Notas de Sarahyellow: Ahora, lectores apunto del ataque de pánico, recuerden lo que dije: que Tom y Bill volverán a estar juntos. Sólo continúen leyendo.
Notas de MizukyChan: Hola chicas, pongan atención a la primera escena, porque las dejará con ganas de seguir golpeando a Tom, pero a la vez, les darán ganas de perdonarlo. Jajajaja, vayan a leer y disfruten del capítulo. Besos.

Bill ha estado en el harem por 10 meses y 2 semanas.
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 31. Parte 1
Micah había estado en lo correcto. Para la noche, la habitación de Bill estaba como nueva. Regresando a su cuarto después de la cena, Bill dio pasos muy lentos en ese espacio, un poco en shock de que tanto daño se hubiera reparado en tan poco tiempo. Mirando a su alrededor, a los objetos reparados y reemplazados, parecía que en verdad, nunca hubo un intruso.
La ventana lucía exactamente como había estado antes, sujeta a un panel de madera idéntico al primero. Los muebles que habían sido destrozados, fueron cambiados por copias bastante similares. Los cojines y el colchón despedazados, fueron rellenos nuevamente, y recosidos. Caminando hasta pasar los dedos por su guardarropas, Bill observó que todas sus posesiones, habían sido puestas en su lugar. Inspeccionando su armario, la concubina pelinegra vio que sus ropas colgaban limpiamente dentro de él, y que incluso, habían sido organizadas por color.
Estirando la mano, Bill presionó el compartimento secreto, hasta que hizo un clic, para mostrar que estaba abierto. Sacando la caja de su lugar secreto, la cargó y se sentó en una silla. Sosteniendo el cofre en su regazo, Bill levantó la tapa y observó la masa brillante que había dentro. Metales y piedras preciosas, atrapaban la luz que provenía de las velas de la habitación y se reflejaban brillando en su rostro. El pelinegro pasó el dedo por el contorno de un diamante, sus cejas se juntaron al rumiar un pensamiento. Nunca fue capaz de usar una de ellas. No desde el incidente en la biblioteca. Y justo cuando iba a cerrar el cofre, una voz sonó desde la puerta.
—¿Bill?
Los ojos del aludido se abrieron de sorpresa. Tom estaba de pie, indeciso, en la entrada de la habitación. Olvidando momentáneamente lo que tenía en su regazo, el chico parpadeó—. Tom.
Vacilante donde estaba, Tom inclinó su cabeza de forma suplicante—. ¿Puedo pasar?
Bill no sabía cómo responder, así que dijo—. Sí —Y el príncipe dio un paso al frente, tambaleándose, antes de decidirse a sentarse. Desde la silla en frente de Bill, su mirada bajó hasta la caja que sostenía el chico.
Recordando el cofre, Bill se movió bruscamente, con sus dedos apretando la madera barnizada—. Oh, um… —¿Qué se supone que diría para explicar por qué poseía las joyas?
Tom cortó, lo que posiblemente sería un largo e incómodo silencio, con un rápido—. Creo que mi madre te las dio.
Bill asintió—. Sí, um… —se movió penosamente, viéndose sin palabras. ¿Por qué se sentía tan culpable?—. Me las dio hace tiempo, antes de… —dejó sin terminar.
«Antes que me abandonaras» Pensó. Extrañamente, las palabras ya no estaban llenas de amargura en su cabeza, eran sólo “hechos pasados”.
Otro incómodo silencio fue rápidamente cortado por el brusco movimiento de cabeza del otro hombre—. Sí, bueno, ella hace años que moría de ganas por dárselas a alguien. Y creo que tú fuiste el elegido —internamente, Bill hizo una mueca. Esa frase fue una daga, como si el rastudo la usara como otro medio para derretir su insignificante relación, algo que debió ser bello y significativo.
Cuando el pelinegro cerró la cubierta, Tom dijo—. Quédatelas.
Bill se movió para dejar el cofre a un lado. Cuando volteó, el príncipe estaba doblado, con la cabeza en sus manos y una expresión de dolor en el rostro—. ¿Estás bien? —preguntó, ya que le fue imposible no sentir preocupación.
Tom exhaló temblorosamente antes de recuperar su postura—. Estoy bien. Sólo es un dolor de cabeza.
Bill miró fijamente al príncipe unos momentos—. Bien —dijo, y le quitó importancia—. ¿Qué quieres, Tom?
El rastudo entrecerró los ojos ante el tono del chico, pero de todas formas respondió
—Mahtob me contó lo que te ocurrió un par de noches atrás. ¿Alguien trató de asesinarte? —La última frase fue más como una pregunta, como si el príncipe no pudiera creer que una cosa así pudiera ocurrir o como si no entendiera por qué le importaba.
Bill arrugó el ceño, porque las facciones de Tom mostraban preocupación, sugiriendo que sí le importaba—. Sí —confirmó—. Alguien entró en mi habitación y… me atacó.
La expresión de Tom pasó directamente a una de alarma—. ¿Te lastimaron?
Bill observó como el hombre, dándose cuenta del tono utilizado, volvía a enmascarar su semblante en algo parecido a la indiferencia—. No —respondió el pelinegro, cuidadosamente—. Me arrojaron una daga y escaparon —los ojos de Tom escanearon el suelo, sin ver nada en realidad, mientras meditaba lo que el chico acababa de decir. Bill pensó que incluso lucía molesto y eso, lo descolocaba—. Estoy bien —reiteró.
Pero Tom sacudió la cabeza—. ¿Cómo pudo pasar algo como eso aquí? —Se levantó de la silla, pero sin tener a dónde ir, simplemente se paseó de un lugar a otro—. ¿Cómo alguien pudo entrar… y salir? —Se volteó para ver a la concubina, quien en esos momentos, también estaba de pie—. ¿Cómo es que nadie vio nada?
Bill alzó los hombros—. No lo sé.
—¡Pues no es suficiente!
Bill se sorprendió y luego achinó los ojos—. ¿Por qué estás gritando? —preguntó molesto. Si Tom quería tener inexplicables desplantes emotivos, tenía sus derechos, pero Bill estaba seguro de que no tenía por qué aguantarlos. Ya no más. El príncipe dejó de moverse con su pregunta y Bill observó una vez más el familiar comportamiento, en el que Tom se daba cuenta y retomaba su forzada postura.
—Estoy gritando —dijo Tom, ahora con la voz calmada—, porque es peligroso lo que sucedió —pero no dijo “peligroso para ti”. De hecho, pareció que el rastudo se vio obligado a agregar—. Mi madre vive aquí, mis hermanas, mis primas viven aquí.
—Bueno, entonces ¿por qué no las estás visitando a ellas? —preguntó el pelinegro con hostilidad. Tom dudó y se quedó en silencio. Bill hizo un gesto de desagrado y caminó hasta la ventana, mirando los rastros de oscuridad en el cielo que se veía sobre las grandes murallas. Vio el primer atardecer que se hizo visible en días por causa de las lluvias. El chico se preguntó si alguna vez volvería a comprender al otro hombre, como creyó haberlo hecho tiempo atrás.
La voz de Tom vino desde atrás, pero evadiendo su pregunta, cambió a otro tema—. Me voy, Bill. Al frente —el rastudo vio como los hombros del esclavo se pusieron rígidos, pero Bill permaneció en su lugar, mirando el horizonte—. Es muy probable que esté fuera mucho tiempo y no quiero tener que preocuparme por el bienestar de mis seres queridos que quedarán aquí —hubo un tenso silencio, en el que Tom se dio cuenta de lo que implicaban sus palabras. Bill apretó la mandíbula, sabiendo que esa categoría no lo incluía a él.
—De nuevo te pregunto, ¿por qué estás aquí? —Bill volteó para ver de frente al otro hombre—. ¿Qué esperas que haga?
Tom contuvo su mirada, buscando con sus ojos. Finalmente dijo—. Nada, Bill. Simplemente no sabía si estabas herido o no.
El pelinegro levantó la barbilla. Por lo menos admitió que la visita era porque le preocupaba el chico.
—¿Y ahora que has visto que no estoy herido?
—Me siento aliviado —Bill alzó las cejas. Tom continuó—. Y me voy —caminando hacia a puerta, el príncipe agregó—. Pondremos más seguridad. Más de una docena de nuevos guardias llegarán pronto.
—Tom… —El rastudo se paró en la puerta y miró hacia atrás, esperando lo que el chico tuviera que decir—. Ya te pregunté esto antes, y aunque me respondiste, creo que mentiste. Así que te preguntaré una vez más, y luego, no lo volveré a hacer nunca más —Bill humedeció sus labios, anticipación y miedo mezclándose en su estómago—. Me gustaría saber, ¿por qué? —No tenía que elaborar. El intenso malestar en el rostro del príncipe, dejó perfectamente claro, que sabía a lo que se estaba refiriendo el menor. Bill estaba medio-temeroso de recibir la misma respuesta de antes y medio-temeroso, de no recibir ninguna contestación. Pero Tom lo sorprendió con ninguna de ellas.
—Porque no podía tenerte. No de la forma que quería.
Esa simple afirmación pareció pasarle la cuenta al príncipe, casi físicamente. Y Bill observó confusamente como el otro hombre soltaba un suspiro pesado, evadiendo la mirada.
—Pero… —presionó el pelinegro.
Tom lo cortó rápidamente—. Mi forma de razonar es mía. Tú no lo entenderías.
—¡Porque tú no me cuentas! —exclamó Bill, incapaz de contener el dolor y la frustración en su voz.
El príncipe evitó sus ojos y nuevamente volteó hacia la puerta. Lo que el chico pelinegro no sabía, era que Tom sí quería contarle. Él realmente quería explicar sus acciones. Y lo que Bill no sabía, era que Tom no podía. Evitaría darle una explicación al chico, y tener como resultado, un inevitable desacuerdo. El rastudo sabía que era mejor para Bill, hacerle pensar que ya no lo quería. El menor de dos males.
—Me voy, Bill. Estamos librando una guerra y soy el responsable de la mitad de los soldados que están luchando allá. Adiós.
Bill lo vio cruzar la puerta, y aunque pudo pensar en miles de cosas que decir, permaneció en silencio.
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Más tarde esa noche, cuando el cielo estaba verdaderamente oscuro, Deena apareció, rogando por asilo para escapar de Mahtob.
—¡Y cierra la puerta también! —Le apresuró la chica—. No quiero tener que lidiar con ella, si viene a buscarme.
Después de cerrar la puerta como le pidieron, Bill se sentó y cruzó los brazos—. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?
La mujer se sentó en una de las sillas de la habitación, llevando los mechones de cabello detrás de su oreja, y divulgó—. Oh, nada. Sólo está de mal humor —y agregó más silenciosamente—. Tom se despidió hoy —Bill alzó la vista para ver a la chica, con los ojos fijos en su regazo. Lucía desolada—. Traté de hablar con ella sobre eso, pero se enojó mucho. Todo lo que quería hacer era quejarse sobre lo egoísta que era Tom.
—No parece su forma de ser —observó Bill.
—Sí. Pero Tom nunca antes nos ha dejado. Creo que ella está aterrada de perderlo.
Bill mordió su labio. No quería pensar en lo que le podría ocurrir al príncipe en el campo de batalla. Vio como Deena estiraba las piernas, acomodándose en la silla.
—¿Cuánto tiempo planeas esconderte aquí? —preguntó el moreno.
La chica alzó los hombros—. Volveré a mi cuarto en un rato. Pero primero quiero hablar un rato sobre lo que ocurrió el otro día.
Bill suspiró—. Deena, ya te he dicho millones de veces…
—No estoy pidiendo que me repitas la historia, Bill. Sólo quiero saber si estás siendo cuidadoso ahora.
Bill la miró con recelo—. ¿A qué te refieres?
—Bueno —Deena elaboró sus palabras—. ¿Dejas tu puerta con llave todo el tiempo?
—Dah —dijo el moreno—. Como si quisiera que destruyeran todas mis cosas nuevamente.
Deena le dio una mirada lejos de ser divertida—. Bueno, con la forma en que actúas, dejando joyas invaluables por ahí, al aire libre.
—Ya no más —contestó Bill en forma petulante.
—Sí, como sea. El punto es: eres ingenuo —Bill podía objetar firmemente dicha oración, y aunque abrió la boca para debatir, Deena nunca le dio la oportunidad de hablar—. Hay otras precauciones que deberías tomar. Nunca vayas a ninguna parte solo, si es que puedes evitarlo. No comas nada que haya sido preparado especialmente para ti. Y no confíes en nadie —Bill alzó las cejas, dándole a la chica una mirada incisiva—. Bueno. Por supuesto que puedes confiar en mí. Me refiero a los sirvientes, los guardias y cualquier otra mujer a la que no conozcas muy bien.
—En otras palabras, casi todos —Bill comentó irónicamente—. Deena, creo que te preocupas demasiado.
—Me preocupo justo lo necesario —Contra-atacó la chica—. Tú necesitas ser más cuidadoso —ahora dudó y se inclinó para susurrar—. He escuchado voces, Bill. He visto gente… moviéndose alrededor. Nada bueno.
Una línea se formó entre las cejas del pelinegro. Recordó la apresurada conversación entre Anis y el hombre desconocido, las figuras oscuras moviéndose en el patio, en medio de la noche—. ¿A quién? —indagó.
Deena agitó la cabeza—. No sé quién. No hay forma alguna de garantizar nada. Pero estas cosas no son normales. No a este nivel.
Bill se quedó con la mirada fija, la chica parecía saber más de lo que le estaba contando—. Ahora me estás poniendo nervioso.
—Bien —afirmó la mujer. Buscó entre sus ropas y sacó algo—. Toma.
Bill recibió el objeto, que resultó ser un cuchillo. Enfundado en su pequeña vaina, el filo no tenía más de cuatro pulgadas de largo. La examinó en sus manos y dijo—. Deena. ¿Qué es esto?
—Va en tu cabello —respondió brillantemente—. ¿No es original?
—¿Crees que las cosas se han deteriorado a tal punto que necesito esconder armas en mi cabello? —preguntó secamente.
Deena se puso de pie—. Es un regalo, podrías decir “gracias” —caminó hasta la puerta. Abriéndola sólo un poco, dio una mirada al corredor—. No hay moros en la costa —siseó—. Correré por mi vida.
—Eres ridícula —comentó el moreno, delineando con sus dedos, la pequeña arma—. No puede estar tan molesta —no hubo respuesta. Y cuando alzó la vista, la mujer ya no estaba y la puerta estaba cerrada.
& Continuará &
¿De verdad las cosas estarán así de mal en el harem? ¿Creen que le paso algo malo a Tom en la guerra? Pues a seguir leyendo.
