a punto de quebrarse y contarle todo a Bill, cuando su celular vibró cerca de su cadera, indicándole que tenía un nuevo mensaje de texto.
Mantén tu boca cerrada. G.
Era todo lo que decía. Leyó y cerró la tapa del aparato, suspiró profundamente.
—Probablemente está en el baño o algo así —ofreció Gustav con un ligero levantamiento de hombros, manteniendo los ojos pegados en el libro, para así no tener que volver a ver a Bill. El pelinegro asintió y sus brazos apretaron la almohada más fuerte. Miró al baterista antes de hundir sus hombros y suspirar profundamente.
—Supongo que tienes razón y sólo estoy exagerando —dijo Bill, asintiendo más para sí mismo, mientras arrojaba la almohada a su cama, con una pequeña sonrisa tratando de asomar por sus labios—. Creo que iré a hacer algo de café, o tal vez algo de té —comentó, tratando de quitarse de encima ese mal presentimiento, que se había instalado en la boca de su estómago.
Gustav simplemente asintió, mientras veía como Bill giraba sobre sus talones y caminaba hasta el final del corredor, deteniéndose levemente, antes de entrar en el siguiente salón, haciendo sonar la puerta con un ligero clic detrás de él cuando salió.
—¿Estás listo, Gusti? —preguntó Georg, asomando la cabeza por la cortina, con un sonrojo intenso en sus mejillas, que probablemente se reflejaba hasta en la camiseta que vestía.
Gustav asintió, agachándose a sacar lo que necesitaría de debajo del colchón. Estaba un poco curioso de saber si el sonrojo de Georg era por la relajación que viene tras el orgasmo o por la vergüenza de haber sido descubierto. Tuvo que morderse fuertemente la lengua, para no preguntarle. Luego él y Georg salieron de sus literas y se pusieron en posición.
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Por un momento, Bill se quedó quieto, con la mano en el frío pomo de la puerta que daba a las literas, mientras sus ojos hacían lo posible por adaptarse a la total oscuridad de la otra planta. Su mal presentimiento se intensificó diez veces más en ese lugar. Tragó duro.
Dio un paso muy cuidadoso hacia adelante, sus ojos aún no veían nada más que oscuridad y sus manos se estiraron a ciegas, tratando de hacer su camino hasta algún lugar donde encender las luces. Estaba agradecido de que el bus hubiera dejado de moverse, pero otra vez eso era demasiado extraño. Usualmente, no se detenían a esa hora de la noche, a menos que necesitaran combustible o algo así y estaba bastante seguro de que lo habían llenado por completo antes de la cena.
Mientras daba otro paso al frente, su pie desnudo pisó algo tibio y pegajoso—. ¿Qué mierda? —siseó, saltando hacia atrás, mientras sacaba el celular y lo abría, recordando que lo tenía, pero no cuándo lo había puesto en su bolsillo. Cuando la pantalla mostró una luz blanca, cogió su pie para iluminar y examinar la substancia, rogando a los altos cielos que no fuera algo asqueroso.
Su ceño se contrajo en confusión, cuando la brillante luz de la pantalla le mostró una mancha roja escarlata—. ¿Qué demo… —quiso decir, mientras la luz de su celular descendió hasta el suelo, donde su pie previamente había pisado.
Allí, en la mullida alfombra del tour bus, había un charco oscuro de lo que sea que fuera esa substancia. Su respiración se trabó en su garganta al dar un paso al frente y darse cuenta que había más de ella. Comenzó a seguirla por el estrecho lugar, hasta que tuvo que llevarse una mano a la boca, para evitar gritar al ver un pie desnudo.
—¿To, Tomi? —preguntó Bill con voz temblorosa, preguntándose por qué el idiota de su hermano estaba sentado en la oscuridad, así como también se preguntó, por qué no había dicho nada cuando entró a ese salón. Su pulso pareció calmarse un poco, pero el mal presentimiento parecía empeorar, hasta que esa enfermiza sensación de ardor se expandió por todo su cuerpo, haciendo que el vello en la base de su nuca se erizara.
—¿Tom, qué estás haciendo sentado en la oscuridad? Ve a la cama. —Bill se las arregló para decir esa frase, con la voz más o menos firme, mientras estiraba la mano a ciegas para hacer contacto con el hombro de su hermano—. ¿Y por qué estás todo mojado? —preguntó, sin ser capaz de ver la figura completa de su gemelo, por la densa oscuridad. Retirando la mano, la llevó a su teléfono celular para abrirlo y al hacerlo, pudo sentir que el color automáticamente abandonó su rostro. Su mano brillaba de rojo escarlata.
—¿Qué demonios, Tom? —susurró el pelinegro, antes de levantar el celular para ver a su gemelo, sólo para volver a saltar hacia atrás. Estrelló su cuerpo contra los gabinetes detrás de él, con un gran ruido y con suficiente fuerza para dejarlo sin aire en los pulmones, evitando el grito que se había comenzado a formar en sus labios. Su cerebro estaba en modo de pánico total, mientras observaba a su hermano, quien estaba apenas visible por la iluminación del teléfono.
Tom estaba esparramado en el sillón, en un ángulo extraño, sus ojos estaban abiertos, pero estaban nublados y como si tuvieran una película opaca sobre ellos. El rojo parecía chorrear de todas partes de su cuerpo, por sus labios, los cuales habían adquirido una tonalidad enfermizamente azulada. Pero lo que tenía la mirada de Bill en absoluto terror era el largo y ancho tajo que cruzaba la fina y pálida garganta de Tom.
Para el chico pelinegro, pareció como si hubieran absorbido todo el oxígeno de la habitación, haciéndole difícil respirar. Jadeando buscó apoyarse en el mueble detrás de él, al sentir que las rodillas le fallaban.
—¿Tomi? —Apenas logró decir con la voz estrangulada. Lágrimas inmediatamente brillaron en sus ojos y se derramaron, oscureciendo la poca visibilidad que tenía. Su mente estaba corriendo a mil por hora, su estómago se apretaba y le amenazaba con vomitar. Esto estaba tan mal y en tantas formas.
Por un momento se quedó allí, simplemente mirando la escena frente a él. No sabía por qué no estaba gritando pidiendo ayuda, no sabía por qué no estaba gritando en absoluto. Lentamente, dio otro paso al frente, su mano casi tocaba el hombro de Tom, cuando oyó un ruido que rompió el silencio, el que instantáneamente lo congeló en ese lugar. Un parpadeo después, levantó su celular hacia el lugar de donde había venido el sonido, sólo para arrojarlo con un grito, cuando dos hombres enmascarados, arremetieron contra él, arrojándolo al piso.
A base de puro pánico, Bill golpeó, pataleó y gritó al maldito asesino, sabiendo que sería un desastre para sus cuerdas vocales, pero por primera vez no le importó. La habitación seguía completamente sumida en la oscuridad cuando peleó con los dos asaltantes. Su mente vagamente se preguntó cómo habían logrado pasar la seguridad y luego se preguntó por qué nadie podía oír sus gritos. Y luego se puso en completo estado de pavor, cuando su mente se preguntó si todos los demás también estaban muertos y si esa era la razón por la que el bus se había detenido. Ese pensamiento hizo que de pronto, el pelinegro estuviera sollozando histéricamente, mientras sus movimientos de rasguñar, golpear y patear se volvieron cada vez más débiles, hasta que sintió que alguien ponía algo en su boca y otro tomaba sus muñecas, apenas se dio cuenta que era cinta adhesiva. Lo siguiente que supo, era que lo levantaban y lo arrojaban al sofá. Su cuerpo tocó la fría figura de su gemelo, lo que le hizo llorar mucho más y acurrucarse a él, por muy extraño que pareciera.
Y lo que pareció ser una eternidad después, un haz de luz sorprendió a Bill, obligándole a cerrar los ojos fuertemente, cuando uno de los dos, encendió las luces del lugar. Lentamente, Bill abrió los ojos, viendo a los dos hombres con máscaras negras de ski que cubrían sus rostros por completo. Tragó pesadamente, levantando la cabeza para verlos con sus acaramelados ojos muy abiertos y aterrorizados. Quería hacer las paces con ellos, decirles que podrían tener hasta el último centavo que quisieran, si sólo se iban de ahí, pero no podía hacerlo, por la cinta adhesiva en su boca, que no le dejaba decir nada.
El más alto de sus atacantes se paseaba de un lugar a otro en el pequeño salón del tour bus, cada pisada de sus pies con botas, sonaba como un balazo en los oídos del pelinegro, el otro simplemente se mantenía cerca, sin hablar ni moverse, únicamente mirando de frente, lo que provocaba que el pulso de Bill se acelerara. Mientras los minutos pasaban, el llanto del pelinegro había cesado y ahora el chico estaba luchando contra el deseo de mirar a su hermano. Sus ojos se estaban desviando para ver el cuerpo de su gemelo, cuando el primer atacante dio un paso al frente y agarró a Bill rudamente, para que se levantara, tirando del chico contra su cuerpo con fuerza, antes de voltearlo para que quedaran frente a frente. Lo golpeó un poco, hasta que un brazo fuerte lo cogió por la cintura hasta pegarlo más a su cuerpo, mientras la otra mano fue a la frente de Bill, para tirarlo hacia atrás toscamente, exponiendo la cremosa piel de su delicado cuello.
Un pequeño quejido se oyó desde el fondo de la garganta del pelinegro, cuando la otra persona dio un paso al frente, sacando un grande y afilado cuchillo desde detrás de su espalda. Ahora otra vez, las lágrimas cayeron libres, mientras sujetaban firmemente su cabeza hacia atrás. Sería todo, él también estaría muerto dentro de muy poco, se dijo mentalmente cuando el otro enmascarado cerraba las distancias, poniendo lentamente el cuchillo a sólo unos centímetros de su cuello.
Cuando sintió el frío metal deslizarse por su garganta, luchó por gritar, su aliento se volvió jadeos entrecortados que salían por sus fosas nasales, al sentir la sangre cálida comenzar a salir por su cuello, empapando su pecho. Sus propias manos trataban de sujetar su garganta para detener la hemorragia, para evitar su muerte, aunque fuera sólo unos cuantos segundos.
Por un momento Bill creyó que estaba en shock, porque no sentía ningún dolor, salvo torrentes de sangre caliente bajando por su garganta. Pensó que estaba muriendo, sí, eso era.
La persona que estaba detrás de él se acercó, sus labios estaban muy cerca del oído del pelinegro y pudo sentir el cálido aliento del hombre cuando susurró—. ¡Feliz Halloween, Bill! —dijo la profunda y extrañamente familiar voz, justo antes de que toda la habitación estallara en carcajadas.
Los brazos que sostenían a Bill, lo soltaron, mientras se alejaba del hombre de cabellos negros. Los dos enmascarados estaban doblados por las risas que emitían, antes de sacarse simultáneamente las máscaras de ski, revelando a Georg y Gustav, quienes se limpiaban de los bordes de sus ojos las lágrimas de risa, mientras se apoyaban el uno en el otro para sostenerse. Bill se quedó ahí, totalmente pasmado, bastante seguro de que su mandíbula habría tocado el piso, de no ser porque la cinta adhesiva la tenía firmemente sujeta en su lugar.
—Feliz Halloween, Billa —dijo una voz aterciopelada a su izquierda, giró a tiempo para ver que Tom, con una sonrisita de lado, se levantaba del sillón. Los ojos del pelinegro se abrieron grandemente cuando su hermano, al que suponía muerto, se acercó hasta él y suavemente, le quitó la cinta de la boca y muñecas.
—¿Qué demonios está pasando? —Demandó saber Bill, entre sollozos, mientras pateaba el suelo. Puso sus manos en las caderas e instantáneamente, su rostro se puso rojo de pura rabia. Los hombros de Tom comenzaron a temblar por la risa, mientras Georg y Gustav estaba prácticamente rodando por el piso, con las caras también rojas, pero de tanto reír.
—Sólo nos estamos divirtiendo con algo de humor de Halloween, Bill —comentó Tom con simpleza, recogiendo el teléfono de su hermano pequeño, el que había arrojado por ahí, cuando abrió el aparato le mostró la pantalla, la que orgullosamente mostraba como fecha “31 de octubre, 4:30 AM”.
—¡¿HUMOR?! —Chilló el pelinegro, alzando las manos al aire, como un loco, mientras seguía pateando el suelo—. Me hiciste creer que te habían aniquilado y que yo también estaba a punto de ser asesinado. ¡¿Es esa tu idea de HUMOR?! —Bill le gritó a los otros tres, irradiando furia de su cuerpo y mostrando tanto enojo que de su rostro brotaban lágrimas que bajaban por sus sonrojadas mejillas.
—Sí —dijo Tom otra vez con simpleza, mostrando una amplia sonrisa, mientras comenzaba a despegar un corte de látex sangriento, que tenía en la garganta, colgándolo en el aire, frente a su gemelo con aire divertido, antes de arrojarlo lejos. Cruzó la pequeña cocinilla, para coger una toalla de papel y comenzar a limpiar la sangre falsa.
Gustav se las había arreglado para sentarse sobre un sillón, pero aún seguía riendo. Georg por otra parte, estaba desparramado en medio del piso, ya no reía histéricamente, pero seguía soltando risitas entre tanto y tanto, como si fuera a estallar en carcajadas en cualquier momento.
—¡Jódanse, todos ustedes! —Gritó Bill, otra vez lanzando las manos al aire, sus ojos brillaban con tanta rabia, que estaban casi completamente negros. No podía creer que todos hubieran estado metidos en esto. Y viendo que ninguno de seguridad notó los desgarradores gritos, le hizo saber que ellos también estaban en esto—. ¡Jódanse todos! ¡Rayos! —Fue todo lo que pudo decir y salió muy enojado de ese salón, sus ojos aún brillaban con lágrimas de rabia.
Cuando cerró la puerta de un fuerte portazo tras él, los otros tres la oyeron crujir y mostrar astillas en algunos lugares.
—Te dije que no estaría feliz por todo esto —comentó Gustav, sintiéndose un poco culpable por permitir que hicieran todo eso, pero también sintiendo que podría volver a estallar en carcajadas tal y como Georg. El castaño bufó desde su posición en el suelo, antes de sentarse y arrojar su máscara negra de ski, a la cara del rubio. El baterista meramente rodó los ojos.
—Vamos, ustedes dos. Ayúdenme a arreglarme —mandó Tom con la misma sonrisa grande. Mientras comenzaba a abrir los gabinetes y a arrojar cosas a los otros dos, quienes gruñeron ligeramente, levantándose y preparándose para ordenar las cosas por segunda vez en la noche.
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Tan pronto como Bill entró a su litera, hizo todo lo que pudo pensar, gritó, lloró y gritó un poco más y ¡demonios! Hasta llamó a su madre. Ella no estaba nada feliz por la hora a la que la estaba llamado, pero tan pronto notó lo histérico que estaba el pelinegro, lo obligó a contarle todo desde el comienzo. Él despotricó sobre todo, bueno, todo excepto la parte en que encontró al bajista teniendo un encuentro cercano con su propia mano. Después de que Simone consoló a su hijito menor y le aseguró que tendría una seria conversación con el gemelo mayor, Bill finalmente colgó el teléfono y se cobijó en el cálido capullo de mantas.
Bill estaba a punto de alcanzar el mágico punto de inconsciencia, cuando sintió que el colchón se hundía. Agarró las mantas que lo envolvían mucho más fuerte y rodó más cerca de la muralla, sabiendo exactamente quién era, sin siquiera mirar.
—Vete de aquí —murmuró en la almohada, sintiendo como un cuerpo templado se deslizaba en la cama, justo detrás de él. Se puso como cuchara y un brazo fuerte lo rodeó por la cintura.
—Lo siento, Billa —susurró calladamente, mientras acariciaba con su nariz el hombro de Bill. El pelinegro suspiró profundamente por pura frustración, porque sentía lo cómodo que era tener a su gemelo ahí y de esa forma, pero también era muy molesto porque lo habían jodido mucho con la broma—. No pude resistirme, al estar todos aquí atrapados en este tour bus, me hizo pensar que necesitábamos hacer de este Halloween, algo más emocionante —explicó, presionando pequeños besos detrás del oído de su hermano menor, causando que un pequeño temblor recorriera la espalda de Bill.
—Pensé que te había perdido, Tomi. —Bill gimoteó patéticamente, mientras nuevas lágrimas se agolpaban en sus ojos. Rodó y enterró su rostro en el pecho de Tom, quien simplemente lo abrazó mientras lloraba. El mayor sabía que había sido estúpido, causarle ese dolor a su hermano en forma innecesaria, sin importar lo divertido que haya sido—. Pensé… que… —Bill soltó un sollozo y sus manos se apretaron en puños, en la playera gigante del mayor.
—Lo sé, joder, lo siento… —agregó Tom suavemente, mientras acariciaba la sedosa y negra melena de Bill, sonriendo ante lo bien que se sentía cuando su hermano no usaba los productos capilares. Bill suspiró en el pecho del otro y pudo sentir como se estremecía—. Pero ahora, tengo otra sorpresa para ti —dijo calladamente, lo que hizo que Bill arqueara su ceja perfectamente adornada con un piercing—. Sólo vístete y ponte algo de maquillaje y yo te mostraré. No puedes dejar esta área sin mí y hasta que yo lo diga, ¿entendido? —dijo el mayor con firmeza, mientras se desenredaba de las largas piernas de Bill.
—No. Pero supongo que haré lo que me pides. —El pelinegro se deslizó fuera de su cama, comenzado a buscar algo que vestir, lo cual debía tener el espíritu de Halloween, como Tom había dicho, antes de que él mismo saliera del área de las literas.
Veinte minutos más tarde, Bill estaba completamente ataviado como un muñeco, tenía el cabello arreglado perfectamente con su melena característica. Su maquillaje era simplemente perfecto, sus ojos color miel se destacaban con las suaves líneas de sombras alrededor de ellos. Su atuendo no era muy de Hallowwen, pero sí muy divertido al mezclar un top de lentejuelas brillantes y plateadas, con unos jeans muy ajustados de color morado y unas botas negras de tacón alto, que le llegaban hasta la rodilla. Dándose una mirada escrutadora en el espejo, se sonrió a sí mismo, antes de notar la visión de alguien más en el reflejo del cristal.
—¿Qué demonios? —preguntó, alzando la ceja a la persona frente a él.
—¡Buuuu! ¡Soy un fantaaaasssma! —La voz de Tom lo llamó desde debajo de la sábana blanca que tenía encima, mientras agitaba los brazos, logrando que Bill se doblara de la risa. Cuando se hubo calmado, alzó las cejas en forma interrogante y aunque sólo podía ver los ojos de Tom, a través de los dos hoyos cortados en la sábana, sabía que su tonto, loco, idiota y adorable hermano estaba sonriendo.
—Bueno, eso ya lo sabía, pero ¿por qué? —cuestionó el pelinegro, con las manos en sus caderas, en un estilo muy fashion. La pose iba perfectamente con su atuendo.
—Ya verás… —dijo el mayor, antes de extender su mano por debajo de la sábana, para que Bill la cogiera. El menor suspiró y negó con la cabeza, tomando la mano con una sonrisa, sintiéndose de algún modo, menos enojado con el mayor, entrelazando sus dedos—. Pero, no mires —agregó Tom y guió a Bill por el pequeño corredor. Se aseguró de que los ojos del pelinegro estuvieran cerrados, antes de pasar a la siguiente habitación.
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—¿Puedo mirar ahora? —preguntó Bill con un puchero, mientras apretaba los ojos fuertemente, para no espiar. Sintió que Tom soltaba su mano y se alejaba de él. Soltó el aliento exasperadamente y llevó las manos a sus caderas, mientras sus pies con botas, se movían contra el suelo.
—Okey… —Escuchó decir a su gemelo con simpleza, abrió los ojos y se quedó sin aliento. Manos perfectamente manicuradas, fueron hasta su boca, mientras su mandíbula se abría.
—Ahora sí. ¡Feliz Halloween! —dijo Tom bajo la sábana, mientras movía las manos nerviosamente—. En verdad lo sentimos, Bill —agregó, señalando detrás de él. Todo lo que el pelinegro pudo hacer fue sorber la nariz y correr, envolviendo a Tom en un gran abrazo de oso.
En el corto tiempo en que Bill estuvo lejos de la parte principal del tour bus, su gemelo y los G’s, habían transformado por completo el interior, cambiando de una escena del crimen a una pequeña pista de baile de Halloween. El lugar estaba lleno de globos negros y naranjas, pegados a los gabinetes y al techo, así como también serpentina negra y naranja que colgaba de todas partes. Sobre la mesa había adornos de Halloween, dulces, comidas y bebidas con temas de terror y también había canciones de Halloween que se escuchaban lo suficientemente fuerte.
—Es perfecto —dijo Bill tranquilamente, mientras acariciaba con su nariz la mejilla de Tom, a pesar de la sábana. Antes de romper el abrazo, los ojos del pelinegro cayeron en Gustav y Georg y estalló en una ronda de risas, al darse cuenta de los disfraces que usaban los G’s.
El bajista estaba vestido como un gato negro, completando su atuendo una nariz negra pintada, bigotes, además de orejas y cola de gato. Pero a lo que Bill alzó una ceja, fue el collar brillante y rosado que adornaba el cuello del castaño, quien se sonrojó, murmurando que había sido idea de Gusti y se cruzó de brazos a la defensiva, haciendo un puchero. Bill tuvo que resistir las ganas de buscar una bola de lana para darle.
Gustav, por otra parte, estaba igual de divertido. Estaba vestido completamente de blanco, tenía hermosas y acolchadas alas de ángel que complementaban su disfraz.
—¿Supongo que estamos listos para tener una fiesta? —preguntó el pelinegro con una gran sonrisa, ahora casi toda su ira se había desvanecido. Los otros tres asintieron entusiasmados.
Y aunque ya eran las cinco de la mañana, los rayos del sol que podrían estar entrando por la ventana, estaban completamente bloqueados por los adornos de Halloween que las cubrían. Subieron el volumen de la música para que los cuatro chicos pudieran bailar, mientras bromeaban y comían y bebían y balbuceaban sobre “Monster Mash” y todas las locas canciones de Halloween. Bill casi escupió cuando la canción «They’re Coming to Take Me Away» llenó sus oídos, y comenzó a cantar la letra. Pero lo que no estaba esperando fue la última canción, ya que se congeló.
—¿Baila conmigo, Billa? —Pidió Tom tiernamente, ofreciendo otra vez su mano. Bill asintió y la cogió, con los ojos nublados, se dejó envolver por los brazos de su gemelo. No dijo nada y dejó que sus frentes se juntaran. Los ojos de Tom eran el reflejo de los de Bill y era lo único que veían, al bailar juntos. El sonido de la voz del pelinegro flotó por la habitación, mientras el CD tocaba «In Die Nacht» suavemente. Mientras Bill y Tom danzaban lentamente, abrazados, Gustav se movió extrañamente e hizo una mueca al probar de un vaso de plástico, casi deseando que el ponche estuviera alcoholizado, hasta que sintió un suave toque en su hombro.
—¿Quieres bailar conmigo, Gusti? —preguntó Georg con vergüenza, sus mejillas con bigotes pintados, se colorearon de rosa, al extender la mano a su amigo. Gustav se mordió el labio y miró la mano del castaño, antes de bajar el vaso y tomar la mano que su amigo le estaba ofreciendo. Bailaron, patosamente al principio, pero mientras la canción continuaba, se volvió menos raro y se perdieron en su pequeño mundo.
—No estaba esperando esto —dijo finalmente el pelinegro, la pura emoción y ternura del momento, hicieron que algunas lágrimas cayeran por sus mejillas. Tom apretó el agarre en la cintura de su hermanito menor, antes de alejarse y quitarse la sábana de encima, para mostrar por primera vez su cara.
—¿Me perdonas? —Pidió Tom calladamente, mientras continuaban meciéndose al ritmo de la música.
—Sí —contestó, soltando el aliento, sus brazos se aferraron fieramente al cuello del mayor—. Pero mamá seguirá enojada contigo un buen rato —agregó, mordiéndose el labio con una expresión de disculpa.
—¿Llamaste a mamá? —Tom gruñó y descansó su frente en la de Bill y el pelinegro asintió levemente. El mayor soltó un suspiro y sus hombros bajaron un poco y luego negó con la cabeza, divertido por la situación.
—Pero igual te amo, Tomi —comentó Bill suavemente, mientras se inclinaba hacia el cuerpo del otro.
—También te amo, Billa. —Tom sonrió antes de cerrar el espacio entre ellos y presionar sus labios suavemente sobre los del menor, mientras seguían bailando. Bill nunca cedería su opinión, ni admitiría que después de todo, había sido un “feliz Halloween”.
& FIN &
En más de una ocasión me quedé con el aire en la garganta. Imagínense pensar que han matado a tu alma gemela, yo gritaba “pobre Bill”. ¿Qué les pareció? Espero que esta traducción les haya gustado, para que la autora vea el cariño hacia su fic, cuando se pase por aquí. Besos y gracias por leer.
