Bill ha estado en el harem por 6 meses y 6 días.
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
& Capítulo 22 &
Tom sonrió, realmente disfrutando de ver a Bill riendo por una de sus bromas. Cuando Bill reía, realmente reía, simplemente disfrutaba. Primero, sus labios se curvaban de una forma singular, luego sus ojos se achinaban; su nariz se recogía y su rostro se transformaba en la risa más eufórica y hermosa que jamás hubieras visto. La risa de Bill era una de las cosas que a menudo creaba nostalgia en el pecho de Tom.
Estaban caminando de regreso de un pequeño comedor del palacio. Bill había querido una “cena apropiada en una mesa”, pero sólo con ellos dos presentes, así que Tom lo había arreglado. Comieron todos los platos favoritos del pelinegro, evitando aquellos platos comunes que a Bill no le gustaban. Tom incluso hizo arreglos para que sirvieran bebidas frías; cosa que no podía comprender, pero que el pelinegro había disfrutado muchísimo.
Hablaron sobre variados temas. Bill quería saber más acerca del rol de Tom en los temas políticos y en los asuntos del palacio. El rastudo había hablado sobre sus amigos y en lo que hacía para divertirse. Y había ofrecido llevar a Bill a los establos para enseñarle cómo cabalgar, pero el chico no había encontrado nada atractiva esa idea. Bill le contó al príncipe con quienes había hecho amistad y con quienes no. Le contó todos los chismes del harem, con lo que Tom descubrió que tenía otro hermano en camino y que por lo tanto le debía a su madre cien denarios.
La cena había sido muy entretenida y el príncipe estaba decepcionado porque ya casi era hora de decir adiós. Acompañó al pelinegro hasta su cuarto, con intención de robarle un beso al partir. Bill lo llevó de la mano por el corredor y cuando llegaron a la entrada de su habitación, no se detuvo. Tom soltó la mano del joven y se quedó bobamente en la puerta, la concubina lo tuvo que obligar a pasar con una mirada. Tom dio un paso adelante para estar de lleno dentro del cuarto, sin comprender y preguntándose qué era lo que Bill quería mostrarle. ¿Tal vez había hecho una nueva pintura?
Cuando se volteó, fue para ver a Bill mirándole, mientras a su espalda, cerraba la puerta. Los labios de Tom se abrieron al ver que el chico movía la muñeca para poner el seguro a la entrada. Bill se acercó hasta quedar a sólo centímetros de distancia. Sus ojos, marrón oscuro, se elevaron para toparse con los suyos y no lucían asustados.
Bill no sabía qué lo había poseído para tomar las acciones que estaba ejecutando. La cena había sido tan especial como cualquier otro momento en el que estuvieran juntos, pero ya no más. Supuso que había tenido suficiente tiempo, para ver al príncipe al otro lado de la mesa, y descubrir cuanto lo deseaba. Bill no sabía si amaba a Tom, pero sentía algo, algo que le decía que esto era más que sólo lujuria. Y mientras supiera que estaba haciendo esto no sólo por atracción casual o por pura necesidad e instinto animal, entonces para él estaba bien.
Y sorprendentemente, en el minuto en que sintió sus deseos justificados, sus acciones se volvieron confiadas. Bill no sentía ni tensión, ni ansiedad exagerados, sino más bien, una saludable dosis de nervios y emoción, al caminar hacia el príncipe, listo para ofrecerse a sí mismo.
Tom miró al chico de pie frente a él, tratando de no sentirse sobre excitado, ya que aún no comprendía muy bien, qué planeaba la concubina—. Bill —llamó quedamente—. ¿Qué estás haciendo?
Bill sonrió con suavidad y se inclinó hacia adelante presionando sus labios, en un beso lento y ligero. Se separó y Tom abrió los ojos lentamente, justo a tiempo para ver que algo muy serio cruzaba el rostro del chico. Bill lo miró fijamente.
—Quédate conmigo.
El rostro de Tom se apretó y mojó sus labios—. ¿Toda la noche?
La mirada de Bill nunca flaqueó al mover la cabeza en forma afirmativa—. Toda la noche.
Y luego sus manos fueron al pecho de Tom y lo empujó hacia atrás, obligándolo a sentarse en la cama. Tom se sentó, pero atrapó al chico entre sus muslos, evitando que se alejara.
—Tom —Bill se quejó—. Necesito desvestirme.
El estómago del rastudo se arremolinó y apretó sus piernas, estirándose para atrapar al chico en un beso—. Quédate quieto y yo te desvestiré.
Bill dejó de moverse—. Oh —bajó la mirada hasta Tom como si la idea le gustara mucho. El príncipe alzó los brazos y empujó la bata amarilla por sobre los hombros del chico y la pesada tela cayó esparramada al piso.
Bill se quitó la camiseta por sí mismo y observó con el aliento acelerado como el príncipe enganchó sus dedos en el borde de su pantalón y tiró de él hacia abajo. Los ojos de Tom estaban ensombrecidos de lujuria y se oscurecían cada vez más, a medida de que el pantalón bajaba. Bill dio un paso para salir de las ropas y se quedó de pie frente al príncipe, completamente desnudo. Caminó hacia adelante para unirse al hombre en la cama, pero sus dedos se enlazaron con los suyos y le detuvo.
—Espera —dijo Tom—. Déjame verte.
Bill sabía que estaba sonrojado, pero de todos modos dio un paso atrás para darle en el gusto. Tom se aseguró de absorber cada detalle del cuerpo que estaba en frente de él. Decidió que Bill era la persona más hermosa que él hubiera visto nunca. Tom pensó que era una decisión bastante objetiva. Y pensó que nadie podría discutir contra ella. Además del hecho de que su rostro fuera anguloso, poseía rasgos perfectos y su cuerpo no tenía comparación. Bill tenía una estructura alta y delgada. Tom mismo tenía que hacer mucho ejercicio para conseguir darle una definición moderada a su cuerpo, y pensó que, si el chico enfrente deseara conseguir un look similar, tal objetivo sería casi imposible para él.
Donde la mayoría de los varones lucirían enfermizos y desinflados, la figura de Bill le calzaba, él se veía ágil y agraciado. Su parte media se reducía a unas imposiblemente pequeñas caderas, sus piernas se extendían por siempre. Y aunque no podía verlo ahora, el príncipe sabía que el chico poseía un pequeño trasero redondo, que hacía juego a la perfección con su delicada forma. Moviendo sus ojos hacia abajo, Tom vio que el pene del chico yacía flácido entre sus piernas. Se dio cuenta de que nunca había visto a Bill cuando no estaba completamente erecto y se estiró para empujar las delgadas caderas más cerca de su cara.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bill desde arriba.
Tom levantó la vista hacia él, envolvió sus brazos en los delgados muslos—. Déjame.
El esclavo asintió y Tom cogió la suave carne en su mano. Con el estímulo extra de sus labios y lengua, no bastó mucho para que Bill creciera ante sus ministraciones. El rastudo tomó su tiempo con el chico, permitiéndose tocarlo de todas las formas en que deseaba hacerlo. Pasó sus dedos por toda su longitud, arrastrando la piel sobrante para descubrir la punta. Llevando los dedos hasta la base, presionó los labios en la cabeza, sacando la lengua para acariciar la suave y rosada piel. Tom separó los labios y envolvió al chico en el calor de su boca. Oyó a Bill soltar un suspiro tembloroso desde arriba y lo miró. El pelinegro lo contemplaba con los párpados pesados y Tom sintió que el miembro en su boca saltó, cuando sus miradas se encontraron.
El estómago de Bill estaba removiéndose más que nunca, podía sentir la presión de la excitación quemándole en el bajo vientre y empeoraba con cada segundo que el príncipe le tocaba. Los pensamientos que recorrían su mente eran infinitos y deseaba contarle a Tom exactamente cómo se sentía.
—No puedo creer que estés haciendo eso —susurró hacia abajo. Tom removió su boca y usó su mano para presionar el pene de Bill contra su vientre, bajando para succionar los testículos. Pero lo mejor sin duda, era que Tom continuaba mirándolo hacia arriba, con los ojos brillando de una manera demasiado inocente, con relación a lo que estaba haciendo.
Bill gimió y estiró una mano para tocar a Tom. Tenía que tocarlo. Cualquier parte estaba bien y su cabeza era la que estaba más próxima—. Te ves tan bien —dijo, pasando sus dedos por entre las rastas.
Los labios de Tom dejaron la dureza y se alzó para dejar besos por toda la extensión de su vientre plano. Los brazos del príncipe viajaron más alto por la espalda de Bill y estuvo tentado a, simplemente, pararse y besar al chico, fuerte. Quería sellar sus bocas y usar su lengua para darle al pelinegro un adelanto de lo que vendría.
Pero el rastudo se volvió a sentar en la cama al sentir a la concubina embestir contra su pecho. Acercándolo más, volvió a tomar al chico en su boca, dejándole ir más profundo. Tom no era bueno usando su garganta, así que no se molestó en intentarlo. En lugar de eso, bajó su otra mano y sostuvo los testículos del chico mientras serpenteaba con su lengua la cabeza de su erección, lamiendo la pequeña abertura, estimulando el racimo de nervios debajo. Hizo todo lo que sabía hacer y los suaves gemidos que el pelinegro emitía arriba de él, le dejaban en claro que lo hacía bien.
Cuando su mandíbula comenzó a doler, el príncipe se alejó, saboreando sus labios, luciendo completamente pervertido. Bill jadeó y bajó su mano para presionarla contra sí mismo, al ver que el otro se estiraba en la cama—. ¿Y ahora qué? —preguntó.
El príncipe se movió para quitarse la túnica, y a continuación sus pantalones. Bill se impacientó y le ayudó a tirar los pantalones en el último tramo. El pelinegro arrojó las prendas al piso y subió a la cama, arrodillándose mientras el príncipe se sentaba—. ¿Quieres que yo…? —preguntó Bill, notando que el otro hombre sólo estaba semi erecto. Tom simplemente sonrió y le dijo que hiciera lo que deseara hacer. Bill tenía deseos de tocar el pene de Tom, así que lo hizo.
Moviéndose para sentarse entre los muslos del príncipe, Bill se inclinó hacia adelante para tocar la carne que crecía cada vez más. Sus dedos lo cogieron y las caderas del príncipe se tensaron. Bill elevó sus ojos ambarinos al mayor y sonrió—. Quédate quieto —pidió.
Tom gruñó como respuesta y esperó a que el chico lo volviera a tocar. Esta vez, Bill no dudó y atrapó con su mano todo el largo del príncipe. Lo sintió palpitar en su palma y sonrió—. Me gusta hacer esto —afirmó el menor, no dejándose avergonzar por un simple comentario. Lo estaba disfrutando y diría cualquier cosa que se le antojara. Tomando la punta con dos dedos, Bill tiró hacia abajo, recorriendo con sus dedos la suave y sedosa piel. El príncipe soltó un suave gemido y los ojos del pelinegro se abrieron grandemente—. ¿Te gusta eso? —Volvió a pasar su palma por la cabeza y entonces Tom gimió más fuerte. Bill dejó el miembro del príncipe, viendo como se erguía por sí solo, completamente. Lo llevó hacia atrás, para que golpeara con el estómago del hombre, preguntándose por qué encontraba tan fascinante el pene de otro hombre, si él tenía uno igual.
Tom observó como Bill llevaba su mano hacia atrás y se acariciaba a sí mismo. El pelinegro le devolvió la mirada, con los labios encorvados en una fina sonrisa—. Eres más grande que yo.
Tom bajó la vista para comparar, él la tenía un poco más larga, pero no más gruesa—. ¿En verdad te importa? —preguntó al chico.
Bill negó con la cabeza—. No. Supongo que no. Realmente no importa —alzó los ojos—. Al menos no a mí.
El resto del significado estaba en sus ojos y la hombría de Tom saltó ante tal insinuación. Se estiró para ubicar al chico en su regazo y Bill se subió sobre él, en un enredo de miembros.
—Quiero hacerlo de esta forma —dijo el pelinegro sin pensar.
Tom levantó sus cejas—. ¿Qué?
—Así —repitió, dando un pequeño brinco para que sus miembros se frotaran, con sus piernas enrolladas en la espalda de Tom—. Quiero hacerlo así.
Tom contuvo el aliento y no pudo evitar embestir contra el chico sobre sus piernas, atrapando al pelinegro en un beso abrasador. Pasó su lengua por los labios del menor y Bill lo dejó entrar, para que lentamente follara su boca. Bill gimió ante los intensos movimientos y lo que ellos insinuaban. Inclinó sus caderas, para que sus erecciones se frotaran, pero la posición no era lo suficientemente buena y el pene del otro hombre se frotaba contra sus nalgas. Esto provocó que Bill jadeara y Tom abandonó su boca para gruñir en su hombro.
—Tom, Tom —Bill respiraba con dificultad, completamente excitado por el inesperado toque en su parte trasera—. Tócame —susurró, sin estar seguro de cómo pedir lo que realmente quería—. Por favor, tienes que hacerlo.
Tom asintió y le empujó suavemente por sus hombros—. Recuéstate.
La concubina hizo como le fue dicho, abriendo más sus piernas ante la urgencia del príncipe. Tom se movió hacia adelante y se sentó sobre sus talones. Posó una mano bajo el trasero de Bill, pidiéndole silenciosamente que se levantara más. El chico levantó sus caderas un poco y luego Tom pudo verlo. Llevó la mano adelante para darle un toque por toda su magnitud, llevando sus manos a los costados, hasta sus testículos. Se detuvo para aplicar un poco de presión sobre la suave piel del perineo y de pronto lo descubrió—. Te depilaste.
Ojos brillantes lo miraron—. Sí —Tom pasó su mano por la suave piel de la pierna del chico—. Deena me enseñó a hacerlo.
El príncipe alzó una ceja. Pasando sus dedos detrás de los testículos de Bill, preguntó—. ¿Deena te vio aquí?
Bill gimió ante la punzada de placer que Tom estaba creando con su dedo—. No, esa parte me la hice yo mismo.
Tom deslizó el dedo más abajo, permitiéndose trazar la pequeña estrella que se hallaba entre las nalgas del chico. Observó como los músculos se contrarían cuando el pelinegro se tensó. Pasó la yema de su dedo por ahí una y otra vez, acariciando y haciendo círculos. Más allá en la cama, Bill estaba silencioso, su estómago se movía rápidamente al estar más y más excitado.
—¿Cómo se siente? —murmuró Tom.
—Bien —respondió el pelinegro con la respiración entrecortada—. No es suficiente. Tienes que ponerlo dentro.
Tom sintió como su pene dio un bote ante las palabras del chico y bajó la otra mano para tocarse él mismo—. ¿Tienes algún aceite, Bill? Necesito algo resbaladizo.
Bill jadeó, recordando la substancia húmeda que el príncipe había usado antes—. Hay aceites de baño en mi tocador —dijo, moviéndose para levantarse.
Las manos de Tom se posaron en su estómago para detenerlo—. Yo me encargo.
Tom buscó entre las pertenencias de Bill por un momento, antes de encontrar el pequeño frasco que parecía ser el artículo deseado. Lo levantó y preguntó—. ¿Este? —Bill asintió, impaciente en la cama, serpenteando sus caderas y quejándose para que el príncipe regresara. Tom no supo que lo poseyó para decir—. Suenas como un perro —pero lo lamentó de inmediato.
Pero en lugar de actuar ofendido, el pelinegro levantó sus caderas diciendo—. Tal vez en otra ocasión. No pretendo actuar ahora —Tom estaba seguro que su mandíbula se había desencajado ¿Dónde se había ido Bill y quién era éste? El príncipe se volvió a arrodillar entre los muslos del esclavo y masajeó un poco su miembro para aliviarse. ¡Este chico lo estaba volviendo loco! Abriendo el frasquito, movió el cristal para mojar su dedo, el cual llevó de inmediato al agujero de Bill, frotando allí en firmes círculos.
Bill gimoteó—. Ponlo en mí —rogó.
Tom simplemente no tuvo la fuerza de voluntad para oponerse. Aplicó presión y observó como el dígito desapareció en el cuerpo del chico. Deslizándose y pasando el apretado anillo de músculos hasta que no pudo llegar más lejos. Bill se retorció, serpenteando para tratar de sentir la intrusión dentro de él. Tom movió su dedo para ayudarle y observó a un Bill sonriente y con los ojos cerrados.
—Mmm, es rico —suspiró. Movió sus caderas, logrando que el dedo del príncipe saliera y luego volviera a entrar—. Oh, oh. Eso… tienes que hacer eso Tom —Insistió—. Muévelo así, adentro y afuera.
Tom haría todo lo que Bill dijera. Estaba absolutamente fascinado con la forma en que Bill exploraba tan libremente. Además, era la primera vez en su vida que estaba tan excitado. Comenzó a embestirle con su dedo tal y como Bill le había mandado. Y a propósito dejó su dedo rígido unos segundos. Bill giraba con sus movimientos, levantando las caderas y follándose a sí mismo con el dígito invasor. Después de un momento se sintió frustrado, arrugó el ceño. Abrió los ojos y miró al hombre que estaba entre sus piernas, declarando—. No lo estás tocando.
Tom enfrentó la mirada del chico, mientras seguía masturbándose. Fingió no saber de qué estaba hablando Bill—. ¿Qué quieres decir?
El pelinegro bufó, volviendo a bajar el trasero—. Hay algo, algo bueno. Tienes que tocarlo.
El príncipe le sonrió y encorvó el dedo. Las caderas de Bill saltaron, su boca se abrió de puro placer—. ¿Era eso? —preguntó, comenzando a retirar su dedo.
—¡Sí! —exclamó Bill, levantando sus caderas, para seguir al dedo que se retiraba, tratando de mantenerlo dentro—. ¡No! —Se quejó.
Tom dejó de molestarlo y volvió a presionarlo, tocando otra vez el punto del chico. Los jadeos de Bill se convirtieron en gemidos frenéticos al tocar el punto repetidamente—. ¿Qué… —Bill se mojó los labios—. ¿Qué es? ¿Qué estás tocando?
Tom había estado observando ávidamente el lugar donde su dedo aceitoso desaparecía dentro del palpitante agujero de Bill—. Es tu próstata —explicó—. Es un punto que se siente bien —Y para enfatizar su idea, el príncipe apuntó su dedo, presionando de lleno en el suave lugar dentro del chico.
—¡Ah! —Bill se estremeció contra su mano, buscando más. Tom quitó su dedo, logrando que Bill se quejara en protesta.
—Sshh —Le calmó—. Te daré otro.
Bill se quedó quieto y observó como el príncipe humedecía otro dedo con el aceite. Su vientre se contrajo y abrió más sus piernas. Cuando Tom puso dos dedos dentro de él, pensó que moriría. La presión, en lo que ahora sabía era su próstata, junto a la sensación de ser llenado, era divina. Se retorció contra la mano del príncipe y pronto estuvo pidiendo más. Tom lo complació y agregó otro dedo y luego otro. Con cuatro dedos dentro de su cuerpo, Bill sintió una leve de incomodidad, pero pronto desapareció, cuando el príncipe continuó tocando aquel punto tan maravilloso. Gimoteó al sentir que Tom se acercó para frotarse contra su muslo, aún usando su mano para provocarse placer.
Pronto, Bill percibió que sus testículos se sentían tirantes, su orgasmo se aproximaba—. ¡Detente! ¡DETENTE! —Trató de liberarse de los dedos, moviendo sus pies para alejar al príncipe.
Tom se alejó, confundido—. ¿Qué ocurre?
Bill respiraba agitadamente, volviendo a acostarse en la cama, su pene completamente endurecido sobre su vientre—. Eso estuvo cerca. Demasiado cerca.
Tom sonrió y gateó hasta acomodarse a su lado—. No tenías que detenerme, Bill. Puedes tener más de un orgasmo.
Por una razón inexplicable, las mejillas del chico se colorearon—. Pero habríamos tenido que esperar.
Tom acarició el cabello negro, donde se acumulaban rastros de sudor—. No me importa esperar.
Bill sacudió la cabeza—. Pero a mí sí. No quiero esperar.
Tom asintió y bajó la mirada hacia la ahora, casi perdida, erección del chico—. ¿Ya te calmaste lo suficiente?
—Mientras no vuelvas a poner tus dedos en mí.
Tom volvió a mirar a Bill a los ojos—. ¿Entonces, qué se supone que tendré que poner allí?
Bill achinó sus ojos—. Se creativo —pronunció lentamente.
Tom sonrió y se puso otra vez entre las piernas de la concubina. Bill nunca perdió el contacto visual con él, mientras le veía poner aceite en su propia erección. Tom se complació por un momento, moviendo sus dedos en la punta de su miembro. La mirada de Bill nunca dudó; miró a Tom mientras se tocaba. Creció el calor y el deseo entre ellos hasta que Tom no lo soportó más. Acercándose todo lo que pudo, hasta estar prácticamente sobre Bill, murmuró—. Voy a entrar en ti.
Los ojos de Bill ardieron—. Hazlo. Ponlo en mí.
Tom casi perdió su compostura al ver que el chico bajo él era tan perfecto, pero se dio fuerzas y se inclinó para presionar en el agujero de Bill. Gruñó ante el intenso calor que podía sentir desde el exterior. Empujando sus caderas, Tom sintió que se hundía dentro de Bill. Siguió presionando hasta que la cabeza se deslizó por completo en el interior. Luego, manos empujaron contra su pecho y Tom tuvo un momento de pánico, en el que pensó que Bill le pediría que saliera.
—Me olvidé —el chico habló—. Lo quería de la otra forma.
—¿Qué? —preguntó Tom con su cerebro entumecido. Estaba recién procesando que el pelinegro no demandaba que se detuviera.
Bill se enojó, volviendo a empujar su pecho y luego sus brazos, al ver que no se movía—. Quería hacerlo de la otra forma. Quería sentarme en él.
Tom sintió que su pene creció dentro de Bill y luego embistió, acostándose sobre el chico—. Eso suena… realmente tentador, Bill —Embistió nuevamente, amando la sensación del cuerpo del chico debajo suyo, siendo follado por él—. Lo haremos de esa forma más tarde —otra embestida—. ¿Está bien?
Bill se quejó y empujó contra el hombro de Tom, pero luego volvió a recostarse en la cama, olvidando la protesta, al sentirse tan lleno. Se movió contra el príncipe por donde estaban conectados, decepcionado al notar que el pene enterrado en su interior, sólo se movió un poco—. Tienes que moverte —gimoteó, aún haciendo pequeñas embestidas con sus caderas.
Tom lo complació, levantándose un poco sobre sus antebrazos a ambos lados de la cabeza de Bill, retrocedió con sus caderas, sintiendo como el cuerpo de Bill luchaba por mantenerlo dentro. Volvió a entrar, y se avergonzó al soltar un sonoro gemido al sentir como era aprisionado por el estrecho interior del chico—. Te siento tan bien —dijo.
Bill sólo hizo sonidos de gusto en su garganta, levantando sus caderas, cada vez que el otro hombre empujaba hacia abajo. La sensación de estar lleno, de sus entrañas siendo ensanchadas, era tan sobrecogedora que apenas lo podía soportar. No era doloroso, pero Tom estaba tan dentro de él, que parecía que llenaba todo su cuerpo, tomando todo lo que podía, dejándolo completamente limpio. Bill nunca antes se había sentido tan expuesto y tan abierto a una persona. Era aterrador y gratificante, en un nivel que él nunca pensó que pudiera existir.
—Dios —jadeó—. Estás dentro de mí, estás dentro de mí —Tom se inclinó y besó su sien—. Estás tan dentro de mí —Y luego, labios lo silenciaron, calmándolo. Tom movió sus bocas y le dijo a Bill que lo tenía; lo sostuvo abiertamente en sus brazos y no dejaría que nada malo le pasara mientras estuviera así, desnudo para él.
Sus respiraciones se mezclaron, tocando la piel sudorosa y pegajosa. Bill jadeó, tomando grandes bocanadas de aire, el pecho de Tom se movía tanto como el suyo—. ¿Podemos hacerlo más rápido?
Tom asintió, sin aire para hablar, incrementó la velocidad, Bill se levantaba cada vez para recibirlo. Se movieron juntos, Tom se enterraba en Bill y Bill lo acogía, susurrando dulcemente en su oído. Al acercarse a la cúspide, volviéndose más y más frenéticos buscando el final prometido, los gemidos de Bill sonaron desesperados, casi gritos suplicantes; mientras que los sonidos de Tom se volvían fuertes, casi bestiales.
Tom sintió que Bill comenzaba a estremecerse bajo él, todo su cuerpo temblando. Antes de que pudiera bajar la mano para tocar al chico, Bill ya había sostenido su miembro, masturbándose apasionadamente, con sus dedos apretando la cabeza. Bill no podía hablar, no podía hacer ningún sonido salvo el aliento entrecortado que escapaba por su garganta y luego liberó un profundo y sonoro gemido. Sus caderas perdieron el ritmo que tenían, deteniéndose y poniéndose rígido y enterrándose profundo en el miembro que lo penetraba. Tom escuchó el grito ahogado de Bill, sintió como los testículos del chico se contraían en su estómago y luego no sintió nada más excepto que el interior del chico se apretaba en torno a él, pulsando con las contracciones rítmicas del orgasmo.
En algún lugar de su mente, Tom era vagamente consciente de los cálidos fluidos que mojaron sus estómagos, pero cuando el chico quedó flácido, se concentró completamente en el espacio en el que su pene recibía tanto placer. Enterró su rostro en el cuello del chico y sus brazos envolvieron la pequeña cintura. Tom sonaba como un animal y estaba seguro de que se veía como uno, al adentrarse en la calidez de Bill, con la espalda encorvada y los músculos tensos, la atención fija con un único objetivo, frotar su pene tan fuerte y tan rápido como le fuera posible en esa dulce calidez y tener su clímax. Se liberó segundos después, enterrándose profundamente, aullando ante la intensidad de su placer. Eyaculó y lo hizo dentro del chico, sus caderas pulsando en pequeñas y post–orgásmicas embestidas. Sólo cuando pudo expulsar todo su orgasmo, y ya no había más placer que buscar, salió de aquel cuerpo.
Recuperando sus sentidos y recordando al chico con quien había construido ese placer, a quien había logrado hacer eyacular, vio a Bill devolverle la mirada con ojos cansados.
—¿Estás bien?
Bill parpadeó—. Sí… estoy cansado.
Tom pensó en los fluidos que mojaban sus estómagos y que seguramente bajaban por los muslos de Bill en esos precisos momentos—. ¿Te quieres limpiar?
Bill murmuró algo incomprensible, sus ojos cerrándose. Tom pasó su dedo pulgar por los hinchados labios. Decidiendo dejar descansar al encantador muchacho, y pensando que un descanso no era para nada, una mala idea, Tom bajó su cabeza, con el cuerpo de la concubina acomodándose contra él.
& Continuará &
Notas de Sarahyellow: Hey, no sé si esto ayudará, pero traten de pensar en qué clase de sexo era ese. Hay una razón para haberlo escrito de la forma en que lo hice. O simplemente es muy confuso y se darán cuenta más tarde.
De todos modos ¡un gran lemon para ustedes! ¡Háganme limonada y déjenme un comentario!
Notas de MizukyChan: Wow, ¿Pueden respirar? Porque yo aún estoy al borde del colapso jejeje. Necesito agua fría.
