Notas de MizukyChan: La definición de okra al final, junto a una imagen.
Respiren mucho, porque este capítulo está lleno de cosas que te pondrán los pelos de punta. Gracias por seguir leyendo.
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Bill ha estado en el harem por 7 meses
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
& Capítulo 27 &
—Y de nuevo, ¿para quién es esto? —preguntó Bill.
Él y Manar caminaban juntos por los corredores. La princesa cargaba un libro pequeño de oraciones, mientras que Bill sostenía una charola con postres.
—Su nombre es Umhind. Su esposo es un diplomático de Foularr, quien ha desertado y ahora está de nuestro lado.
La bandeja se movía precariamente en sus brazos y Bill luchó para sostenerla de mejor manera—. Oh.
—No vayas a arrojarla.
Bill trató de darle una mirada gruñona a la chica, antes de que sus ojos volvieran a fijarse firmemente en su tarea—. ¿Por qué estamos haciendo esto?
—Es costumbre presentarse a los nuevos vecinos con regalos de bienvenida —explicó la mujer.
—Sí, pero ¿por qué lo estamos haciendo nosotros? ¿No hay nadie más que lo haga, un sirviente tal vez? ¿O alguien que pudiera entregar esto?
Manar sacudió la cabeza—. Soy la mayor de las princesas de sangre, así que esta tarea recae sobre mí. Lo estoy haciendo porque DEBO hacerlo. Y tú lo estás haciendo porque eres agradable y quieres ayudarme.
Bill alzó las cejas ante tal afirmación—. Quiero hacerlo, ¿cierto?
—Sí. Sí quieres. Ahora, mira por donde caminas: si se cae esa bandeja, tendremos que regresar y buscar más postres.
&
Llegaron a la habitación de la nueva mujer, Manar tocó en el marco de la puerta, mientras se asomaba hacia el interior—. ¿Hola?
Una mujer que estaba reclinada sobre un diván alzó la vista—. Oh. Hola —ella se estiró para abrir un cajón al lado de la mesa, guardando allí, algunos papeles que tenía desperdigados—. Perdonen el desorden —dijo, levantándose para sacar algunas ropas de la cama, llevándolas hasta el armario del cuarto, y luego agregó—. Justo ahora, estoy tratando de organizar.
Manar sonrió y entró de lleno a la habitación, deteniendo los esfuerzos de la mujer por limpiar con rapidez y guiándola hacia una silla—. Es completamente entendible. Acaban de llegar a un nuevo hogar.
Ahora, las dos mujeres estaban sentadas en las sillas del cuarto. Manar hizo una seña con su mano a Bill, llamándole a acercarse y a unirse a ellas. Depositando en una mesita cercana, su mitad del regalo de “Bienvenida al harem”, él se sentó en el diván.
—Soy Manar Kaulitz, princesa real, hija de Ayaan, la tercera concubina del sultán —Y señalando al chico pelinegro que estaba sentado a su lado, dijo—. Él es Bill —el nombre en particular, sonó casi miserable, ante el enorme título anterior.
La mujer, que estaba un poco rellenita, pero aún así hermosa, asintió y educadamente dijo—. Es muy agradable conocerlos a ambos. Yo soy Umhind.
Manar asintió. Bill trató de gravar el nombre en su cabeza; nunca antes lo había escuchado, era claramente un nombre extranjero. Otras pistas de las raíces foráneas de la mujer asomaron por aquí y por allí; sus ropas eran de un estilo ligeramente diferente de lo que estaba de moda allí; su manera de hablar era un poco más gruesa, teñida por su acento propio.
Manar se inclinó hacia adelante, para entregarle el librito que había traído.
—¿Qué es esto? —preguntó Umhind. Hojeó a través de las páginas del tomo en miniatura y sonrió, alzando la vista—. Un libro de oraciones. ¡Qué considerado! —Pasando suavemente la palma por sobre la cubierta, lo llevó a su pecho, abrazándolo—. Gracias.
—Qué bueno que te guste —respondió Manar—. Los postres también son para ti. Creo que es una receta de Foularr. Mudarte a un nuevo hogar puede ser muy duro, especialmente cuando las fronteras están en conflicto.
La sonrisa que la otra mujer sostenía, se evaporó—. Gracias, verdaderamente gracias. Y sí —concedió—. Fue difícil dejar atrás a mi familia y a mis amigos —cruzando las manos sobre el regazo, ella continuó—. Foularr es el único hogar que he conocido y aquí, todo es muy diferente.
—¿Y cómo has encontrado a Bagrah hasta ahora? —preguntó Bill, queriendo ser sociable y también, porque estaba genuinamente interesado en conocer la opinión de un extranjero.
Umhind llevó los ojos hasta él, y aun cuando no lo demostrara, Bill sabía que ella lo estaba analizando—. En realidad me gusta. La gente aquí es más libre para expresarse. Pero todos han sido muy amistosos y acogedores, ustedes incluidos —se detuvo un segundo—. Mi esposo y Aaron, estaba preocupados de que nuestras peticiones de asilo fueran rechazadas, pero ahora está claro, que no tenían de qué preocuparse. Su rey ha sido muy gentil, al dejar que nos quedáramos.
Bill le dio una sonrisa sincera al oírle hablar, mientras que Manar trató de cubrir su ceño fruncido—. ¿Quién es ese hombre que mencionaste? ¿Aaron…?
—… Prasaad —completó la otra mujer—. Él es un individuo agradable. Aunque él nunca me ha mencionado sus razones para quedarse en Bagrah; yo presumo que es porque él nació aquí; ya saben, es un nativo de Bagrah después de todo.
Manar se quedó en silencio, así que Bill continuó—. Eso es comprensible.
Umhind asintió—. Sí. Yo habría hecho lo mismo en esta situación. Sin embargo, mi marido y yo tenemos nuestros motivos.
—¿Oh? —Bill cuestionó.
—Sí. Verás, él era visir del rey Zahid. Pero recientemente, enojó al rey y no estamos seguros de cuál sería nuestra situación si regresáramos a Foularr —ella suspiró—. Y ahora que las negociaciones han ido mal, más los rumores de guerra… Bueno, creímos que lo mejor, lo más seguro, sería quedarnos aquí.
Bill asintió y, por un momento, nadie más habló.
Luego Manar preguntó—. Tu esposo y… su amigo, ¿ambos se quedarán en el palacio? —Su tono fue inesperadamente brusco, especialmente después de la conversación liviana que estaban llevando.
Bill le dio una mirada de advertencia a la princesa, ya que esa pregunta sonó realmente extraña. ¿Dónde más se supone que se quedarían?
—Oh, sí —respondió Umhind—. De hecho, nos han invitado, a él y a mí, a cenar con el sultán esta tarde. ¿Pueden creerlo?
El prospecto de permanecer toda una comida en compañía de Jorg, a Bill le parecía una exquisita tortura—. Sólo puedo imaginarlo —respondió.
Los chicos hablaron con la nueva mujer un rato más y luego se retiraron. Bill sólo quería tomar una siesta y Manar se fue inusualmente callada.
&
Tom enterró el tenedor en un trozo de okra, soplándolo antes de poner la verdura en su boca. Estaba sentado en un cojín, ubicado entre Georg y la esposa del sultán Farah, la cual era vergonzosamente más joven que él. Al frente de la mesa, había varios de sus hermanos, incluido Ahmed. También estaban presentes Ayaan y Hessa. Las pequeñas “cenas familiares” de Jorg, eran obligatorias y se realizaban cada dos semanas. La lista de invitados siempre variaba, dependiendo de quién estaba peleando con quien. Ankara estaba casi siempre presente en el par de comidas mensuales, así que Tom estaba completamente sorprendido cuando llegó y notó que su madre estaba ausente.
En su lugar había un hombre barbudo, quien había sido presentado como Emir Jaber-Bari, un diplomático de Foularr. Y aunque Tom pensaba que era increíblemente estúpido dejar que un oficial extranjero se quedara en el palacio durante tiempos de guerra, fue incapaz de encontrar algo en los modales del hombre, durante la cena, que le permitiera acusarlo. Al lado de él, estaba sentada su esposa, una mujer igualmente educada, quien estuvo muy callada, dejando la conversación a los hombres.
Tom escuchó como Jorg hablaba extensamente con Emir y se preguntó por qué razón lo habían invitado a él esa noche a la cena. Era completamente obvio que el sultán le estaba prestando demasiada atención al refugiado, en un intento de molestar aún más a su hijo. Tom pensó que si su padre sólo pretendía fastidiarlo, simplemente debería haberlo dejado sin invitación a esa cena.
—¡Ah, por fin! Nuestro invitado retrasado —exclamó Jorg.
Tom alzó la vista hacia donde su padre miraba y, finalmente, supo por qué lo habían invitado.
Cruzando las puertas, estaba Aaron. El príncipe volteó el rostro rápidamente hacia Jorg, quien le ofreció una sonrisa asquerosa y el rastudo tuvo que contenerse para no soltar la infinidad de cosas que cruzaron por su mente.
Aaron se acercó y los ojos de Tom se achinaron al ver que el hombre se sentaba a la izquierda del sultán—. Buenas tardes, su majestad. Por favor, disculpe mi tardanza.
Jorg movió la mano, quitándole importancia—. Por supuesto, por supuesto. Ahora, póngase cómodo, señor, y coma hasta quedar satisfecho, porque una vez más, está entre amigos.
—Gracias —respondió Aaron. Volteó su rostro para sonreír a todos los que estaban reunidos alrededor de la mesa, incluyendo a Tom—. Es bueno estar de vuelta.
Tom miró al par con odio, ya que los dos estaban actuando como si la cena fuera una feliz reunión. Su máscara de alegría le daba asco, soltó sus cubiertos con fuerzas, haciéndolos sonar en la mesa, mostrando que se iba.
—No dejarás la mesa —mandó Jorg. El tono no concordaba con su apariencia de felicidad.
Tom pudo haberlo ignorado e irse de todos modos, pero justo en esos momentos, su padre exclamó—. ¡Ah. Ha llegado nuestra comida! —Los sirvientes se movieron desde atrás, maniobrando entre los invitados, para servir las bandejas con el plato principal. Cuando ellos se retiraron, el sultán hizo contacto visual con su hijo, muy seriamente, anunciando un dictatorial—. ¡Comamos!
Tom apretó los dientes y cogió el cuchillo, procediendo a masacrar su trozo de carne. Durante las siguientes dos horas, ejercitó su auto-control como nunca antes, mientras su padre y Aaron continuaron conversando, actuando como si el pasado, nunca hubiera ocurrido. El rastudo intentó lo mejor posible, bloquear lo que decían, pensando en las cosas que él debía hacer. Y no pudo evitar deprimirse por ello.
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Bill pensó que la mejor forma de aproximarse, era animando a Tom, y luego, cuando estuviera de mejor humor, preguntarle qué había provocado aquella extraña escena bajo la lluvia. A lo largo de dos días, había gastado una excesiva cantidad de tiempo simplemente yaciendo en su habitación y en los sitios del harem, que pensó que Tom podría visitar. Optó por tomar el consejo de Mahtob y trató de no preocuparse. En lugar de eso, pensó en cuanto deseaba volver a pasar tiempo con el rastudo.
Al día siguiente, regresando de la mesa del desayuno, Bill encontró al príncipe esperándolo justo fuera de su habitación.
—Tom —Una sonrisa se extendió en su cara, inesperada e incontrolada. El rastudo dio un paso adelante y Bill cerró las distancias, pasando los brazos alrededor de él, sus mejillas se calentaron de vergüenza, sólo después que sus labios se alejaron del beso. «Dios, Bill» Pensó «¿Tan desesperado?» Retrocedió un paso y bajó la mirada, sonriendo—. Lo siento.
Tom simplemente se quedó ahí, luciendo entre sombrío y arrepentido. Tenía el mismo aire de aquel día en el jardín. Bill se mordió la orilla del labio inferior, el silencio llenó el espacio entre ellos, hasta que la quietud se volvió una cosa tangible y vibrante.
—Hola.
—Hola Bill —Tom dudó. Era como si tuviera dos cosas que decir y tuviera que escoger una. Algo en sus ojos tomó el control y lo que resultó fue un—. Siento haber huido; ese día en la lluvia. Yo… no estaba pensando con claridad. Últimamente, tengo demasiadas cosas en la cabeza.
Quizás era ingenuidad, pero a Bill no se le ocurrió considerar si el hombre en frente suyo mentía o no—. Está bien.
—Mira, Bill, yo…
—¿Quieres…? —dijeron al mismo tiempo.
Bill sonrió, mientras que Tom casi hizo una mueca.
—Disculpa. Tu primero.
—Me peguntaba si tendrías libre el día de hoy. ¿Tal vez… quieres hacer algo? —Luego, aún más vacilante y con color en las mejillas, agregó—. Pensé que… ahora que nosotros, ya sabes, hemos estado juntos…, tal vez deberíamos hablar.
Algo bañó el grueso café de los ojos de Tom. Fue tan rápido, que el pelinegro nunca habría podido decir qué fue—. Lo siento, Bill. No puedo. En realidad esa es la razón por la que vine a verte. Es un hecho que voy a estar muy ocupado por un tiempo. Y no estoy seguro si podré venir a verte tan a menudo.
Los labios de Bill se abrieron, y sólo pudo pronunciar un—. Oh.
Tom exhaló y bajó la mirada, su mandíbula rígida—. Sí, bueno… Pensé que deberías saberlo.
La expresión de Bill se mantuvo serena al notar que Tom se tensaba. Las siguientes palabras que dijo fueron más lentas, casi las expresó con cuidado—. Bien, ok. Gracias por decirme, creo. ¿Podré verte algún día?
—No sé. Tal vez. Trataré de pasarme por aquí.
Bill evitó arrugar el ceño, Tom se portaba casi frívolamente y no pudo evitar que una línea se posara en su frente, entre sus cejas—. Está bien. Entonces, nos veremos por ahí.
Tom asintió en forma rápida y fría—. Sí. Bueno… adiós —dio dos pasos hacia atrás, antes de voltear y alejarse.
Bill vaciló y luego se estiró con rapidez, para tomar el brazo del príncipe—. Tom, espera.
El rastudo se detuvo y volteó para ver el rostro de su concubina. Bill dio un paso para acercarse, pasando los dedos por la tela de la túnica del príncipe—. ¿Estás seguro de que estás bien? Pareces… no sé… preocupado.
Cuando sus ojos se encontraron, Bill notó que el otro hombre quería apartar su mirada, pero no podía. Y eso le dijo a Bill que había acertado en su evaluación sobre el comportamiento del príncipe. Él estaba preocupado, algo aún estaba mal. Tom cogió aire, movió la cabeza de una forma que sugería que diría algo, pero en lugar de eso, volvió a retroceder, sus labios se cerraron y sus ojos, finalmente se enfocaron en otra cosa.
Bill pudo ver que el príncipe no daría información voluntariamente—. ¿Es la situación con Foularr? —intentó ayudar—. ¿Está empeorando?
Tom se quedó en silencio un momento, pero eventualmente respondió—. Sí, es mucho peor. Estaremos en guerra pronto.
Bill se quedó observándolo, pero no consiguió que el rastudo correspondiera su mirada. La rigidez que mostraban sus hombros, delataba su tensión y Bill pasó sus manos de arriba abajo en el pecho de Tom, en un gesto de apoyo.
—Estará bien, Tom. Si la guerra, realmente es inevitable, entonces no hay nada que tú puedas hacer. No te preocupes demasiado sobre lo que no puedes cambiar.
Finalmente, sus miradas se encontraron y los labios del príncipe se curvaron. Si era una mueca o una sonrisa, Bill no habría podido decirlo—. Ese es un buen consejo.
Bill le dio una sonrisa irónica—. Lo aprendí de ti.
Lo que Bill realmente quiso decir fue que lo había aprendido al ser esclavo de Tom. Sin embargo, el príncipe sí entendió su significado y cualquier tranquilidad que adornó su rostro, se esfumó rápidamente. La concubina vio como retrocedió a su postura anterior, distante y lejana; observó como la fría indiferencia volvía a ocupar su lugar. Y comprendió que ninguna plática bastaría para sacarlo de ese estado, en esos momentos. Tal vez el príncipe sólo necesitaba estar solo. Lo último que Bill quería, era parecer dependiente. Le ofreció una última y suave mirada antes de retroceder y ocultar su sentimentalismo—. Si tienes un descanso, sabes dónde encontrarme.
Y apenas dolió cuando el otro hombre lo ignoró—. Sí. Me tengo que ir. Adiós Bill.
—Adiós.
Pero le dijo lo último a la solitaria pared.
&
Una semana más tarde, Bill comprendió que se había equivocado. Algo más le ocurría al príncipe y no era sólo un cambio de humor. Aun así, Tom le había advertido que tenía muchas cosas que hacer y que sería difícil visitarlo.
Después de dos semanas, Bill sabía que había sido parcial o completamente una mentira. Algo pasaba y aunque al pelinegro le doliera siquiera pensarlo, sabía que Tom lo estaba evitando. Lo que no entendía era el por qué. Bill repasaba en su mente, la noche en que se entregó al príncipe. Recordó el comportamiento de Tom a la mañana siguiente. La forma en que Tom lo había mirado, no sugería que se hubiera arrepentido, o que quisiera huir. Había sugerido el deseo de quedarse, y de regresar a él.
Y aun así, se mantenía alejado, evadiéndolo. Bill no quería creer que había sido engañado; engatusado con palabras bonitas y besos para llevarlo a la cama. Eso no era lo que había sentido aquella vez. Estar con Tom se había sentido honesto y correcto. Pero ahora, Bill cada día se sentaba solo. Y cada día, perdía un poco más la esperanza de que Tom cruzara por su puerta. No quería creerlo. No quería dejar que ni una pequeña sospecha se alojara en su mente y arruinara su recuerdo de lo que, a su parecer, había sido genial. Pero Bill no podía ignorar su situación actual. Tom lo había tenido y ahora se había ido.
Bill escondió sus sentimientos de todos los habitantes del harem. Durante el día, usaba una máscara bastante convincente, que no revelaba nada. En la noche, cuando estaba solo, se permitía quitar la máscara. Durante las noches, siempre pensaba. Todos los pensamientos, que bloqueaba durante el día, inundaban su mente en la oscuridad y nunca paraban. Su cabeza trabajaba a mil y el sueño huía.
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Bill estaba en la biblioteca. Había convencido a Anis de escoltarlo hasta allí, para encontrar algo nuevo que leer. Hojeando las primeras páginas de otro libro y notando que no sería de su agrado, volvió a ubicarlo en el estante y pasó la vista por la baranda del balcón del segundo piso, en el cual se encontraba. El rostro serio del guardia, que estaba apoyado en un librero cerca de la entrada, le indicaba que estaba aburrido. Anis descubrió la mirada del chico y lo reprendió, haciéndole señas para que se apresurara.
Bill arrugó el ceño y se alejó de la baranda. Adentrándose más en el segundo nivel, caminó hacia las hileras de estantes y escuchó el distante gruñido de—. Diez minutos y voy a buscarte —rodando los ojos, dobló en una esquina demasiado rápido.
—¡Lo siento! Lo siento, lo sien… —Había chocado de frente con otra persona y la fuerza del golpe los había mandado a ambos al piso. Su disculpa quedó en el aire, al ver contra quien se había estrellado.
—Tom.
Bill se puso de pie y parpadeó sorprendido, bajando la mirada al hombre que aún estaba en el suelo. No pudo descifrar qué era exactamente lo que había en la mirada del príncipe en esos escasos segundos. Algo real. Y luego lo vio desaparecer, reemplazándolo con algo que no era.
Tom se sentó, se apoyó en las rodillas y luego se levantó. Evitó el contacto visual tanto como pudo, enojando a Bill. Y esa chispa de molestia, encendió el fuego de la ira del muchacho. Con los ojos achinados, Bill caminó al frente, tratando de cruzarse delante del rostro de Tom y así, obligarlo a verle. Pero el rastudo, evitó cruzar sus ojos, mirando en otra dirección, fijando la atención al lado izquierdo del chico, al ver que se aproximaba.
—¿Por qué? —La pregunta dejó sus labios en un brusco susurro y la cabeza de Tom se crispó, como si apenas pudiera contenerse para seguir evitándolo.
—¿Por qué, “qué”, Bill? —Estaba volteando, como si buscara la ruta de escape más cercana y rápida. Su voz sonaba tranquila y completamente razonable. Sonaba casi perplejo, como si no pudiera comprender qué le estaba preguntando el chico.
Eso enfureció aún más al pelinegro. El plan “extrae respuestas de Tom en forma amable” se fue por la ventana. Y presionó al hombre en el pecho, obligándole a retroceder un paso.
—¿Por qué, “qué”? ¡Han pasado tres malditas semanas, Tom! ¿Por qué me estás evitando?
Tom simplemente sacudió la cabeza y respondió en el mismo tono tranquilo y exasperante, como si Bill estuviera siendo irracional—. Te dije que tenía mucho trabajo. Estoy ocupado —se agachó para recoger el libro que yacía abierto en el piso. Enderezándose, finalmente miró a Bill—. Pensé que lo entendías —volteó y caminó, alejándose.
Furibundo, los ojos de Bill se abrieron grandemente—. ¡No! —Soltó. Caminando al acecho de Tom que se estaba largando, cogió su hombro y lo volteó con fuerzas. Tom dio un paso atrás, y terminó contra un estante.
—¡No! —continuó Bill. Acercándose de modo que Tom tuviera que moverlo físicamente para alejarse—. No te vas a volver a escapar. No antes de que respondas mi pregunta —Ojos achocolatados se elevaron para mostrar una controlada pizca de enojo, pero el pelinegro no se dio por enterado—. Dame una razón, Tom. ¿Por qué?
—¿De dónde sacaste eso? —intervino el rastudo.
Esa no era la respuesta que había estado esperando y le tomó un segundo a Bill seguir la mirada del príncipe, abajo hasta su cintura, donde reposaba un gran zafiro de forma cuadrada, prendido a su cinturón.
—Ankara me lo dio —respondió y luego, comprendió que nuevamente Tom estaba desviando el tema, contestando sus preguntas con más preguntas. Retomó su mirada intensa, y demandó furiosamente que el rastudo explicara su comportamiento—. Una razón, Tom —exigió.
Por unos segundos, todo estuvo en silencio. Y sólo cuando Bill estuvo a punto de gritar, Tom habló—. ¿Quieres una razón?
El tono empleado por el mayor, hizo vacilar a Bill y al siguiente segundo, Tom lo cogió por los hombros, los dedos se hundieron en la tela de su túnica, zarandeándola, revirtiendo su posición. Se apretó contra él y habló en su rostro.
—Qué tal esta: Tú eres mi maldita concubina, Bill. Mi esclavo. No eres un hombre libre. No eres mi esposa. Y tú, ciertamente, no eres mi igual.
Bill tragó grueso. Su corazón palpitaba frenéticamente dentro de sus costillas. Sintió como si su cerebro comprendiera con cinco segundos de tardanza. Pero las palabras del príncipe quedaron registradas. Quedó en shock, confuso y adolorido al escuchar a Tom decir tales cosas. Y sintió un calor agolpándose en su rostro, que no tenía nada que ver con un sonrojo.
—Tom, yo…
—Mi esclavo, Bill. ¿Lo entiendes? No hay motivo para tratar de ser algo más, porque no puedes ser algo más. Fingir, sólo lo empeorará. Créeme.
—Tom —Bill interrumpió y su voz titubeó entre ira y tristeza—. ¿Cómo puedes decir eso? Tú sabes que eso no es cierto.
Y ahí fue cuando el rastudo, nuevamente, lució incómodo, como si estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa para irse—. Lo es, Bill. Tú estás aquí por placer. Es lo único que puedes ofrecer.
Bill no pudo evitarlo. Una lágrima de pura rabia se escapó por su párpado y emprendió el camino por su mejilla. Su garganta dolía tremendamente—. No digas eso.
De pronto, Tom cerró las distancias y capturó los labios de Bill en un beso forzado. Sus manos se deslizaron de los hombros del chico, hacia abajo, hasta su cintura. Rompió el sello de sus labios para respirar.
—Esto es Bill. Esto es todo lo que tenemos.
Bill sintió repulsión creciendo en su interior y se separó bruscamente, liberándose del abrazo con furia, ahogando un sordo—. ¡No!
Tom lo dejó ir y se tambaleó a causa de su propio ímpetu, mientras el menor cayó. Cuando el príncipe se acercó para ayudar al chico a levantarse, Bill se hundió más en el piso—. ¡No! ¡No te atrevas a tocarme!
Tom se detuvo y lo miró hacia abajo, cambiando el arrepentimiento para volverlo dura indiferencia—. Es todo lo que puedo hacer, Bill.
—No —repitió la concubina, más para él mismo que para el príncipe.
—Bill…
—No —Bill le dio una mirada dura y llena de odio, los ojos rojos en los bordes—. ¡Eres un maldito MENTIROSO!
Tom dio un paso atrás ante el tono venenoso del pelinegro—. No. No lo soy.
Por primera vez, Bill vio certeza en los ojos del príncipe y eso, más que cualquier otra cosa, hizo doler su corazón—. Si eso es todo lo que puedo ser para ti, entonces no somos nada.
—Bill…
—No somos NADA —repitió—. ¡No me toques! ¡No te me acerques! —Poniéndose de pie, Bill esquivó al príncipe con rumbo a las escaleras.
—Bill. No lo dices en serio.
Cabello negro flotó en el aire, cuando la concubina volteó el rostro, estando al borde de la escalera—. ¿A, no? —Sus ojos ambarinos ardieron al pedir—. Dime lo contrario Tom. Niega todo lo que dijiste.
Profundamente, en alguna reserva emocional que no quería conocer, Bill sostenía la extraordinaria esperanza de que cada palabra que el príncipe había dicho, fuera refutada. Pero el último vestigio de resistencia se destruyó con el silencio de Tom.
Demasiado herido para pensar apropiadamente en algún comentario sarcástico, o incluso para decir adiós, Bill simplemente giró y bajó por los peldaños. Se alejó de la biblioteca con los ojos quemándole y con Anis pisándole los talones.
Después de que el pelinegro se hubo ido, Tom se dio cuenta de que se sentía muy caliente. Apoyó los brazos contra el estante y bajó la cabeza, pensando que vomitaría. Nada sucedió y la ola de nausea pasó. Sintiéndose mareado, giró y se sentó en el piso, ocultando el rostro entre sus manos. Se sentó, tomando grandes y pausadas bocanadas de aire, tratando de calmarse. El único consuelo que podía encontrar –aunque fuese pequeño–, era lo que acababa de hacer. Finalmente, le había dicho a Bill, lo que necesitaba decir y toda la horrible escena había terminado.
& Continuará &
Notas de MizukyChan: Este es un plato de okra, son verduras y también son conocidas con el nombre de dedos de mujer. Mmm se ven apetitosos ñami, ñami

