
Fic de Shibuyainn. Traducido por Elle R
Capítulo 4
Tom debería haber sabido que al ayudar a Bill en el estúpido proyecto, terminaría en algún extraño lugar, sin embargo, de pie en medio del campo no estaba ni cerca de sus expectativas. Permaneció por los alrededores del mal humor, pensando en todos los lugares diferentes y más productivos en los que podía estar en este momento, mientras observaba a Bill, a pocos metros de distancia, hurgando en la tierra, consiguiendo que se le manche su camiseta de rayas rojas y sus jeans agujereados.
Tom suspiró audiblemente, manifestando su descontento. —¿Dime otra vez por qué estamos aquí?
—Pensé que podíamos hacerlo sobre la evolución de la oruga —bromeó Bill, mirando hacia donde había estado cavando, había una mancha de barro a lo largo de su mejilla. Sonrió enseñando todos los dientes y Tom notó sus muy afilados caninos. Ellos le hacían parecer aún más tonto de lo que ya se veía.
—Tío, esa es una idea tan de niño de pre-escolar —Tom gruñó, rodando los ojos y metió los puños en sus bolsillos. Tocó su móvil, preguntándose si podría enviarle un mensaje de texto a Dereck para ver lo que estaba haciendo.
Bill no lo había escuchado y ya estaba de vuelta cavando en la hierba, en busca de pequeños insectos peludos.
—¡Hey, Tom, mira! ¡Es la Polystoichotidae (*)! ¡La crisopa gigante! Éstas son realmente raras…
Tom ignoró el comentario y sacó su móvil, pasó los nombres con los dedos hasta llegar al número de Dereck, cuestionándose si debía llamar. Entonces tendría que explicar lo que estaba haciendo y no creía que su reputación pudiera soportar el golpe de haber estado merodeando por un sucio campo con el bicho-chico de Bill.
—¡Aquí encontré una! —Bill llamó, agitando los brazos y lanzando barro por todas partes. Tom hizo una mueca y se acercó lo suficientemente cerca para ver el pequeño insecto que se arrastraba por el dedo índice de Bill, pero todavía lo bastante lejos como para no tener que compartir las mismas moléculas de aire.
—Es feo —respondió él tajante y desinteresado, mirando la cosa marrón subir a paso lento hasta la punta del dedo.
Bill le miró, arrugando la frente.
—No puedes decir eso, no lo conoces.
Tom le miró también, indignado.
—Es una oruga, Bill, ¿cómo diablos se supone que voy a conocer a un maldito gusano?
—El hecho de que sea más pequeño y más silencioso no lo hace menos importante. Y no es feo.
—Amigo, parece mierda de gato. En serio, ¿y con esas patitas? Mierda de gato mutada con patas. Es repugnante, y es feo.
—Él no es feo. Simplemente es. Todos lo llaman feo y lo apartan solo por haber nacido aquí ya que han visto cosas más agradables en la vida. Ni siquiera se puede ser diferente sin que la gente te juzgue. ¿Alguna vez pensante que tal vez no es feo, sólo que tú eres de mente estrecha?
Bill entrecerró los ojos en una mirada furiosa. Tom se sintió tentado a preguntar si todavía estaban hablando de la oruga, pero estaba demasiado ocupado siendo golpeado con una revelación. Se había dado cuenta de que después de todo lo que había visto a Bill soportar, esta era la primera vez que lo había visto cualquier cosa menos alegre o asustado. Tardó un segundo en reconocer la ira. Bill estaba enojado. Fue una sorpresa para él descubrir que Bill aún era capaz de sentir ira. Tom vio un atisbo de lo humano que se encontraba en el interior del saco de boxeo antes de que desapareciera y Bill volviera a su burbujeante personalidad, acariciando la oruga.
—Me gustan las orugas —dijo Bill con dulzura, acariciando la suave membrana marrón.
—¿Por qué? —preguntó Tom, un poco curioso a su pesar.
—Porque todo el mundo siempre las subestima, pero al final, muestran a todos que incluso la mierda de gato puede convertirse en una mariposa.
Tom se rió a su pesar y se detuvo de inmediato, tratando de ocultarlo detrás de una tos. Pero Bill se había dado cuenta, y sonrió para sus adentros mientras sacaba un frasco de vidrio de su bolsillo. Metió el pequeño insecto en el frasco y empezó a mirar a su alrededor para recoger piezas del entorno natural que podría añadir a la nueva morada de la oruga.
Mientras Bill metía un poco de hierba y un par de ramitas, Tom llegó hasta un árbol cercano y arrancó un puñado de hojas antes de acercarse al frasco y poner el relleno adentro también. Bill alzó la vista, tan sorprendido que dejó caer el puñado de hierba que había agarrado en la mano.
—¿Qué? Es mi proyecto también… —dijo Tom encogiéndose de hombros, volviendo al árbol a por más hojas, ignorando el impresionante tono rojo con el que se colorearon las mejillas de Bill en un delicado sonrojo.
Continuaron llenando el frasco en silencio hasta que por fin, Bill enroscó la tapa en la que previamente había hecho un agujero con un cuchillo para proporcionar un acceso de aire a la pequeña criatura dentro.
—¿Y ahora qué? —preguntó Tom, regresando sus manos a un sitio cómodo en sus bolsillos.
—Me lo llevaré a casa hoy. Y vamos a tener que vigilar sus patrones de conducta hasta que se transforme.
—Bien —dijo Tom, sin saber que más decir. Bill le salvó de un incómodo silencio porque de pronto chilló: — ¡Oh, espera! ¡Sostén esto!
Bill empujó el frasco en las manos de Tom antes de correr de nuevo a donde había encontrado la oruga. Tom miraba, atónito, como Bill se sacaba una de sus zapatillas blancas de deporte y la colocaba en la tierra fangosa. Brincó hacia atrás, su calcetín blanco ahora estaba de un marrón sucio por el barro, sonrió amablemente.
—¿Qué demonios fue eso? —exclamó Tom, casi preparado para ir a recuperar el zapato y golpear a Bill en la cabeza con él.
—¡Sólo para ver! —respondió Bill. —Está bien, tengo otros zapatos en casa. Gracias por ayudarme hoy, nos vemos mañana en el colegio.
Bill tomó el frasco de las manos de Tom y se fue corriendo, riéndose de la expresión de completa confusión en el rostro de Tom. Tom se quedó en el campo, con las manos aún tendidas, sosteniendo la huella del frasco ahora ausente, tratando de entender como una persona puede estar increíblemente loca y sin embargo perfectamente estable.
&
Bill era un misterio.
Eso es lo que Tom pensó cuando se dirigía a la casa del chico al día siguiente, para otra sesión de oruga–estudio.
Con lo amargado que ya estaba de tener que estar otra tarde con Bill, la única alternativa que le fue ofrecida para hacer el proyecto era hacerlo en su casa, que no era una opción. A la oruga, la podía manejar, pero no había manera de traer al friki del colegio con él. No quería que nadie supiera de su otra vida, la que él deseaba que simplemente se desvaneciera en la neblina.
Echó un vistazo a Bill cuando saltó junto a él. Su cabello estaba peinado en rizos suaves el día de hoy y por una vez, no llevaba maquillaje, aunque éste espectáculo inusual de normalidad sólo compensa los dos zapatos de diferente color que Bill llevaba en ese momento en cada pie.
Aunque Tom nunca lo admitiría, estaba realmente emocionado de ver cómo era la vida de Bill fuera del colegio. Se imaginó algo que desafiaba la gravedad y exuberantemente colorido, al igual que el exterior de Bill. La decepción de Tom fue comprensible luego, cuando Bill se detuvo frente a una casa común que se veía más o menos igual a las otras del barrio.
¿Cómo un chico como Bill que estaba en tan mal estado vivía como cualquier otra persona?
La respuesta estaba en el interior.
—¡Esta es! —Bill cantó, mientras deslizaba la llave por la cerradura y abrió la puerta. —Mi mamá hizo galletas. Ella hace las mejores del mundo, ya verás.
De hecho, un aroma a chocolate flotaba a lo largo del pasillo, haciendo cosquillear la nariz de Tom seductoramente. Pero se olvidó por completo de las galletas mientras dejaba sus zapatos y entró en la sala de estar.
Había colgados cuadros en cada espacio libre de la pared, dando a la habitación un aspecto acolchado. El mobiliario era soso y de aspecto barato, pero también imperceptible entre el arte que cubría las paredes. Tom miró hacia el techo y se sorprendió al ver un claro cielo azul pintado cuidadosamente, las nubes mullidas como malvaviscos. Si las habitaciones pudieran fumar marihuana, ésta sería definitivamente una de ellas.
Bill, poco impresionado, dejó sus propios zapatos y entró en la sala de estar detrás de Tom, dirigiéndose a la cocina. Tom le siguió, ahora un poco preocupado y tal vez con un poco de miedo.
Se sintió aliviado al ver que la cocina se veía un poco más normal: el único cuadro era pequeño y era del recipiente estándar de la fruta. Tom suspiró, exhalando su inconformidad, sin haberse dado cuenta hasta ahora que había estado conteniendo el aliento.
Se sentía extraño pasar el rato en la casa de Bill Kaulitz, aunque fuera sólo por un proyecto. Este era el mismo chico al que había disfrutado golpear un sinnúmero de veces con su pandilla y ahí estaba, siendo invitado con hospitalidad y le ofrecían comida. Simplemente no lo entendía. Tal vez la gente hacía esto todo el tiempo y él estaba siendo raro, asumiendo que no actuaba como una persona normal si había lanzado a otra recientemente a un cubo de basura.
No, Bill definitivamente era raro.
Miró a su alrededor con nerviosismo, tratando de tragarse la pizca de culpabilidad.
Aparte de la ropa colocada en la cocina, también estaba la agradable vista de las galletas de chocolate descansando en el horno para calmar los nervios de Tom. Bill inmediatamente se abalanzó sobre el plato, recogiendo una galleta y metiéndosela en la boca.
—¡Ow, es, oh! —gritó él, haciendo una mueca mientras se tragaba la galleta hirviendo y sin importarle, tomó otra, soplando esta vez.
—Sírvete tú mismo —sonrió, haciendo un gesto hacia la bandeja azucarada. Tom accedió rápidamente.
Antes de que pudiera tomar una, una mujer entró en la cocina, pasando unos cuantos dedos por su pelo castaño y corto. Ella se detuvo cuando vio a los dos chicos.
— ¡Bill! ¿No me digas que ya te estás comiendo las galletas?
Bill sonrió tímidamente, la segunda ya galleta ya estaba en la mitad de su boca.
—Hola mamá —murmuró, esparciendo migajas por todas partes y dejó que ella lo tome en un fuerte abrazo.
—¿Y este quién es? —preguntó ella, alejándose de su hijo.
—Este es Tom. Está trabajando conmigo en un proyecto del colegio.
—Así que éste es el Tom del que tanto he escuchado hablar.
Tom la miró con recelo. ¿Había Bill hablado de toda la intimidación a la que había sucumbido a su hijo? ¿Estaba ella resentida profundamente, odiándolo por maltratar a Bill y luego atreverse a entrar a su casa, comer sus galletas y pisotear su buen humor con su presencia?
Obviamente no, ya que, antes de que pudiera pensar mucho más, ella lo había envuelto también en un suave abrazo maternal. Tom se encontraba paralizado rígidamente dentro del abrazo, sin saber qué hacer. Nunca se había sentido verdaderamente abrazado por una madre o joder, incluso por su padre. Lo más cercano al afecto que había recibido de su padre era cuando yacía desmayado en el sofá, por beber en exceso. Consciente, su padre era incapaz de mostrar cualquier signo de amor a su único hijo; que sólo le dabas dolores de cabeza. Pero dormido, estaba en calma, comprensivo y era un jodido buen oyente.
Pero Tom no se molestaba en pasar tiempo con su padre cuando se encontraba en un estado de estupor borracho, sabiendo que cuando se despertara, simplemente volvería a ser el bastardo cascarrabias sin corazón que siempre ha sido.
—Es un placer conocerte al fin —dijo la madre de Bill, con su voz suave y dulce como la miel. — Soy Simone, la madre de Bill. Por favor, siéntete como en tu casa, nuestra casa es tu casa.
—Uh… gracias —respondió Tom vacilante, tirando nerviosamente del borde de su camiseta extra grande. Se encontró deseando otro abrazo, después de haber sido privados de ellos por gran parte de toda su vida. Pero Simone parecía tener otros planes en mente que estar abrazando a Tom todo el día.
—Estaré en el estudio terminando un contrato si me necesitas —le dijo a Bill, con su voz suave, robó una galleta y se alejó. Ella le recordaba a Tom a una dríade, una ninfa del bosque.
—Tu mamá es… muy agradable.
—Sí, lo es —afirmó Bill con orgullo, —pero confía en mí, ella no es su tipo.
—¿Qué? ¡No! ¡No quise decir eso! Quiero decir… ya sabes… como una madre —Tom tropezó con las palabras cuando Bill se echó a reír.
—Estaba bromeando, relájate. Ella sólo es así cuando tenemos invitados. Por lo general, ella es un dolor en el culo. De todos modos, vamos a mi habitación…
Bill cogió la bandeja de galletas, tomando una tercera galleta y equilibró con cuidado la bandeja por encima de su cabeza mientras le mostraba el camino por las escaleras hasta su cuarto.
Era más o menos como cualquier otra habitación de un adolescente. Un poster gigante de Nena cubría la pared frente a la cama, pero el resto estaba vacío, por suerte, sin ningún cuadro, excepto por el techo. Tom levantó la vista para ver un collage de palabras demasiado pequeñas para distinguirlas, yuxtapuestas y superpuestas entre sí que formaban una sola palabra: Bill.
Tom no pudo evitar sonreír al ver a la oruga apoyada en un taburete junto a la ventana, tomando el sol en la pila de hojas que habían reunido.
Otro objeto le llamó la atención.
Sin pensarlo, Tom se acercó a la brillante guitarra acústica que estaba apoyada contra la pared. Acarició la madera y se frotó los dedos para descubrir una fina capa de polvo en ellos.
—¿Tocas? — preguntó Bill con interés, sentado en su cama, rebotando ligeramente.
—Yo… sí, tenía un amigo en mi antiguo apartamento que me enseñó un poco.
—Nunca he tocado. Uno de los novios de mi madre la compró para mí, pero me di por vencido después de la primera lección. Toma bastante tiempo aprender y prefiero cantar de todos modos.
Tom arqueó una ceja. —¿Cantas?
—Bueno, escribo canciones.
—Huh.
Tom a regañadientes se alejó de la guitarra y se puso en medio de la habitación, incómodo. Esto de alguna manera se sentía mal. Tenía que decir algo.
—¿Quieres sentarte? — preguntó Bill, palmeando la cama junto a él.
—¿Por qué no le has dicho a tu mamá?
—¿Qué?
—Tu mamá. Ella no sabe que yo te golpeo en la escuela o que me burlo de ti. Si ella lo sabe, tiene una manera muy curiosa de demostrarlo. ¿Por qué no se lo has dicho?
—¿De qué serviría eso?
Tom levantó las manos con exasperación. —¡Cristo, no lo sé! Pero por lo general, cuando uno consigue una cara golpeada cada dos días, ¡le dice a sus padres al respecto!
—No quiero preocuparla.
Tom miró a Bill por un momento, tratando de formular una respuesta más satisfactoria, aunque no la encontró. Finalmente dijo: Sí, voy a sentarme.
Se sentó junto a Bill.
—¿Por qué eres tan bueno?
—¿Qué?
—¡Ya me has escuchado joder! ¿Por qué eres tan bueno conmigo?
—¿Por qué no? Nunca me has hecho nada.
—¡Te doy una paliza cada maldito día!
—¿Y?
Tom no sabía qué responder a eso por lo que se conformó con la respuesta más simple que pudo encontrar:
—Eres un maldito loco, ¿sabes eso?
—Soy una oruga.
—¿Qué? —preguntó Tom, cada vez más perturbado a cada minuto que pasaba.
—Soy una oruga. Todo el mundo piensa que soy raro, pero tal vez es que ellos son de mente estrecha.
—Claro, ¿y estás esperando convertirse en una mariposa?
—Tal vez.
—Tal vez es que eres raro.
—¿Puedes probarlo?
Tom casi gritó de frustración. ¿Este retrasado lo estaba haciendo a propósito?
—¿Puedes tú probar que soy de mente estrecha?
—No.
—Bueno, entonces. Es seguro que esto no nos llevará muy lejos.
—Entonces, ¿por qué simplemente ya no seguimos hablando de esto, estás de acuerdo o no?
—Claro… sí… lo que sea.
Por alguna razón, esto parecía animar mucho a Bill. Él le sonrió abiertamente a Tom con su sonrisa llena de dientes y Tom se encontró devolviéndole la sonrisa desconcertado. Se dio cuenta de que se sentía jodidamente inseguro cada vez que estaba cerca de Bill. No estaba seguro de qué hacer con él.
Otra vez con la incertidumbre. Cuando uno está inseguro sobre si se siente inseguro, entonces no puede saber cuál es el problema. Por suerte, sintió su móvil vibrar en su bolsillo, salvándolo del peligro de arrancarse sus rastas por la confusión. Bill lo miró con curiosidad mientras sacaba su móvil y vio un mensaje de Dereck resplandecer en la pantalla:
Dnd stas? Qdamos n l prke
—Um, me tengo que ir —dijo Tom, cerrando el teléfono y lo dejó caer en su bolsillo.
—¡Espera!
Bill saltó y corrió hacia su escritorio, sacando una bolsa de plástico del cajón. Volvió a la cama y se sentó junto a la bandeja que emanaba el olor a chocolate. Bill empujó un puñado generoso de galletas en la bolsa y la cerró, entregándosela a Tom.
—No has tomado ninguna todavía —dijo él, con una voz pequeña. Tom estaba empezando a acostumbrarse a su constante rubor. Decidió que no lo podía rechazar. Después de todo, estaban aún calientes del horno y olían tan bien. Tomó la bolsa y la guardó en el bolsillo junto con su móvil.
—Gracias —fue todo lo que pudo encontrar para responder adecuadamente. Se dio la vuelta para irse.
—Espera.
—¿Si? —preguntó Tom, aprensivo.
—Eh… —Bill se quedó allí, mirando al suelo, con las manos agarradas la una con la otra, temblando.
—¿Vas a… uh… volver pronto?
Bill se veía tan avergonzado, tan nervioso, allí de pie, girando sus dedos. Tom estaba un poco conmocionado y más que un poco sorprendido, pero le pareció cruel decir que no, después de todo lo que había presenciado desde que había puesto un pie en la sala de estar de Bill.
—Todavía tenemos que acabar el proyecto —dijo Tom sin convicción, sin querer decepcionarlo, pero tratando de no darle a entender nada. La cara de Bill se iluminó de inmediato y volvió a sonreír. Después de pensarlo bien, los afilados caninos de Bill no se veían tan mal.
—¡Está bien, entonces! Bueno, nos vemos…
Tenía que salir de aquí.
Corrió más allá de los cuadros, metió sus pies en sus zapatos y, finalmente, irrumpió en el aire de la noche, jadeando. Ese lugar era demasiado raro…
Calmándose, se acordó de las galletas y tuvo que buscar de nuevo en su bolsillo para extraerlas con cuidado. Bill tenía razón; todavía no las había probado. Al abrir la bolsa, sacó una y le dio un mordisco provisional, mientras se debatía pensando que tal vez fueron envenenadas y la amabilidad de Bill sólo había sido una treta de venganza para conseguir que coma una y morir dolorosamente.
Masticó y tragó saliva y, finalmente, encontró algo que él y Bill finalmente compartían: estas eran definitivamente las mejores galletas de chocolate del mundo. En un lugar donde nada parecía tener sentido, agradeció a Dios por el chocolate.
Continuará…
(*): las crisopas son una familia de insectos del orden Neuroptera. Esta familia es cosmopolita, sus miembros habitan especialmente en zonas de gran vegetación y agrícolas. Sus larvas son depredadores de otros artrópodos de cuerpo blando y son también caníbales, y unos pocos adultos son depredadores, la mayoría se alimenta de secreciones proteínicas.
