Mi jaula dorada 20. Parte 2

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

& Capítulo 20 &

Tom tuvo que buscar bastante antes de encontrar a Bill. Cuando finalmente lo localizó, el chico lucía tan hermoso como siempre.

Jugando ajedrez con Deena, su pelo estaba suelto, la diferencia entre el peinado de la noche anterior era sorprendente. Pero en lugar de estar pintado con dorado, su piel brillaba con diferentes colores, la luz que se colaba por la ventana de arriba, parecía mover las prismáticas luces por su rostro y ropa, haciéndolo lucir como si estuviera bajo el agua.

Vestía unos pantalones rojos anchos y una camiseta roja, junto a un chalequillo amarillo a rayas y un ceñido y ancho cinturón. Sobre esto, una túnica color crema y zapatos dorados que completaban el atuendo. Y aunque era mucho más suave de lo que usó cuando bailó en la celebración, el chico lucía extremadamente mucho más masculino de lo usual. Tom se preguntó si estaba tratando de cambiar su estilo.

&

Los dos continuaron caminando en un silencio que estaba lleno de interrogantes personales y privadas. Sin embargo, no era un silencio incómodo. Su sendero cruzó todo el vertiginoso colorido del harem hasta que se detuvieron frente a una pequeña abertura en una pared.

Bill se detuvo cuando el príncipe lo hizo. Estaban en el corredor, justo arriba de su habitación. Estuvo a punto de preguntar por qué se habían detenido frente a uno de los baños, cuando el príncipe lo empujó hacia adentro.

El pequeño espacio no tenía puerta, pero la muralla tenía la forma espiral de una concha, para que la persona hiciera sus cosas y no fuese vista desde el corredor. Sin embargo, estaba diseñado para una sola persona.

Bill estaba de pie presionado contra el príncipe, tratando de no pisar el baño.

¿Qué estamos haciendo?

Tom tenía un brazo alrededor de la cintura de Bill, con la otra mano tanteaba la pared, como buscando algo—. Disculpa, este solía ser un punto para amantes. No sabía que lo habían convertido en lago de uso más… práctico.

Bill levantó las cejas, preguntándose a quién había arrinconado el príncipe en ese sector antes. El príncipe comprendió su mirada y sonrió—. Solía usarlo para esconderme de mi madre, cuando ella estaba molesta.

Bill sabía que lucía totalmente confundido «¿Por qué, todo un hombre, debería esconderse de su madre?». Así que el príncipe le explicó en detalle.

Yo crecí aquí, ¿sabías?

¿Qué? ¿En el harem?

Tom asintió—. Hasta que cumplí los diez.

La mano que estaba sobre la pared, empujó—. Ah, justo aquí.

Los labios de Bill se abrieron de sorpresa al ver que la muralla se movía… como magia. Un cuadrado con piso de piedra, seguido por un set de peldaños que formaban una escalera fue revelado.

Tom lo cogió de la mano y lo guió, comenzando a ascender.

¿No has visto niños jugueteando por el harem? —preguntó el príncipe, continuando la conversación de hacía unos momentos.

¿Eh? —respondió tontamente, distraído por las constantes y sinuosas curvas del estrecho túnel por el que estaban subiendo—. Oh, mmm. Sí, pero no niños —Bill había visto chicas jóvenes y mujeres de todas las edades, pero estaba bastante seguro de que el único varón que residía en el harem, era él.

Ya veo. Bueno, los chicos se quedan con sus madres hasta la adolescencia. Pero estoy casi seguro de que todos mis hermanos ya pasaron esa edad.

Bill pensó que Tom le estaba haciendo una broma y pretendiendo que pensaba en eso, preguntó.

¿Cuántos hermanos tienes?

Veintitrés.

Tal vez no.

&

Bill descubrió que la sinuosa escalera llegaba hasta un techo. La concubina estaba agradecida de no tener pánico de las alturas; Mahtob si lo tenía y pensó que ella se desmayaría si alguna vez llegaba hasta allá arriba. Estaban tan alto, que parecía que estaban más cerca del cielo que de la tierra.

El cielo parecía haberse sumergido en un líquido de terciopelo, desde que dejaron el salón del arcoíris. Las estrellas yacían sobre la oscuridad como diamantes diseminados. Bill sintió que si se estiraba un poco, podría alcanzar las profundidades y regresar con algo.

¿Dónde estamos?

Es el punto más alto del palacio. Dicen que aquí es donde la Reina Zahrah saltó hacia su muerte.

Bill contuvo la respiración y volteó hacia donde el príncipe estaba sentado en una manta, que no había estado allí antes—. ¿En serio? —La historia de la trágica reina era parte de la cultura histórica del reino, aunque más una leyenda que un hecho.

El pelinegro caminó hacia la orilla empinada y miró por allí—. ¿Crees que es verdad? —preguntó.

El príncipe se estremeció detrás de él, sin ser visto. Cuando el chico volteó a verlo, respondió—. Tal vez. Tal vez ni siquiera saltó. Es una historia muy vieja.

Bill regresó sobre sus pasos y se sentó donde el príncipe estaba sacado cosas de una gran canasta, que pensó, debió llevar al techo mucho antes.

Me gusta mi sorpresa —ofreció Bill, mientras el rastudo posaba un plato que contenía trozos de baklava sobre la manta.

Tom sonrió—. Es bueno saberlo, pero esa no es tu sorpresa.

Bill parpadeó confundido—. ¿No lo es?

Tom sacudió la cabeza y apuntó hacia el otro extremo del chico. Bill volteó para mirar en la dirección que le indicaba y vio allí, un gran telescopio erguido, preguntándose cómo no lo notó antes.

Se supone que la lluvia de meteoritos Perseid ocurrirá esta noche. Pensé que te gustaría verla.

Los ojos de Bill se abrieron grandemente y volteó para mirar a Tom—. ¡Sí! —Se puso de pie y corrió hacia el gran artilugio, pegando su ojo a la mirilla y observando a través de él.

No veo nada —Se quejó, moviéndose con el aparato.

Tom se rió en su lugar en el piso—. Bill, todavía no empieza. Créeme, podrás darte cuenta de cuando comience.

El chico se dio vuelta, luciendo tímido y completamente adorable—. Oh.

Tom sonrió en forma permisiva y palmeó la manta a su lado. Bill regresó y se sentó allí.

Varias frutas y ligeros bocados habían sido dispuestos sobre la manta. Bill cogió un trozo de pastel dulce—. Nunca había tenido un picnic de noche.

Tom sacó una botella de la canasta—. Son los mejores —dijo con conocimiento.

Bill dio un vistazo a la oscura botella—. ¿Planeas emborracharme? —No pretendió molestarlo, pero las palabras quedaron en el aire y deseó poder retractarse.

No —dijo Tom quedamente y bajó la botella, para volver a meterla en la canasta.

Sintiendo pánico, pensando que había arruinado todo, Bill se inclinó hacia adelante y tomó la muñeca del príncipe—. No quise decir nada con eso. Sólo… no te la lleves, quiero un poco.

La botella re-emergió y Bill observó como la mano de Tom buscaba dentro de la canasta unos momentos y luego salió vacía.

Ups. Olvidé los vasos.

La concubina se acercó y tomó la botella de las manos del rastudo—. No importa —La descorchó y olió, para luego preguntar—. ¿Qué es?

Vino de granada —respondió Tom.

Bill llevó la botella hacia arriba y lo probó. El líquido rodó por su lengua, delicioso y dulce—. Es bueno —declaró después de un momento, devolviéndole la bebida.

Compartieron el trago y la comida en relativo silencio. Eventualmente, Bill se recostó seguido por el príncipe, unos momentos después. Ambos yacían lado a lado, mirando hacia el cielo, absortos por su bastedad.

Los pensamientos de Bill corrían en todas direcciones, pensó en su hogar y en cuanto extrañaba a su madre; pensó en el harem y en todas las mujeres con las que había hecho amistad; pensó en el sultán y en Lafee, en llantos y bailes y en las tardes en el jardín; pensó en las mascotas de interior y en las cenas con té caliente. Y pensó en Tom. Se le ocurrió preguntarle tantas cosas al príncipe. Y sin ser capaz de decidirse por una pregunta, eventualmente abrió la boca y soltó una idea al azar.

¿Cuántos años tienes?

Ni siquiera se había percatado de que ignoraba la edad del príncipe hasta que las palabras salieron de sus labios.

Veintitrés —Tom giró su cabeza hacia el lado y sus rastas se movieron en esa dirección—. ¿Qué hay de ti?

Bill estiró la mano a ciegas, para coger un trozo de naranja—. Tengo diecisiete —se llevó la fruta a la boca y calló.

Los ojos de Tom se abrieron al oírle—. ¿Sólo diecisiete? —preguntó quedamente.

El pelinegro masticó y tragó—. De hecho, creo que ahora tengo dieciocho —Volteó su rostro para encontrarse con la mirada del príncipe—. ¿Qué fecha es hoy?

Tom lo pensó por un momento—. Veintidós de agosto.

Bill asintió—. Mi cumpleaños fue hace un mes y… —Entornó los ojos y contó con los dedos—, y ocho días atrás.

Catorce de julio —agregó sonriendo—. Olvidé mi propio cumpleaños.

Es triste —comentó Tom.

No realmente —la concubina volvió a mirar al cielo—. Es fácil perder el paso del tiempo aquí. La mayor parte del tiempo ni siquiera recuerdo qué día de la semana es. Creo que debería conseguir un calendario, ¿cierto?

Sí.

&

Se quedaron allí en silencio, numerosos temas de interés fueron relegados por otro más importante.

¿Tom?

¿Hmm?

Bill pasó su dedo por las ondas de la manta—. ¿Por qué hiciste todo esto?

¿Hacer qué?

Esto. ¿Por qué haces todo esto por mí?

Tom no respondió por largos momentos. Ni siquiera había cuestionado hacer algo agradable por el chico. Sólo quiso hacerlo y simplemente lo hizo. El rastudo tragó. Estaba haciendo todo esto, para hacer feliz a Bill.

Para ver la lluvia de meteoritos.

Bill aceptó la respuesta del príncipe, mirando las estrellas—. ¿Yo… yo te gusto?

Tom pensó que era una pregunta estúpida. Por supuesto que le gustaba; lo pasaban bien cada vez que estaban juntos… y el rastudo, obviamente, quería dormir con él.

Gustar” era una palabra muy pequeña, pero… ¿era “amar” demasiado?

Bill bajó la mirada para observar al príncipe, sorprendiéndose de encontrar otro par de ojos marrones mirándole fijamente. En sólo un segundo se perdió para siempre, sintió como se arremolinaba en sus ojos, como una hormiga en una gota de agua. Deseaba mirar el rostro de Tom todo el día. Quería oír su voz y hacerle sonreír. Quería saber sus secretos.

«Me podría enamorar de ti» Quería dejarse llevar, quería poder hacerlo.

Sí, Bill. Me gustas —admitió Tom. Era lo único que se podía permitir.

Algo brilló en el rabillo del ojo de Tom y volvió su rostro hacia el cielo—. Mira.

Bill exhaló con los ojos muy abiertos—. Oh, oh wow.

.

Manchitas de luz cruzaron el firmamento; primero una, luego otra, y entonces más y más luces aparecieron hasta que la oscuridad fue invadida por ellas. Se movían tan rápido, pero aún así seguían apareciendo, miles de ellas. Bill contuvo el aliento en su garganta. Nunca había visto algo como eso. La magnitud del evento te hacía pensar que era falso, como si alguien les estuviera gastando una broma, tratando de asustarlos para que pensaran que el cielo se estaba cayendo.

Levantándose del suelo, desvió sus ojos, por la mínima cantidad de tiempo que le tomó llegar hasta el telescopio, sin caer por la orilla de la torre.

Miró a través del lente y sintió como si la magia tocara su piel, porque… estaba allí. Las estrellas estaban a centímetros de distancia y él estaba cayendo con ellas. Bill pensó que aquello era como: vivir… o morir.

Sintió brazos rodearlo desde atrás, la barbilla del príncipe descansó en su hombro.

¿Qué ves? —susurró justo en su oído.

La boca de Bill se abrió, dándole preferencia a lo que veían sus ojos. Sacudió la cabeza—. Todo.

Un suave beso fue depositado en su cuello—. Déjame ver.

Bill giró el instrumento hacia el hombre que estaba detrás de él. Miró desde el piso, mientras el príncipe tomaba su turno.

Las luces, simplemente continuaban cayendo, volando sin final. El par, eventualmente, volvió a recostarse sobre la manta, justo como habían estado, sólo observando. Bill se estiró buscando, encontró una mano cálida esperándole, entre ambos cuerpos y la usó para situarse allí.

Un tiempo después, tal vez una hora, quizás más, el torrente de luz disminuyó hasta convertirse en sólo un puñado de luces que pasaba de vez en cuando.

Bill se sentó para buscar otro bocadillo y dar un sorbo al vino. Pronto, Tom se le unió y reanudaron su pequeño picnic, dando vistazos al cielo de vez en cuando.

Mordiendo la orilla de su baklava, Bill observó como el príncipe llevaba la botella hasta sus labios. Su mirada se posó en los párpados cerrados del hombre, sus pestañas batiendo sobre sus mejillas. Bill vio el contorno de su boca junto al cristal, el agarre de sus dedos y la forma en que se movió su manzana de Adán al tragar.

Bill humedeció sus labios—. Lo que pasó la otra noche…

Los ojos de Tom se abrieron y regresaron al chico sentado a su lado. Bill tuvo que obligarse a concluir la frase que había comenzado—. Yo… quería quedarme —Tom lo vio fijamente con una expresión ilegible.

Me habría quedado —Bill agregó con rapidez. Bajó la mirada, un sentimiento de vergüenza que no comprendió lo invadió.

Suaves dedos tocaron los suyos. Alzó la vista y Tom estaba más cerca de lo que recordaba.

Bill sintió que su estómago daba un vuelco y su piel se calentaba; había algo que se movía en su interior, creciendo, pero que presionaba por salir de sus ojos, volviéndolos pesados y húmedos en las orillas. La culpa le hizo querer llorar y para evitar hacerlo, habló.

¿Está mal querer esto? ¿Desear esto? Después de…

Tom respiró y Bill lo sintió en su mejilla—. ¿Después de…?

Si alguien te hace algo horrible, ¿no puedes amarlo? —no era una afirmación, sino más bien una pregunta.

Tom acercó la mano para tocar una hebra de cabello negro que había caído en el frente, ojos tristes y quietos—. No puedo decirte qué hacer, Bill.

Dime que puedo hacer esto —suplicó el chico, volteando sus manos, para que la suya estuviera arriba.

Tom suspiró, tratando de pensar en una forma de darle al joven, lo que estaba pidiendo.

Perdonar no es olvidar, Bill. Sólo porque ya no me odias por eso, no significa que alguna vez olvidarás lo que te hice.

Bill estaba completamente quieto y callado. Su mandíbula tensa, su hermoso rostro inmóvil y justo después de que Tom pensó que el chico no gritaría, se preocupó pensando que tal vez lloraría. Sin embargo, no hizo ninguna de las dos.

Inclinándose hacia adelante, Bill sujetó los lados del rostro de Tom y lo besó. Los ojos del príncipe rápidamente se cerraron y recibió lo que el chico le entregaba. Los labios de Bill presionaron contra los suyos en el beso más desesperado que jamás había recibido. Era duro y lento, todo a la vez. Mientras duró, se sintió eterno, y luego, de pronto, había terminado. Bill se retiró y se levantó.

Sólo cuando observó la espalda del chico retirarse hasta las escaleras, se dio cuenta del pequeño trozo de papel que había dejado en su mano. Desdoblándolo, notó que era la misma carta que había escrito antes ese mismo día. Debajo de su escritura, en un espacio blanco al pie de la página, había un trozo de texto; era una cita, escrita en forma inclinada.

El perdón no elimina el pasado amargo. Una memoria curada, no es un recuerdo borrado. En lugar de eso, perdonar lo que no podemos olvidar, crea una nueva forma de recordarlo. Cambiamos el recuerdo de nuestro pasado para volverlo una esperanza para nuestro futuro”.

& Continuará &

Notas de MizukyChan:

¿A quién le gustó el final tanto como a mí? Comenten.

Besos a todos.

Baklava = (del persa baqlawa), es un pastel elaborado con una pasta de nueces trituradas, distribuida en la pasta filo (phylo) y bañado en almíbar o jarabe de miel, existiendo variedades que incorporan pistachos, semillas de sésamo, amapola u otros granos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido
Scroll al inicio