Notas de MizukyChan: Creo que siempre es muy terrible “la mañana siguiente”, sobre todo en la situación en la que los chicos se encontraron.
In your golden cage
All I feel is strange
(«Strange» Tokio Hotel y Kerli)
Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan
& Capítulo 13 &
Tom estaba de pie en el balcón con los ojos cerrados, enfrentando la brisa fresca. Miró hacia abajo, al jardín. Dentro de las murallas del patio –bajo los árboles y entre las sombras– prevalecía la oscuridad, que se aferraba a la tierra y le daba la ilusión de aún ser “noche”. Pero arriba, la luz se deslizaba. El cielo lucía gris oscuro, casi negro, pero guardaba esa particular suavidad que te anunciaba que el amanecer estaba próximo. El mundo estaba completamente quieto y silente, pero cualquiera que estuviese despierto, sabía que la noche estaba impaciente porque llegara la mañana; se metía en tu piel, sutil como si te susurrara. Esta era la hora para meditar; cuando los hombres estaban solos y dejaban que sus verdades les hablaran.
Tom miraba el jardín, sin realmente verlo. Había sido despertado por un suspiro, un movimiento, algo, no sabía qué. Cuando sus ojos se abrieron, todo estaba como ahora, quieto. Había estudiado esos rasgos, relajados por el sueño, que habían sido pintados en algún lugar. Por un segundo, él había estado tranquilo y luego, repentinamente, aterrorizado. Y de lo que estaba seguro en esos momentos, era que era imperativo, no despertar al esclavo pelinegro, que yacía a su lado. Se había concentrado en ese importante objetivo, al tratar de liberarse de las sábanas.
Ahora estaba de pie, descalzo en el frío balcón de mármol, tratando de sofocar la urgencia de odiarse a sí mismo. El horizonte aún no se había iluminado y su nuevo desafío era regresar. De dar los diez o más pasos para volver a esa habitación y nuevamente acostarse. Inhaló y trabajó en convencerse a sí mismo de que podía regresar y ser un príncipe acostado junto a alguien de su propiedad.
Suspirando, giró y re-ingresó en el cuarto. El chico se había volteado en el sueño. Una cascada de cabello negro yacía sobre la almohada, como tinta derramada y, por un momento, era todo lo que Tom podía ver. Deslizándose bajo las sábanas y dentro del cálido círculo que sus cuerpos durmientes habían creado, Tom estiró el brazo para acercar el cuerpo del chico contra él.
Un murmullo salió de los labios del adormecido Bill, sin sentido, pero con la entonación de una pregunta. Tom respondió quedamente, diciéndole al semi inconsciente chico, que volviera a dormir.
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Cuando Bill abrió los ojos, la habitación estaba sombría, pero podía sentir la luz presionando en su espalda, deslizándose por los bordes de su cuerpo. Se dio vuelta, y vio que la luz era mucho más suave de lo que él esperaba. La mañana se mostraba a través de la ventana y enmarcaba el cuerpo del príncipe como un halo.
No concordaba, porque Tom ciertamente no era un ángel. Bill lo miró fijamente y trató de imaginar al diablo tras esas facciones; algo maligno y repugnante, algo que odiar.
Bill pensó que el comportamiento de Tom no había sido diferente del sultán. Y sin embargo, por alguna razón, no había luchado con Tom como lo hizo contra el sultán. Eso significaba que debió haberse rendido, que se dio por vencido, que lo había permitido, ¿verdad? Porque había tantas cosas que pudo haber hecho, que debió haber hecho; cosas que ni siquiera intentó.
Bill se sentó en la cama, temblando cuando las sábanas cayeron hasta su cintura, recordándole su desnudez. La habitación era enorme, con mucho espacio para correr y seguir corriendo. Miró el candelabro de plata, apostado sobre una mesa junto a una pared. El cuarto estaba lleno de objetos que podrían haberle servido de posibles armas. Bill pensó que nunca había aprendido destrezas de lucha, pero estaba seguro de que pudo haber mordido, haber pateado más, haber golpeado más fuerte, algo. No había querido lo que pasó la noche anterior, ¿cierto?
No. Estaba seguro de eso. Había dicho que no y lo había dicho en serio. Bill suspiró y se llevó la palma de las manos a los ojos. Debió haber hecho algo. ¿Por qué no tomó ese candelabro y se lo arrojó a la cara del príncipe? ¿Acaso acabó la noche diciendo que sí?
El que no pudiera descubrir la respuesta a esta, al parecer, simple pregunta, lo irritaba grandemente. Era una pregunta tan importante que debía saber la respuesta; para Bill era esencial. Tenía que decidir qué había pasado con el príncipe la noche anterior, para que pudiera odiarlo apropiadamente. Porque si no lo odiaba, sería tal y como le príncipe había dicho.
Mirando para ver si el rastudo aún dormía, Bill se levantó de la cama. El aire se quedó en su garganta cuando vio sus ropas de la noche anterior, dispersadas en el suelo como pétalos caídos. La inofensiva ropa, se había vuelto obscena. Quería quemarlas, hacerlas desaparecer. Habría tratado de irse de la habitación, de regresar al harem, pero no se atrevía a tocar esas vestimentas, no se las podría poner. Se percató de un set de puertas a su derecha y se dirigió hacia ellas.
Dentro había un espléndido baño, para estar a la par con la grandiosa habitación. Todo era color crema y madera oscura. Bill pensó, que este debía ser el primer cuarto del palacio que veía sin alfombras ni montones de almohadas. La escasez en esa habitación era, en cierta forma, un alivio y Bill no sabía ni siquiera por qué.
La figura predominante del cuarto era una gran y honda bañera sumergida, junto a la muralla. Era prácticamente una extensión del suelo. El piso sólo desaparecía abruptamente, con peldaños labrados que te guiaban hacia abajo, a la cuadrada y profunda piscina de baño.
Bill caminó hacia allí y descendió a la bañera, abriendo los ojos grandemente cuando sus pies tocaron el fondo: ¡estaba caliente! No tan caliente como para quemar, pero lo suficiente como para que tus talones se irritaran, después de un momento. Se movió hacia el lado izquierdo, donde sobresalía la forma de una banca.
Al sentarse, descubrió que podía alcanzar un grifo que salía de la muralla. Bill estaba maravillado, al sentir que el agua que salía para llenar la gran tina, estaba temperada. Pensó que debía haber hogueras bajo la bañera, para calentar el agua y el piso. Se sentó y esperó, mientras se llenaba (cosa que tomó demasiado tiempo).
Bill estaba perfectamente tranquilo, estando allí sentado, mirando a la nada y oyendo el ruido del agua correr. Descubrió que era mucho más cómodo no pensar y prefirió abstraerse en esa habitación pacífica.
La bañera estaba a punto de rebalsarse, cuando se le ocurrió cerrar el grifo. Estaba sentado en el cálido líquido, con las piernas levantadas sobre la banca y sumergido hasta los hombros. Su pelo flotaba sobre la superficie en húmedas hebras. El agua le acariciaba la piel. Bill permanecía muy quieto, sin moverse.
Permaneció allí por largo tiempo y el agua nunca se enfriaba. El cálido piso, mantenía siempre la misma agradable temperatura, y el joven pelinegro se habría quedado en ese estado por siempre, disolviéndose y flotando en el baño, si las puertas no se hubieran abierto.
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Tom entró y Bill levantó la vista para verlo.
Tom dio varios pasos hacia adentro y se detuvo. Vestía una bata roja oscura atada a la cintura, lucía como si no supiera por qué había entrado allí. No dijo nada, pero miró a Bill como esperando que él lo hiciera. Bill sólo habló cuando el silencio se hizo casi insoportable. Y no fue lo que pensó que debería haber salido de su boca.
—Hola —un simple saludo, sin emoción alguna.
Tom lo vio un poco confundido o tal vez preocupado, como si estuvieran siguiendo un guión y Bill se hubiera equivocado con sus líneas.
—Hey —respondió. Volvió a mirar al chico en el agua, el cual miraba sus pies—. ¿Cuánto tiempo has estado allí?
Esta vez, Bill no levantó la mirada—. No lo sé. Un par de horas tal vez —sacó una mano de sobre sus piernas, las yemas de sus dedos estaban arrugadas.
De pronto, el baño ya no era tan reconfortante. No tuvo que mirar alrededor para saber que no había toallas cerca, también se dio cuenta que no había artículos de aseo, la habitación estaba limpia.
—¿Hay toallas?
Tom asintió y señaló un gran gabinete junto a la pared, lejos de la tina—. Allí —Giró y abandonó el cuarto.
Bill miró fijamente el lugar por el que el príncipe había desaparecido. Su comportamiento era completamente diferente a como había sido la noche anterior. Ahora, lucía casi… nervioso.
Bill esperó varios momentos antes de decidir que el príncipe no regresaría. Se puso de pie y se dispuso a partir, poniendo su pie sobre el primer escalón que llevaba hacia arriba, antes de pensar en dejar correr el agua. Giró y buscó algún mecanismo que le permitiera hacerlo, pero no encontró ninguno. No había nada en el suelo, o algo para tirar o girar que le permitiera drenar el agua. Dándose por vencido, salió del agua, empapando el suelo en el que estaba.
Cruzó toda la gran habitación hacia el mueble, preguntándose por qué no podía estar ubicado en un mejor lugar y abrió un cajón para encontrar las toallas, como también varios jarrones con productos de aseo.
Bill se secó y luego se dio cuenta que debía regresar a la habitación usando sólo una pequeña toalla en su cintura. Se consternó sólo un momento, antes de que la desdeñosa voz en su cabeza le recordara que no había nada que el príncipe no hubiera visto antes. Aun así, se aseguró de que la toalla estuviera firmemente sujeta a sus caderas y no tuviera le riesgo de caer cuando entrara a la otra habitación.
Tom estaba de pie en la esquina izquierda, cerca del final del cuarto, donde estaban las puertas que llevaban a los corredores del palacio. Había un buró de madera, un armario, un espejo y un biombo que creaba un espacio para vestirse.
Bill entró, justo cuando el príncipe estaba acomodándose una camisa blanca sobre los hombros. Observó como la tela se deslizaba por su espalda, cubriendo la piel bronceada. Bill se sintió helado, como un nadador que ha visto el contorno de un tiburón en el agua: el fantasma de algo horrible.
Bill estaba seguro de no haber hecho ruido, nada que indicara su presencia, pero de todos modos Tom volteó, fijando su mirada sobre el chico semi-desnudo. El oscuro pelo negro de Bill estaba pegado a su cabeza y su piel lucía húmeda y muy limpia. Tom cogió de la mesa, una túnica celeste de cuello alto, pasando sus brazos a través de las mangas de seda y abotonó el frente. Tomó un cinturón dorado del buró y lo ató a su cintura. Volvió a mirar a Bill.
—Ven aquí.
Bill dudó por un momento, antes de reflexionar y decidir que el príncipe no estaba planeando algo demasiado horrible si él mismo se estaba vistiendo. Caminó hasta donde él estaba parado.
Tom buscó en el armario y sacó una túnica de vestir, diferente a la que había usado antes. Esta era dorada con un bordado beige. Tom le tendió la prenda y cuando los dedos de Bill tocaron el elaborado diseño, tuvo la sensación de que el hilo, era realmente de oro. Tomó la bata contra sí mismo, mientras el príncipe le decía.
—Puedes usar eso para regresar a tu habitación.
Los ojos de Bill se levantaron para verle. Lo estaba corriendo. No podía decidir si se sentía aliviado o enojado. Tal vez ambas. Tom enfrentó su mirada por un momento y algo flotó en sus ojos, como si eso pronto fuera a salir por su boca. Pero sus facciones cambiaron, se endurecieron casi imperceptiblemente y en cambio, giró y se miró al espejo. Bill observó como el príncipe cogía las rastas por sobre sus hombros y las ataba a la altura de la nuca. Se congeló cuando sus ojos se conectaron en el espejo.
—Y bien, ¿qué estás esperando? Póntela y vete —La voz de Tom se había tornado fría y sin emociones.
El pequeño momento de indignación que tuvo Bill, fue rápidamente reemplazado por indiferencia. De todos modos, no es que él quisiera quedarse. Caminó, muy deliberadamente hacia el biombo, para ocultarse detrás de él, donde dejó caer la toalla y se puso la túnica. Sus manos buscaron en la cintura y se dio cuenta que tenía un problema.
—No tiene un amarre.
Sólo segundos pasaron, antes de que una franja de oro fuera colgada sobre el biombo. Era el cinturón del príncipe. Las manos de Bill acariciaron el objeto, antes de bajarlo, pasarlo por su cintura y atarlo.
Salió de atrás del biombo luciendo una bata opulenta, sintiéndose a la vez desnudo y demasiado elegante. Pero más que nada se sentía ridículo. Quería irse y ponerse su ropa lo más pronto posible.
Caminó hasta las puertas y miró al príncipe por sobre su hombro. Reprimió su lengua, rehusándose a pedir permiso para retirarse. En cambio, observó las facciones del príncipe cuando cogió el pomo de la puerta, retándolo con ese gesto a que le dijera que no se podía ir. No lo hizo. Su rostro permanecía siendo una máscara de indiferencia, claramente aprendida. Bill giró para cruzar la puerta cuando escuchó.
—Anis te escoltará de regreso.
Bill vio al eunuco, de pie como centinela al otro lado del pasillo y volteó el rostro para darle una mirada de hielo al príncipe. Cerró la puerta y volvió hacia el guardia, quien lucía desinteresado, pero tan alerta como siempre. Seguramente no había estado allí toda la noche.
—¿Listo para irse? —La voz de Anis retumbó.
Bill enfrentó su mirada y sintió que su rostro ardía, al pensar que ese hombre enorme sabía lo que le había pasado. Evitó sus ojos.
—Sí, vámonos.
La caminata de regreso fue completamente silenciosa, pero nada de extraña.
& Continuará &
Notas de MizukyChan: Cuando SaraYellow terminó de escribir este fic, Tom tenía las hermosas trenzas negras, que luego cambió por sus delgadas rastas negras y ahora luce una melena de vagabundo jejeje. Qué cosas, ¿no? Él solía decir que nunca cambiaría su pelo y lo hizo rápidamente.
