Notas de Sarahyellow: Oh Dios mío. ¿Quién más piensa sería muy divertido imaginar que Deena fue creada en base a Nicole Scherzinger? Jajaja!

Bill ha estado en el harem por cinco meses y dos semanas.
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
& Capítulo 21 &
Bill se apoyó sobre la punta de sus pies, esforzando su brazo para cruzar la última pulgada entre sus dedos y el libro que buscaba.
—Bill, ten cuidado. No queremos tener que repetir lo de la última vez.
El pelinegro miró sobre sus hombros al preocupado rastudo que estaba de pie abajo, sosteniendo firmemente la escalera. Levantó las cejas, como queriendo decir “¿En serio no queremos?”
Tom se sonrojó. Él se refería a que la concubina casi se rompió el cuello y no al beso ferviente que tuvo lugar después de la caída.
—Estaré bien. Ya casi… —Se estiró hasta lo imposible, deslizando su pie, balanceándose peligrosamente cerca del peldaño de la escalera.
—¡Bill!
—Lo tengo.
Tom respiró hondamente cuando el chico volvió a sujetar su cuerpo y comenzó a descender, con el libro firmemente apretado en su mano. Tom sostuvo la escalera, hasta que los pies del pelinegro estuvieron plantados sólidamente en tierra. Caminando hasta sentarse en una mesa cercana, preguntó.
—¿Qué tiene de especial ese libro, que tienes que arriesgar tu vida por él? —El tomo había sido almacenado, maliciosamente, en el rincón más alejado de la pared principal, en un pequeño estante curvado, que la escalera no lograba alcanzar.
Bill se unió a Tom en la mesa, pasando sus dedos a través de las páginas del libro—. Te dije. Es un calendario de eventos celestes.
Tom rodó los ojos. Desde la noche en el techo, la concubina se había vuelto un poco obsesa con “observar las estrellas”. Bill pasaba varias noches en la torre, jugando con el telescopio. Cuando Tom hubo vocalizado su opinión, Bill le cortó rápidamente, alegando que era un hobby y no una obsesión.
—Yo pensé que sólo querías un calendario común y corriente. Tu cumpleaños no es un evento celeste, ¿me equivoco?
—Por supuesto que lo es —dijo Bill orgullosamente—. El día en que nací, los planetas se alinearon y la luna brilló de un color rojo.
Tom levantó una ceja—. ¿Acaso la luna roja no es un “mal augurio”?
Bill no estaba escuchando. Algo en el libro había llamado su atención. Sus labios se separaron mientras leía y una sonrisa llena de emoción adornó su rostro—. ¡Oh, oh! ¡Pronto habrá un eclipse!
—¿Sí? —Tom jugueteó con una de sus rastas, sin estar realmente interesado. La noche en la torre había sido principalmente para Bill. Al príncipe realmente no le apetecía mucho la astronomía, pero creyó que el chico lo disfrutaría.
—¡Sí! Un eclipse lunar. Y… ¡Oh, Dios mío! Y aquí dice que todo quedará completamente a oscuras cuando ocurra, porque la Tierra caerá directamente entre el sol y la luna —los ojos del pelinegro brillaron—. Wow. Eso es muy raro ¿sabías? Un eclipse total de luna. Wow.
—¿Cuántos libros has leído sobre esto?
Bill cerró el libro y levantó los ojos hacia Tom—. Cinco o seis.
Tom abrió la boca para hacer un comentario sarcástico.
—Hobby —dijo Bill con seriedad.
Tom aclaró su garganta y asintió—. Claro.
Desde la noche en la torre, hacía dos semanas, las cosas habían cambiando entre la concubina y el príncipe. La atmósfera entre ellos aún era nueva y excitante, pero ahora compartían una comprensión más profunda, una que alejaba la timidez, en pequeños instantes, donde ambos sabían que tenían pensamientos bastante similares.
Bill pasó su pulgar por la base del libro, mirando intensamente al príncipe.
—¿Qué? —Rió Tom, incómodo ante la escrutadora mirada de la concubina.
Bill sacudió la cabeza—. Lo siento, sólo me preguntaba cosas sobre ti.
Tom le dio al chico una sonrisa confusa—. ¿Qué quieres decir, con “cosas sobre mí”?
—No sé —respondió, desviando su mirada a sus dedos que yacían sobre la mesa—. Algunas veces me pregunto cosas. Me gustaría saber más sobre ti.
—Ya me conoces.
—Sí. Pero no sé cosas sobre ti —Y enumeró—. No sé cuál es tu color favorito, o cuántos años de escuela tuviste, o si te gusta el calamar.
—¿Calamar?
—El punto es —Bill presionó—. Que no sé “datos” sobre ti. Y quiero saber.
Tom se mordió el labio—. ¿Datos, eh?
Bill asintió.
—Bueno… ¿Cómo qué? ¿Qué te gustaría saber? Tienes que preguntarme algo, porque no tengo idea de qué decirte. Soy aburrido.
El chico le dio una mirada incrédula—. Tom, tú tienes una de las vidas más interesantes del mundo. Eres el heredero al trono de Bagrah.
El príncipe se estremeció—. No es tan impresionante como suena.
—Estoy perfectamente seguro de que lo es —Bill apoyó su cabeza sobre sus brazos cruzados—. ¿Cómo fue tu infancia?
—¿Ah?
—Tu infancia. ¿Cómo fue crecer aquí, siendo un príncipe?
Tom se sintió incómodo—. No sé —suspiró—. Sólo… normal. Creo.
Pero Bill sacudió la cabeza—. ¿Normal? Inténtalo de nuevo, Tom. Quiero decir, creciste en un palacio, por el amor de Dios. ¿Cómo fue?
Tom arrugó el ceño—. Ya te dije, crecí en el harem. Sólo cuando cumplí once, me cambié al verdadero palacio —se detuvo y dio una mirada en retrospectiva—. Y creo que fue… un poco solitario, por aquel entonces.
Bill levantó la cabeza de sus brazos—. ¿Solitario? —Esa fue una respuesta que no esperaba.
Tom asintió—. Sí. Quiero decir, antes –en el harem– siempre estaban todos ocupados, siempre había demasiada gente —Sonrió para sí mismo—. No había ningún tipo de privacidad.
—Tienes toda la razón —murmuró Bill con los dientes apretados.
—Pero me acostumbré, ¿entiendes? —El príncipe pasó su dedo por lo largo de la mesa, sintiendo los gránulos de la madera—. Esa era la vida, era el hogar, la familia.
Bill apoyó la mejilla en su brazo. Sabía exactamente a lo que el príncipe se refería. El harem era una comunidad. Y –pese a los inconvenientes– lo llegabas a amar.
—Se suponía que era un rito, un protocolo para a ser príncipe, en realidad para cualquier niño que viviera allí, el tener que dejar el harem. Me fueron otorgadas mis propias habitaciones, sirvientes y libertad. Ya no había nadie para cuidarme ni vigilarme. Se suponía que sería emocionante —Tom se estremeció—. Extrañaba a mi mamá y a mis amigos.
Bill observó que los recuerdos entristecían el rostro de Tom. Él nunca habría pensado que el príncipe tendría razones para estar triste. Antes de haber sido secuestrado, cuando aún vivía en la ciudad, Bill siempre había mirado las formas del palacio con asombro, imaginando las espléndidas vidas que sus habitantes debían llevar. Ahora sabía que las cosas no eran tan perfectas, ni siquiera para la realeza. Parecía ser que había causas para no ser del todo feliz, en cualquier lugar en que vivieses.
—Lo siento —ofreció el pelinegro—. Suena muy triste. Debió haber sido duro, pues sólo eras un pequeño.
Tom asintió—. Bueno sí. Lo superé. Crecí. Y un par de años después, amaba tener mi propio espacio.
—Estoy seguro —Bill sabía que él habría disfrutado tener más espacio en su vieja casa. Estuvo a punto de preguntarle al príncipe si podrían ir a almorzar, cuando alguien entró por una esquina. Era el mismo hombre de pelo corto y rubio de las fiestas.
—Tom, aquí estás. Tenemos que irnos; todos los generales han sido llamados a una reunión. Empezarán en poco menos de una hora.
Tom se puso de pie, tirando la silla en el proceso—. Oh, Gustav, adelántate, te veré allí —el rubio asintió, sus ojos se desviaron brevemente al pelinegro sentado a la mesa antes de girar y retirarse. Una vez que volvieron a estar a solas, Tom habló.
—Siento esto. Están pasando muchas cosas. Estamos teniendo reuniones constantemente.
—Está bien —dijo Bill, poniéndose de pie para tomar la mano que Tom le ofrecía—. ¿Realmente vamos a ir a la guerra?
Tom caminó con el chico, saliendo de la biblioteca hacia el corredor. Suspiró—. Probablemente. Ciertamente nadie lo quiere, hemos tenido paz por mucho tiempo. Pero el pueblo de Foularr sigue tomando medidas agresivas, haciendo cosas que no se pueden ignorar. Ya llevamos algún tiempo luchando con ellos, por una porción del reino.
—Durah —dijo Bill con conocimiento.
Tom se volvió hacia el chico, ligeramente sorprendido—. Sí. ¿Cómo lo sabes?
Bill levantó los hombros—. Algunas mujeres en el harem de verdad se interesan en la política. Ellas… hablan.
—Oh.
Caminaron juntos, todo el camino de regreso hasta las enormes puertas del harem.
—Bueno, esta es mi parada —dijo el pelinegro, apoyándose en el parco de la puerta.
Tom miró hacia donde Saki —el guardia de rostro indescifrable— yacía justo en la entrada del harem. Volviéndose a los claros ojos café de Bill, le preguntó—. Si no hubiera caminado contigo, ¿habrías vuelto hasta acá?
Bill parpadeó. No estaba seguro de qué habría hecho, así que sólo respondió—. Ya lo hice una vez —pero no mencionó que fue porque no lo había planeado, en lugar de volver porque deseara quedarse.
—Tienes razón. No había pensado en ello. Yo tenía… otras cosas en mente. Creo.
Bill sonrió—. Apuesto a que sí —Le dio a Tom, lo que él esperaba fuera una mirada ardiente, antes de volverse y desaparecer en el harem.
Tom simplemente se quedó mirándolo fijamente. ¿Acaso ese había sido Bill? Sonrió. Girando, se dirigió a la reunión en la que le esperaban.
El segundo en que Bill giró por la esquina fuera de la vista del príncipe, se apoyó en la pared, preguntándose de dónde habían salido esas palabras tan descaradas. “¿Apuesto a que sí?” Bill sintió que su cara ardía. ¿Había realmente dicho eso? Sonrió y apretó sus manos. Sí, lo había hecho. Y por la cara que puso el príncipe, no se lo esperaba en absoluto. Tom había quedado en shock, pero no porque le pareciera desagradable. Bastó un segundo para que los ojos del rastudo se oscurecieran, pero lo hicieron. Bill se mordió el labio; le gustó ver esa mirada en el rostro del príncipe. Tal vez debería decir cosas como esa, más a menudo. Sintiéndose atolondrado, regresó a su cuarto.
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—Cuéntame sobre tu familia.
Los dedos de Bill se congelaron en la corona de margaritas que estaba haciendo. La que había creado para él, yacía sobre su cabeza, esta otra era para Tom. Mirando por sobre la enorme roca plana, en la que el príncipe estaba sentado, cubriéndose de los rayos del sol, preguntó—. ¿Mi familia?
Tom asintió y cerró los ojos—. Sí. Te conté sobre la mía. Ahora quiero oír sobre la tuya.
Bill asintió sin ser visto. Tom le había contado sobre su familia. Le habló sobre su padre, a quien despreciaba completamente desde que era un niño; de su madre, quien era amable y amorosa, pero prácticamente una niña; de sus hermanos (algunos de los cuales quería más que a otros), incluso de sus muchos tíos y tías que vivían en el palacio. La concubina pensó que tarde o temprano sería su turno.
—Bueno, sólo éramos mis padres, mi hermano y yo. —El usar la palabra en pasado le molestaba, como si él hubiera sido parte de esa unidad familiar, pero ya no podría volver a considerarse parte de ella.
—Mi padre estaba bien. En realidad, nunca nos entendimos el uno al otro, pero me amaba y fue el mejor padre que supo ser.
Tom no dijo nada ante esas palabras. Por lo menos Bill podía decir que su padre lo había intentado. Se dio cuenta de la expresión de molestia que llenó los rasgos del chico, tan pronto mencionó a su hermano.
—Omar, mi hermano, era de armas tomar —Bill sacudió la cabeza—. Cuando éramos pequeños no era tan malo, jugaba conmigo y esas cosas. Pero Omar siempre quiso crecer rápido. Se juntaba con los chicos equivocados, metiéndose en problemas todo el tiempo. Hace unos años, por poco tuvimos que ir a vivir con mi tío. Él es un pastor de cabras en Rishi-maes —Bill hizo una mueca—. Porque Omar la cagó en grande perdiendo una apuesta.
Tom escuchó cómo le chico contaba su historia—. Suena como si no te llevaras muy bien con tu familia.
Bill levantó la vista—. No realmente —contestó quedamente, volviendo a mirar a la corona de margaritas—. Excepto por mi mamá. Ella era… —corrigió—, es genial.
Tom pretendió no darse cuenta del cambio de palabras.
Suspirando, Bill terminó de amarrar los nudos de la corona y se la entregó al príncipe. Tom la cogió sin decir nada, observando como la expresión del pelinegro se ensombrecía.
—La extraño —admitió—. Puedo pasar semanas sin pensar en mi familia, pero algunas veces, simplemente la extraño.
Tom no sabía que decir. Odiaba la tristeza en el tono de voz del chico. Oír ese tono viniendo de Bill, hería a Tom profundamente. Y no deseó nada más que hacerlo desaparecer.
—Bill —Los ojos ambarinos giraron para verle y Tom no sabía que planeaba decir, sin duda, algo más substancial que.
—Lo siento —Pero fue lo único que pudo pensar y deseó que Bill pudiera oír el resto en su corazón.
La concubina le dio una suave sonrisa que no alcanzó sus ojos y volteó alrededor. Recogió las piernas para poner su barbilla en sus rodillas, mirando las sombras que se formaban en la piscina. Tom lo había llevado a pasear a la parte más lejana del patio sur, Bill ni siquiera estaba seguro si podía llamarle patio, ya que hacía bastante tiempo que no veía murallas rodeándolos. El follaje se acumulaba, dándole al jardín, la apariencia de un bosque, donde los árboles se agrupaban.
El pequeño claro donde se encontraban ahora, tenía una pequeña fuente natural, no más grande que la piscina de baño del harem, pero seguramente más profunda. El agua estaba ligeramente temperada (Bill lo sabía porque había metido su mano dentro, apenas llegaron) y las piedras al fondo brillaban en una tonalidad verdosa, volviendo el agua turquesa.
Bill se sacó los zapatos y se acercó para meter sus pies en el agua tranquila. Se quedó quieto, mirando la sombra de unos peces que se arremolinaban al otro lado de la piscina. Se preguntó cómo habrían llegado hasta allí, ya que el lugar no parecía ser un brazo de río, desde donde pudieran haber nadado, sino más bien, parecía ser una napa, con algún agujero en el piso, en alguna parte.
Los dos compañeros estuvieron tranquilos por varios momentos, Tom recostado en la roca y Bill sentado a la orilla del agua. El sol se filtraba a través de las hojas y hasta el aire alrededor de ellos parecía ser verde. Todo estaba en silencio y de no haber sido por el trinar de los pájaros, ellos habrían dejado de existir, en forma irreal como en las pinturas.
Bill estaba medio dormido, cuando un ligero toque en la base de su cuello le hizo levantar la cabeza.
—¿Quieres nadar? —Bill no creyó que Tom estuviera tratando de hablar seductoramente, pero ese era el efecto que sentía, cada vez que sus labios susurraban tan cerca de su oído.
—No. No trajimos nada de ropa para nadar.
Tom se rió y se ubicó a su lado—. ¿Y? Nademos desnudos.
—¿Qué…? —La boca de Bill se abrió sin palabras, emitiendo sólo un raro sonido de protesta, mientras el príncipe se quitaba la túnica frente a él y caminaba hacia el agua, desnudo como el día en que nació—. ¡No puedes hacer eso! —Se quejó el pelinegro, sin embargo, el rastudo se había introducido bastante en el agua y todo lo de importancia estaba escondido, cubierto bajo la superficie.
—Ya lo hice. Ahora es tu turno —dijo Tom completamente brillante por el agua y el sol.
—De ninguna forma. No me voy a desnudar en frente de ti —alegó Bill, levantando la barbilla para mostrar que hablaba en serio.
Tom rió—. ¿Por qué no? El agua ni siquiera está fría —y agregó más quedamente—. Quiero que lo hagas.
Los ojos de Bill se fijaron en los del príncipe, el estómago saltando hasta su garganta—. ¿Qué?
Pero Tom simplemente sonrió y le salpicó agua, girando para sumergirse completamente, antes de volver a emerger completamente mojado y el cabello chorreante—. Vamos, ven. Entra al agua. O te empujaré con ropa y todo.
Los ojos de la concubina se abrieron grandemente ante la amenaza y bajó la mirada a su atuendo. Estaba realmente encariñado con el conjunto que había escogido para ese día. Mirando de vuelta al príncipe, quien le veía expectante, Bill accedió y suspiró—. Bien, pero no puedes mirar.
Tom sonrió.
—Date vuelta —mandó el pelinegro y el príncipe obedeció, volteando el rostro en la dirección opuesta. Bill se puso de pie y retrocedió unos pasos, lejos del agua. Se quitó la bata, seguida de su camisa y luego —asegurándose rápidamente que el príncipe no estuviera viendo—, se quitó los pantalones.
Caminó descalzo hasta donde comenzaba el agua y se sumergió hasta la cintura. Parándose justo detrás del príncipe, anunció—. Ok.
Tom giró y sonrió, descendiendo con sus ojos y luego volviéndolos a la parte del cuerpo del chico que sí se podía ver. Su mirada descansó en los ojos de Bill—. Hola.
Bill no pudo evitar sonreír—. Hola.
Y luego estaba chillando como loco, carcajeándose al ser sujetado, levantado por sobre sus hombros y arrojado al agua sin contemplaciones. Emergió con la boca llena de agua, listo para vengarse. Tom fue rápidamente rociado con esa agua. Su castigo por eso fue golpear la pierna del chico bajo el agua, pero la concubina cogió a Tom consigo cuando se hundió. Y bajo el agua se realizaba una batalla de miembros agitándose y manos arañándose. El constante ruido de sus carcajadas y chapoteos, era lo único que se escuchaba en el tranquilo claro.
Más tarde, después de que ambos estuvieron cansados por su guerra acuática y declararon una tregua, salieron de la fuente y se tiraron en el pasto. A Bill se le ocurrió sentirse avergonzado, pero sus ropas estaban, inconvenientemente, esparcidas al otro extremo de la piscina, así que lo ignoró.
Tom volteó el rostro y se topó con el diseño en la cadera de Bill—. ¿Te marcaron?
Bill bajó los ojos y descubrió donde estaba posada la mirada del príncipe—. Oh. Sí.
Tom se estiró para posar un dedo por las intrincadas curvas de la tinta—. ¿Cuándo? —preguntó, examinando a Bill y luego de vuelta al tatuaje.
Bill soltó el aire que estaba conteniendo—. Casi cinco meses atrás.
El príncipe trazó el tatuaje un momento más, una expresión inescrutable en su rostro, antes de quitar la mano, volver a echarse y mirar hacia arriba. Bill observó al príncipe y luego se acostó también.
—No les pedí que lo hicieran —la voz de Tom flotó desde el otro lado.
Bill entrecerró los ojos con dirección a los árboles—. Lo imaginé. Sin embargo, es una especie de requisito. Vives en el harem un mes y te hacen un tatuaje, eso creo.
—Deena tiene uno, Mahtob también.
Bill asintió sin ser visto—. Todos lo tenemos —ni siquiera tuvo que dudar al utilizar la palabras “tenemos”, en lugar de “tienen”.
El pelinegro sintió como Tom se removía a su lado y se apoyó en un codo para ver qué hacía. El príncipe se había alejado un poco para coger algo y luego regresó, tenía un tallo enrollado, firmemente sujeto en la mano.
—Mira —le acercó la planta.
Bill parpadeó—. Hierba lop —dijo, identificando el helecho color morado.
Tom sonrió y volvió a atraer el tallo, acariciando la superficie con su pulgar—. ¿Alguna vez lo has comido directamente del suelo?
La concubina frunció el ceño—. Por supuesto que no. Crudos son venenosos.
Tom negó con la cabeza—. Esos son sólo cuentos de mujeres viejas.
Bill se mordió el labio y volvió a mirar a la planta—. ¿Estás seguro?
—Seguro que estoy seguro —Se lo puso en la boca y masticó pausadamente.
—¿A qué sabe? —preguntó Bill inclinándose hacia el príncipe.
El rastudo arrugó la nariz—. Se parece a… —de pronto sus manos volaron a su garganta, tosiendo y respirando con dificultad.
Bill se quedó con el aire en la garganta y los ojos cada vez más abiertos—. ¡Tom!
El príncipe no respondió. Emitiendo sonidos silbantes, apenas audibles, cayó al pasto. Su lucha se hizo cada vez más débil, hasta que eventualmente se quedó quieto, con los ojos apenas abiertos.
—¡Tom! —Bill saltó sobre el príncipe. Sujetó fuertemente sus hombros y lo sacudió—. ¡TOM! —Un sollozo de pánico se escapó desde la garganta de la concubina. ¡Tom no podía estar muerto. No podía!
De repente una sonrisa picarona se extendió en el rostro relajado del príncipe. Abrió los ojos y estalló en risotadas.
La mandíbula de Bill se desencajó de incredulidad. Un segundo después, sus ojos se llenaron de enojo y retrocedió resoplando, moviéndose para pegarle al hombre debajo de él.
—Tú… ¡idiota! ¡Eso no fue divertido!
Tom se estiró para arrojar al chico al suelo, aún riendo—. Sí lo fue.
Bill lo miró enojado—. No lo fue —Sus ojos se suavizaron, pero su boca se mantuvo firme en un puchero de molestia—. Pensé… que de verdad te estabas muriendo.
Tom negó con la cabeza. Su risa se desvanecía, pero un toque de gracias aún brillaba en el rabillo de sus ojos.
—No podría morir. No ahora —dijo con suavidad.
Bill tragó—. Si podrías, pudiste…
Tom se acercó y detuvo las palabras del chico—. No. No podría. No estando tú aquí… así.
Los labios de Bill rozaron el dedo que estaba posado en él y susurró—. ¿Así cómo?
Tom bajó su dedo, observando como el aterciopelado labio inferior de Bill se movía con él—. Necesitando ser besado.
Bill contuvo el aliento en su garganta—. No necesito ser besado —dijo tan quedamente, que apenas llegó a los oídos del príncipe.
Tom asintió seriamente—. Sí, lo necesitas.
—No —Bill sacudió la cabeza, pero se acercó sólo un poco más.
Tom continuó asintiendo, mientras cerraba el espacio entre sus bocas, moviendo sus manos hacia el cuello del chico para impulsarlo.
Un “sí lo necesitas” fue dicho en plena boca del pelinegro e inmediatamente después, sus labios se presionaron, calientes y satisfechos.
Bill soltó un delicioso quejido y con las manos temblorosas acarició el rostro del príncipe. Tom inmediatamente buscó permiso para entrar y Bill se abrió para él, permitiendo que el húmedo músculo se deslizara hacia adentro y jugara con el suyo. Sus lenguas se enredaron, moviéndose de una boca a la otra, ocasionalmente rozando justo en el medio. Bill gruñó por las sensaciones que el beso le provocaba, así que se inclinó hacia adelante, para sellar sus labios y succionar al otro hombre hacia su propia boca.
Tom gimió roncamente y sujetó las caderas del pelinegro, tirando el otro cuerpo aún mojado, contra sí. Bill jadeó un momento, pero lo suficiente para que Tom retomara el dominio del beso, sus manos descendieron hasta ubicarse en los hombros del rastudo.
—Aahh —dedos se aferraron a la piel de sus costados, acercándolo más. Bill gimió alto cuando su creciente erección se presionó contra el estómago del príncipe. Como respuesta, la dureza del príncipe se rozó contra su cadera—. Espera —gimoteó—. Espera.
Tom luchó consigo mismo para evitar gruñir al sentir que Bill se revolvía a su lado, rodando para volver a quedar sobre el césped—. ¿Estás bien? —preguntó, tratando de no sonar insensible, cuando todo lo que quería, era volver a ponerse sobre el chico y friccionarse contra él.
Bill tragó—. Sí. Yo sólo… necesitaba parar.
Tom lo miró por encima, preocupado—. ¿Pasó lo mismo? —No parecía que el chico hubiera sentido pánico.
Bill negó—. No, no. Es sólo que… no quiero.
Tom empuñó las manos en el pasto. Un “¡¿Por qué demonios no?!” fue reemplazado por un tenso—. ¿Por qué no?
—No fue… no se sentía correcto —el pelinegro lo miró con ojos preocupados—. Lo siento. ¿No estás enojado, cierto?
Y sólo con eso, Tom sintió que su frustración desaparecía. Suspiró—. No, Bill. Puedes detenerte cuando quieras. Te dije que te esperaría hasta que estuvieras listo. Y lo dije en serio.
Tom pensó que el punzante dolor en su miembro valía la pena al observar la mirada de adoración y gratitud en los ojos del chico. Sin embargo, se preguntó, por qué estaría mal que ellos se frotaran.
& Continuará &
Notas de MizukyChan: Waaa que largo, pensé que tendría que dividirlo, pero no. Aquí está completito y les pido que valoren mi esfuerzo con un comentario

Muchas gracias Mizuky. Eres mi heroína. Estoy leyendo mientras se actualiza otro fic. Me está encantando. 09
Este fic es demasiado apasionante, te lo recomiendo al 1000%
Gracias por comentar. MUAK
MUCHAS GRACIAS MIZUKI TE GANASTE MI ADORACION!! Me encanta (viva el toll)
Y yo feliz de que disfruten de estas hermosas obras del inglés. MUAK