Ayuda divina 2

Fic de Sandra. Traducido por MizukyChan

«El toque de un ángel»

Bill respiró profundamente, ignorando la lluvia fría y mirando hacia abajo, al agua bajo él, estremeciéndose un poco por lo fría que lucía. Había estudiado esto, había hecho innumerables cálculos para descubrir como tener que caer, para que el agua fuera tan dura como tierra cuando lo golpeara, para asegurarse que el lugar que había encontrado fuera lo suficientemente alto y tener la certeza de no sobrevivir.

Por esta razón se había decidido por el tren la primera vez. Porque se podía contar con el tren. Un tren era duro, sólido y a alta velocidad era muy difícil sobrevivir. Era seguro. Si querías terminar con tu vida, era la forma más segura de hacerlo.

El agua, por otro lado. Si caías con los pies primero, existía la posibilidad de que el daño no fuera suficiente para matarte. En cambio podías terminar con heridas permanentes que te pondrían en una silla de ruedas, o incluso en una cama por el resto de tu vida y si eso sucedía, ya no habría forma de terminarlo por sí mismo.

Así que Bill no estaba del todo feliz con esta situación. Pero había estado meses pensando diferentes formas de hacerlo y sentía que, este acantilado y el tren, podrían funcionar mejor. Que cayeran en sus manos píldoras suficientemente fuertes sería demasiado difícil y no iba a intentar colgarse, con el riesgo de hacerlo mal y que lo encontraran a tiempo, y tampoco era un fan de desangrarse hasta morir. Una caída como esta era su segunda mejor opción y, ya que la última vez que lo intentó con el tren fue detenido, había decidido buscar un lugar completamente desierto esta vez.

Ningún extraño lo detendría esta vez. Ningún extraño con ojos de avellana tendría la oportunidad de intentar salvarlo. Había tomado una decisión y no iba a dejar que nadie la arruinara.

Exhaló lentamente, con los ojos todavía viendo el agua oscura. Nunca le habían gustado las alturas y, por primera vez, no le molestaba. No se sentía mareado, o como si estuviera a punto de caer. Estaba tan firme como una roca, mirando hacia abajo, a lo que por fin terminaría con todo para él.

Se había sentido un poco mejor un par de días después del incidente de la estación de trenes. Por un corto período se había sentido esperanzado, casi en paz. Luego las cosas comenzaron a derrumbarse a su alrededor otra vez. No eran cosas importantes, eran cosas como que una vez más no había podido cubrir la renta sin ayuda de sus padres, una deuda de la que no estaba seguro si alguna vez podría deshacerse, y cosas que seguían poniéndose en su contra.

Había estado soportando por años. Sin importar lo mucho que lo intentara, no podía salir adelante. Estaba estancado y estaba cansado. Estaba cansado de siempre tener que pedir ayuda a la gente, cansado de las llamadas telefónicas de las compañías a las que le debía dinero, cansado de tener que cancelar encuentros con sus amigos, porque ni siquiera se podía costear un café. Su vida nunca dio un giro y ya estaba harto de siempre ser una carga para todos. Sabía que estarían mejor sin él. Estarían tristes por un tiempo, podrían extrañarlo en días como Navidad o tal vez en su cumpleaños, pero al final del día, estarían mejor sin él. Sabía que lo harían. Y después de pasar, una vez más, toda la noche llorando, decidió que el extraño de ojos avellana estaba equivocado.

Este era su tiempo.

Había acabado.

Giró y cerró los ojos. Sintiendo por última vez la lluvia fría sobre su piel. Siempre había odiado la forma en que hacía que su cabello se sintiera grueso y cayera pesado sobre sus hombros, pero hoy se sentía bien. El clima iba a la par con su estado de ánimo y por cliché que pareciera, la lluvia calzaba mejor con la muerte que el sol que había estado brillando en su último intento.

Estaba listo para esto. Lo había estado desde hace mucho.

Podía sentir su presencia ante él, así que cuando abrió los ojos, ni siquiera se sorprendió cuando vio al hombre joven de pie, a un par de pasos de distancia, parecía que no le molestaba para nada la lluvia. Tenía los ojos de un color café avellana y su sonrisa era suave, cálida y amable y, de igual forma que la última vez en que se encontraron, llenó a Bill con una sensación de que todo estaría bien.

Pero él ya sabía. No se dejaría engañar esta vez. No esta vez.

¿Cómo me encontraste? —Preguntó, pero ya sabía que el hombre no le daría una respuesta.

En cambio, dio un par de pasos más cerca, antes de estirarse y sujetar gentilmente el brazo de Bill, alejándolo del borde.

¿Por qué sigues haciendo esto? —Susurró Bill, sus ojos lagrimearon un poco. Estaba cansado, quería que todo terminara, acabar con todo. Quería que el extraño lo dejara tranquilo—. ¿Por qué no me dejas simplemente terminarlo?

El hombre sonrió y de la misma forma que la vez en la estación de trenes, sus ojos ardieron en los de Bill y luego, lentamente, movió su mano del brazo de Bill a su mejilla, su pulgar gentilmente acarició la piel, mientras acunaba su mejilla.

Bill jadeó y su visión cambió. Todavía podía sentir el toque de los dedos del extraño en su piel, pero ya no podía escuchar el viento o sentir la lluvia. No podía ver los ojos avellana que sabía, estaban mirando a sus propios ojos café. En cambio, todo se fue a negro. No veía nada y, aunque normalmente se habría asustado demasiado, la calidez de la mano del extraño hizo que su corazón se mantuviera en calma y pudo sentir como su cuerpo se relajaba mientras contornos de colores comenzaban a formarse nuevamente ante sus ojos.

Ya no estaba en el acantilado.

Estaba en una habitación, un lugar lleno de gente vestida con colores oscuros. Le tomó un poco darse cuenta de que era la sala de la casa de sus padres, porque era muy diferente a lo que solía ser. Las pesadas cortinas que su madre había insistido tener, en lugar de cortinas normales, estaban cerradas, para que, a diferencia de cualquier otro día de su vida, no dejaran entrar ninguna luz. En cada espacio plano, había diferentes tipos de flores, pero no eran las que su madre cultivaba en sus maceteros, aquellas flores que morían si las dejabas sin atender un día, su orgullo más grande, de las que siempre le presumía a la gente. No, éstas eran de la clase normal. Flores que normalmente nunca llegaban a su casa, no eran flores de macetero. Éstas estaban en diferentes envases que Bill nunca antes había visto y juntas, dejaban una esencia dulce que quemaba su nariz.

Las paredes también eran diferentes. Usualmente estaban cubiertas de fotos familiares. Imágenes de él creciendo, sus primeros pasos, su primera Navidad, su primer día de escuela, su graduación, todas esas cosas y las fotos de todos juntos de pie frente a la casa, que su madre había insistido en tomar el día antes que Bill se fue a la universidad, para que tuvieran un recuerdo de su último día en la casa, antes de que se mudara y comenzara con su propia vida. Todas esas fotos se habían ido. Ni una sola de ella estaba colgada en la pared y podías ver los rectángulos de donde cada una de ellas había estado colgada, a salvo de la luz solar que descoloraba levemente el papel tapiz.

Giró y sus ojos cayeron en el sillón. Su madre estaba sentada con la cara oculta en sus manos. Sus hombros estaba temblando mientras su padre gentilmente frotaba su espalda, su propio rostro se veía duro y libre de emociones.

Volvió a girar y vio que una de las fotos estaba en la habitación. Una foto de él mismo, una de las últimas que tomaron antes que su vida comenzara a desmoronarse. Estaba rodeada de flores y de pronto escuchó historias sobre él mismo siendo contadas por diferentes grupos de personas en la habitación.

Era un funeral. Su funeral.

Sus mejores amigos estaban de pie muy cerca de él y podía escucharlos murmurar unos a otros en voz baja, que debieron haber sabido, que debieron haber hecho algo, que esto era su culpa.

Bill quería acercarse más a ellos. Decirles que nada de esto era culpa de ellos. Quería que supieran lo mucho que lo habían ayudado a lo largo de los años, que gracias a ellos había logrado aguantar tanto tiempo. También quería ir donde sus padres, quería abrazarlos y decirles lo mucho que los amaba, que no debían llorar por él, porque había sido su decisión.

Pero no se podía mover. Sólo podía observar y sus propios ojos comenzaron a arder, la visión se desvaneció y, por un momento, lo único que pudo ver fue, una vez más, la oscuridad.

Cuando los colores cambiaron esta vez, había una visión completamente diferente ante sus ojos. No tenía idea dónde estaba, pero estaba claro e iluminado. Las paredes estaban cubiertas por estantes llenos de libros y después de un momento, se dio cuenta que debía ser una librería. Una grande. No las pequeñas que había en el pueblo, sino de la clase que había en las ciudades, en las grandes ciudades. Había largas filas de estantes y ante él había una larga fila de personas, hablando, susurrando y dando miradas emocionadas a la mesa que actualmente estaba vacía, ante la cual estaban haciendo fila.

Se sintió un poco confundido. No entendía qué tenía que ver esto con él. No veía a nadie que conociera en la fila y, por lo que sabía, nunca había estado en esta tienda en particular, así que no entendía qué rayos estaba haciendo ahí.

Eso fue hasta que escuchó que alguien dejó salir un fuerte chillido, señalando a la puerta que estaba a la izquierda de la mesa y todos parecieron ponerse mucho más emocionados. Comenzaron a gritar, no como la gente hace en los conciertos, o cuando ves a tu actor favorito, sino de una forma mucho más respetuosa, como cuando los amantes de los libros conocen al autor que aman.

Luego escuchó lo que en realidad estaban gritando y se sintió mucho más confundido.

Era su nombre. Estaban gritando su nombre.

Giró para ver donde estaban mirando todos y vio una versión obviamente mayor de sí mismo. Había cambiado un poco, su cabello negro azabache ya no tenía los mechones blancos, en cambio, estaba peinado hacia atrás y el maquillaje que siempre había usado, ahora era mucho más profesional. Pero aunque había cambiado un poco, todavía era claramente él y sonreía y agitaba la mano, mientras se dirigía hacia la mesa.

Los ojos de Bill se abrieron grandemente al darse cuenta que en realidad lo estaban esperando a él. Y cuando se sentó, dos hombres que no había notado antes, permitieron que la gente de la fila, caminara hasta la mesa. Uno a la vez, y todos le entregaban un libro, un libro que él firmaba.

Inhaló fuertemente y enfocó los ojos en el cartel que había sobre la mesa, que tenía impreso una foto del libro que la gente llevaba.

Lo que puede traer el futuro. Por Bill Kaulitz.

La visión se volvió a desvanecer y jadeó, porque una vez más estaba de vuelta en la lluvia, mirando a los suaves ojos avellana que parecían ver directo a su alma. Y cuando parpadeó, confundido, el hombre sonrió suavemente, llenándolo con ese sentimiento cálido que sintió la última vez que se encontraron.

¿Qué fue eso? —Susurró.

Tu futuro —sonrió el hombre y, nuevamente, Bill se sorprendió porque su voz sonaba más como música que otra cosa—. Cual se volverá una realidad, depende de ti y de la elección que tomarás hoy.

Bill lo miró fijamente y el hombre volvió a sonreír, antes de inclinarse hacia adelante y dejar un suave beso en su frente.

Tienes tantas cosas hermosas que traer a este mundo, Bill Kaulitz —dijo con suavidad el hombre—. No las desperdicies, porque un día, todo valdrá la pena.

¿Lo prometes? —Pidió Bill. Todo eso sonaba imposible.

El extraño volvió a sonreír y luego, antes de girar para volver a desaparecer, dejó una pluma blanca en la mano de Bill, muy parecida a la que encontró en el suelo la última vez.

Lo prometo.

& Fin parte 2 &

Tal vez el futuro no los convertirá en escritor, ni en actor, ni en cantante, pero puede haber muchos profesores, ingenieros, diseñadores, contadores, mamás. Siempre hay algo bello más allá de las nubes, no pierdan las esperanzas.

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