& Capítulo 22 &
—¿Entonces, vas a estar bien en un par de días? —Preguntó Tom saliendo del hospital, sosteniendo la mano de Bill. De verdad se sentía de maravilla, aunque todavía le dolía un poco recordar el video.
—Si todo sale bien. —Bill sonrió y se dio unas palmaditas en el trasero—. Está bien, bebé, pronto estaremos bien. —Bromeó, pretendiendo que su trasero era su hijo.
—Aaww, Bill, lo amas más que a mí. —Tom se quejó, también en broma.
El pelinegro solo le sacó la lengua—. Oh, hice algo… sé que tú no quería que lo hiciera, pero yo sí lo quería. —Se sonrojó.
—¿Te perforaste el pezón? —Preguntó su esposo.
Bill asintió—. Oh, sí.
—Nunca dije que no me gustara… —Bromeó Tom, ya quería lamerlo.
Bill pasó su brazo por el de Tom—. Necesitas una ducha… apestas.
—Lo siento. —El chico se separó un poco de Bill, avergonzado.
El moreno lo volvió a acercar—. Nein.
—Bill… —Se quejó el menor. No quería que Bill estuviera tan cerca y lo oliera con sudor, alcohol y probablemente olor a vómito.
—Pero quiero abrazarte… y también tengo que ir a buscar mi ropa.
—Entonces vamos. Tú conduces, yo no creo poder hacerlo, no he comido mucho últimamente y me podría desmayar. —Tom seguía alejándose un poco de Bill, aunque el otro lo tenía bien sujeto.
Bill comenzó a conducir hacia la casa de la mamá de Tom, sin haberle contado.
—¿Dónde has estado estos días? —Preguntó el menor, dándose cuenta de pronto, que lo había corrido de su propia casa, y si los G’s tampoco estaban en su casa, el otro no tenía lugar donde ir.
—En casa de tu madre.
—¿Le contaste lo que ocurrió?
—Sí… —Bill se sonrojó.
—¿Y ella dejó que te quedaras? ¿Cómo es que…? No debí haberte corrido… si ella no te hubiera dejado quedar, habrías estado sin hogar. —Tom tragó pesado, bajando la mirada. La casa que compartían ni siquiera era suya, era de Bill—. Y es tu casa, Bill… ¿cómo podrás perdonarme?
—Porque, Tom, estoy enamorado de ti y tú eres mi esposo… aun cuando obligaste a Georg a llevarme los papeles del divorcio.
—¿Los firmaste? —Preguntó el menor, preocupado.
—Ah… sí. —Condujo más rápidamente, necesitaba salvar su matrimonio.
—¿Sí? ¿Los firmaste? —Repitió Tom, un poco molesto. Él creyó que su matrimonio estaba arruinado por ese video, pero Bill… él sabía la verdad.
—Sí, los firmé… estaba bastante convencido de que me odiabas. —Detuvo el auto y miró a Simone—. ¡TÍRALOS! —Le ordenó a la mujer, quien estaba a punto de arrojar su matrimonio al buzón de la correspondencia.
—¿Qué? —Preguntó la mujer, dejando caer los papeles de sus manos.
Bill saltó y destruyó los papeles—. No, no, no. ¡Tomi es mío!
—¿Bill, estás bien, cielo? Si eso es lo que Tom quiere, tienes que aceptarlo —dijo Simone suavemente, mientras acariciaba el negro cabello.
Bill se sentó sobre los papeles destruidos—. ¡No, él tampoco lo quiere!
—¿Bill, de qué estás hablando? Tom envió los papeles —dijo la mujer, sin darse cuenta que su hijo estaba en el auto, todavía enojado con su esposo.
—Sí, pero ahora no —dijo y como un niño se quedó sobre los papeles—. Vamos, Simone…
—Él tiene razón, pero tal vez ahora sí lo quiero —dijo Tom, molestando a Bill con un falso puchero—. Los firmaste, sabiendo la verdad los firmaste igual.
—Como dijo Simone, yo solo estaba haciendo lo que tú querías…
Tom salió por completo del coche—. Pero… ¿de verdad te ibas a dar por vencido?
—Estaba asustado… y Georg me dijo que tú querías que siguiera adelante y te olvidara por completo… que tú NUNCA me ibas a perdonar… ni siquiera cuando a los penes le salieran alas y masturbaran a sí mismos. —Citó el pelinegro.
—Bueno, supongo que tendré que empezar a buscar a penes alados que se masturben a sí mismos. —Tom bromeó y Simone solo miraba.
—Primero, ¿qué? Y segundo, Tom, más vale que entres, te des una ducha y te comas todo el refrigerador antes que te pateé el trasero.
Bill soltó unas risitas—. ¿Te puedo ayudar? —Le sacó la lengua al otro, juguetonamente.
—Uh… no es una buena idea, Bill —dijo Tom, sin querer sacar a relucir su enfermedad, pero sabiendo que su esposo comprendería.
—Oh, claro. —El mayor lo había olvidado, pero sabía que debía mejorarse por Tom.
—¿Podría alguien explicarle ALGO a la pobre Simone? —Pidió la mujer, todavía confundida por todos los hechos.
—Tom se dio cuenta que estaba equivocado. —Bill sonrió suavemente.
—¡Por fin! —Simone elevó las manos al cielo, como burlándose.
El pelinegro asintió—. Tomi… Billa tiene un plan.
—Más tarde, ¿ok? Cuando me lave y me arregle. Tengo tanta hambre… —Tom dio palmaditas a su vientre, dirigiéndose hacia el interior de la casa de su madre.
Bill lo siguió—. Voy a pedir prestada tu cocina. —Gritó el moreno a Simone, planeando prepararle algo de comer a Tom.
—Claro —respondió la mujer como si nada.
.
Bill ya estaba en la cocina, preparando de todo.
—¿Bill? —llamó Simone, entrando a la cocina y negando con la cabeza—. Bill, no creo que Tom quiera tuna y luego frutillas.
—Es Tom… podría querer… —respondió el chico, soltando risitas.
—Soy su madre, debería saberlo. —Simone sonrió—. Y ahora dime, ¿qué sucedió? ¿Le contaste sobre… bueno, ya sabes?
—¿Sobre qué? —Preguntó Bill.
—Tus… resultados. Pero primero lo primero. ¿Qué pasó?
—Bueno… Tom me llamó por teléfono anoche, para que fuera a casa… estaba borracho, y me dijo que Luke había confesado todo. Y sí, ya lo sabe… él vino conmigo al médico y el doc dijo que estaba bien, pero que debía continuar con las medicinas una semana más, para estar seguros.
Simone sonrió, por lo menos iban a volver a estar como debían. Pequeñas lágrimas dejaron sus ojos, lágrimas de felicidad y sorbió la nariz al decir—. Dame esas manzanas, les haré un pie.
El pelinegro le entregó las manzanas—. Yo no puedo comer ninguna —habló ahora, antes de que alguien lo obligara a tragar alguna.
—Lo sé, cariño.
Bill sonrió y preparó espagueti a la boloñesa, pizza, más pasta y hamburguesas. Junto con ensalada, sopa y pan… Y helado, pie de manzana, torta de frutilla y chocolate.
—¿Crees que le guste? —Dio una mirada a toda la comida.
—Creo que tendremos comida por lo menos para una semana más. —Bromeó Simone.
Bill sonrió levemente—. Okey, tal vez exageré un poco. —Sonrió, esperando a Tom.
Y como si supiera que lo esperaban, Tom bajó las escaleras, vistiendo ropas antiguas, que deberían haberle quedado muy justas por su cuerpo más maduro, pero por estar tan delgados le quedaban bien.
—Mhm, huele como un restaurant.
—Cómetelo todo. —El pelinegro sonrió suavemente.
—¿Todo? ¿Qué quieres decir con “todo”? —Preguntó Tom, asustado por su pobre estómago.
—Bill sonrió—. Sip, sip, todo de todo.
—¡Pero Billll! —Se quejó el chico.
El pelinegro le puso una sonrisita maligna.
—¿Puedo por lo menos usar la vajilla? —Tom suspiró, ignorando los gritos indignados de su madre.
—Por supuesto que puedes. —Bill sonrió.
—NO, no puedes. Usa los platos comunes y corrientes. Usarás esos hasta que tu padre y yo no estemos en la casa. —Mandó Simone, con un tono serio que no dejaba lugar a objeciones.
Bill sonrió de lado—. Entonces, deberías dejar la casa. —Le guiñó un ojo.
—¡Bill Kaulitz-Trümper! ¡Juro que te patearé el trasero si vuelves a contradecirme!
El pelinegro asintió con rapidez.
& Continuará &
Notas finales de las traductoras:
Estamos a muy poco de terminar. Gracias por el apoyo. Besotes a todos.
