Mi jaula dorada 23

Notas de MizukyChan: Pongan mucha atención en este capítulo, porque se muestran cosas muy importantes sobre el pasado de Tom. A leer y disfrutar. Besotes.

Bill ha estado en el harem por 6 meses y 3 semanas.

Fic de Sarahyellow. Traducido por MizukyChan

& Capítulo 23 &

Tom despertó temprano, los rayos de luz producidos por los paneles de la ventana, acariciaban sus párpados. Se dio cuenta instantáneamente del chico en sus brazos, pero le costó un momento recordar cómo había llegado hasta allí. Una suave sonrisa cruzó los labios del príncipe al rememorar la noche anterior, imágenes de piel suave y pálida; largas extremidades y rasgos de intenso placer, recorrieron su cabeza.

El trinar mañanero de los pájaros se pudo oír a través de la ventana y Tom suspiró, pensando que debería irse. Miró hacia abajo, al pelinegro que yacía a su lado. Todo el largo del cuerpo de Bill estaba expuesto, la manta con la que Tom los había cubierto, había sido arrojada lejos. Estaba enrollado a su lado, mirando al otro lado del príncipe, con una pierna doblada y la otra extendida contra las sábanas.

Se estiró para tocar el muslo helado de Bill, sus dedos subieron hasta acariciar el intrincado tatuaje de su cadera. La delgada figura del chico era firme y suave, sin tener las curvas exageradas y blandas de una mujer. Aun así, se veía tan delicado que Tom pensó que debía tener su propia categoría. Ningún hombre había lucido tan hermoso y ninguna mujer tan fiera. La masculinidad de Bill estaba oculta, pero se asomaba por la pequeña sombra de su bícep, en la parte baja de su mandíbula.

El príncipe pasó unos momentos más deleitándose en la vista, antes de maniobrar lentamente en la cama, tratando de no despertar al chico durmiente. Logró salir de entre las sábanas, se puso sus pantalones, y estaba a punto de deslizar la túnica sobre su cabeza, cuando una voz ronca por el sueño, sonó detrás.

Mmm, buenos días.

Tom terminó de ponerse la tela y volteó, sonriendo a la cosa más hermosa que le había despertado en la vida. Bill había girado para apoyarse en su vientre, exponiendo su pálido y pequeño trasero, aunque Tom pensó que Bill no se había dado cuenta de ello. Los ojos somnolientos se achinaron para verle, alzándose un poco sobre la almohada, como si no hubiera despertado del todo.

Apenas amanece. Deberías volver a dormir —Tom volvió a la cama y se sentó, para depositar un beso en la mejilla del chico.

Los ojos de Bill se cerraron nuevamente, pero las orillas de sus labios se curvaron ante el suave toque—. No te vayas —murmuró, Tom casi no entendió las palabras.

Sonriendo cariñosamente al pelinegro, estiró su mano y acarició su largo cabello—. Me quedaría, pero hay cosas que hacer.

Tom escuchó que Bill hizo un sonido de comprensión amortiguado por la almohada, murmurando algo que Tom pensó decía “Házmelo a mí” y comprendió que debía partir. Pasando el pulgar por su anguloso rostro, se inclinó para hablar, esperando que la cercanía extra, ayudara al apenas consciente pelinegro, a captar el mensaje—. Me tengo que ir, Bill. Regresaré, ¿está bien? Te veré tarde esta noche.

El rastudo no supo si su mensaje fue escuchado, ya que cuando retrocedió, la concubina estaba completamente dormida. Se puso de pie mirando al chico, y se tuvo que obligar a dejar de mirarlo y abandonar la habitación. Se prometió que lo volvería a ver… pronto, apenas terminara el trabajo del día. Ese sería su mejor consuelo.

&

Cuando Bill volvió a despertar, ya era cerca del medio día. Se sentó en la cama y se estiró. Notando su estado de desnudez, recordó. Flashes sobre la noche anterior llegaron su cabeza y sonrió, sintiéndose cálido y feliz. El príncipe se había ido, pero Bill no se preocupó por ello. Tenía un suave recuerdo sobre el movimiento de sábanas en las primeras luces del alba. Tom le había dicho adiós, y había prometido volver pronto y eso era suficiente para el pelinegro.

Después de balancear las piernas en el borde de la cama, se levantó. Bill sintió algo frío y duro bajo su pie, se agachó y lo recogió, sonrojándose cuando sus dedos dieron con el frasco de aceite, ahora vacío. Apretó el frasquito de vidrio en su mano, recordando todas las cosas que habían hecho, todas las cosas que Bill había hecho, que quiso hacer. Se mordió el labio, recordando lo maravilloso que se había sentido; no solamente el placer físico que había sido basto, sino también, la alegría emocional.

Cuando el príncipe había tomado a Bill por la fuerza, su mente llena de pánico sólo se había centrado en eso y en nada más. Pero la noche anterior, cuando todo había sido consentido, Bill se había sentido sobrecogido, no por lo que Tom le estaba haciendo, sino más bien, por lo que ambos estaban haciendo juntos, lo que Bill le estaba dejando hacer. Había sido una comprensión increíble, cuando yacía allí y se movía con el príncipe y verdaderamente comprendió el significado de lo que estaban haciendo.

Bill volvió al presente y se dio cuenta de que portaba una sonrisa boba. Sacudiendo la cabeza, caminó hacia las puertas abiertas de su guardarropas, preguntándose qué debería vestir. Se decidió por un atuendo azul marino, que había sido entallado de forma diferente de sus otros trajes. No poseía tanta tela como sus otras ghawazee, el diseño de la túnica y los pantalones, se parecía más a las prendas que el príncipe usaba.

La concubina se había vestido, y justo se estaba poniendo un adorno de plata para coger su pelo en una coleta, cuando un grito sonó desde fuera de su ventana.

Mira por donde caminas. ¡Estúpida vaca!

Caminando para ver qué pasaba en el patio, Bill vio, la ligera figura de una mujer.

Farah estaba sola en el lugar, con un desastre de papeles diseminados a sus pies. La chica estaba mirando a la parte oscura de un corredor que daba hacia el harem. Después de un momento, se agachó para recoger sus cosas lentamente, luciendo como si fuera a llorar.

Bill volvió a adentrarse en su habitación, no queriendo ver si lloraba. La voz que había exclamado el insulto, no pertenecía a la pequeña. Se sorprendió de que alguien se atreviera a hablar tan duramente a una de las concubinas del sultán; ellas eran las mujeres más importantes del harem y en general, todos les mostraban gran respeto.

Prefiriendo olvidar lo que había visto, Bill dejó su cuarto, para encaminarse y ver que quedaba del desayuno.

&

Pisadas resonaron contra el piso de piedra, mientras una solitaria figura se movía rápidamente por los estrechos pasadizos de la servidumbre en el harem. Chocar con la chica había sido desafortunado. No sería bueno que lo atraparan con el objeto que en esos momentos llevaba en sus manos.

&

Tom había estado reacio a dejar a Bill esa mañana, y sólo bastó una fracción de la completa agenda del día, para recordarle el por qué. El príncipe pasó la mañana en la biblioteca, aprendiendo nuevas cosas del hombre que le había enseñado durante toda su vida. Después de eso, ocupó un par de horas en asuntos triviales de estado, y problemas políticos mucho más serios, se agregaron en la tarde.

Al final del día, cuando estaba regresando a sus habitaciones, el príncipe estaba harto de hablar de guerra y además tan cansado, que no estaba preparado para lo que lo chocó en el corredor.

Tom se frotó los párpados, tratando de alejar el dolor de cabeza, que comenzaba a formarse en su cráneo. Pensando que tendría que llamar a Tabeeb Ihsan, quien hacía unas maravillosas píldoras para aliviar dichos dolores, el rastudo no puso atención a donde iba. Y cuando giró por la esquina, se encontró de pronto, en el suelo.

Oh, su alteza, por favor, discúlpenos.

Era el dignatario de Foularr, con quien Tom había tenido muchas reuniones. Permitió que el hombre le ayudara a ponerse de pie y se sacudió la túnica. Y luego, levantó la vista.

Por favor, permítame presentarle a mis acompañantes —dijo el hombre. Indicó a los dos hombres a su izquierda, dando sus nombres y títulos. Girando a su derecha, presentó a la última persona que quedaba. Pero no había necesidad, porque Tom ya conocía su rostro. El chico había crecido, estaba más alto, había cortado su cabello y había adquirido muchos títulos nuevos, pero no había forma de confundirlo.

Hola, su alteza —se inclinó, sus ojos brillantes, nunca dejaron de observar a Tom.

El rastudo sintió que una cálida ola nauseabunda se instaló en sus entrañas—. Hola. Aaron.

El líder del grupo miró entre los dos hombres con sorpresa en sus ojos—. ¿Se habían conocido antes?

Aaron asintió complacido—. Oh, sí. El príncipe Tom y yo, somos viejos conocidos. ¿No es así, Tom?

La mandíbula de Tom se apretó—. Sí, eso creo. Te ves bien —agregó, notando mejor la apariencia del hombre.

Oh. Estoy bien. La vida me está dando todo lo que merezco —fue con estas últimas palabras, que un tono de amargura se hizo presente en su voz.

Bueno, supongo que es porque eres de los que siempre obtiene lo que quiere —contraatacó Tom—. Deberías considerarte afortunado; no todos nosotros tenemos ese privilegio.

El hombre lo miró nuevamente, como si la situación fuera divertida y Tom sintió que una punzada, aparte de la ira, le atravesaba. Obligándose a mantener su compostura, se hizo a un lado—. Si los caballeros me disculpan, debo seguir mi camino.

Por supuesto —respondió el dignatario, con una mirada de incomodidad en su rostro, como si hubiera estado muy cerca de comprender que había ocurrido entre ambos jóvenes.

&

Tom pateó fuerte, hundiendo sus tobillos, hasta que el caballo bajo su cuerpo emprendió el galope. Corrió fuerte y duro, sin tener un destino en particular, sólo alejarse. El sol se estaba ocultando cada vez más, el cielo se estaba oscureciendo lo suficiente como para recordarle que debía regresar, pero ignoró el peligro. El caballo corrió, sus piernas se movían tan rápido que su movimiento era incontrolable, peligroso. Tom disfrutó de esa inestabilidad; de la loca carrera; del golpe del viento en su rostro; le permitía olvidar, porque no había tiempo para pensar cuando cualquier trozo de mugre podría mandarlo a su muerte.

Eventualmente el caballo se cansó, rehusándose a correr más, pese a lo mucho que Tom le espoloneara y se vieron obligados a regresar. El príncipe apenas disminuyó la velocidad al desmontar, tirando las riendas del cansado animal, en la primera percha del establo.

&

Atravesó los corredores del palacio hacia sus habitaciones, su rostro tan oscuro como su humor. Antiguos recuerdos lo atormentaban, imágenes bailaban en su mente, tan claras y tan reales, como si se estuvieran presentando frente a él en un escenario.

Desearía poder ir contigo. De esa forma no sería tan malo —dedos presionaron su cabello, rascando la molestia de sus nuevas rastas.

Un Tom de diez años asintió, estirando su cuello, para que los dedos bajaran por su cabeza—. Sí. Será una mierda —el otro niño rió por la palabra y Tom la repitió—. Será una maldita mierda.

El pelinegro se movió para sentarse—. Pero igual podrás venir de visita, ¿cierto?

Tom asintió—. Sí. No entiendo por qué no te puedes mudar también, Gustav y Georg lo hicieron, Ahmed y Andi también —Tom se estiró para tocar el brazo de su amigo—. ¿Por qué tú no puedes?

Los ojos azules miraron al suelo, abatidos—. Nadie me dice. Mi mamá dice que viviré aquí para siempre.

Tom se mofó—. No puedes vivir aquí para siempre. Eres un chico.

Los pequeños hombros se alzaron—. Lo sé. Cada vez que le pregunto a los grandes, me sonríen, pero no me dicen nada. Intenté preguntarle a Saki, pero me dijo que era cosa de grandes y que cuando creciera lo averiguaría.

Tom rodó los ojos ante la excusa que los adultos usaban tan a menudo—. Odio eso.

Sí.

¿Aaron?

¿Hmm?

Prométeme que siempre seremos mejores amigos, incluso si me voy.

El chico lo miró como si dijera una estupidez—. Por su puesto, tontito. Siempre seremos los dos.

¿Nadie más?

Nadie.

&

Tom entró a sus habitaciones, empujando las puertas tan fuertemente, que éstas golpearon las paredes. Cruzando el cuarto a grandes zancadas, miró a los dos sirvientes que estaban en una esquina—. ¡Salgan! —El sonido de sus sandalias golpeó contra el piso, como si estuvieran felices de escapar, apresurándose a abandonar la habitación, que pronto se llenó del mal humor del príncipe.

Una vez que se hubieron ido, Tom se paseó por toda el cuarto, no sabiendo qué hacer consigo mismo. Atravesó las puertas del baño, sólo para regresar a su habitación, al darse cuenta de lo mucho que demoraría llenar la bañera. Caminó hasta ponerse pie frente al espejo, miró al cristal y vio un par de ojos atormentados que le observaban de vuelta. Un sonido iracundo salió por su garganta. Estiró los brazos para quitarse la camisa desde atrás. Apretó la tela en sus puños y la arrojó al piso. Su cuerpo estaba húmedo por el sudor, mojando el borde su cabello y congelándose en su piel. Molesto, se dio cuenta que en realidad sí necesitaba un baño. Moviéndose para volver a abrir la puerta, llamó a los tímidos sirvientes que estaba fuera—. Preparen el baño.

Uno de los sirvientes era hombre, el otro, mujer; el chico miró aprensivamente a la habitación, dudoso de seguir las órdenes del príncipe. Cuando Tom estuvo a punto de gritarles por hacerlo esperar, la chica dio un paso al frente, dándole a su acompañante una mirada que le indicaba que le siguiera y pasaron por el lado del rastudo.

Tom cogió una silla para sí mismo y se sentó, reflexionando. ¿Qué demonios estaba haciendo de vuelta en el palacio? ¿Qué demonios estaba haciendo en Bagrah? No podía creer que el bastardo se atreviera a mostrar la cara. Y le hubiese sonreído, ¡sus ojos reían como si la situación fuera divertida! Tom estaba furibundo; el chico claramente, no sentía ningún remordimiento por lo que había hecho.

Tom captó una visión de él mismo en el espejo, vio los recuerdos de la traición de aquel hombre grabados en su propia piel. Aaron lo había ofendido y lastimado más profundamente que cualquier otra persona en su vida. El príncipe se quedó mirando su reflejo, sus pensamientos vagaron por la última semana, y reafirmó la promesa que se había hecho a sí mismo de que nadie volvería a dañarlo tan profundamente.

&

Bill pasó las manos por las suaves cobijas de su cama. Había regresado a su habitación después de la cena, preocupado de que Tom no pudiera encontrarlo si paseaba por las áreas comunes del harem. El príncipe había prometido visitarlo más tarde esa noche, y Bill estaba ansioso de volver a ver su rostro y hablar con el hombre con el que compartió tantas cosas la noche anterior.

Pero el sol se había puesto varias horas atrás, y la sospecha de que no vendría le decepcionaba, aumentando el peso en el pecho de la concubina, matando la pequeña esperanza que se negaba a desaparecer. Bill se cambió a sus ropas de dormir y se lavó la cara. Sentado al frente de su tocador, peinando su cabello, le dio a Tom le beneficio de la duda, haciendo una lista mental, de todas las posibles escusas por las que no pudo venir.

& Continuará &

Notas de MizukyChan: Dios, ¡¿por qué?! Estoy furiosa con ese maldito de Aaron, que llegó en el peor de los momentos. ¿Qué opinan ustedes? ¿Arruinará su llegada la relación entre Tom y su concubina? No dejen de comentar. Besos y gracias por leer

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