Fic de Shibuyainn. Traducido por Elle R
Capítulo 2
Tom tosió expulsando una gruesa nube de humo de su boca, carraspeando ligeramente. Tomó otra larga calada del pequeño porro, inhalando profundamente y dejo que las sensaciones relajantes se hicieran cargo de su sistema, disfrutando del sol en lo alto. Estaba pasajeramente sumergido en el humo a la vez que otra intensa nube escapó de sus labios y suspiró con satisfacción, con su sonrisa un poco ladeada.
Un golpe en la pared le llamó la atención y casi se cae de la cama, donde estaba sentado con las piernas cruzadas, la ventana estaba abierta todo el tiempo. Tosiendo, rápidamente apagó el porro y lo arrojó a la creciente pila de basura desechada justo afuera de su ventana. Un confuso grito se oyó y Tom supo que era la forma en que su padre le hacía saber que era la hora de ir a la escuela. Su padre, Gordon, nunca se comunicaba como un padre normal. Cuando no estaba gruñendo, borracho o empujando a Tom por el pequeño apartamento, estaba en su habitación con una de sus putas, follándoselas contra las paredes.
Así era la vida del hijo de un proxeneta. Tom no sabía si su padre era verdaderamente un proxeneta o no, lo único que sabía era que aparentemente iba a conocer una nueva rubia desequilibrada cada noche, y por “conocer” era solo observarla caminar, borracha, colgada del brazo de su padre.
Otro estruendo sacudió la pared, amenazando con fracturarla.
—¡Ya voy! —Tom gritó, agarrando su mochila, arrojándola malhumorado por encima de su hombro y pateando tan ruidosamente como pudo la puerta al salir de su habitación. Salió por la puerta principal de la casa dándole un golpe cuando se cerró y emprendió la corta caminata hacia la escuela, enseñándole a su apartamento el dedo corazón.
Éste era su cotidiano ritual de todas las mañanas, pero eso no lo detenía de ser menos agravante. Odiaba a su padre, odiaba su vida… la escuela parecía ser el único lugar en el que se sentía cómodo. Su padre había conseguido que los echaran de su antiguo apartamento y Tom pensó que tal vez después de la mudanza, las cosas serían diferentes. Tío, que estúpido fue. Las cosas eran diferentes, pero no de la manera en la que había esperado.
Su padre parecía ahora, si era posible, más huraño y bebía el doble. Tom nunca había sido maltratado, pero una pequeña muestra de atención habría sido bienvenida en comparación con la indiferencia que le mostraba constantemente. Tom se sentía como una molesta mascota que el propietario mantenía alrededor solo por necesidad, mientras que secretamente deseaba que un coche o algo parecido lo atropellara. Cada vez que Tom se detenía ante un semáforo en rojo simplemente consideraba saltar al tráfico que se aproximaba, pero eso le daría a su padre la satisfacción que buscaba y si estar vivo era la única manera que tenía de exasperar con seguridad a su padre a modo de venganza, bueno, joder, lo tomaría.
Continuó su paseo a un ritmo suave, más preocupado en oler a marihuana que en llegar tarde. Oliéndose una axila, se detuvo al llegar a las puertas de la escuela y se quitó la grandísima sudadera, mintiéndola bien adentro en su mochila. Mientras buscaba a tientas la cremallera, no pudo evitar fijarse en un chico que llevaba una camiseta con una calavera amarrilla ridículamente brillante y unos tirantes que le venían grandes, iba subiendo por las escaleras de la escuela. Ahogó una risita cuando se dio cuenta de quién era.
Bill Kaulitz: el rarito de la escuela.
Tom no era el típico chico acosador en su antigua escuela, pero aquí había conocido a Dereck, quién lo había invitado a unirse amablemente a su pandilla. Dereck era mayor, después de haber reprobado un año, pero él y Tom se llevaban muy bien y, antes de que Tom se diera cuenta, estaba fumando marihuana y golpeando a los frikis después de la escuela con Dereck, Andreas y sus nuevos amigos.
El acoso escolar se sentía muy bien, una liberación que había estado anhelando durante mucho tiempo y era una manera de huir de su padre, cuando todo lo demás fallaba. Con todo, conocer a estos chicos había sido una ventaja, y ahora, con Bill tambaleándose en las escaleras intentando acomodar uno de los tirantes, ¿cómo podría Tom dejar pasar una oportunidad como esa que le entregaba Dios?
—¿Qué hay homo? —Tom elevó la voz, sonriendo mientras Bill se quedaba inmóvil, con la mano en el pomo de la puerta, a punto de entrar a la escuela. En vez de eso, se dio la vuelta, su cara se contrajo en una mueca que Tom asumió, era de miedo.
Tom se dio por vencido con la cremallera de su mochila y se la colgó abierta en el hombro. Subió las escaleras a propósito, mientras Bill le miraba con recelo, su mano agarraba con tanta fuerza el pomo de la puerta que sus nudillos se estaban poniendo blancos lentamente.
Tom se detuvo justo detrás de Bill, poniendo una mano en su hombro.
—¿A dónde vas?
—Yo… voy a clase… —respondió Bill vacilante, sus grandes ojos estaban abiertos con una expresión de pura inocencia. Hizo que Tom quisiera vomitar.
—¿Ah, sí? —le preguntó Tom, manteniendo un tono de voz ligero. —Bueno, estas bloqueando la puerta, marica, así que te sugiera que te apartes de una puta vez antes de que alguien lo haga por ti.
De repente, la ira hacia su padre salió inadvertidamente y Tom, cogiendo a Bill por el hombro, lo arrojó al duro pavimento. Bill rebotó una vez, sus delgados brazos agitándose inútilmente antes de recostarse flácido mientras su mochila caía justo al lado. Bill desvió la mirada hacia abajo, encogiéndose y encorvando sus hombros, esperando el golpe. Su rostro estaba rojo como un tomate.
Tom pateó la mochila de Bill por las escaleras de la escuela y sonrió maliciosamente cuando Bill siguió el recorrido, abatido, con esos grandes y acuosos ojos. Miró rápidamente a Tom, avergonzado, pero agachó la cabeza rápidamente. Probablemente para ocultar su vergüenza, pensó Tom, satisfecho.
—Que te diviertas aquí afuera, Billy. —susurró él, dejando salir el apodo que Derek había elegido. Con eso, abrió la puerta y la cerró de golpe, mirando desde la ventana como un espantado Bill recogía las cosas caídas de su mochila. Todos los libros se habían desparramado por el pavimento, Bill caminó lánguidamente alrededor, recogiendo sus pertenencias. La segunda campana sonó justo cuando Tom se apresuraba en ir a clase, con una sonrisa en los labios.
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Bill trató de meter todas las cosas, apresurándose cuando escuchó el segundo estruendo de la campana desde el interior del edificio. Joder, llegaba tarde. Pero ni siquiera esa posibilidad bastaba para amortiguar la felicidad que burbujeaba dentro de él. Sabía que hoy iba a ser un buen día. Tom acababa de hacerlo pasar por un completo tonto, y la mejor parte, ¡le hacía llegar tarde a clases!
Las cosas estaban mejorando rápidamente. De apenas percatarse de él en los pasillos a esto. ¡Ellos dos sin duda estaban progresando! Bill quería llorar y abrazarse, dichoso, sin embargo aún llegaba tarde a clases y metiendo los últimos papeles en su mochila abandonó las escaleras y se fue directamente a su primera clase, sin molestarse en pasar primero por su casillero.
Entró por la puerta, toda su dignidad desapareció mientras estaba allí, antes la asombrada profesora, con la ropa torcida y su mochila colgando inerte de su hombro, medio abierta. Miró a su alrededor y sonrió tímidamente cuando notó que Tom estaba murmurando con Andreas, con una gran sonrisa en su rostro mientras su amigo se reía entre dientes estrepitosamente. La gente murmuraba y le daban miradas mordaces, pero Bill no les prestaba atención. Estaba acostumbrado a ellas.
Andreas le miró, enarcando una ceja, todavía sacudiéndose por la risa: Tom obviamente le había contado todo. Dereck, que estaba sentado dos mesas más atrás, le dio su aprobación a Tom mientras el chico de rastas agachaba la cabeza con modestia.
Mientras tanto, la clase era un hervidero de murmullos trasmitiéndose de amigos a amigos, echando miradas despectivas a la ropa de Bill.
—¡Bonita camiseta! —Alguien chilló desde atrás, provocando que toda la clase estallara en risas.
—¡Bueno, ya es suficiente clase! —La profesora habló, las risas se disiparon otra vez a bajos murmullos. —Bill, me alegra ver que finalmente decidió aparecer. Tome asiento, por favor —terminó monótonamente.
La profesora era un antigua yonqui, sólo se había dedicado a la enseñanza porque su baja autoestima le impedía perseguir sueños más grandes. No le gustaban los adolescentes, pensaba que eran una pérdida de espacio, que innecesariamente sobre-poblaban el planeta, aunque la verdad era que la asustaban.
Tenía un penoso salario pero lo necesitaba para pagar sus… hobbies extracurriculares, por lo que aguantaba de mala manera. Bill era probablemente para ella el peor chico de su clase. Se irritaba con todos los chicos simplemente por ser ellos y parecía ser peor con él cuando se presentaba con su aspecto de haber rebuscado a ciegas en su armario, usando la primera cosa que encontraba. Cada vez que lo veía con su pelo de punta, ella sentía la necesidad de fumarse un cigarrillo…
No era su culpa, Bill era uno de esos chicos que acabas odiando y ni siquiera la profesora podía cambiar eso.
Bill en silenció se dirigió a la parte de atrás del aula, donde estaba su pupitre, en la esquina.
—¿Por qué se molesta en aparecer? —Una chica le susurró a su amiga.
—Le dieron una paliza y la clase ni siquiera ha empezado… es un perdedor.
—Tío, ¿y qué hay con esos tirantes? Igual de horribles que él…
Los insultos seguían viniendo, fingiendo que eran contados de colegas a colegas, aunque en realidad estaban dirigidos indirectamente a Bill. Cualquier persona normal se habría echado a llorar, sollozando incontrolablemente, derrumbándose como un miserable emo y comenzando inmediatamente a cortarse ante la presión. Pero Bill siguió caminando hacia su pupitre, estremeciéndose levemente por la felicidad cuando Tom le dio una satisfecha mirada de camino a su asiento.
Una sonrisa estaba a punto de formarse en los labios de Bill (lo único en lo que podía pensar era en Tom) pero se contuvo, vagamente consciente de lo inapropiado de la situación. Sin embargo, su inmensa alegría era imposible de ocultar y los alumnos multiplicaron sus comentarios cuando el resplandor en las mejillas de Bill se hizo evidente.
¡Tom era tan lindo!
—Bien, bien…. vamos a seguir adelante con la lección… ¡Dios, necesito un cigarro!… —la maestra se quejó, sin saber que a pesar de su bajo tono ella todavía era bastante audible.
—¿Qué mierda? —Andreas le susurró a Tom, cuando la profesora había vuelto a hablar y todo el mundo se calló de mala gana, aún dándole miradas curiosas al chico sentado en la esquina. —¿Pensé que lo habías empujado y pateaste su mochila por las escaleras?
—¡Lo hice!
—Entonces, ¿por qué diablo se ve tan feliz? Parece como si en vez de eso lo hubieras besado…
—¡Qué coño! —exclamó Tom en voz alta, ganándose una estricta mirada de la profesora. Después de una pausa se volvió hacia Andreas. —¡No le he besado! Apuesto a que ni siquiera su madre le daría un beso. ¿Quién lo haría?
Andreas se rió entre diente, contento por el comentario de Tom.
—Está bien, está bien, sólo estaba bromeando. Pero en serio, parecer una virgen a la que hubieran follado por primera vez. ¿Qué pasa con eso?
—No lo sé. Es un bicho raro.
—Vaya, ¿eso crees? —respondió Andreas con sarcasmo y ambos chicos resoplaron.
—¿Les importa? Estoy intentando impartir esta clase.
Ambos levantaron la vista para ver a la maestra lanzándoles dagas con la mirada por enésima vez. Ambos murmuraron unas falsas disculpas y ella continuó, frotándose las sienes.
—Como les estaba diciendo, haremos los proyectos en grupo, ya que se lo mucho que les gusta. —Su voz rezumaba sarcasmo.
—Quiero que sea sobre la evolución de algo. Insectos, máquinas, seres humanos, Bill Clinton. No quiero una ficha y ya… en fin. Sé que la mitad de ustedes todavía tienen monos metidos en su cerebro, pero de todos modos esto debería ser fácil.
Todos asintieron mecánicamente. Estaban acostumbrados a oírla hablar así, aunque a nadie le importaba mucho. Era un acuerdo no dicho entre profesores y alumnos: mientras que todos aprobaran sus clases, ella podía decir lo que le venía en gana. Y hacer lo que se le antojaba. Ni un solo estudiante había reprobado sus clases hasta el momento.
—Vais a estar en grupos de… uh… dos —terminó ella sin convicción, haciendo una pausa para pensar en el número correcto. Tal vez debería ir pensando en dejar sus hábitos.
Todo el mundo empezó a echar un vistazo a sus amigos, gesticulando para indicar que querían ser un equipo entre ellos, Andreas se acercó y le dio un golpe en el brazo a Tom, sonriendo. Tom le devolvió la sonrisa, aunque no pudo evitar mirar por encima a Dereck, que estaba sentado tranquilamente en su silla. Él probablemente sólo iba a arruinar todo el proyecto.
Tío, Tom idolatraba al chico. Dereck le pilló mirándole y Tom le sonrió con timidez, avergonzado por ser descubierto mirándole como un perdedor. Pero Dereck simplemente ladeó los labios, lo que interpretó como una sonrisa, haciendo que Tom se sintiera extremadamente guay, a pesar de que estaba a punto de ponerse nervioso.
Necesitaba impresionar al chico urgentemente. Quería mostrarle a Dereck que él era lo más, no solo el pequeño manipulable que creía que era.
Lo hacía de la única manera que sabía: metiéndose con Bill.
—Lo siento Bill, en equipos, los amigos imaginarios no cuentan —dijo él por encima del hombro, ganándose un coro de risas burlonas de la clase. Dereck estaba ahora sonriendo de verdad y Tom ya no se sentía simplemente guay, sino más bien jodidamente sensacional.
La cabeza de Bill crujió al girarse, y a pesar del ruido que le rodeaba, su mirada permaneció clavada en dirección a Tom. Su rostro estaba rojo de nuevo.
—Gracias Tom. Acabas de ofrecerte voluntario para ser el compañero de Bill —La maestra soltó, mientras Tom saltaba de su asiento.
—¿Qué? ¡No! —protestó Tom en voz alta mientras las risas aumentaban, mezclándose con algunos silbidos.
—Mira, me duele la cabeza. Estaré atrapada en esta sala mal ventilada rodeada de todos ustedes durante todo el día. ¡Ya es suficiente! Tom, estás con Bill, fin de la historia. Y todos ustedes, ¡por favor cállense! —Les dijo groseramente a los chicos, que estaban haciendo un ruido digno de un aeropuerto.
Como sintiendo la tensión llenar la clase, la campana eligió ese momento para sonar y todos se levantaron al unísono, el parloteó se reanudo. La profesora fue la primera en salir, cogiendo algo fuertemente enrollado en papel de su bolsillo y corrió apresurada a la puerta, seguida lentamente por la gigante ola de estudiantes.
Tom se levantó, hirviendo de rabia, su dignidad parecía abandonarle al igual que el resto de la clase salía del aula. Dereck ni siquiera se detuvo a hablar con él.
—Hey Tom… —comenzó Andreas, pero Tom sólo podía ver más allá de la cabeza rubia de su amigo, al pelinegro que se acercaba con cautela a su mesa.
—Me tengo que ir —murmuró Tom apresuradamente, poniendo sus cosas en el hueco de su brazo con enojo y salió del aula, con una tempestuosa furia.
Continuará…
