Notas de Sarahyellow: Las fechas que les doy, sobre cuánto tiempo ha estado Bill en el harem, estarán por el momento en el principio del capítulo, pero ésta es sólo el punto de inicio. Si el capítulo repentinamente avanza en semanas o meses, ustedes deben agregarle ese tiempo al que les fue dado al comienzo.
Notas de MizukyChan: Hola a todos, este capítulo es super largo, así que a disfrutarlo y a comentar al final. Recuerden que “Hessa” es la primera concubina del sultán.
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Bill ha estado en el harem 7 meses y 3 semanas
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
Capítulo 28. Parte 1
—Deberías ir y hablar con él.
—Ya lo intenté, pero no dice nada. Ni siquiera admite que pasa algo malo.
Mahtob miraba fijamente al chico pelinegro sentado al otro lado del salón. Estaba sentado, con un grupo de otras concubinas a las que les estaban leyendo un libro. Pero Mahtob tenía la impresión de que él ni siquiera estaba escuchando, sus ojos brillaban en forma opaca y ella adivinaba que estaba en un lugar completamente diferente, un lugar muy, muy lejano.
La chica había tratado de convencer a Bill que le contara qué estaba ocurriendo, pero él se cerró de una forma que ella nunca había visto. Perdiendo la paciencia por los interrogatorios de la mujer, todo lo que logró Mahtob fue convencerlo de que volviera a participar con los seres vivos, haciendo cosas como sentarse con las otras mujeres en las salas comunes. Pero mientras las semanas pasaban, sentía que él se alejaba cada vez más de todas ellas, si no en forma física, en su mente.
—¿Y qué tal Nephthys? ¿Ha podido hablar con él?
Mahtob sacudió la cabeza—. No.
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Eventualmente, Bill sí rompió el silencio. Le contó a Nephthys, pero a nadie más. Ella fue la única que nunca preguntó qué le pasaba. En realidad nunca lo hizo en palabras. Pero en sus ojos siempre estuvo presente la preocupación, completamente silenciosa, era la pregunta que estaba flotando sobre la superficie transparente. Y junto a ella, también estaba la paciencia, una aceptación tranquila que le aseguraba que no lo juzgaría si le contaba, y que tampoco lo haría si no le contaba.
Un mes después de lo ocurrido en la biblioteca, hubo una semana en que Bill dejó de fingir. Abandonó las súplicas de sus amigas de que siguiera interactuando y se retiró a su pequeña habitación secreta, la que había encontrado meses atrás. Por una semana, él fue hasta allí cada día, todo el día y sólo se sentaba. Sólo le había contado a Nephthys donde estaba y le confió a ella, mantener su secreto. Ella le llevaba las comidas y también iba a recogerlo cuando estaba tan ido en sus pensamientos, que ni siquiera la escasez de luz le indicaba el paso de la hora. Algunas veces, ella se sentaba con él, ofreciéndole el pequeño consuelo de su presencia, mientras él trataba de resolver aquello que pasaba por lo más profundo de su mente.
Bill se permitió una semana para colapsar, para ser absorbido completamente por el dolor y la desilusión de lo que ahora sabía había ocurrido y tratar de superarlo. La última noche de esa semana, Nephthys lo acompañó hasta su habitación y la invitó a pasar. Ella se sentó junto a él, le quitó el cepillo de las manos y comenzó a peinar su cabello, entonces, le contó todo.
Cada palabra fue difícil de decir, pero una vez que hubo terminado, él se sintió inmensamente aliviado. Contarle a alguien más, compartirlo con otra persona que sabía le podría entender, fue la mejor ayuda que Bill pudo obtener. Comprender las cosas por sí mismo, aceleraba el proceso de curación, ayudaba a que la herida cicatrizara por completo; pero tener a otra persona a quien contarle, era como un bálsamo fresco que suavizaba la piel. Tenía a una amiga que sabía lo que él sabía. Y compartir ese conocimiento, aliviaba la presión dentro de su cabeza.
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Dos semanas después y Bill había olvidado la mayor parte y superado lo peor. Por supuesto que aún quedaban momentos de tristeza, rabia y arrepentimiento. A veces una mezcla de los tres, pero ninguno de ellos logró causar un nuevo colapso. Y prontamente, fueron extintos por su determinación de continuar con la vida. El nuevo lema de Bill era: “Ocurren situaciones de mierda, pero hay que superarlas” (Un elocuente parafraseo de lo que alguna vez oyó de Anis) y su resolución de hacer justamente eso, era inmutable. Salió de sus escondites –ambos: físico y emocional (aunque el último le tomó un poco más de tiempo) y ahora volvía a ser parte activa de la vida del harem.
Actualmente, estaba sentado con Deena y Mahtob en una sala común del primer piso, una que daba de frente al patio central de harem. Más allá del arco que mostraba el patio había otro salón –era una especie de corredor cubierto–, así que, aun si hubiera viento, ellos no sentirían nada de la lluvia que en esos momentos caía afuera. Una semana atrás había empezado a llover y no había parado desde entonces. Había comenzado oficialmente el invierno y con él, llegaron las perennes lluvias tan típicas de la estación.
Demasiado mojados, todos los verdes jardines se tornaron lodosos y murieron. Los impecables caminos de empedrado, se volvieron oscuros y sucios ríos de lodo. Los sirvientes que se encargaban de cuidar los jardines, simplemente se rindieron y fueron asignados a otras tareas, hasta que las lluvias acabaran. Nadie del harem se aventuró a salir.
En lugar de ello, todos permanecían dentro. Algunas veces la temperatura bajaba tanto, que entraban braceros y los encendían, pero no hoy. Bill había despertado temprano en la mañana y se sorprendió de encontrar el comedor lleno para el desayuno. Usualmente, muy pocos se levantaban antes de las diez en punto. Era divertido ver que todos se volvían muy flojos cuando había buen clima y por lo tanto las actividades para recrease abundaban, pero en el momento en que empezaba a llover, todos los ocupantes del harem, repentinamente, se sentían inspirados a permanecer activos. Incluso el mismo Bill sentía un poco de claustrofobia. Y aunque probablemente había opciones para entretenerse estando bajo techo, la mayoría de las concubinas se quejaba constantemente de no tener nada que hacer. Y cualquiera que tuviera los conocimientos básicos del ajedrez, estaba harto de ser acorralado para jugar con Deena. Manar le explicó a Bill, que por esta razón, los mercaderes venían en invierno. “Cuando todo lo demás falla, ve de compras” Había exclamado con mucho entusiasmo.
Y wow, sí que hubo compras. Por lo menos cuatro días a la semana, permitieron que diferentes mercaderes entraran al harem, donde pudieran mostrar sus mercancías y convencer a las concubinas de que cualquier compra aumentaría su nivel de satisfacción en la vida. Vendían de todo, desde zapatos, comida, hasta muebles. La entrada principal del harem, se había convertido en un pequeño mercado. Bill había observado los procedimientos y rápidamente se dio cuenta de que Manar era, de hecho, la cliente más ávida. Nunca hubo un día en que ella no se retirara con, por lo menos, diez compras a su crédito. ¿De dónde sacaban el dinero para estas cosas? Bill aún no lo sabía, pero todas ellas, parecían perfectamente capaces de producir carteras llenas de monedas de oro, cada vez que la ocasión lo ameritara.
Incluso ahora, él junto a Mahtob, y Deena, se encontraban observando los productos de los mercaderes, rollos de tela habían sido desperdigados por todo el salón, creando un alborotado mar de género. Deena había negociado con Anis hasta que accedió a dejarlos ir de compras a una ubicación más privada, pero el guardia había insistido en estar presente. Sin embargo, cuando el hombre se enteró de que Bill estaría allí, quiso revocar su concesión, pero otra vez fue influenciado por Deena, claro que con un poco de compensación económica.
—¡Oh! Bill, esto se vería absolutamente fabuloso en ti.
La concubina varón miró para ver lo que Deena sostenía, una horrorosa tele verde amarillenta, que le obligó a hacer una mueca—. ¡Oh, Dios!
—¿Qué? —cuestionó la chica, bajando la mirada a la pieza de género—. Ok —concedió—. Sé que es un poco… brillante.
—Como para “resplandecer en la oscuridad” —intervino Mahtob.
—Pero… —continuó Deena, dándole una mirada molesta a la otra chica—. Funcionaría contigo.
Bill sonrió con desdén, negando con la cabeza—. No lo creo, Deena, eso no le vendría bien a nadie.
—A nadie, excepto a ti. Sólo imagina, podrías hacer algo realmente grandioso con ella, una especie de túnica que ondeé detrás de ti, cuando camines.
Mahtob rodó los ojos—. Deena, hay una razón para que ninguno de nosotros te deje jugar a vestirnos. Tú tienes el peor sentido de la moda jamás visto.
La chica le dio una mirada ofendida—. ¡No es cierto! Mi sentido de la moda es futurista —Mahtob se rió en su cara ante esto, haciendo bufar a Deena, mientras que Bill sólo se reía—. Bueno, si ustedes dos quieren ser aburridos, entonces lo compraré para mí —proclamó, tomando el material en sus brazos, lo cargó hasta el vendedor que estaba cerca de ella. El hombre se apresuró a entregarle su libro de diseños, sugiriendo algunos modelos.
Observando cómo intercambiaban el dinero, Bill finalmente vocalizó lo que se había estado preguntando mentalmente—. ¿Y ustedes, chicas, de dónde sacan el dinero para esto?
Deena pareció no escucharlo, ya que estaba muy entusiasmada discutiendo las posibilidades para su nueva adquisición con el mercader, así que fue Mahtob quien contestó—. Es nuestra mesada. Eres libre para usar la tuya también, si tú quieres.
Bill la quedó mirando fijamente—. ¿Mesada? ¿Tienen una mesada?
Mahtob lo miró con extrañeza—. Por supuesto, es el dinero que Tom nos da. —Como el chico a su lado no dijo nada, los labios de Mahtob se abrieron y su expresión cambió de sorpresa a una de total indignación—. ¡¿Dejó de darte tu mesada?!
Cuando Deena escuchó esto, se volvió para preguntar—. ¡¿Qué?!
—Quiero decir, sé que están peleados, incluso se ignoran el uno al otro, pero cortarte la mesada es simplemente…
—¿Infame, ruin, mezquino? —sugirió Deena.
—Chicas, para empezar nunca tuve una.
—¡¿Qué?!
—Tom nunca me dio dinero, nadie lo ha hecho.
Por unos momentos, las dos chicas lo quedaron viendo fijamente y con la boca ligeramente abierta, antes de que Deena comentara—. Bueno y… ¿tú no le pediste?
—No, eso habría sido de irrespetuoso.
Los hombros de Mahtob se relajaron—. Oh —mientras que Deena rodó los ojos y agregó.
—No lo es, Bill. Somos sus concubinas. Tom es responsable de nuestro bienestar. Es obligación que nos dé una mesada —arrugó el ceño—. Encuentro difícil de creer que no te haya dado una.
Bill le quitó importancia—. Tal vez se olvidó.
—Eso es improbable —comentó Mahtob—. Alguien debió sacar provecho de tu ignorancia, llevándose el dinero a sus propios bolsillos.
—Hessa siempre ha estado a cargo de la distribución —afirmó Deena.
—Ya lo sé. Esa perra.
Bill alzó las cejas, nunca había escuchado a Mahtob hacer un comentario así—. ¿Entonces creen que ella se ha estado quedando con mi dinero?
—Por supuesto que lo ha hecho —afirmó Deena, moviendo la mano como si su pregunta fuera una idiotez. Las dos chicas se acercaron más y sus voces se volvieron oscuras y viciosas.
—Ella debió saber que en algún momento nos daríamos cuenta.
—Cree que está a salvo porque no podemos acusarla directamente.
—No se saldrá con la suya. La haremos pagar.
Bill se volvió a la selección de telas diseminadas por el piso, mientras las chicas se comprometían en una discusión para buscar la mejor forma de acusar a la mujer ladrona. Había varios modelos que llamaron su atención, pero pensó que no habría caso en encantarse mucho con alguna tela, ya que no tenía dinero.
Cuando las chicas terminaron con su discusión privada, se acercaron hasta él y le dijeron que escogiera lo que deseara, prometiendo cubrir el costo ellas mismas. Al final, Bill compró una seda roja con patrones dorados, una tela de satín verde marino, terciopelo damasco y una tela de algodón púrpura y gris; además de una gran variedad de telas en su color favorito: negro.
Cuando el mercader le preguntó qué haría con las telas seleccionadas, Bill no tenía idea. Pero en lugar de confiar en los consejos de Deena, hojeó el libro de modelos que el hombre le ofreció. Sin embargo los diseños eran todos de atuendos femeninos. Nada en el libro se parecía a lo que había estado vistiendo en el harem durante los últimos nueve meses. Cuando le señaló al vendedor lo que era obvio, que usar esos estilos sería lo mismo que travestirse, el hombre le entregó otro folleto, que sí contenía atuendos masculinos. A medida que miraba, el interés de Bill fue en aumento. Los dibujos eran, de hecho, ropa normal de hombre; no las creaciones híbridas que le habían entregado hasta el momento, sino más bien, atuendos de alta calidad y hechos a medida, eran del estilo que Tom usaba.
Ese pensamiento lo detuvo un segundo. ¿Realmente quería parecerse siquiera un poco a Tom? Considerar esa pregunta le llevó a sacarla en su mente, pues era ridícula. Verse como el príncipe no era el problema, lo que importaba era lucir cada vez menos como una mascota. Señalando la ilustración de un abrigo largo, preguntó.
—¿Puede hacer eso?
—Puedo hacer cualquier cosa que quiera —contestó el hombre, acomodando sus cosas. Así que durante la siguiente media hora, Bill se dedicó a hojear el folleto y a seleccionar un nuevo guardarropa, pidiendo consejo a Mahtob, para asegurarse de que no estaba exagerando. Una vez que el mercader hubo tomado todas sus medidas, cogió sus cosas y partió con Anis pisándole los talones. Sintiéndose entusiasmado por sus nuevas ropas, las cuales estarían completamente listas en dos semanas, el siguiente comentario de Mahtob tomó por sorpresa al pelinegro.
—Entonces, Bill —comenzó en forma inocente—. Creo que es tiempo de que nos cuentes qué pasa entre tú y Tom.
El pelinegro se quedó mirándola sorprendido, porque no esperada algo así—. ¿Qué? No creo que… No, Mahtob —desvió la mirada, pero se topó con Deena observándolo fijamente—. No quiero hablar sobre eso, por favor no me obliguen.
Mahtob lo miró tristemente—. Esto no es una inquisición, Bill. No te vamos a obligar a hacer nada.
—Somos tus amigas, nos preocupamos por ti y sólo queremos saber qué anda mal —agregó Deena—. Tom ya ni siquiera habla de ti y nos manda lejos cada vez que alguna de nosotras pregunta por ti —Bill se sorprendió ante lo último, ¿las chicas le preguntaban a Tom sobre él?
—¿Nos podrías contar, aunque fuera un poquito, por favor? —imploró Mahtob.
Suspirando, lo consideró. ¿Qué mal podría haber en contarles… sólo un poco?
—Peleamos, él dijo cosas… —levantando la vista, vio que las dos mujeres se habían acercado, las expresiones ávidas en sus rostros, le hicieron sentir un poco incómodo—. Cosas que no se pueden olvidar… o perdonar. Hemos terminado. Ya nos no nos veremos más, ni hablaremos. Ninguno de los dos quiere nada con el otro —cuando Deena abrió la boca para intervenir, él agregó rápidamente—. Y ustedes dos tendrán que respetar eso. Esto no es algo que pueden cambiar, así que, POR FAVOR, olvídenlo. —La mayor de las chicas retrocedió, luciendo abatida.
—¿Estás seguro, Bill? —preguntó Mahtob, estirando su mano para posarla en el hombro del chico—. Porque nosotras podríamos…
—¡No! —Bill exhaló y abrió los ojos para volver a mirarlas—. No. Por eso no quería contarles nada. Sabía que ustedes se inmiscuirían y tratarían de arreglarlo. Esto es algo que no se pude arreglar.
—Ok, está bien, Bill. Te prometemos que lo olvidaremos.
El pelinegro buscó la mirada de Deena—. ¿Tú también lo prometes?
La chica le dio una mirada seria, algo raro viniendo de ella—. Te lo prometo —contestó y Bill le creyó.
Relajándose un poco, él asintió a ambas—. Gracias.
La tensión que llenaba la atmósfera se disipó y los tres compañeros compartieron pequeñas sonrisas de conciliación. Cuando se levantaron y se prepararon para buscar algo de comer, Deena preguntó en voz alta—. Entonces, si ya ni siquiera estás viendo a Tom, ¿aún eres su concubina? —su pregunta obviamente tenía una intención inocente, pero Bill respondió con rapidez.
—No, ya no más.
—¿Pero entonces… qué eres tú? —La chica continuó confusamente—. Quiero decir, ¿cuál es tu lugar? ¿Continuarás viviendo en el harem?
Mahtob respondió antes que él pudiera hacerlo—. Por supuesto, estúpida. Él aún es esclavo de Tom, no se puede ir.
—No me digas estúpida —reclamó Deena.
—Pues no hagas preguntas estúpidas.
Y los tres se fueron a buscar el almuerzo.
& Continuará &
Notas de MizukyChan: Me encantó la reacción de Deena y Mahtob al principio, cuando conspiraban contra Hessa la primera concubina del sultán, porque se estaba quedando con la mesada de Bill.
Muy pronto viene la continuación. Gracias por la visita.
