Mi jaula dorada 14

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

& Capítulo 14 &

Tom observó como Bill cerraba la puerta. Mantuvo su frío exterior, mientras por dentro se sentía miserable. No quería recordar lo que había ocurrido la noche anterior. No podía creer lo que había hecho, como se había comportado. Sentía como si una persona completamente diferente, hubiera hecho esas cosas. Volteó para mirar al espejo, queriendo dar un puñetazo al hombre que le miraba de vuelta en el reflejo. Tragando, se dijo a sí mismo.

Es mejor así.

Las palabras sonaron vacías, pero Tom sabía que eran ciertas. Después de todo, no había razón para crear lazos y tratar de crear una relación de algo que no era. Podía permitirse sentir cariño por Deena y Mahtob, porque ellas nunca serían más que simple compañía para él. Pero el príncipe sabía que si no era cuidadoso, Bill podría ser más que eso.

Desde una temprana edad, Tom había comprendido que le gustaban los hombres. De hecho, había considerado que sus inclinaciones eran exclusivamente para su mismo sexo, hasta que recibió a Deena, cuando era un adolescente. Ahora Tom sabía que las mujeres también eran agradables, pero permanecía firmemente con su orientación hacia los hombres. A veces se preguntaba, si alguna vez podría amar a una mujer. Seguramente no. No amaba ni a Deena ni Mahtob, y habían estado con él por años.

La experiencia le había enseñado a Tom, que algunas veces, incluso un príncipe no podía tener todo lo que deseaba. Él podía darse en el gusto con algunos hombres a un nivel superficial, o simplemente no hacerlo. Ya que, como heredero al trono, algún día debía desposar a una o muchas mujeres, pero nunca a un hombre. Podría tener esclavos varones como Bill, pero la tentación de enamorarse estaría presente. Y Tom se negaba a amar a alguien con quien no podría estar realmente. Las concubinas estaban por placer, entretenimiento y visitas periódicas. Ellas estaban aparte, separadas; como una mascota a la que alguien visita. Los hombres enamorados, no llevaban bien esos arreglos.

Tom debía recordar que Bill era solamente su esclavo, un medio para alcanzar el placer y nada más. Podía lidiar con los sentimientos de culpa. Había aprendido hacía mucho tiempo que podía hacerlo y no volvería a crear una situación que le recordara dolorosamente lo que no podía tener.

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Después de que Anis lo hubiera llevado de vuelta al harem, Bill regresó a su habitación. Se sentó descalzo sobre su cama y se recostó allí. Era deprimente cómo había comenzado a pensar en ese cuarto como SU cuarto, y las cosas en él como SUS cosas, en lugar de pensar en eso como “el lugar donde lo mantenían prisionero”.

Bill se puso de lado y abrazó una almohada contra su pecho. Dudaba que algún día pudiera salir del palacio. Arrugó la nariz, sintiéndose extremadamente malhumorado y se preguntó si su familia lo consideraba muerto. Después de casi un mes, probablemente sí lo hacían. Sintiendo lástima de sí mismo, Bill se quedó en la cama y dejó caer todas las lágrimas que rehusó liberar antes. Se quedó dormido con un dolor de cabeza, y cuando despertó ya era muy tarde.

Bill se obligó a levantarse. Tendría que enfrentar la mirada preocupada de Mahtob y las entrometidas preguntas de Deena tarde o temprano, y pensó que sería mejor si lo encontraban despierto y vestido. Tal vez, de ese modo pensarían que no le afectó tanto la noche con el príncipe y eso las haría perder el interés.

Bill se dirigió al gran armario y sacó un nuevo atuendo. Una toga de seda muy delgada iba debajo de una ghawazee, particularmente masculina, esta era de un azul plateado casi etéreo. Una gran banda gris estaba atada alrededor de su cintura, dejando que los bordes colgaran en el frente. Bill se sentó en frente de su pequeño tocador y pasó una peineta de marfil, que Mahtob le había obsequiado, por su cabello. Una vez que se miró al espejo y pensó que se veía bastante compuesto, Bill se calzó con un par de zapatos sobrios y dejó la habitación.

Por un tiempo, vagó por los pasillos del harem, sin un rumbo fijo, viendo varios rostros familiares, pero no a Mahtob o Deena, ni tampoco a Nephthys. Se aburrió y decidió caminar hacia el comedor, para ver si servirían la comida pronto.

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La mesa común en la que todos los ocupantes del harem comían, era azul brillante con pequeñas flores pintadas en ella. Desentonaba totalmente con todo lo que había en el palacio. La mesa era baja hasta el suelo y ocupaba casi todo el largo de la habitación de treinta pies. Los cojines la rodeaban por ambos lados. Cuando él entró en el cuarto, la cena ya estaba siendo servida y la mayoría de los asientos ya habían sido tomados.

Deena lo vio primero, y rápidamente le dijo a la concubina que estaba sentada a su lado, que se moviera. La chica le dio una mirada desagradable a Bill y se largó. Rodeó la mesa para sentarse donde Deena le había indicado. Mientras Mahtob, al otro costado de ella, le regañaba por haber sido tan ruda. Bill se acomodó en el cojín, moviéndose para estar cómodo (estaba adolorido en lugares que prefería no recordar). Las dos chicas continuaron susurrando un poco molestas entre ellas, hasta que de repente se detuvieron. Mahtob movió su cabeza para verle y preguntó.

Hola Bill. ¿Cómo estás?

Bill trató de sonreír—. Bien.

Con los ojos brillantes, Deena abrió su boca como para decir algo, pero luego saltó—. ¡Ow! —Giró para estar frente a la mesa y en lugar de hablar, comenzó a escarbar entre la comida.

Bill miró más allá de la “atípica” Deena, hasta Mahtob, cuyo rostro estaba plácidamente “en blanco”.

¿Las cosas fueron bien con el príncipe?

Bill sintió que su cara se calentaba, pero luchó por mantener su expresión de calma y respondió—. Eso creo.

Mahtob le dio una suave sonrisa, sus ojos mostraban una especie de comprensión. Bill apretó su mandíbula, esperando que soltara palabras llenas de compasión, pero nunca llegaron. En lugar de eso, le señaló la mesa.

Toma uno de esos —le mostró una fuente llena de trozos de carne—. Tiene mejores cortes que el resto.

Bill observó las pequeñas porciones de cordero en la mesa. Estaban cubiertas en una pasta amarilla. Hizo una mueca y dijo—. Odio el azafrán.

Un brazo desde atrás le puso un plato frente a la cara, que contenía trozos de carne sin azafrán y una cálida voz le dijo al oído.

Y por esa razón, rescaté esto de las cocinas sólo para ti.

Bill sintió que sus labios se curvaban en una sincera sonrisa—. Gracias Nephthys.

La sirvienta le palmeó el hombro y al retirarse dijo—. Cualquier cosa por ti, cariño.

Si antes alguien le hubiese dicho a Bill “cariño”, le hubiese molestado mucho, pero por alguna razón, estaba bien si lo decía la chica que se había auto-designado, su “asistente personal”. Bill había oído que ella solía servir a Hessa y suponía que cualquier cosa era una mejora después de ella.

Deena aún estaba masticando enormes bocados y Bill pensó que esa era la única forma en la que ella se refrenaba. Estaba muy aliviado al ver que sus amigas habían decidido no hablar sobre su noche fuera del harem. Pensó que de todas formas, ellas sabían qué había ocurrido. Bill comió de su plato y dudosamente sorbía el té cuando sentía sed.

Eres tan exigente para comer. ¿Cómo sobreviviste fuera del palacio? —Lo molestó Mahtob.

Bill frunció el ceño—. En el mundo real, la gente toma bebidas frías para apagar su sed. Esto —sostuvo la pequeña taza de cristal sobre su base de plata—. No es natural.

Mahtob se rió—. Se supone que es refinado.

Bill se estremeció—. Estoy cansado de ser refinado.

La conversación de la cena entre los tres compañeros (Deena se unió eventualmente) se mantuvo amistosa y relajada. Algunos temas fueron, hábilmente evadidos por las otras dos chicas, y Bill lo apreció mucho.

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Bill pasó la siguiente semana en relativa paz. En lugar de encerrarse en sí mismo en su habitación o esconderse en su lugar secreto, pasó el tiempo con sus amigas, haciendo casi nada. El calor del verano había llegado en abundancia y todos se sentían perezosos. Pasaban el día acostados, tomando siestas, leyendo y hablando. Era aburrido, pero Bill no tenía, ningún deseo de hacer algo más por el momento. Estaba encontrando algo de paz dentro de las paredes del harem, algo que no había sentido antes. Ahora, conocía a casi todos los que vivían cerca de él y a veces se sorprendía de encontrarse hasta contento.

La tranquila atmósfera se vio interrumpida el día anterior, con la aparición de Tom. Bill iba de camino hacia el gran salón en la entrada del harem, pues le iba a regresar a Farah, un libro que le había prestado, cuando vio al príncipe. Se tensó y retrocedió hasta pegar su espalda a la muralla. Tom sin embargo no lo vio; caminó lejos de Bill, hacia el pabellón al que el pelinegro intentaba ir. Bill pensó que el príncipe seguramente iba a ver a su madre, que vivía en el ala derecha. Las habitaciones de Mahtob y Deena estaban por el corredor izquierdo, en el que él estaba de pie en esos momentos. Bill se quedó quieto un momento, hasta que la figura del príncipe desapareció por una esquina. Él giró y regresó por donde había venido, el libro de Farah tendría que esperar.

Aparte de ese episodio, el cual Bill concluyó no había sido tan terrible, la semana pasó en relativa calma.

&

Bill estaba en la sala de baño con Deena y Farah. Estaban todos en la piscina más grande, ya que esa tenía el agua más fresca. Las chicas vestían unas túnicas muy delgadas, que se ataban sobre un hombro y caían hasta medio muslo. Bill vestía una especie de ropa interior masculina, que le fue entregada por Deena. Pensó que lucía como la versión masculina de “lencería” o tal vez, un traje muy pequeño. La tela plisada era muy similar a la que las chicas vestían: clara y tan transparente que apenas se veía el sentido de decencia. Tenía algo atado alrededor e insertado en el frente, como un panel y llegaba casi a sus rodillas. A Bill no le gustaba ni la forma en que llegaba hasta la parte baja de sus caderas, ni como ésta le hacía lucir como un esclavo del placer para alguien…

Exactamente.

Las chicas ya se habían metido en el agua, ansiosas de enfriarse del inmenso calor del medio día. Bill se quedó un rato entre las sombras, tirándose la punta de su única prenda de vestir, con el ceño arrugado.

Deena vio lo que hacía y lo llamó—. No te quejes. Nosotras aceptamos tu estúpida regla de modestia, así que ahora ven y nada con nosotras.

Bill se adentró más en el agua—. No me estoy quejando, es sólo que, esto es ridículo, es todo.

Los tres amigos pasaron un momento en relativo silencio, sólo paseándose por la piscina y sumergiéndose completamente, para aliviar el calor con su frescura. Después de un momento, Deena y Farah se movieron hacia un sector de la piscina, donde había varios artículos de aseo diseminados. Bill observó que las chicas manejaban navajas, que lucían peligrosas, para remover el bello de sus piernas.

Esta era una de las cosas que Bill no podía asimilar. Todas las mujeres del harem, removían el bello de sus cuerpos como una moda. La concubina varón pensó que era increíblemente extraño. Las mujeres comunes, aquellas que vivían en lo que Bill llamaba “el exterior”, nunca hacían eso. Era tan raro como beber té caliente con las comidas. Bill sabía que las mujeres removían el bello de otras partes también; bajo sus brazos y entre sus piernas. Bill se estremeció, el sólo pensamiento de una de esas cuchillas allá abajo, era insano.

Deena le habló fuerte, sin perder la concentración de su actual tarea—. Hey Bill, ¿te gustaría intentar esto?

Bill sacudió la cabeza—. De ninguna manera. Me cortaría.

Deena rió—. No es tan difícil. Te mostraré cómo se hace. Ven acá —Bill nadó hasta ella para mirar cómo deslizaba la navaja sobre la piel de su pierna, en largos y suaves movimientos.

Deena palmeó el suelo a su lado para que pusiera su pierna—. Aquí, arriba.

Bill le dio una risita nerviosa—. Uh, no lo creo. —Tomó una barra de shampoo y la humedeció, haciendo espuma entre sus manos. Mientras lavaba su pelo, notó algo. La túnica de Deena estaba húmeda y se pegaba a su piel. En la parte superior de su cadera, bajo la tela, había algo oscuro. No se veía claramente a través de la ropa, pero Bill pensó que no lucía como una marca de nacimiento. Le preguntó a Deena qué era. Antes de que pudiera protestar, ella se había levantado el lado de la túnica para mostrarle, era un tatuaje. Caligrafía llena de curvas, unidas en un patrón que Bill, sorprendentemente, reconoció. Lo había visto tallado en las murallas de la ciudad, tejido en los tapices del palacio y bordado en los uniformes de los guardias. Tatuado en la cadera de Deena estaba el emblema del sultanato.

Bill se preguntó por qué una concubina tenía el emblema oficial grabado en su piel, pero un mal presentimiento se había anidado en sus entrañas, como si ya supiera la respuesta—. ¿Por qué tienes eso?

Todas lo tenemos. Al menos, todas las que servimos a la familia real.

Bill negó con su cabeza—. Yo no.

Deena miró al chico, como quien mira a un niño gruñón—. Ellos no tienen problema en hacerle cosas a tu cuerpo. ¿Realmente crees que serás capaz de detenerlos y evitar que te pongan un pequeño tatuaje?

Las manos de Bill se congelaron en su pelo—. ¿Cómo sabes sobre eso?

Deena tuvo la decencia de lucir culpable, mientras Farah le decía que no había secretos en el harem.

Bill estaba avergonzado. Él no quería que nunca nadie supiera lo que le habían hecho. Miró a las concubinas—. ¿Nephthys les contó? —No se podía imaginar que la dulce sirvienta lo traicionara de esa manera, pero de algún modo tuvo que salir la información.

Deena negó con la cabeza—. No sé quién lo dijo, Bill, pero ciertamente no fue Nephthys. Ella es completamente leal a ti y aun si no lo fuera, algo así no va con su naturaleza.

Bill asintió, estaba de acuerdo. Se hundió completamente en el agua, sumergiendo su cabeza, para lavar toda la espuma.

&

Aparentemente, el tema del tatuaje apareció justo a tiempo. No habían pasado ni siquiera dos días y Bill estaba sentado con Deena, Mahtob y Nephthys, en la pequeña área común donde había conocido a Tom. Se estaban pasando una pipa que estaba conectada a un narguile por un tubo.

Bill tomó con gusto el aparato cuando se lo volvieron a ofrecer. Muchas concubinas en el harem, se permitían el placer producido por la droga, que ahora Bill sabía era opio. Hasta ahora, nunca lo había intentado. ¿Qué podría ser llamativo en una droga que te hace sentir entumecido y nauseabundo?

Ahora Bill entendía. Era una agradable sensación. Nunca hubiera pensado que ese sentimiento pudiera existir, si no hubiera probado la droga. Y la insensibilidad era maravillosa. Era lo más dichoso y relajado que hubiera experimentado. Inhaló de la pipa y se la volvió a entregar a Mahtob. Bill vagamente recordaba por qué estaban haciendo eso. Hoy recibiría ese maldito tatuaje.

Había discutido eternamente con Deena y Mahtob, incluso pensó que la última lo apoyaría, pero no lo hizo. Ella dijo que entendía su renuencia, pero honestamente ¿qué pensaba hacer para detener que sucediera? Y se había convertido en la pregunta que Deena repetía una y otra vez. Bill se fue, sintiendo que el lema de su vida se transformaba en un “no pierdas tu tiempo”, viendo que aparentemente ya no tenía control sobre nada.

Anis había venido a la habitación de Bill la mañana siguiente y le anunció que el hombre de los tatuajes había llegado. Cuando Bill buscó a sus amigas, Deena le dijo que apenas sentiría algo si usaba la droga.

Perezosamente Bill miró al tatuador en el suelo, arreglando sus materiales. Una botella de tinta, gasas y vendas, un cuenco de agua, un pequeño mazo y una pequeña herramienta que se asemejaba a un lápiz, yacían dispuestas sobre una toalla. Mahtob había dicho que el tatuaje demoraba cerca de una hora y era extraordinariamente doloroso, así que Bill había aceptado drogarse lo más posible, antes de que la pequeña hoja cortara su piel.

Bill sentía que sus ojos comenzaban a cerrarse y estaba muy consciente de que se dormiría. Era casi como si se viera a sí mismo fuera del cuerpo. Anis, quien había estado de pie junto a la muralla, se acercó y puso una mano sobre el hombro de la concubina. Bill abrió los ojos y miró hacia arriba, ya que estaba acostado en el sillón. Sabía que el guardia le estaba diciendo que era tiempo de hacer las cosas. Bill le achinó los ojos.

¿Por qué estás aquí?

Anis le respondió en su usual tono inexpresivo—. Para asegurarme de que no se aprovechen de ti.

Bill volvió a mirar al tatuador, quien sabía que el guardia estaría allí para mirar—. No creo que me pueda mover.

Anis caminó hasta el frente del sillón y cogió al chico como si no pesara nada. Volviéndose al hombre en el piso le preguntó—. ¿Dónde lo quieres? —Bill se rió, encontrando graciosa esa frase.

El tatuador señaló la alfombra junto a donde él estaba sentado—. Déjalo de lado, que no me mire a mí —el guardia hizo como le instruyeron, depositando al chico en el suelo. Bill puso una almohada cercana, bajo su cabeza. Ya no le importaba nada.

El visitante miró al guardia con desconfianza—. Debo mover su ropa —Anis asintió, dando permiso.

Bill sólo se había puesto una túnica café para el evento, porque sabía que en algún momento, tendría que mostrar su cadera. El hombrecito se arrodilló en la alfombra y bajó la tela, por la pierna de la concubina, exponiendo el muslo y algo de su espalda baja. Dejó que la parte del frente cayera hacia adelante, para cubrir las partes privadas del chico. Bill no sentía nada. Él sabía que normalmente, estaría muy avergonzado y probablemente, luchando para no hacerlo. Otra buena razón, por la que tomó la droga.

Vio movimiento por el rabillo del ojo y luego Nephthys, la única que no fumó el opio, estaba sentada frente a él. Ella puso una pequeña jarra a su lado. Había traído su propio método para aliviar el dolor y darle a Bill, luego que el efecto de la droga pasara.

Hola —dijo Bill—. ¿Quieres tomar mi mano?

Nephthys sonrió—. Puedes apostar que sí.

De algún lugar en el espacio, Bill vio aparecer su mano, no la había notado hasta que la sirvienta, entrelazó sus dedos. Bill se sentía separado de su cuerpo—. Tal vez no la voy a necesitar.

Voy a empezar ahora —La voz del tatuador sonó desde la espalda de Bill.

Ok —respondió complaciente.

Sintió, lo que debió haber sido una navaja cortando su piel. Dolió un poco, pero el dolor era muy leve, una punzada más que nada. Se preguntó vagamente, cuanto lamentaría esto, cuando sus sentidos regresaran.

& Continuará &

Notas finales de Sarahyellow: En tierras arábigas, el té y el café eran bebidas que se servían con las comidas y el cordero es como un plato básico.

Sí, el shampoo sí existe en forma de barras de jabón.

Así que, tatuajes de esclavos ¿uh? Sé que quieren mencionar eso en sus comentarios.

Notas de MizukyChan: Dentro de los muchos libros que he leído, es muy normal poner una marca a los esclavos, aunque la mayoría era por fuego y muy dolorosa, así que prefiero esta del tatuaje, es más estético.

Vamos chicas, a seguir apoyando a SarahYellow. Les mostraré una imagen que ella puso de cómo sería el tatuaje.

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